Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 26
Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:
--¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.
El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido.
--Señor doctor,--repuso ella.--¿La hermana os habrá dicho que el señor alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?
El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse dijo á la hermana:
--Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.
VII =El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse=
Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras. El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada, despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase.
Entró la posadera:
--¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?
Él hizo un signo de cabeza negativo.
--El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado.
En esto rompió el silencio:
--¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?
--¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.
Y él preguntó:
--¿No está aquí la administración de postas?
--Sí, señor.
La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M* con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.
--Caballero,--le dijo el encargado,--no faltéis para salir puntualmente á la una.
Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.
No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas, en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:
--Señor,--dijo;--¿el palacio de Justicia, si os place?
--No sois de la ciudad, señor,--respondió el hombre, que era un buen anciano.--Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces, mientras se están reparando las salas de justicia.
--¿Y es allí,--preguntó,--donde se reúnen también los jurados?
--Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.
Siguiendo su camino, le dijo el artesano:
--Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas concluyen á las seis.
Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso edificio.
--Á fe mía que llegáis á tiempo,--añadió;--habéis tenido suerte. ¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa? ¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?
El forastero respondió:
--No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.
--Eso es distinto,--dijo el artesano.--Mirad, señor, la puerta es aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la escalera principal.
Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.
Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador, que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios tenebrosos.
Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.
La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que encontró.
--Caballero,--le dijo;--¿en qué están?
--Ya han concluido,--respondió el abogado.
--¡Concluido!
Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se volvió.
--Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?
--No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?
--Sin duda. No podía ser otra cosa.
--¿Presidio?...
--Para toda la vida.
--Y,--repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:--¿Se ha probado entonces la identidad?
--¡Qué identidad!--replicó el abogado.--No había identidad alguna que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de premeditación, ha sido condenada de por vida.
--¿Pero es una mujer?--dijo él.
--Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?
--De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la sala iluminada?
--Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.
--¿Qué otro proceso?
--¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le mandaba yo á presidio.
--Señor,--preguntó él.--¿No hay medio de entrar en la sala?
--No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la puerta podáis penetrar. Probadlo.
--¿Por dónde se entra?
--Por esa puerta grande.
El abogado se separó.
En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa, respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de alegría ó de dolor.
Acercóse á varios grupos para oir qué decían.
Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves. Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal era de los buenos, y no se le _escapaba_ ninguno de sus reos; era un chico de provecho que hacía versos.
Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de los jurados. El viajero preguntó al ujier:
--¿Se abrirá pronto la puerta?
--No se abrirá ya,--dijo el ujier.
--¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no se ha suspendido?
--Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,--respondió el portero;--pero no se abrirá la puerta.
--¿Por qué?
--Porque está llena la sala.
--¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?
--No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.
El ujier añadió después de un instante de silencio:--Hay todavía dos ó tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí sino los funcionarios públicos.
Y esto diciendo volvió la espalda.
Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: _Magdalena alcalde de M* sur M*_. Volvió á subir después á grandes pasos la escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el papel, diciéndole con autoridad:
--Entregad esto al señor presidente.
El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.
VIII =Entrada de favor=
Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer las industrias de otros varios distritos.
Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche. En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa población de M* sur M*.
El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse, añadiendo: _Este señor desea asistir á la audiencia_, el presidente hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle entrar».
El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través de sus meditaciones, que alguien le decía:--«Señor, ¿queréis hacerme el honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier, al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí cerca la lámpara, pudo leer:
«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al señor Magdalena».
Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen para él un sabor extraordinario y amargo.
Y siguió al ujier.
Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras obscuras que acababa de recorrer.
El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado. Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y condenan.
Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible, donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante. Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él.
Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.
Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache, alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación, el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus propias casas.
Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento, habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba en Fantina y en Cosette.
Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil, impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes.
Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía, ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien: _¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello?_ Después volvióse vivamente, y vió delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella, abrióla y salió.
Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado. Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de sí, y huyó como si alguien le persiguiese.
Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared. La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se enderezó temblando.
Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de algo más tal vez, meditó.
Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!
Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en su fuga, y le hiciese volver atrás.
Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado, brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar un cordero el ojo de un tigre.
Su vista no podía apartarse de él.
De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.
Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso, el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.
De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió convulsivamente el botón; la puerta se abrió.
Estaba en la sala de audiencia.
IX =Lugar en el cual van formándose las convicciones=
Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció de pie, contemplando lo que estaba viendo.
Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante, donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.
Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa, abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos; en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada justicia.
Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un hombre sentado entre dos gendarmes.
Este hombre, era el hombre.
Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí, como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.
Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.
Y díjose á sí mismo estremeciéndose:--¡Dios mío! ¿debo volver á verme así?
El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo de rudo, estúpido y espantado.
Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*, adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio, le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía:
Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían, que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces, verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado.
Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado, exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!
Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas, volviéndole casi loco, era otro _él_ allí presente: ¡Aquel hombre á quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!
Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de representación del momento más horroroso de su vida, personificada en un fantasma.
Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche, casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.
Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel punto de calma en que es posible oir.
El señor Bamatabois era del número de los jurados.
Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos dicho, la sala estaba poco alumbrada.
En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.
La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado; hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable, perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo, crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.
Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador, y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio, era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad, y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena. ¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya? ¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que parecía igualmente dividir al jurado.