Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 14

Chapter 143,706 wordsPublic domain

Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia, acostumbrada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola continuamente á recogérsela; parecía hecha de intento para representar la fuga de Galata entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un modo encantador; los extremos de su boca, voluptuosamente levantados como los de los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á los audaces, pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este atractivo de la parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado! Todo su tocado tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba un vestido de bares color de malva, zapatitos acoturnados color de castaña, sujetados con cintas que subían formando X sobre su blanquísima y calada media; y aquella especie de pañoleta de muselina, invención marsellesa, cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase _quinze août_ (quince agosto) pronunciada en la Cannebière, significa buen tiempo, color y medio día. Las otras tres, menos escrupulosas, como hemos dicho, iban completamente descotadas, lo cual en verano, bajo sombreros adornados de flores, resulta siempre gracioso y atractivo; pero al lado de ese vestir provocativo, el canesú de la rubia Fantina, con sus transparencias, sus ligeras indiscreciones y sus reticencias, velando y enseñando á la vez, parecía un hallazgo incitativo de la decencia, y en el famoso certamen del amor, presidido por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, hubiera tal vez concedido el premio de la coquetería á aquel canesú compitiendo en nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas veces lo mejor. Es lo lógico.

Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto, grandes párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos admirablemente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y allá las ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y frescas, el cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y suave, los hombros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un voluptuoso hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado por el delirio; belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose fácilmente bajo aquellos pliegues de muselina y aquellas cintas, una estatua, y en la estatua un alma.

Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través de la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada. Aquella hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos aspectos; el estilo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el ritmo es el movimiento.

Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el pudor.

Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la edad, de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión de modesto recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto asombro era la nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los dedos largos, blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas del fuego sagrado con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella rehusado nada, como veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el reposo, aparecía soberanamente virginal; una especie de dignidad seria, tal vez austera, la embargaba súbitamente en ciertos momentos, y nada tan singular y vago, como ver que la alegría y la ternura se sucedían rápidamente en ella, pasando sin transición aparente, del recogimiento á la expansión. Aquella gravedad súbita, acentuada severamente á veces, tenía mucho del desdén de una diosa. Su frente, su nariz y su barba presentaban un equilibrio de líneas, muy distante del equilibrio de la proporción, del cual resulta la armonía del rostro; en el característico espacio que separa la base de la nariz del labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y gracioso, signo misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja á los pies de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia.

Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta misma.

IV =Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española=

Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud embalsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el follaje; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas al saqueo de los jazmines; toda una _bohemia_ de mariposas se precipitaban sobre los trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto parque del rey de Francia, una multitud de vagamundos, los pájaros.

Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre las flores y los árboles, resplandecían.

Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo, bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas, recibían sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de ellos, excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia meditabunda y esquiva que le era propia.

--Tú,--le decía Favorita,--tú tienes siempre algo.

Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un llamamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por do quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que hizo expresamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa eterna costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente, y que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la popularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el ganapán, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el populacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á esa hada.

Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una transfiguración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses. Y los chillidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que parecen melodías, aquellas adoraciones que estallan en la manera de soltar un vocablo, aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca, todo irradia y pasa entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un grato despilfarro de sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener fin. Los filósofos, los poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis sin saber qué hacer, tanto se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama Watteau; Lancret, el pintor de la plebe, contempla sus artesanos envueltos en lo azul; Diderot tiende los brazos á todos sus amoríos, y de Urfé los mezcla con los druidas.

Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas y sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores. Siempre estaba cercado de admiradores.

Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,--¿demos una carrera en burros?--y ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En Issy tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales, posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad abierto de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario, ó de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente el gran columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el abate de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras otra, lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano Tholomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de Tolosa, cantó en melancólico acento una antigua canción _gallega_, inspirada probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo sobre una cuerda entre dos árboles:

Soy de Badajoz. Amor me llama. Toda mi alma, Es en mis ojos, Porque enseñas Á tuas piernas.

Fantina solamente, se negó á ser columpiada.

