Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 15

Chapter 153,717 wordsPublic domain

--¡Gloria al vino! _¡Nunc te, Bacche, canam!_ Con permiso, damiselas, esto es español. Y la prueba, _señoras_, vedla ahí: Tal pueblo tal tonel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de Alicante doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las Baleares veintiséis, la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran zar; y viva su bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de amigo: equivocad la pareja, si os parece, la esencia de los amores está en el error. El amorcillo no se ha hecho para acurrucarse y embrutecerse como las criadas inglesas que llegan á encallecerse de las rodillas. El amorcillo, repito, no se ha hecho para eso, sino para errar vagamente, entre dulces y ligeros amoríos. Alguien ha dicho: el error es humano, y yo digo: el error es enamorado. Señoras, á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara más que achatada; seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las trazas de una hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se hubiese sentado alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un día Blachevelle, por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda muchacha de medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas piernas. Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á quien amó, fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo un pintor griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor de los labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu boca. Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre. Tú has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer hermosa. ¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la poesía á la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre. Esto me ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su nombre. Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy un infeliz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar jamás sus indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja pidiendo tapones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de vos, me llamaría Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la mujer sea ingeniosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una visionaria, una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de ninfa y con el pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas, pero refugiándose en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla el cielo sin saber lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos en el espacio, vaga errante por un jardín, en el cual cree haber más pájaros que no existen. ¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á decirte: yo, Tholomyés, soy una ilusión; pero ¡ay que la bellísima rubia, hija de las quimeras no me entiende! Por lo demás, todo es en ella frescura, suavidad, juventud, dulcísima luz de la mañana. ¡Oh Fantina! muchacha digna de llamarse Margarita ó Perla, sois una mujer del bellísimo Oriente. Señoras, otro consejo: no os caséis jamás; el casamiento es un injerto, que prende bien ó mal, huid el peligro: Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son palabras perdidas. Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio; y todo cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de impedir que las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen en maridos llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad bien esto: vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más que una sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la boca. ¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran el azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante, y es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de las venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la solidificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de ahí la muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo tanto, no comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres: señores, haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el menor remordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay amigos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura femenil es un _casus belli_; toda mujer bella, un flagrante delito. Todas las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La mujer es el derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo las sajonas, César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne como un buitre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas las infortunadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El enemigo lo tiene».

Tholomyés se paró un momento.

--Respira, Tholomyés,--dijo Blachevelle.

Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller, compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas, vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como el calor mismo.

He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés:

Los pavos padres le dieron Dinero á un agente Para hacer, por San Juan, papa Á Clermont Tonerre. Pero Clermont no fué papa Porque no era clérigo; Y el agente regañando Devolvió el dinero.

No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de Tholomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo:

--¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni poderosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la alegría. ¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la locura y el alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano el varón y Francachela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda creación! El mundo es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son admirables. ¡Cuánta fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou gratis. ¡Estío, yo te saludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la calle Madame y de la Alameda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos! ¡Oh todas aquellas lindas muchachas, que mientras cuidan de guardar los niños, se entretienen bosquejándolos! Las pampas de América me complacerían si careciésemos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva y se extasía en los bosques vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo es bello! Las moscas zumbando entre los rayos del sol. El sol ha estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina!

Y equivocándose, abrazó á Favorita.

VIII =Muerte de un caballo=

--Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,--dijo Zefina.

--Yo prefiero Bombarda á Edón,--contestó Blachevelle.--Hay más lujo. Es más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las paredes.

--Prefiero tenerlos ante mis ojos,--añadió Favorita.

Blachevelle insistió:

--Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata, y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que el hueso.

--Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,--observó Tholomyés.

En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos, visible desde las ventanas de casa Bombarda.

Hubo una pausa.

--Tholomyés,--exclamó de repente Fameuil;--Listolier y yo estábamos discutiendo...

--Bueno es el discutir,--respondió Tholomyés, pero mejor es reñir.

--Disputábamos sobre filosofía.

--¿Y era?

--Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa?

--Á Desaugiers,--dijo Tholomyés.

Dada esta sentencia, bebió y continuó.

--Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra, puesto que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses inmortales. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo inesperado surge del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía aquí abajo seres humanos que saben abrir y cerrar alegremente la caja de sorpresas de la paradoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo con aire tan tranquilo, es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de Coural das Freiras, que está á trescientas diez y siete toesas sobre el nivel del mar. ¡Cuidado al beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y el señor Bombarda, espléndido fondista, os da estas trescientas diez y siete toesas por cuatro francos y cincuenta sueldos.

Fameuil interrumpió nuevamente:

--Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito?

--Ber...

--¿Quién?

--No, Choux.

Tholomyés prosiguió:

--¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme una hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y Egipto. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada nuevo jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! _Nil sub sole novum_, dijo Salomón: _amor omnibus idem_, ha dicho Virgilio; y Carabine se embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se embarcaba Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra. ¿Sabéis lo que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en que las mujeres no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte rosa y púrpura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora. Aspasia era una criatura en la cual se encontraban los dos extremos de la mujer; era la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut. Aspasia fué creada para el caso de que le hiciese falta una concubina á Prometeo.

Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe, la carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y flaca, digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una carreta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el escuálido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El incidente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero, jurando indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía acostumbrada la sacramental palabra _¡arre!_ apoyada en un implacable latigazo, cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no volverse á levantar. Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre auditorio de Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para terminar su alocución, la siguiente melancólica estrofa:

Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros Destino semejante; Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo, El espacio de un: «arre».

