Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 32
De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece increíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas, formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV». Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y destinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: _He aquí veinticuatro buenas mozas, general_.
Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante de él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada la aldea.
Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de altiva compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra hoy una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos admirables escoceses grises, dijo: _¡Es lástima!_
Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió para observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del camino de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la batalla.
Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que existe todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un declive de la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas sobre el empedrado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía sobre su cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse recogido casi en el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas oxidadas, hojas viejas de sable y proyectiles informes y corroídos. _Scabra rubigine._ Hace algunos años se desenterró un obús de á sesenta, cargado todavía, cuya espoleta se había roto al ras de la bomba. En esta última parada fué donde el emperador le dijo á su guía Lacoste, aldeano hostil, el cual iba atado lleno de miedo á la silla de un húsar, volviéndose á cada descarga de metralla, y procurando esconderse detrás de Napoleón: _¡Imbécil! Esto es vergonzoso. Vas á hacer que te maten por la espalda._
El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como varas de saúco.
Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como nadie ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese campo fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento, le quitaron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede reconocerlo.
Para glorificarlo se le ha desfigurado.
Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse diciendo: _¡Me han cambiado mi campo de batalla!_ Allí donde está hoy la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que descendía hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que del lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La elevación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad por la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que encajonan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á la izquierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la meseta de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave; el día de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era de acceso áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los cañones ingleses no veían por bajo de ellos la granja situada en el fondo del valle, centro del combate.
El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo de la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de adivinar para un observador lejano.
¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas del terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la cresta de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe y de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel de la llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales han servido para el promontorio monumental.
Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas laderas escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en invierno, por la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos accidentes.
El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud, que un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el nombre del muerto, _el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas_, y la fecha del accidente, febrero de 1637.
Dice así la inscripción:
D. M. O.
AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE POR UN CARRO EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE, MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible)
FEBRERO DE 1637
Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un hundimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de piedra, cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo pedestal derribado permanece todavía visible en la pendiente del césped, á la izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja de Mont-Saint-Jean.
En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso en la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era invisible, es decir, terrible.
VIII =El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste=
Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento.
Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos consignado, era efectivamente admirable.
Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia de Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy fuera de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y sacos de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas sin escolta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto de las bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo empapado de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo, de suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la inutilidad del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa caballería, quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa poco inquietada, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney agrupado en vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo, masas compactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres, entregados así á la metralla; los horribles claros causados por las balas en esas masas; las columnas de ataque desunidas; la batería de escarpa bruscamente descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot y Durutte comprometidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel hércules procedente de la escuela politécnica, herido en el momento en que derribaba á hachazos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego lanzado de lo alto por la barricada inglesa que cortaba el ángulo de la carretera de Genappe á Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la infantería y la caballería, fusilada á quemarropa entre los trigos por Best y Pack, acuchillada por Ponsomby, y clavada su batería de siete piezas; el príncipe de Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra el conde de Erlón, á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada, y tomada también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los exploradores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo el terreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras dadas por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos hombres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont, los mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la Haie-Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes de la batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin haber anublado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor incertidumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en general: jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del detalle; los números le importaban poco, mientras le diesen el total de la Victoria. Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se alarmaba, porque se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar, suponiéndose entonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual á igual. Parecía decir á la suerte: No creo que te atrevas.
Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia, casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la antigua invulnerabilidad.
No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau, parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento de cejas resultaba visible en el fondo del cielo.
En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón. Vió desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer el frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose. El emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la victoria cruzó ante sus ojos.
Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el aniquilamiento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy, Poitiers, Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba á Azincourt.
El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó por última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla. Su guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde abajo con cierta contemplación religiosa.
Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes, escudriñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero; parecía cortar uno á uno los matorrales.
Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte, armada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que apuntasen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles donde resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió junto á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de blanco, situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud.
Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido.
Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó.
Wellington había retrocedido.
Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de una vez.
Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape á París, anunciando que se había ganado la batalla.
Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno.
Acababa de encontrar el rayo.
Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint Jean.
