Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 25
El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo moviendo la cabeza:
--No.
El viajero se alegró inmensamente.
Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más, no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho providencial.
Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.
Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:
Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver tranquilamente sobre sus pasos.
Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer; pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había fijado, se separó del grupo echando á correr.
En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el muchacho. Venía acompañado de una vieja.
--Señor,--dijo la vieja,--me ha dicho el chico que queréis alquilar un cabriolé.
Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.
Y díjole á la vieja:
--Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.
Apresurándose á añadir:
--¿Pero no hay ninguno en este pueblo?
--Sí lo hay,--dijo la vieja.
--¿Dónde está?--repuso el carretero.
--En mi casa,--replicó la vieja.
Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.
La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que se les escapara el viajero, intervinieron.
--Es un mal carro;--Apoyado sobre el eje;--Es cierto que los asientos están suspendidos por correas;--Lloverá dentro de él como bajo una criba;--Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;--No iréis con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;--¡Es una carreta!--¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en él!--etc., etc.
Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.
Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía siguiendo desde por la mañana.
En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje libremente. Nadie le obligaba á ello.
Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.
Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos! ¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la esperanza.
Era el chico de la vieja.
--Señor,--le dijo,--yo soy quien os ha proporcionado el calesín.
--¿Y qué?
--Que nada me habéis dado.
Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión exorbitante y odiosa.
--¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!
Y arreando el caballo, partió al trote largo.
Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes que subir.
Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro horas para cinco leguas.
En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo. Pensando en mil cosas tristes y confusas.
La posadera entró en la cuadra.
--¿No quiere el señor almorzar?--preguntó.
--¡Y es verdad!--exclamó él;--tengo buen apetito.
Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada en lugar de manteles.
--Despachad pronto,--dijo él;--es preciso que emprenda nuevamente la marcha; llevo mucha prisa.
Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la joven la verdadera expresión del bienestar.
--Esto es lo que yo sentía,--pensó;--no haber almorzado.
Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo sobre la mesa sin volverlo á tocar.
Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á este hombre:
--¿Por qué es tan amargo este pan?
El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.
El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.
Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que dista sólo cinco leguas de Arras.
¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del camino.
Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces, disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez, ¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de nosotros.
Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida, que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que le desengancha en las tinieblas.
Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:
--¡Vaya un caballo fatigado!
El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.
--¿Vais tal vez á Arras?--añadió el caminero.
--Sí.
--Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.
Detuvo el caballo y preguntó al caminero:
--¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?
--Cerca de siete leguas largas.
--¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.
--¡Ah!--respondió el peón.--¿Entonces no sabéis que se está componiendo el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay medio de seguir adelante.
--¿De veras?
--Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino de Mont-Saint Eloy, que va á Arras.
--Pero viene la noche y me perderé.
--¿No sois del país?
--No.
--Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,--repuso el caminero:--¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado, quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana podréis ir á Arras.
--Es preciso que llegue allí esta noche.
--Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía.
Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al suyo.
Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas del calesín.
Sin embargo conocía que perdía tiempo.
Había caído ya por completo la noche.
Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de un bache á otro. Dijo él al postillón:
--Siempre al trote, y doble propina.
En uno de los vaivenes rompióse el balancín.
--Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano podríamos estar en Arras.
Él le respondió:
--¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?
--Sí, señor.
Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.
Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al galope.
La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la noche!
El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.
Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:
--¿Qué hora es ésta?
--Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más que tres leguas.
Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no se le hubiese ocurrido antes:
Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin saber si aquello serviría para algo.--Después formó confusamente algunos otros cálculos en su espíritu:--Que ordinariamente las vistas del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo terminado!
El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás á Mont Saint Eloy.
La noche aumentaba más y más su obscuridad.
VI =Sor Simplicia puesta á prueba=
Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.
Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre, y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara el señor Magdalena.
Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos, resplandeciendo como estrellas.
Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.
Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía invariablemente:--Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena.
Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada, los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la vejez las enfermedades!
Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la cabeza.
El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.
Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:
--¿Hermana mía, qué hora es?
Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama, ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.
Nadie entró; la puerta no se abrió.
Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de nuevo en su almohada.
No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.
Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía á dejarse caer.
Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.
Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios azulados, sonriendo á cada instante.
Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y dulce acento:--¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy!
La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor Magdalena.
En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que quisiera recordar algo.
De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana se puso á escuchar.
He aquí lo que cantó Fantina:
Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar. La Virgen María con manto bordado Ayer vino á verme en mi pobre hogar, Y me dijo:--Mira, bajo el velo traigo El niño que un día viniste á implorar. --Á la ciudad pronto, corriendo, volando, Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal.
Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal.
Buena y santa virgen del manto bordado Arreglé una cuna, con cintas, sin par; Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos Me diera prefiero lo que tú me das. --¿De todo este lienzo, señora, qué hago? --Al recién nacido hacedle el ajuar.
Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar.
Lavad este lienzo.--¿En dónde?--En el río. Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar, Una hermosa falda con su cuerpecito, Que con muchas flores la quiero bordar. --¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño? --Haced mi sudario, llevadme á enterrar.
Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal, Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar.
Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se habían pasado sin ver á su hija.
Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada á cosas austeras, sintió asomar una lágrima.
El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar atención á nada de lo que pasaba junto á ella.
Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.
Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas.
La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le esperase aquella noche.
Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina, cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:
--¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué es lo que hace? ¿Por qué no viene?
Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres, creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.
--¡Respondedme!--exclamó Fantina.
La criada balbuceó:
--La portera me ha dicho que no podría venir hoy.
--Hija mía,--dijo la hermana,--estad tranquila, y volveos á echar.
Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento imperioso y desgarrador á un tiempo:
--¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.
La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:
--Decid que está ocupado en asuntos municipales.
Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco. La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la dijo:
--El señor alcalde se ha ausentado.
Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía dolorida.
--¡Se ha ausentado!--exclamó.--¡Ha ido á buscar á Cosette!
Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.
Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:
--¡Hermana mía!--exclamó,--voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana, ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil.
Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había regalado sor Simplicia.
--Hija mía,--dijo la hermana,--procurad ahora descansar, y no habléis.
Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.
--Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba de Cosette: _Pronto, pronto?_ Es una sorpresa que quiere darme. ¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz; ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego, ¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años! Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad, esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos! ¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes. Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á Montfermeil?
La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió: --¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.
--¡Mañana! ¡Mañana!--dijo Fantina.--¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si quisiera, bailaría.
Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja. Alegría de madre, es casi alegría de niño.
--Bien, bien,--repuso la religiosa;--toda vez que sois dichosa, obedecedme y no habléis más.
Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:
--Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.
Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una palabra más.
La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.
Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama.
Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.
Díjole ella:--Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á mi lado en una camita?
El médico creyó que deliraba. Ella añadió:
Vedlo, hay justamente el sitio necesario.
El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:
--Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.
--Dadme la mano,--dijo el médico.