Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 18
Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet, secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor Magdalena.
Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.
Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos, se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces, igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.
Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos. Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio, Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.
Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El _yo_ visible no autoriza en ningún caso al pensador para negar el _yo_ latente.
Hecha esta observación, prosigamos.
Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más fácil decir quién era el inspector Javert.
Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que en creciendo devore á los pequeños.
Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.
Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan; no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo, sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á los cuarenta años era inspector.
Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del Mediodía.
Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que hemos aplicado hace poco á Javert.
El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse, dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas; entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión de mando feroz.
Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado, desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad. Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras: velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación, castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable; la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto encarnado en Vidocq.
Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época, salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras, no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas; no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta, una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.
En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.
No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente estaba unido á la humanidad.
Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella, clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia designa bajo el epígrafe: _Gentes de oficio desconocido_. Con sólo pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert apareciendo, les petrificaba.
Tal era aquel hombre formidable.
Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena. Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla bondad.
Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas, que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado se le hubiese roto.
Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado, desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.
Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila serenidad de Magdalena.
Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta impresión en Magdalena.
He aquí el motivo.
VI =Fauchelevent=
Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M* sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent, acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.
Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad, Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él, maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero para poder vivir.
El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse. El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo. Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado á buscar un gato.
El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.
--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún buen hombre para salvar á este pobre viejo?
Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:
--¿No hay un gato de albañil?
--Han ido á buscar uno--contestó un hombre.
--¿Cuánto tardará en estar aquí?
--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto de hora.
--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena.
Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría rotas las costillas.
--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los artesanos que estaban mirando.
--¡Y no hay otro medio!
--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?
--¡Virgen santísima!
--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre. ¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco luises de oro que ganar!
Nadie de los del grupo contestó.
--¡Diez luises!--dijo Magdalena.
Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!
--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises!
El mismo silencio.
--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz.
El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había notado al llegar.
Javert continuó:
--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para levantar un carro como éste con la espalda.
Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las palabras que iba pronunciando:
--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre capaz de hacer lo que proponeis.
Magdalena se estremeció.
Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de Magdalena:
--Era un presidiario.
--¡Ah!--exclamó Magdalena.
--De Tolón.
Magdalena palideció.
Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz Fauchelevent rugía y aullaba.
--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier cosa! ¡Ah!
Magdalena miraba en torno suyo.
--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este pobre viejo?
Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:
--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el presidiario.
--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo.
Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro inmóviles, y sonrió tristemente.
Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo ya debajo del carruaje.
Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.
Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso, intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las rodillas. Gritábanle:
--¡Tío Magdalena! ¡retiraos!
El viejo Fauchelevent mismo exclamó:
--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?
Magdalena no dijo una palabra.
Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de debajo del carro.
De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril. Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.
Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El viejo Fauchelevent estaba salvado.
Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.
VII =Fauchelevent, Jardinero en París=
Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: _Os compro vuestro carro y vuestro caballo_. El carro estaba roto, el caballo muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas del cuartel de San Antonio de París.
Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.
Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía, sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria, apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle, ministro de Hacienda á la sazón.
Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la vida.
VIII =La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad=
Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría. Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo, regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus costumbres desordenadas.
No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya dejado entrever, de hablar de su hija.
En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir por la mediación de un escribiente público.
Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía «ciertos aires».
Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.--¿Por qué este señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas, teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte, perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones; y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles, desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué? para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias, amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por cierto!
Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho combustible, siendo su combustible el prójimo.
Se observó pues á Fantina.
Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos y de sus dientes blancos.
Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.
Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.
Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un sobre en que se leía: _Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil_. Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje, á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en limpio. ¡He visto la criatura!».
La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien, guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno 93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado, pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera, espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».
Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía, en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó, de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la invitaba á dejar la población.
Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier, después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo quince francos en lugar de doce.
Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era, por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta era ya conocida de todo el mundo!
No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era justo. Sometióse pues á este mandato.