--No gusto de semejante género,--murmuró agriamente Favorita.

Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose, siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde las cinco de la mañana; pero ¡ay! _¿existe por ventura, quien se canse en domingo_, decía Favorita; _el trabajo del domingo no fatiga._ Á eso de las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por las montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las alturas de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de los árboles de los Campos Elíseos.

De cuando en cuando, Favorita exclamaba:

--¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa.

--Paciencia,--respondió Tholomyés.

V =En casa de Bombarda=

Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante octava, á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón Bombarda, sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso fondista Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de Rivolí junto al pasaje Delorme.

Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo (á causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente; un magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros de hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al rededor de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas; jarros de cerveza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la mesa, y no escaso desorden debajo:

Bajo la mesa había Un barullo de pies que estremecía.

dijo Molière.

He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito se extinguía.

Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly, aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro. Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly; la bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba sobre la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada nuevamente, á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres paseantes. Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una cinta blanca moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera de los ojales. Aquí y allí, entre los paseantes formando corro y recogiendo aplausos, veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos una canción borbónica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien Días, la cual tenía el siguiente estribillo:

Devolvednos nuestro padre de Gante; Devolvednos nuestro padre.

Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos igualmente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre el gran cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas y daban vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban tampoco algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse mil carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz innegable y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una memoria especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al rey acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas palabras:

«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En suma, es una canalla bastante buena».

Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro del pueblo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el conde de Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba á sus ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera del Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso de bronce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba demasiado «bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía, «buena canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense al griego; no hay quien duerma mejor que él; no hay quien sea más francamente frívolo y perezoso que él; no hay quien aparente saber mejor que él, olvidar; no obstante, no hay que fiar en ello; es muy propenso á toda clase de negligencia; pero, cuando al fin distingue la gloria, es verdaderamente admirable en su furia. Dadle una pica, y realizará el 10 de agosto; dadle un fusil, y os dará un Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Dantón. ¿Se trata de la patria? se alista; ¿se trata de la libertad? desempiedra. ¡Cuidado! sus cabellos llenos de cólera son épicos; su blusa se despliega en clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant que encuentre, hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre de los arrabales se crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada será terrible, y de su soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles pechos, saldrá bastante aire para trastornar las sinuosidades de los Alpes. Gracias á estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución mezcló en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su alegría. Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su canto no tiene más estribillo que la _Carmañola_, no hace sino derribar á Luis XVI; pero hacedle cantar _la Marsellesa_, y libertará el mundo.

Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos á nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba.

VI =Capítulo de amor=

Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y otros con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos de sobremesa humo.

Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á Blachevelle, y le decía:

--Blachevelle, te adoro.

Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle:

--¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte?

--¡Yo!--exclamó Favorita.--¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma. Si dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría, te remojaría y te haría prender...

Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado en su amor propio. Favorita repuso:

--Sí, chillaría, llamaría á la guardia.

--¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón!

Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente sus ojos.

Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el murmullo:

--Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle?

--¿Yo? le detesto,--respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo nuevamente su tenedor.--Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores. Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:--¡Ah, Dios mío! ya se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo mío, ¿no ves que me estás partiendo la cabeza?--Porque, eso sí, en cuanto llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que pueda encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué sé yo, pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana ya veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es hijo de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico! Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un frito, me dijo: _Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me los como_. No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. ¡Magnífico! ¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. No obstante, yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? ¡cómo miento!

Favorita se paró un momento, y prosiguió:

--Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más que llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca; Blachevelles no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes en el mercado, así es que una no sabe qué comer; tengo _spleen_, como dicen los ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es horroroso! estamos comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me hace aborrecer la vida.

VII =Sabiduría de Tholomyés=

Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, todos al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés intervino.