IX =Lo inesperado=
Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de legua. Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran veintiséis escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división de Lefebvre-Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los cazadores de la guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los lanceros de la guardia, ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos sin crines y corazas de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas y largos espada sables. Por la mañana todo el ejército les había admirado, cuando, á las nueve, tocaban los clarines y entonaban todas las bandas el himno: _Velemos por la salud del imperio_, habían venido en columna cerrada, con una de sus baterías al flanco y la otra en el centro, desplegándose en dos filas entre la calzada de Genappe y Frischemont, para ocupar su punto de batalla en aquella poderosa segunda línea, tan sabiamente dispuesta por Napoleón, la cual, teniendo á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann y á su extrema derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así decirlo, dos alas de hierro.
El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney sacó su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron.
Entonces se vió un espectáculo formidable.
Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance, penetrando en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían ya caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la sombra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida, subiendo al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont Saint Jean. Subían gravemente, amenazadores, imperturbables; en los intervalos de la fusilería y de la artillería, oíase aquel pisoteo colosal de caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la división Wathier ocupaba la derecha, la división Derlot la izquierda. Creíase ver de lejos, prolongándose hacia la cresta de la meseta, dos inmensas culebras de acero atravesando la batalla como un prodigio.
Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. Parecía que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una sola alma. Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un pólipo, se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí y allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos borrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón y el sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima de todo, el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la hidra.
Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara humana y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles, invulnerables, sublimes; dioses y bestias.
Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta, á la sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en trece cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en la primera, seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y atenta á lo que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando. No veía á los coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba subiendo aquella marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos tres mil caballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al trote largo, el roce de las corazas, el choque de los sables, y una especie de resoplido grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio espantoso; después, apareció de súbito por encima de la cresta una larga fila de brazos levantados blandiendo sables, y los cascos, y las trompetas, y los banderines; y tres mil cabezas con bigotes grises gritando: ¡Viva el emperador! Toda aquella caballería desembocando en la meseta, pareció el principio de un terremoto.
De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con un clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta, desenfrenados, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre los cuadros y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los ingleses un foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain.
Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á pico bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera, y la tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban queriendo volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus cuatro pies, tirando y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos contra otros é imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era más que un solo proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los ingleses aplastó á los franceses. El barranco inexorable no podía ser vencido sino llenándole; jinetes y caballos rodaron confundidos en él, atropellándose y mezclados unos á otros, no formando más que una sola carne en aquel abismo; y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres vivos, pasando por encima atravesaron la zanja los demás. Casi una tercera parte de la brigada Dubois se hundió en aquel abismo.
Aquí comenzó la pérdida de la batalla.
Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada de Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los demás cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate.
Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había arrancado su bandera al batallón de Lusebourg.
Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo, que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta. Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había dirigido, probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una pregunta al guía Lacoste. El guía había respondido _no_.
Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano surgió la catástrofe de Napoleón.
Otras fatalidades debían todavía surgir.
¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker? No. Por causa de Dios.
Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga fecha.
Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso.
El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo universal. Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en una sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería mortal para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en que la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente se sentían lastimados los principios y los elementos, de los que dependen las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden material. La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las madres llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la tierra sufre excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten de la sombra y oye el abismo.
Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su caída.
Molestaba á Dios.
Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del universo.
X =La meseta de Mont-Saint-Jean=
Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería.
Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca de jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería inglesa.
Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar. El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en valor.
La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si presintiese el engaño, había llegado entera.
Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses.
Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los dientes y pistola en mano, tal fué el ataque.
Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre hasta convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se movieron.
Aquello fué horroroso.
Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció impasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros con las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila, los artilleros cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro, dejando pasar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los coraceros respondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban, levantando las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de las bayonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros abrían brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían deshechas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en los vientres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas como no se hayan visto tal vez nunca.
Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio de sus acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos cuadros no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran una caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por una nube; la lava combatiendo al rayo.
El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer de apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase del 75.º regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, mientras se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda sus ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos, sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música, matando al músico.