Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 24
Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una especie de lingote sin forma.
Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.
Removió las brasas con uno de los candeleros.
Un minuto más, y estaban ya en el fuego.
En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior: ¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!
Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo terrible.
--¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo, que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado, y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!
El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La voz continuó:
--¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye, infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y únicamente la maldición será la que suba hasta Dios!
Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.
Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del cuarto con cierto terror.
--¿Hay aquí alguien?--preguntó en voz alta y todo azorado.
Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:
--¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!
Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que pueda ver el ojo humano.
Dejó los candeleros sobre la chimenea.
Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento inferior.
Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no sabía dónde se encontraba.
Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban parecíanle tan funestas la una como la otra.
¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber escogido la Providencia para tranquilizarle!
Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios! ¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento.
¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie, la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos! ¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven! ¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la curiosidad de los extraños á quienes se diría: _Ése es el famoso Juan Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*_! ¡Y por la noche, sudoroso y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano?
Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en ángel!
¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!
La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse, tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación. El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo. Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.
Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del niño que comienza á andar solo.
Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía, la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud.
¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No había adelantado nada desde el principio.
Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por entre las profundidades llenas de estrellas.
IV =Formas que toma el sufrimiento durante el sueño=
Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una silla.
Y así durmió y soñó.
Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su puño, y que creemos deber transcribir textualmente.
Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma enferma.
Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: _El sueño que tuve aquella noche_.
«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No me parecía que fuése ni de día, ni de noche.
«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.
«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.
«No había árboles en el campo.
«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.
«Mi hermano me dijo:
«--Tomemos el camino hondo.
«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo. Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba. Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado.
«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era Romainville (¿por qué Romainville?)[5].
«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra. Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie, junto á la pared. Díjele á este hombre:--¿Qué país es éste? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió.
«Vi la puerta de una casa abierta y entré.
«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared. Pregunté á este hombre:--¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió tampoco.
«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie. Díjele á este hombre:--¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?
«El hombre tampoco respondió.
«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta, detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.
«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.
«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de color de tierra.
«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en el pueblo, me preguntó:--¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace ya mucho tiempo que estáis muerto?
«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á mí».
Despertóse. Estaba helado.
Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las hojas de la venta abierta.
El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era obscura todavía.
Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.
Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los ojos.
Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y recogían caprichosamente en la sombra.
Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los sueños, exclamó:
--¡Calle!--y pensó.--¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!
Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían, pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre el suelo.
--¿Qué carruaje es ése?--se preguntó.--¿Quién puede venir tan de mañana?
En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.
Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:
--¿Quién llama?
Alguien dijo:
--Yo, señor alcalde.
Reconoció la voz de la vieja portera.
--¡Y bien! ¿Qué ocurre?
--Señor alcalde, van á dar las cinco.
--¿Y qué me importa?
--Señor alcalde, está ahí el cabriolé.
--¿Qué cabriolé?
--El tílburi.
--¿Qué tílburi?
--¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?
--No,--dijo él.
--El cochero dice que es para el señor alcalde.
--¿Qué cochero?
--El cochero de maese Scaufflaire.
--¿Maese Scaufflaire?
Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado ante sus ojos.
--¡Ah! sí,--repuso.--¡Maese Scaufflaire!
Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado espantada.
Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después, aventurándose á levantar aún la voz:
--Señor alcalde, ¿qué debo contestar?
--Que está bien; que bajo.
V =Los rayos de las ruedas=
El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él. Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo.
Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día, presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman «termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto. Caminaban no obstante, con gran velocidad.
La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la madrugada.
Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte. El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le hizo caso, y continuó su camino al trote largo.
--He aquí un hombre endiabladamente apresurado,--dijo el conductor.
El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar interiormente entre convulsiones dignas de lástima.
¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.
¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte. Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le atraía.
Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en la obscura caverna de lo desconocido?
Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.
¿Por qué, pues, iba á Arras?
Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de Scaufflaire:--que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;--que era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.--Que no podía decidirse, sin haber observado y escudriñado;--que de lejos todos los objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio en lugar suyo;--que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido, pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de toda sospecha.
Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las conjeturas;--y que no había, por lo tanto, peligro alguno.
Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él; que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.
Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.
Aferrábase á este pensamiento.
Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á Arras.
Y sin embargo, iba.
Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y sentado que hace dos leguas y media por hora.
Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que retrocedía.
Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte; miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras de una aurora de invierno.
El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía; pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física, las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro.
Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas que á veces se encuentran junto al camino, se decía:--¡Y aquí hay gentes que duermen!
El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.
Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.
El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.
Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena, se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.
--¿Vais así muy lejos?--preguntó el hombre.
Él contestó sin salir de sus meditaciones.
--¿Por qué?
--¿Venís de lejos?--repuso el mozo.
--De cinco leguas de aquí.
--¡Ah!
--¿Por qué decís: ah?
El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso, fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo:
--Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo; pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.
El viajero saltó del tílburi.
--¿Qué estáis diciendo, amigo?
--Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real. Mirad.
La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya matriz había saltado de su centro.
--Amigo,--dijo al mozo,--¿hay algún carretero por aquí?
--Sin duda, señor.
--Hacedme el favor de ir por él.
--Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!
Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree rota una pierna.
--¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?
--Sí señor.
--¿Cuándo podré seguir mi camino?
--Mañana.
--¡Mañana!
--Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?
--Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.
--Imposible, señor.
--Pagaré lo que se quiera.
--Imposible.
--¡Pues bien! Dentro de dos horas.
--Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No podéis salir antes de mañana.
--El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa rueda se reemplazase con otra?...
--¿Cómo?
--¿No sois carretero?
--¡Sin duda!
--¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.
--¿Una rueda suelta?
--Sí.
--No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.
--En ese caso, vendedme un par de ruedas.
--Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.
--Probadlo.
--Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste un país tan pobre.
--¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?
El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.
--¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo alguno no sería quien os lo alquilase.
--Pero ¿me lo venderíais?
--No lo tengo.
--¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.
--Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,--añadió el carretero,--una carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes. Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela, y se necesitan dos caballos para tirar de ella.
--Tomaré dos caballos de posta.
--¿Á dónde vais?
--Á Arras.
--¿Y el señor quiere llegar hoy?
--Precisamente.
--¿Con caballos de posta?
--¿Por qué no?
--¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?
--No, ciertamente.
--Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos de posta... ¿Traéis pasaporte?
--Sí.
--Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.
--Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una silla en el pueblo?
--Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?
--Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.
--Entonces...
--¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de alquiler?
--¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!
--Sí.
--Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!
--¿Qué hacer, entonces?
--Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.
--Mañana sería tarde.
--¡Diantre!
--¿No pasa por aquí el correo de Arras?
--¿Á qué hora?
--Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube como el que baja.
--¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?
--Un día largo; como os he dicho.
--¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?
--¡Aún que se pusieran diez!
--¿Si atáramos los rayos con cuerdas?
--Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.
--¿No hay quien alquile coches en el pueblo?
--No.
--¿Hay otro carretero?