Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 20

Chapter 203,973 wordsPublic domain

Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar á grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo de la plaza, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó conducir maquinalmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de espectadores en el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus pullas. La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades.

Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja caldeada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando con Fantina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran descontentamiento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de los pies, alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera del cuerpo de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una glotonería. Ver es devorar.

Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se acurrucó como un perro espantado.

El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á escribir.

Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo que quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas dos tristes cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert estaba impasible; su cara seria y grave no transparentaba la menor emoción. Sin embargo, estaba grave y profundamente preocupado. Era uno de aquellos momentos en que ejercía sin tener quién pudiera contrariarle, pero con todos los escrúpulos de una conciencia severa, su tremendo poder discrecional. En aquel instante estaba penetrado de que su asiento de agente de policía era un tribunal. Y juzgaba. Juzgaba y condenaba. Procuraba llamar así cuantas ideas podía tener dentro de su espíritu á propósito para auxiliarle en la gran obra que ejecutaba. Cuanto más examinaba lo hecho por aquella pobre chica, más indignado se sentía. Era evidente que acababa de presenciar la comisión de un crimen. Acababa de ver allí, en medio de la calle, á la sociedad representada por un elector propietario, insultada y atacada por una criatura fuera de toda ley. Una prostituta atentando contra un contribuyente. Él lo había visto, él, Javert. Y escribía en silencio.

Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de la guardia entregándoselo:--Tomad tres hombres y acompañad esta mujer á la cárcel.--Después, volviéndose á Fantina, añadió:--Vas por seis meses.

La desventurada se estremeció.

--¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!--exclamaba.--¡Seis meses de ganar solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de mi hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier: señor inspector ¿sabéis vos esto?

Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas.

--Señor Javert,--decía,--os pido perdón. Os aseguro que la culpa no era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais persuadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué aquel señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en la espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando seguimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía ni le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy prudente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin duda, que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah! señor inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es verdad lo que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya veis, aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse aunque quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío! me sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor Javert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan más que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan sino siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos, ó de no, me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible tenerla conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette! ¡oh, mi angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo decíroslo, los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan con palabras. Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme; tengo una niña á la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura, en pleno invierno; es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen señor Javert. Si estuviese ya crecida, podría ganarse el pan, pero no puede el pobre angelito. No, señor, yo en el fondo no soy mala. No es la holgazanería, ni la glotonería lo que me han hecho lo que soy. Yo bebo aguardiente, pero es por miseria. No me gusta, pero me aturde. Cuando yo era más dichosa, no había sino ver mis armarios, para convencerse de que no era una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo tenía ropa blanca, mucha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert.

Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á los miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella. En ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del inspector. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no lograba enternecer un corazón de palo.

--Vaya,--dijo Javert,--ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería imposible hacer nada por ti.

Á esta frase solemne: _al Padre Eterno en persona le seria imposible hacer nada por ti_, comprendió ella que estaba dictada la sentencia. Doblóse anonadada sobre sí misma murmurando:--¡Perdón!

Javert volvió la espalda.

Los soldados la cogieron por el brazo.

Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, sin que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta, habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina.

En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la desgraciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de entre la sombra, y dijo:

--¡Un instante si os place!

Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse y saludó con cierta turbación y disgusto.

--Perdonad, señor alcalde...

Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto. Levantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra, desasiéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose al señor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole fijamente, con aire extraviado, exclamó:

--¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde!

Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara.

El señor Magdalena se limpió y dijo:

--Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer.

Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes, una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública escupiendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa que, aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de sacrilegio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su imaginación, comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer y lo que podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado algo de común en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al magistrado, limpiarse tranquilamente el rostro y decir: _Dejad en libertad á esta mujer_, sintió como un desvanecimiento de estupor, faltándole el pensamiento y la palabra á un tiempo; el asombro había traspasado para él los límites de lo posible. Quedóse mudo.

Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como quien vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en voz baja, como hablando con ella misma:

--¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya dicho! ¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde! ¿Habréis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre? ¡Oh! ¡ya veis! yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de alcalde, ese mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos, señor Javert, que me ha despedido por culpa de las habladurías de unas cuantas chismosas que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso! ¡Despedir á una pobre joven que cumple honradamente su deber! No había yo ganado lo bastante, y toda mi desgracia ha nacido de ello. Es indispensable una reforma, que los señores de la policía podrían hacer fácilmente, y sería impedir á los contratistas de las cárceles que perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré.

Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo es este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad que yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche. ¿Veis como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert? ¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices! ¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad, ¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer la llave de la estufa y ha salido el humo.

El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras Fantina hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, había sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues vuelto á guardar. Entonces dijo á Fantina:

--¿Cuánto habéis dicho que debéis?

Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo:

--¿Te hablo á ti por ventura?

Después, dirigiéndose á los soldados:

--Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás. ¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert!

Y así diciendo, volvióse al inspector:

--Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y nosotras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y tenéis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la mujer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses de cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no ha tenido toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he dicho, estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que me está quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, tocad, no temáis.

Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba sonriendo.

De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo caer los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados con un movimiento de cabeza amistoso:

--Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy.

Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle.

Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada de su asiento que espera ser colocada en otra parte.

El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta expresión de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto más baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el hombre de nada.

--¡Guardia!--exclamó,--¿no estáis viendo que esta pícara va á marcharse? ¡Quién os ha dicho que la dejéis salir?

--Yo,--dijo Magdalena.

Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba.

Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde? ¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una «autoridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor alcalde había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las enormidades que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar á una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada situación, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad entera, estaban personificadas en él, en Javert?

Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel _yo_ que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse hacia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada desesperada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa, inaudita, díjole bajando la vista, pero con acento seguro:

--Señor alcalde, esto es imposible.

--¿Cómo?--preguntó el señor Magdalena.

--Esta perdida ha insultado á un señor.

--Inspector Javert,--repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo y conciliador,--escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo ninguna dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba la plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos; me he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado y el que, en buena ley de policía debió ser arrestado.

Javert respondió:

--Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde.

--Esto es cosa mía,--dijo Magdalena.--Mi injuria me pertenece, y puedo hacer de ella lo que quiera.

--Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á la justicia.

--Inspector Javert,--replicó Magdalena,--la principal justicia es la conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago.

--Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo.

--Entonces, limitaos á obedecer.

--Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta mujer seis meses en la cárcel.

El señor Magdalena respondió con dulzura:

--Pues oid bien: No estará encerrada ni un día.

Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre:

--Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde; es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he presenciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois, elector y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres pisos, que hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este mundo! Pero sea ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho de policía que ha tenido lugar en la calle, y que, por lo tanto me corresponde; así es que yo retengo á Fantina.

Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento tan severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad:

--El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en libertad á esta mujer.

Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo.

--Pero, señor alcalde...

--Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799, sobre detención arbitraria.

--Permitidme, señor alcalde...

--Ni una palabra más.

--No obstante...

--Salid,--dijo el señor Magdalena.

Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho como un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde y salió.

Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre, mirándole estupefacta pasar ante ella.

Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción. Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos poderes. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que tenían en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de aquellos hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia la luz. En aquella lucha, entreveía al través del agrandamiento del miedo, á aquellos dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando el uno como el espíritu del mal, y hablando el otro como el ángel de su guarda. El ángel acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía temblar de pies á cabeza, ¡aquel ángel, su libertador, era precisamente el hombre á quien aborrecía, el alcalde, al cual había creído por mucho tiempo autor de todos sus males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso momento en que ella acababa de insultarle groseramente, él la salvaba! ¿Se había pues equivocado? ¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que la alentaba?... Lo ignoraba, pero estaba temblando. Escuchaba aturdida, miraba azorada, y á cada palabra que decía el señor Magdalena, sentía desvanecerse y trasformarse en su interior las espantosas tinieblas del odio, y nacer en su corazón un algo inefable y consolador, que venía á ser como un sentimiento de alegría, confianza y cariño.

Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no quiere llorar:

--Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo que es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis talleres. ¿Por qué no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras deudas, haré que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á buscarla. Viviréis aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos. No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo el dinero que os haga falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo dichosa. Y luego, oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado como habéis dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa y santa delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer!

Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica, dichosa y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en medio de sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba como atontada á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer otra cosa que lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus piernas, y quedó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que él tuviese tiempo de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que la llevaba á sus trémulos labios.

Después, se desmayó.

LIBRO SEXTO JAVERT

I =Principio del reposo=

El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.

Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente de la pared.

El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por último, le dijo tímidamente:

--¿Qué hacéis?

El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:

--¿Cómo estáis?

--Bien, he dormido,--dijo ella,--creo que estoy mejor. Esto no será nada.

Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había dirigido, como si la acabase de oir entonces:

--Estaba rogando al mártir que está en lo alto.

Añadiendo interiormente:--Por la mártir que está aquí abajo.

El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de Fantina, continuó:

--Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es preciso empezar por ahí.

Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.

Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida á París, con este sobrescrito: _Al señor Chabouillet, secretario del señor prefecto de policía_. Como el sucedido del cuerpo de guardia había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión de su cargo.

El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M* sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.

Esto deslumbró á Thénardier.

--¡Diablo!--dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla. ¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche! ¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la madre.

Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie de la cuenta:

_Recibido á cuenta trescientos francos._

El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».