Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 31

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Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones, no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un investigador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana, tomando, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho alguno para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de hechos, donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica militar ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según nosotros un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos capitanes, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado, le juzgamos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal.

IV =A=

Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene más que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La pierna izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es la carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de Ohain á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience, allí está Napoleón.

Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de este palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla. Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo heroísmo de la guardia imperial.

El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes y la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta fué toda la batalla.

Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y Reille frente á frente de Hill.

Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean, se encuentra la selva de Soignes.

En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno ondulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas ondulaciones subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á la selva.

Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es un parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, una senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener la planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada.

El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el más pequeño relieve.

Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la había examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso de una gran batalla.

En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las alturas, el francés la llanura.

Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de 1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto. Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne, aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el capote tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco, el calzón de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo púrpura con águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana sobre medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es decir, la figura completa del último César, está presente en todas las imaginaciones, aclamada por unos, mirada por otros severamente.

Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de luz; esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido.

La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario y de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es, coloca á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del mismo hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca al otro, haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con los fulgores del capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en la apreciación definitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á Alejandro; Roma encadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalén muerta, empequeñece á Tito.

La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en pos de sí la sombra de su forma.

V =El quid obscurum de las batallas=

Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más aún para los ingleses que para los franceses.

Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero, habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los furgones del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido. Si los trigos y centenos derribados por aquel tropel de carros en marcha, no hubiesen llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas, se hubiera hecho imposible todo movimiento, y particularmente en los valles de la parte de Papelotte.

La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía la costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola, apuntando ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido esperar á que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar libremente; era menester para ello que apareciese el sol y secase la tierra. Pero el sol no apareció. Ya no le saludaba como en la jornada de Austerlitz. Cuando sonó el primer cañonazo, el general inglés Colville miró su reloj; señalaba las once y treinta y cinco minutos.

La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre Hougomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando la brigada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha francesa contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte.

El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia allí á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan. Y este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias inglesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen guardado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á concentrarse allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras cuatro compañías de guardias y un batallón de Brunswick.

El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo: desbaratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas, interceptar el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á Mont Saint-Jean, rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia Braine l'Alleud de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos incidentes, este ataque dió buen resultado, puesto que se tomó Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte al enemigo.

Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa, particularmente en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados bisoños, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su inexperiencia, salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo un excelente servicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado en parte á sí mismo, se convierte, por decirlo así, en general propio; aquellos reclutas mostraron algo de la inventiva y furia francesas. Aquella infantería novicia tuvo inspiración propia. Esto desagradó á Wellington.

Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla.

Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues participa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo. Adviértense vastas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo vertiginoso, el aparato guerrero de entonces, casi desconocido en nuestros días, las granaderas de llama, los portapliegos flotantes, las correas cruzadas, las cartucheras de granada, los dolmanes de los húsares, las botas encarnadas de mil pliegues, los pesados chacós guarnecidos de cordones, la infantería casi negra de Brunswick mezclada con la infantería escarlata de Inglaterra, los soldados ingleses llevando por charreteras grandes rodetes blancos circulares, la caballería ligera hannoveriana con sus cascos de cuero oblongos con filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses con las piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes polainas blancas de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas, lo conveniente al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval.

Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. _Quid obscurum, quid divinum._ Cada historiador se inclina un poco á trazar los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes penetran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo de batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más ó menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea como un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes de los ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman cabos ó golfos, todos esos escollos se agitan continuamente unos delante de otros; donde estaba la infantería llega la artillería, donde estaba la artillería acude la caballería; los batallones son humaredas.

Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden; una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación. La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una jornada. Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos pintores cuyos pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que Vandermeulen. Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La geometría engaña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da derecho á Folard para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza y se esparce en innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una frase de Napoleón, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos que á la historia del ejército».

El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de esa nube horrible que se llama una batalla.

Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de armas, es particularmente aplicable á Waterloo.

Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo apreciarse la batalla con toda exactitud.

VI =Cuatro horas después del mediodía=

Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha, Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente, gritaba á los holando-belgas: _¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder!_ Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington; Picton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían arrebatado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses les habían matado á los ingleses al general Picton de un balazo que le atravesó el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de apoyo, Hougomont y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero ardiendo. La Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la defendía, solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales menos cinco habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se habían asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa, el primer boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como invulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring había sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas banderas, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón de Lunebourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts. Los escoceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby estaban deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el ímpetu de los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil doscientos caballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles, dos habían sido derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby había caído, atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh también. Dos divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas.

Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo, el centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó. Llamó á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en Braine-l'Alleud.

El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto, estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean, teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de los caminos, masa del siglo XVI, tan robusta, que las balas rebotaban en ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían cortado aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos, poniendo bocas de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los zarzales. Su artillería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo púnico, incontestablemente autorizado por la guerra, que admite las estratagemas, estaba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por el emperador á las nueve de la mañana para reconocer las baterías enemigas, no había visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que no existía el menor obstáculo, exceptuando las dos barricadas que obstruían los caminos de Nivelles y de Genappe. Era la época en que las mieses están crecidas; en las orillas de la meseta hallábase apostado entre los trigos, un batallón de la brigada Kempt, el 95, armado de carabinas.

Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba en excelente posición.

El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí sin disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente. La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido una dispersión general.

Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del ala derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada de Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis batallones. _El ala derecha_, como dice Charras, _fué replegada detrás del centro_. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de Waterloo». Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los guardias-dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra mitad de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido Ponsomby quedaba Sommerset.

La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba dispuesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta apresuradamente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho de tierra. Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para empalizarla.

Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo molino de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más tarde un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las balas. El ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord Hilh, señalándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles son vuestras instrucciones y que órdenes nos dejáis, si os dejáis matar? _Hacer lo que yo_, respondió Wellington. Á Clinton le dijo lacónicamente: _Sostenerse aquí hasta el último hombre_. La jornada iba visiblemente mal. Wellington gritaba á sus antiguos compañeros de Talavera, Salamanca y Vitoria.

_Boys_ (muchachos), _¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de la vieja Inglaterra!_

Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás. De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería y los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos, arrojados por los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo que corta hoy todavía el sendero de la granja de Mont Saint Jean, realizóse un movimiento retrógrado; el frente de batalla inglés desapareció, Wellington retrocedió.

--¡Principio de la retirada!--exclamó Napoleón.

VII =Napoleón de buen humor=

El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel día. Desde la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio de 1815, aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en la obscuridad. El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo alegre en Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones. Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa pertenece á Dios.

_Ridet Cæsar, Pompeius flebit_, decían los soldados de la legión Fulminatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que se reía César.

Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire y la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme, satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de Waterloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido inmóvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y se había oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase misteriosa: «Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya de acuerdo.

No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes de aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá á hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de Hougomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: _Es la retaguardia inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los seis mil ingleses que acaban de llegar á Ostende._ Estaba expansivo; había vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 1.° de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo Juan, exclamando:--_¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo!_ La noche del 17 al 18 de junio burlábase de Wellington: _¡Ese inglesillo necesita una lección!_ dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el trueno, mientras la lluvia arreciaba.

Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones; los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de vivaque se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro, condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la batalla.--_¡Tanto mejor!_--había exclamado Napoleón.--_Prefiero más bien derribarlos que rechazarlos._

Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había mandado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina y una silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por alfombra, y había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de batalla, diciendo á Soult: _¡Lindo tablero!_

Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres, atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas, lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: _Tenemos noventa probabilidades de las ciento_. Á las ocho sirvieron el almuerzo al emperador. _Tenía convidados muchos generales._

Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo con cara de arzobispo, dijo: _El baile es hoy_. El emperador había contestado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: _Wellington no será tan simple que espere á vuestra majestad_. Era ésta su costumbre. _Gustábale chancearse_, dice Fleury de Chaboulón.

_El fondo de su carácter era un humor festivo_, dice también Gourgaud.

_Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas_, dice Benjamín Constant.

Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. Él fué quien llamó á sus granaderos _los gruñones_, pellizcándoles las orejas y tirándoles de los bigotes.

_El emperador no cesaba de hacernos jugarretas_, decía uno de ellos.

Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27 de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el _Zephyr_ encontró al bergantín _Inconstante_, donde Napoleón iba escondido, y al pedir al _Inconstante_ noticias de Napoleón, el emperador, que llevaba aún en aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y amaranto sembrada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había tomado riendo la bocina y respondido él mismo: _El emperador sigue bien_. Quien así se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón había tenido muchos accesos de semejante risa durante el almuerzo de Waterloo. Después de almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y luego dos generales se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una mano y un pliego de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la orden de batalla.

Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones en dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á la cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido de las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y bayonetas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por dos veces: ¡Magnífico, magnífico!