--No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado aprisa,--exclamaba.--Meditemos antes si queremos deslumbrar. Basta de improvisaciones, que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se derrama, nada solidifica. Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos la seriedad á la broma; comamos comedidamente, banqueteemos poquito á poco. Nada de prisas. Ved la primavera; cuando se adelanta está perdida, es decir, helada. El exceso de celo pierde los melocotones y los albaricoques. El exceso de celo, quita la alegría y la gracia de los festines. Nada de celo, señores. Grimod de la Reyniére es del parecer de Talleyrand.

Una sorda rebelión recorrió el grupo.

--¡Tholomyés, déjanos en paz,--dijo Blachevelle.

--¡Abajo el tirano!--exclamó Fameuil.

--¡Bombarda[3], Bombance y Baboche!--gritó Listolier.

--El domingo existe,--repuso Fameuil.

--Somos todos sobrios,--añadió Listolier.

--Tholomyés,--observó Blachevelle,--contempla mi calma _(mon calme)_.

--Eres el marqués de ella,--respondió Tholomyés.

Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada á un charco. El marqués de _Montcalm_ era un realista célebre á la sazón. Todas las ranas se quedaron mudas.

--¡Amigos!--exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su imperio,--tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger este equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad no es necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es el fiemo del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero el ingenio después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde de vista en el espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra una roca, no le impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de mí insultar el equívoco! Le honro en relación á sus méritos; nada más. Cuanto ha existido de más augusto, más sublime ó más bello en la humanidad, y aún tal vez fuera de ella, ha producido sus juegos de palabras. Jesucristo hizo un equívoco, acerca de San Pedro, Moisés acerca de Isaac; Esquilo acerca de Polinice; Cleopatra acerca de Octavio. Y es de advertir, que el equívoco de Cleopatra precedió á la batalla de Accio y que sin él nadie recordaría la ciudad de Toryne, palabra griega que significa cucharón.

Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo repito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en agudezas como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo reúno á la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable un límite en todo hasta en lo jeroglífico. _Est modus in rebus._ Siempre es indispensable el límite, aun en las comidas. Gustáis de los pasteles de manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de pasteles, es indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería castiga al glotón. _Gula punit Gulam._ Las indigestiones tienen el encargo divino de moralizar los estómagos. Y tened esto bien presente; cada una de nuestras pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que es preciso no rellenar. En todo lo mundanal es preciso escribir á tiempo la palabra _finis_; es preciso saber contenerse cuando aparece urgente, echar el cerrojo sobre el apetito, aprisionar la fantasía, y ser uno mismo quien la lleve á la cárcel. El sabio es aquél que sabe, en momento oportuno, contenerse á sí mismo. Tened alguna confianza en mí. Porque á menudo yo he estudiado algo el derecho, según rezan mis exámenes, por más que yo sepa la indiferencia que media entre la cuestión incoada y la cuestión pendiente, porque yo haya sostenido, en latín, una tesis sobre la manera con la cual se daba en Roma tormento, en los tiempos en que Munatius Demens fué cuestor de parricidio, porque yo voy á ser doctor, según parece, no se sigue de todo ello la indispensable consecuencia de que sea yo un imbécil. Os recomiendo la moderación en vuestros deseos. Tan cierto como me llamo yo Félix Tholomyés, que estoy en lo justo. ¡Dichosos aquéllos que al sonar la hora de la oportunidad saben tomar el partido heroico de abdicar como Sila ú Orígenes.

Favorita escuchaba con profunda atención.

--¡Félix!--exclamó ella,--¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere decir Próspero.

Tholomyés prosiguió:

--_¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros!_ ¿Queréis no sentir ningún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar á la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta rígida; reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de yerbas, la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor de saturno y reparaos con oxicrato.

--Prefiero una hembra á todo ello,--dijo Listolier.

--¡Las hembras!--repuso Tholomyés,--no son de fiar. ¡Desgraciado del que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La serpiente es para ella el tendero de enfrente.

--Tholomyés,--gritó Blachevelle,--¡tú estás bebido!

--¡Cáspita!--dijo Tholomyés.

--Entonces, alégrate,--repuso Blachevelle.

--¡Consiento!--respondió Tholomyés.

Y levantóse llenando nuevamente su vaso.