Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 19
IX =Triunfo de la señora Victurnien=
La viuda del fraile fué útil para algo.
Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello. Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller de mujeres.
Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona. El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.
En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y socorros de obreras, de la que no daba cuenta.
Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles, ¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos.
Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición, ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.
Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro el primero, el segundo negro.
Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró cierto valor.
En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes, un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto me irá alimentando».
Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?
La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos; sabía escribir lo bastante para firmar _Margarita_, y creía en Dios que es la existencia.
Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto. Esta vida tiene siempre una mañana.
Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á salir.
Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus carnes, y aún su alma, como el viento norte.
En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido. ¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.
Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido. Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.
Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.
La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana, advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha negra.
El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved mis manos como arden».
No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un instante de feliz coquetería.
X =Prosigue el triunfo=
Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la acosaban.
Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier, mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se extendió y cayó hasta las caderas.
--¡Bonito cabello!--exclamó el barbero.
--¿Cuánto me daríais por él?--preguntó Fantina.
--Diez francos.
--Cortadlos.
Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los Thénardier.
Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó tiritando.
Fantina pensaba:--«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis cabellos».--Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza rapada, con la cual estaba aún graciosa.
Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.
Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á estar á la puerta, afectaba reir y cantar.
Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía de aquella manera, exclamó:--He aquí una chica que acabará mal.
No tardó _la chica_ en tener un amante; el primero que se le acercó, un hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso, un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado, con disgusto.
Ella adoraba á su hija.
Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor, brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.
Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».
Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana vecina:
--¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!
Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á leer la carta.
Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y riendo siempre.
Alguien que la encontró la dijo:--¿Qué es lo que os pasa que estáis tan alegre?
Ella respondió:--Una barbaridad que acaban de escribirme unos campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!
Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos y elixires.
Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga, la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la gente corriente.--El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que se reía, exclamó de súbito:--¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de cada uno un napoleón de oro.
--¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?--preguntó Fantina.
--Paletos,--repuso el sacamuelas,--son los dientes centrales de la mandíbula superior.
--¡Qué horror!--exclamó Fantina.
--¡Dos napoleones de oro!--murmuró una vieja sin diente alguno.--¡He aquí una mujer feliz!
Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz ronca del titiritero que seguía gritando:--¡Pensadlo bien, hermosa! Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta, id á verme esta tarde á la hostería del _Tablado de plata_; allí me encontraréis.
Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á su buena vecina Margarita.--¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el _Tablado de plata_.
--¿Y cuánto os ha ofrecido?--preguntó Margarita.
--Dos napoleones de oro.
--¡Caramba! ¡cuarenta francos!
--Sí,--dijo Fantina, son cuarenta francos.
Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los Thénardier en la escalera.
Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á ella:
--¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?
--Sí,--respondió la anciana,--una enfermedad.
--¿Y son necesarios muchos remedios?
--¡Oh! remedios terribles.
--¿Y se adquiere fácilmente?
--Nos coge á lo mejor.
--¿También á las criaturas?
--Á las criaturas sobre todo.
--¿Y mueren muchos?
--¡Muchísimos!--dijo Margarita.
Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.
Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de París, donde están las posadas.
Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda la noche, y estaba casi consumida por completo.
Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden, y exclamó:
--¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que sucede?
Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.
Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.
--¡Jesús!--dijo Margarita;--¿qué os pasa Fantina?
--Nada,--contestó Fantina.--Al contrario. Mi hija no morirá ya de la terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!
Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban sobre la mesa.
--¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!--dijo Margarita.--¿Pero eso es una fortuna? ¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?
--Los he ganado,--contestó Fantina.
Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.
Los dos dientes se habían arrancado.
Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.
Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.
Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho. Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles, que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella, Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad, con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque reventase, si así lo quería.
--Cien francos,--pensó Fantina.--¿Pero dónde encontrar trabajo con el cual ganar cien sueldos diarios?
--¡Andando!--exclamó,--vendamos el resto.
Y la desventurada se hizo mujer pública.
XI =Christus nos liberavit=
¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una esclava.
¿Á quién? Á la miseria.
Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad acepta.
La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más que sobre la mujer, y se llama prostitución.
Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad, sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores ignominias del hombre!
Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa. La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada. Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas sus amarguras.
Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere.
¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á dónde van? ¿por qué han de ser así?
El que esto sabe, ve en toda obscuridad.
Es único. Se llama Dios.
XII =La ociosidad del señor Bamatabois=
Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M* particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas libras de renta en provincias, como el mismo aire con que sus semejantes consumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen los tales, á la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que poseen un pedazo de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio, que serían rústicos en un salón y se creen caballeros en una taberna, que dicen: Mis prados, mis bosques, mis colonos; que silban á las actrices en el teatro para probar que son gente de gusto; que disputan con los oficiales de la guarnición para hacer gala de valentones; que cazan, fuman, bailan, beben, huelen á tabaco, juegan al billar, contemplan á los viajeros que vienen en la diligencia, viven en el café, comen en la posada, tienen su perro para roer los huesos debajo de la mesa y una querida que pone los platos encima, que regatean un sueldo, exageran las modas, admiran la tragedia, desprecian las mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres al través de París y á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados, no trabajan nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal.
Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber visto nunca París, hubiera sido uno de estos hombres.
Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama sencillamente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay fastidiosos y fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos graciosos.
Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, una gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos de colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de botones de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta los hombros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido en sus dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre impar, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás. Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, un sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, un enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras de Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes significaban paisano y las espuelas peón.
El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes más marcados que el parisién.
Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan sombreros de alas anchas, llamados bolivares.
Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien embozado en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas del café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello, decididamente, de moda.
Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale con una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!--¡Quieres marcharte!--No tienes dientes, etc., etc.--Este personaje se llamaba Bamatabois.--La mujer, triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio, por ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco minutos bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos que se revuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó indudablemente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer daba la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa, se bajó, cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente entre sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido desgarrador, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra el hombre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las palabras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina.
Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café; agrupáronse también los transeuntes, formándose un gran corro, que se divertía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino, compuesto de dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y una mujer; el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando por el suelo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y los pies, descompuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por la cólera, horrible.
De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro, la dijo:--«Sígueme».
La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. Sus ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con el estremecimiento del terror.
Había reconocido á Javert.
El elegante había aprovechado la ocasión para escapar.
XIII =Solución de algunas cuestiones de policía municipal=