Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 23
Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos, con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado, si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean, el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más digno y más considerado que nunca;--si alguien le hubiese dicho esto, hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que aquellas locuras se convirtiesen en realidades!
Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando cuenta de su verdadera situación.
Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie, temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo. Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar. Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su fondo, él ó el otro.
No había sino dejar al tiempo.
Hízose por completo la luz, y conoció entonces:--Que su puesto estaba vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una manera fatal é inevitable.--Además, decíase él:--Que en tal momento había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.
Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría llamarse un estallido de risa interior.
Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.
--¿Y bien?--se preguntó--¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto? ¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí, está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado! ¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo, si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!
Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la menor alegría.
Al contrario.
Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea; para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el océano.
Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber; cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».
Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos, insistimos en una observación muy necesaria.
Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo, _dijo_, _exclamó_; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser invisibles é impalpables, dejan de ser realidades.
Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su «resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita! ¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante!
Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala acción.
Y lo arrojó con asco.
Continuó interrogándose.
Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por conseguido su objeto».
Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál? ¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona, sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido, lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado? ¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á cielo abierto, que se llama presidio!
Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida resultaba inútil, toda su penitencia perdida.
¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á sus ojos admirable y puro.
Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres!
--¡Pues bien!--dijo.--¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber! ¡Salvemos á ese hombre!
Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta voz.
Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.
Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: _Á Monsieur Laffite, banquero, calle de Artois. París._ Sacó de un secreter una cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se había servido aquel año para ir á las elecciones.
Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él. Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera aclarar ó interrogar.
Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.
Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban con su mirada: _¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!_
Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: _el prójimo_, y la otra decía: _yo_; que la una venía de la luz y procedía la otra de la noche.
Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas, diosa la una y gigante la otra.
Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.
Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva, y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran crisis, la gran prueba.
Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero fortificándole más en su resolución.
Díjose por un momento:--Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor; que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues al fin y al cabo, había robado.
Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas, tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que ha sido presidiario.
En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en favor del país, y que le harían gracia.
Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.
Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo; que de _dejar correr los sucesos_, y quedándose en M* sur M*, su consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde, el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría siempre una idea celestial.
En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.
Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras cosas; cosas indiferentes.
Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este nombre: _Antonio Albin de Romainville_.
Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la ventana.
Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce. Recordóle por fin.
--¡Ah! Sí,--exclamó;--había tomado la resolución de denunciarme.
Y súbitamente recordó á Fantina.
--¡Es verdad!--exclamó.--¡Y esa pobre mujer!
Aquí se reveló una nueva crisis.
Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno suyo, y exclamó:
--¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó denunciarme,--ocultar mi persona ó salvar mi alma,--ser un magistrado despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,--es decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!
Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos, abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado, enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma. Desapareciendo, todo muere.
¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.
¿Y si no me denuncio?
Veamos lo que puede suceder.
Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:
--Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada; desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje, la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse. ¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso... ¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital! ¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier! ¡He ahí otros nuevos canallas!
¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción, y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro, esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.
Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.
Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano y le estaba deslumbrando al contemplarla.
--Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad, tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo. ¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean, ¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor para ella!
Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:
--¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.
Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:
--¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.
Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de él una llavecita.
Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas, disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus extremos.
Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***, octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel miserable arreo.
Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata, para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que venían del obispo.
Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.
Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó delante.
Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.
Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía, había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza. Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.
Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso.
De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.
--¡Ah!--exclamó.--Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso destruir eso aún.
Y cogió ambos candeleros.