Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 28
Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.
--¿No me reconocéis?--les dijo.
Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y dijo con acento tranquilo:
--Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es él sino yo. Yo soy Juan Valjean.
Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está verificando algo grandioso.
Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo:
--¿Hay por aquí algún médico?
El fiscal tomó la palabra:
--Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*. Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y acompañarle á su domicilio...
El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que las oyeron hace cuarenta años.
--Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios, que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario. Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón. Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará, entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme. ¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería!
No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría del acento con que acompañó esta exclamación.
Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:
--¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...
Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:
--¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que llevabas en presidio?
Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado de pies á cabeza.
Él continuó:
--Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?
--Es cierto,--dijo Chenildieu.
Dirigióse entonces á Cochepaille.
--Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815. Levántate la manga.
Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se leía perfectamente.
El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la desesperación.
--Ya veis,--dijo,--como soy realmente Juan Valjean.
No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados.
Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe, aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en aquel vasto hecho luminoso.
Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.
--No quiero molestar más á la audiencia,--repuso Juan Valjean.--Me voy, puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando quiera.
Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta, pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí volvióse y dijo:
--Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.
Después se dirigió al auditorio:
--Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese pasado nada de esto.
Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros de hallar alguien que les sirva entre la multitud.
Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión.
NOTAS:
[5] Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean.
[6] _Chenildieu_ y _Je nie Dieu_ (Niego á Dios) tiene, en francés, una pronunciación casi igual.
LIBRO OCTAVO RETROCESO
I =En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos=
El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para ir á preparar una nueva poción de quina.
La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar silenciosamente.
--¡Sois vos, señor alcalde!--exclamó.
Y él respondió en voz baja:--¿Cómo sigue esa pobre mujer?
--No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.
Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no era de Montfermeil de donde venía.
--Está bien,--dijo él;--habéis hecho bien en no desengañarla.
--Sí,--respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña, señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?
Permaneció un momento reflexivo y luego:
--¡Dios nos inspirará!--exclamó.
--Sin embargo, no podremos mentir,--murmuró á media voz la hermana.
Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que la hermana alzase los ojos.
--¡Dios mío!--exclamó ella.--¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha vuelto blanco!
--¡Blanco!--repitió él.
Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto, que ya no respiraba.
El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:
--¡Es verdad!
Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa.
La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que entreveía en todo aquello.
Él preguntó:
--¿Puedo verla?
--¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?--dijo la hermana, arriesgándose apenas á hacer la pregunta.
--Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.
--Si no viera al señor alcalde hasta entonces,--repuso tímidamente la hermana,--no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de mentirle.
El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo con tranquila gravedad:
--No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.
La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:
--En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.
Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal, y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas. Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas.
Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo que á morirse.
La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.
El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo. Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y él los tenía blancos.
La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien allí á quien imponer silencio.
Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:
--¿Y Cosette?
II =Fantina dichosa=
No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella continuó:
--Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo. Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda clase de figuras celestes.
Él levantó su mirada hasta el crucifijo.
--Pero,--repuso ella,--decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?
El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha podido nunca recordar.
Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de auxiliar al señor Magdalena.
--Hija mía,--dijo el médico;--calmaos. Vuestra hija está ahí.
Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.
--¡Oh!--exclamó.--¡Traédmela!
¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que se lleva en brazos.
--Todavía no,--repuso el médico,--todavía no. Aún tenéis un poco de fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo primero es curarse.
Ella le interrumpió impetuosamente:
--Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!
--¿Veis, veis,--dijo el médico,--cómo os exaltáis? Mientras estéis así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.
La pobre madre agachó la cabeza:
--Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy tranquila, dirán: hay que traerle su hija.
El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al lecho.
Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas.
--¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais, haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija? ¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo vos! ¡Vos que sois el amo!
Él le tomó la mano, y dijo:
--Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos. Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y esto os hace toser.
En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.
Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar de cosas indiferentes:
--¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.
El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor Simplicia era la única persona que estaba con ellos.
Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:
--¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!
Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á escuchar como extasiada.
Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre, y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para entrar en calor, reía y cantaba en alta voz.
¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella criatura era el que oía Fantina.
--¡Oh!--exclamó ella.--¡Es mi Cosette! Conozco su voz.
La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió. Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:
--¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene ese hombre!
Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:
--¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?
Púsose á contar con los dedos.
--...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco, llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh, mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya pensando en la primera comunión de mi hija!
Y se puso á reir.
Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.
No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro, radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala, agrandados sus ojos por el terror.
--¡Dios mío!--exclamó él.--¿Qué tenéis, Fantina?
Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que mirase detrás de sí.
Volvióse, y vió á Javert.
III =Javert contento=
He aquí lo que había pasado.
Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que recordará el lector que había tomado.
Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.
En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa á Champmathieu.
Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á Champmathieu, tomó á Magdalena.
Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu, el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era preciso que la justicia siguiese su curso.
Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del desembarco de Cannes, dijese el _emperador_ y no _Buonaparte_.