Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 27
Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no era solamente sombrío, sino obscuro.
El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el cual se le llama al marido _esposo_, y á la mujer, _esposa_; á París, _el centro de las artes y de la civilización_; al rey, _el monarca_; á monseñor el obispo, _un santo pontífice_; al fiscal, _el elocuente intérprete de la vindicta_; á los alegatos, _los acentos que se acaban de oir_; al siglo de Luis XIV, _el gran siglo_; un teatro, _el templo de Melpómene_; la familia reinante, _la augusta sangre de nuestros reyes_; un concierto, _una solemnidad musical_; al señor comandante general del departamento, _el ilustre guerrero que_, etc.; á los alumnos del seminario, _esos tiernos levitas_; los errores imputados á los periódicos, _la impostura que destila su veneno en las columnas de esos órganos_, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido visto escalando la pared ó arrancando la rama.
Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía en llamar _ramo_), pero que él decía haber encontrado y recogido del suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda, un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin, cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente, negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía, pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente, creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.
El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen serlo generalmente los fiscales.
Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean. El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean. Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el nombre de _escuela satánica_, que le habían dado los críticos de la _Quottidienne_ y del _Orifiamme_, atribuyó no sin verosimilitud, á la influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó, por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó á hablar del mismo Juan Valjean.
¿Qué es lo que era Juan Valjean?
Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes, la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió, con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto, al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio, como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo, á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen: Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa. ¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc., etc.».
Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta, con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.
Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de aquella manera.
De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta triste y muda con la que se había contentado desde el principio de la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba, no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad» del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.
Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.
Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.
X =El sistema de negativas=
Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.
--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?
El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra, pareciendo no entender lo que se le decía.
El presidente repitió la pregunta.
Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona del fiscal, comenzó á hablar.
Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas, que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo así:
--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo. Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado. Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres, pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían; los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija, que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco, reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos. Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada. Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe! París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de eso, no sé qué me queréis.
El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y salvaje.
Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes. Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí, venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por qué, púsose á reir también.
¡Aquello era siniestro!
El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.
Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido». Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo que iba á decirle, y añadió:
--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente, ¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí ó no?
El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se volvió hacia el presidente, y dijo:
--En primer lugar...
Después miró su gorra, miró al techo y se calló.
--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia; que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón. Los señores jurados apreciarán estos hechos.
El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:
--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.
Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo. Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis nombres de bautismo, tomadlo como queráis.
He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he estado domiciliado.
¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis todos contra mí?
El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:
--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert, para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.
--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del acusado.
--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra, por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el señor Javert:
«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le reconozco perfectamente».
Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión así en el público como en el jurado.
El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é interpelados solemnemente.
El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no tuviesen más que un alma.
El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.
--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no podéis prestar juramento.
Brevet bajó los ojos.
--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite, sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado, reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de presidio Juan Valjean.
Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.
--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en 1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy taciturno. Le reconozco positivamente.
--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie.
Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa. Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido, descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].
El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando descaradamente al público.
El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á Brevet, si persistía en reconocer al acusado.
Chenildieu se puso á reir.
--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?
--Id á sentaros,--dijo el presidente.
El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje, y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en presidiarios.
El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.
--Es Juan Valjean,--dijo Cochepaille.--El mismo á quien llamaban Juan el Gato, por su fuerza extraordinaria.
Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que, según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera, los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse: ¡Famoso!
El presidente le interpeló:
--Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?
Él respondió:
--Repito que ¡famoso!
Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era evidente que aquel hombre estaba perdido.
--Ujieres,--dijo el presidente,--imponed silencio. Va á cerrarse el debate.
En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á la cual se oyó una voz que gritaba:
--¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.
Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo:
--¡El señor Magdalena!
XI =Champmathieu más y más asombrado=
Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro. Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras, aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de estar allí.
Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible. Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien hubiese dado un grito tan horroroso.