Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 22
Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice, más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que las calles de la población y las salas del hospital, más clausura que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven, y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona--no nos atrevemos á decir una mujer--amable, austera, simpática, delicada, fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto, un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su imperturbable veracidad.
El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder, habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta alma.
Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero entendía el libro.
La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás, una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.
El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.
Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.
Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:
--No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.
Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le preguntó:
--¿Y Cosette?
Él contestó sonriendo:
--Luego.
El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le había acercado y dicho al oído:--Pierde muchísimo.
Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego escribir con lápiz algunos números en un papel.
II =Perspicacia de maese Scaufflaire=
De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco, maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos y «cabriolés á voluntad».
Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria, con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su camino con cierta prisa que no llevaba antes.
El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en recoser un arnés.
--Maese Scaufflaire,--preguntóle:--¿tenéis un buen caballo?
--Señor alcalde,--dijo el flamenco,--todos mis caballos son buenos. ¿Qué entendéis vos por un buen caballo?
--Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un día.
--¡Diablo!--exclamó el flamenco,--¡veinte leguas!
--Sí.
--¿Arrastrando un cabriolé?
--Sí.
--Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?
--Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.
--¿Recorriendo la misma distancia?
--Sí.
--¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?
El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos: 5, 6, 8-1/2.
--Veis,--le dijo.--Total diez y nueve y media, que vale tanto como decir: veinte.
--Señor alcalde,--respondió el flamenco,--puedo serviros. Mi caballito blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele. Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo. Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que éste es su lema.
--Pero, ¿hará el trayecto?
--Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas. Pero escuchad antes las condiciones.
--Decid.
--En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino; le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma, evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.
--Se vigilará.
--En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?
--Sí.
--¿Sabe el señor alcalde guiar?...
--Sí.
--Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto de no cargar demasiado el caballo?
--Convenido.
--Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el trabajo de vigilar que no se le quite la avena.
--Por supuesto.
--Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la manutención del caballo.
El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte francos, y las dejó sobre la mesa.
--He aquí dos días adelantados.
--En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.
--Consiento.
--Es muy ligero, pero está descubierto.
--Me es igual.
--¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?
El señor Magdalena no contestó;--el flamenco repuso:
--¿Que hace mucho frío?
El señor Magdalena guardó silencio.
Maese Scaufflaire continuó:
--¿Que puede llover?
El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:
--El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las cuatro y media de la madrugada.
--Entendidos, señor alcalde,--dijo Scaufflaire. Después, rascando con la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura:
--¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?
No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la pregunta.
--¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?--dijo el señor Magdalena.
--Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay muchas en el camino que vais á recorrer?
--No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y media de la madrugada precisamente,--respondió el señor Magdalena, y salió.
El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo después.
El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió á abrirse la puerta; era el señor alcalde.
Su aire era como antes, impasible y preocupado.
--Maese Scaufflaire,--dijo,--en cuánto estimáis el caballo y el tílburi que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.
--Tirando el uno del otro, señor alcalde,--dijo el flamenco soltando una carcajada.
--Sea. ¿Cuánto?
--¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?
--No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?
--En quinientos francos, señor alcalde.
--Aquí están.
El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió, sin entrar ya de nuevo.
Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien escudos.
El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.--Irá á París,--dijo la mujer.--No lo creo,--contestó el marido.
El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel en el cual había escrito algunos números.
El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.--¡Cinco, seis, ocho y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su mujer.--He dado en ello,--dijo.--¿Cómo?--De aquí á Hesdin median cinco leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras. Va á Arras.
Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella, lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:
--¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante algo de nuevo.
El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente; había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama, despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza.
El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.
La ventana continuaba abierta.
Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.
III =Una tempestad bajo un cráneo=
El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro que Juan Valjean.
Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia; ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el del cielo, es el del interior del alma.
Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior y definitiva.
La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios, el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las acciones de su vida.
Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también. Entremos sin embargo.
No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto, fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.
Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.
Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes. Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia, había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos, que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo.
No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á lo presente.
Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras, quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos! ¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió ante el heroísmo.
Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar, recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador romano á recoger su escudo.
El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran golpe.
Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina, prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje, decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase, y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar prevenido para lo que pudiere sobrevenir.
Comió con bastante apetito.
Volvió á su cuarto, y se concentró.
Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo, que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de parapetarse lo posible.
Un momento después mató la luz. Le estorbaba.
Parecíale que aún podían verle.
¿Quién?
¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.
Su conciencia, es decir, Dios.
No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz, juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á meditar entre tinieblas.
¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello? ¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré?
He aquí su tormento.
Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas sujetando su frente con ambas manos.
De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en definitiva más que angustias.
Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la mesa.
Así se pasó la hora primera.
Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles. Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su situación, era, por completo, dueño de ella.
Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.