Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 17
De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania. Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre, un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á la chapa, á los colgantes soldados á la misma.
Este pequeño cambio había producido una revolución.
Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente, elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho del industrial.
Así es que una idea producía tres resultados.
En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico, lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca cosa.
Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos centenares de francos todo lo más.
Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de la comarca.
Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y el lenguaje del obrero.
Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre, el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños, que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo su nombre. Llamábase el _tío Magdalena_.
II =Magdalena=
Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.
Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro, encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes. Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que no encerrase un poco de alegría.
El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa: ser hombre honrado, ser honrada mujer.
Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros, que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre, en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos; pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres.
El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada; mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado, son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita.
Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron: «Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes, no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición, en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una _carrera al campanario_. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas en el hospital, y fueron ya doce.
Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso» al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después apareció el nombramiento en el _Moniteur_. Al día siguiente el tío Magdalena renunció.
Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria; fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor, caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah! ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.
Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.
Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena; sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el _tío Magdalena_, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente. Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él. «La sociedad» le reclamaba. Las tertulias _del buen tono_ que había en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le invitaban. Á ninguna asistía.
Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.--«Es un hombre ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer».
Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante. Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso. Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.
En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia; todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación, fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: _Un buen alcalde es útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?_
Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor alcalde.
III =Sumas depositadas en casa Laffitte=
Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello, vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.
Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía. Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu. Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.
Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había tirado á un pajarillo.
Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello; levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una nube de mosquitos.
Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes, en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía «recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo de Berbería que hacía entrar.
Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas diciendo:--Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo. Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra, ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad; se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino malos cultivadores.
Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy lindos con paja y cáscaras de coco.
Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo. Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban junto al borde del obscuro abismo de la muerte.
Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El «ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena.
Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».
Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le dijeron:--Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por ahí que es una gruta.--Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos, como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua, colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba.
Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó cuarenta mil francos.
IV =El señor Magdalena de luto=
Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «_monseñor Bienvenido_», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos años.
El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.
Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario, poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel, pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor! ¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña, tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí, siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.
Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el sombrero.
Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún parentesco con el venerable obispo. _Viste luto por el obispo de D***_, díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena, pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:
--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de D***?
Él contestó:
--No, señora.
--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él?
Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí lacayo de su familia.
Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo decían unos á otros, así es que pasaban muchos.
V =Vagos relámpagos en el horizonte=
Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron. Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial, y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: _el señor alcalde_ se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta otra, _el señor obispo_ era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó á extenderse por todo el país.
Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena, continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de la presencia del hombre-león.
Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre.
Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que, por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.
Llamábase Javert y era de la policía.