--¡Pobre caballo!--suspiró Fantina.

Y Dalia exclamó:

--¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse mayor tontería!

En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la cabeza hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó:

--¡Bien! ¿Y la sorpresa?

--Precisamente ha llegado el instante,--respondió Tholomyés.--Señores, la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos un momento.

--Esto comienza por un beso,--dijo Blachevelle.

--En la frente,--añadió Tholomyés.

Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; luego, alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la puerta.

Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida.

--Esto es ya divertido,--dijo.

--No tardéis mucho,--murmuró Fantina.--Quedamos esperando.

IX =Gracioso fin de la alegría=

Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban unas con otras.

Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el brazo; volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta que desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera que invade semanalmente los Campos Elíseos.

--¡No tardéis mucho!--gritó Fantina.

--¿Qué es lo que van á traernos?--dijo Zefina.

--Va á ser, de seguro, algo bonito,--dijo á su vez Dalia.

--Yo,--replicó Favorita,--quiero que sea de oro.

Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los grandes árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido. Era aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas las mensajerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los Campos Elíseos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por la barrera de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de negro y amarillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme á fuerza de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que desaparecen inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en pedernales los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del chisporroteo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una furia. Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita exclamaba:

--¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas que el diablo las lleva.

Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse, volviendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina.

--Es particular,--dijo.--Yo creía que las diligencias no se paraban jamás.

Favorita se encogió de hombros.

--Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por curiosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía.

Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como de quien despierta.

--¡Y bien!--exclamó.--¿Y la sorpresa?

--Tiene razón,--repuso Dalia.--¿Y la famosa sorpresa?

--¡Hace ya mucho que se han ido! dijo--Fantina.

Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró en la sala.

Traía algo en la mano que parecía una carta.

--¿Qué hay de nuevo?--preguntó Favorita.

El mozo respondió:

--Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras.

--¿Y por qué no lo habéis traído desde luego?

---Porque aquellos señores,--repuso el chico,--han encargado que dejáramos pasar una hora antes de entregarlo.

Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente, una carta.

--¡Toma!--dijo ella,--va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito en el sobre:

AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA

Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer).

«¡Amadas nuestras!

«Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis apenas lo que es esto; se llama familia, en primer lugar, según el código civil, sencillo y honrado, á los padres y madres. Ahora bien, nuestras familias, es decir, nuestros padres llorando, estos ancianos nos reclaman, estos buenos hombres y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos; esperando nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus mejores reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia donde estén nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el campo, como dice Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido. Huimos en brazos de Laffitte, y sobre las alas de Crillard. La diligencia de Toulouse nos saca del abismo; el abismo sois vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros volvemos á entrar en la sociedad, en el deber y en el orden, al trote largo, á razón de tres leguas por hora. Importa á la patria que seamos como todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales ó consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos. Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta os molesta, rompedla. Adiós.

«Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis, por lo tanto, rencor.

«Firmado: BLACHEVELLE, FAMEUIL, LISTOLIER, FÉLIX THOLOMYÉS.

_Post scriptum._--La comida está pagada».

Las cuatro jóvenes se quedaron mirando.

Favorita rompió el silencio la primera.

--¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma.

--Muy graciosa,--dijo Zefina.

--Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,--repuso Favorita.

Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta es la historia.

--No,--dijo Dalia;--la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde luego.

--En tal caso,--replicó Favorita,--¡muera Blachevelle y viva Tholomyés!

--¡Viva Tholomyés!--exclamaron Dalia y Zefina.

Y echáronse á reir.

Fantina rió como las otras.

Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, lloró.

Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado á Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una hija.

NOTAS:

[3] _Bombance_, comilona. _Bambeche_, títere.

LIBRO CUARTO CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE

I =Una madre que se encuentra con otra=

Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto á París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era propiedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y mujer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la puerta una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado algo que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba grandes charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas, y grandes manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo todo, y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la siguiente inscripción: AL SARGENTO DE WATERLOO.

Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón. Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo que obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar por allí.

Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado, deforme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas, los cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y sucio, muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas catedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el orín. Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado Goliat. Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber de transportar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido arrastrarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y sobrehumano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau.

¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en la calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse de enmohecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de instituciones que uno se encuentra al paso de igual manera, y que no puede ser sino por razones parecidas, por lo que están donde se encuentran.

El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al suelo, y sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un columpio, estaban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas graciosamente, dos niñas, de como unos dos años y medio la primera, y de unos diez y ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más pequeña. Un pañuelo previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una madre había visto aquella espantosa cadena y se había dicho:--¡Toma! he aquí un juguete para mis niñas.

Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero, irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos rosas; sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables arrobamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los transeuntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho meses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza de la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas, amasadas en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón, negra por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de ángulos sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una caverna. Á los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la madre, mujer de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante á la sazón, columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo bramante, protegiéndolas con la mirada de cualquier accidente, con aquella expresión animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad; á cada vaivén, los horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido que parecía un grito de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol poniente mezclábase en aquella alegría, y nada tan bello como aquel capricho de la casualidad que había hecho de una cadena de titanes un columpio de querubines.

Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz de falsete, una canción célebre entonces:

Ha de ser, dijo, un guerrero

La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo demás que pasaba en la calle.

No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le dijo:

--Allí tenéis dos hermosas criaturas.

Á la bella y tierna Imogine...

Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza.

Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía también una criatura que llevaba en brazos.

Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado.

La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un cuellecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes en la gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo blanco, apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando de salud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las manzanicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que habían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.

Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los brazos de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente en ellos.