Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 30

Chapter 303,904 wordsPublic domain

SEGUNDA PARTE COSETTE

LIBRO PRIMERO WATERLOO

I

=Lo que se encuentra viniendo de Nivelles=

El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles una calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van sucediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas enormes.

Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al oeste, el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma de un vaso boca abajo.

Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo de un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en el que se leía esta inscripción: _Barrera antigua, número 4_, un bodegón en cuya fachada se leía: _Á los cuatro vientos. Echabeau, café de particular._

Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles, que cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro en las praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden, hasta Braine l'Alleud.

Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas, un arado, un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que humeaba en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un cobertizo cercado de paredes de paja.

Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era continuo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una laguna en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un sendero mal engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió por él.

Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de una pared del siglo XV, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada, con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos medallones planos.

Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular á la fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente en ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos, á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla todas las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba sus dos hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido.

El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un hermoso pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor en un árbol frondoso.

El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por bajo de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las puertas y salió una aldeana.

Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención:

--Hizo esto una bala francesa,--dijo ella.

Y luego añadió:

--Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera.

--¿Cómo se llama este lugar?--preguntó el viajero.

--Hougomont,--dijo la aldeana.

El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de los setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león.

Encontrábase en el campo de Waterloo.

II =Hougomont=

Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa, que se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha.

Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el anticuario _Hugomons_. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers.

El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una carretela antigua, y entró en el patio.

Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del siglo XVI, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas, un pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un potro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla, he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón. Si él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado tal vez el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus picos. Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que reemplaza á los ingleses.

Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías de guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al encarnizamiento de todo un ejército.

Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente. Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y la septentrional, que es la de la granja.

Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el cuerpo de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada Soye le acometiera por el Sur, pero sin tomarle.

Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de la puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan los destrozos del ataque.

La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se entreabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente en una pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior, cerrando el patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para carros, como las hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos grandes hojas hechas de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden los prados. La disputa de esta entrada fué terrible. Durante mucho tiempo se han conservado sobre el montante de la puerta toda clase de huellas de manos ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin.

La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; el horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado allí petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los muros agonizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son llagas; los árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos para huir.

Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias construcciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y recodos fortificados.

Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del castillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene en pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón; la capilla de fortín, ambos se exterminaron.

Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas, por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras, acercaron fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la metralla fué contestada por el incendio.

Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas guardadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un cuerpo de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en esos aposentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al techo, aparece como el interior de un caracol destrozado. La escalera tiene dos tramos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los escalones superiores, habían cortado los inferiores. Estos consistían en anchas losas de piedra azul, amontonados hoy entre las ortigas. Unos diez solamente se mantienen adheridos todavía á la pared, en el primero de los cuales se ve grabada la figura de un tridente. Estos inaccesibles escalones permanecen sólidos en sus alvéolos. El resto parece una mandíbula desdentada. Dos árboles viejos están allí todavía; muerto el uno, herido el otro en el pie, reverdece en abril. Desde 1815 empezó á brotar al través de la escalera.

Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la matanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca, pegado sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas de cal, una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas, sobre la puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un tragaluz cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo un bastidor viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la capilla.

Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del siglo XV; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después, la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en horno. Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo de madera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones permanecen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al decir de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna del Cristo.

Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los pies del Cristo se lee este nombre: _Henquinez_. Luego estos otros: _conde de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana)_. Hay nombres franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera.

Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se insultaban las naciones mutuamente.

En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros.

Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en el patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es que ya no se saca agua.

¿Y por qué no se saca agua?

Porque está lleno de esqueletos.

El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van Kylsom. Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero. El 18 de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en los bosques.

La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos días y muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas. Hoy todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de árboles quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores tiritaron entre las espesuras de la maleza.

Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el castillo» agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron. Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir los combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo les dió de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí su último trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir también.

Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que la peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo. Aquel pozo era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en él trescientos muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban muertos todos? La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió al enterramiento, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de socorro.

Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está descubierto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del fondo tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de obús. Esta torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los maderos. El armazón de sostenimiento del muro de la derecha describe una cruz. Asomándose al fondo, se pierde la vista en la profundidad de un cilindro de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El nacimiento de toda la fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas.

Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un travesaño en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de madera nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No existe cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de piedra que servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en ella y, de cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las vecinas selvas, remontándose inmediatamente.

En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza, cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura gótica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol, colocado oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le cortó la mano de un hachazo.

La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera gris nos decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que yo, tenía miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de mi madre. Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para escuchar. Yo imitaba el cañón, y hacía _bum, bum_.

Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al cercado.

Este cercado es terrible.

Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las edificaciones del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á la derecha una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se entra desde luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado de groselleros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un malecón monumental de piedra sillería con balustres de doble espesor. Fué un jardín señorial del primer estilo francés que precedió á _Le Nôtre_; ruinas y abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan en globos, que parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y tres balustres en pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos están acribillados por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece sobre el estrave como una pierna rota.

En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis tiradores del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados como osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías hannoverianas, una de las cuales iba armada de carabinas. Los hannoverianos coronaban los balustres y disparaban sobre los seis franceses desde lo alto. Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis contra doscientos, con la mayor intrepidez y sin más abrigo que los groselleros, tardaron en morir un cuarto de hora.

Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente el combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos sepulturas inglesas de granito.

Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto vivo; llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto, saltaron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego á la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la brigada Soye. Así comenzó Waterloo.

No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles. Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau, setecientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro, contra el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está acribillada por la metralla.

Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene sus botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan los espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar la cabeza; los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en los agujeros de los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco desarraigado, caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para espirar. Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat, oriundo de una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de Nantes. Contiguo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo, vendado con un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen de vejez. No hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los esqueletos de los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado. Los cuervos vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de violetas.

Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería; un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa, furiosamente mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto; Blackmann muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones franceses, de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres mil hombres, en sólo aquellas ruinas de Hougomont, acuchillados, destrozados, degollados, fusilados, quemados; y todo ello para que un aldeano pueda decirle hoy á un pasajero: _Señor, dadme tres francos; si gustáis os explicaré lo de Waterloo_.

III =El 18 de junio de 1815=

Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y trasladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que comienza la acción referida en la primera parte de este libro.

Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó de menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un poco de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo.

La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la artillería pudiese maniobrar.

Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio desde Aboukir, decía: _Tal bala de las nuestras mató seis hombres_. Todos sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer converger la artillería sobre un punto dado; tal era su clave de victoria. Trataba la estrategia del general enemigo como una ciudadela, y la batía en brecha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y desataba las batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio. Romper los cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas, aplastar y dispersar las masas, todo se encerraba en eso para él; herir, herir, herir sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea á las balas. Método temible, y que, unido á su genio, hizo invencible durante quince años, á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra.

El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas cuarenta.

Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y terminado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana.

¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla? ¿Es imputable el naufragio al piloto?

La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra, ¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una palabra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han creído ¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á sí mismo su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo de la aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del peligro? En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden llamarse los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía del genio? La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los Dante y los Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal y Bonaparte ¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido directo de la victoria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á no adivinar el lazo, ni discernir el borde resbaladizo de los abismos? ¿Faltábale el olfato de las catástrofes? Él, que antes sabía todos los senderos del triunfo, y que desde la altura de su carro refulgente de rayos, los señalaba con su dedo soberano, ¿tenía entonces el siniestro aturdimiento de conducir al principio su tumultuoso tiro de legiones? ¿Se había apoderado de él, á los cuarenta y seis años, una locura suprema? Aquel conductor titánico del destino, ¿no era ya más que un inmenso abismo?

No lo hemos creído nunca.

Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maestra. Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos trozos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el alemán al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su plan de batalla. Después, ya vería.

Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando, tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una pléyade de historiadores[7].