Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 13

Chapter 133,728 wordsPublic domain

Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes que se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau.

La Academia francesa daba como tema de premio: _la dicha procura el estudio_. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase germinar á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los sarcasmos de Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand llamado Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado Arlincourt. _Clara de Alba y Malek-Adel_ eran grandes obras; la señora Cottin había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto dejó borrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real decreto erigía Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque de Angulema gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema acreditaba de derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo cual el principio monárquico hubiera podido menoscabarse.

Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si debían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos de las calles.

El señor Paër, autor de _Inés_, buen hombre, de cara cuadrada, con una verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban _l' Ermite de Saint-Avelle_, letra de Edmundo Géraud. _El enano amarillo_ se trasformaba en _espejo_. El café Lemblin estaba por el emperador, con el café Valois que estaba por los Borbones.

Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de Sicilia, y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había muerto madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita Mars. Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño se había reducido, pero la libertad era grande. _El Constitucional_ era constitucional. _La Minerva_ llamaba á Chateaubriand _Chateaubriant_. Esta _t_ daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del gran escritor.

En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban á los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no es nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo David, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir las cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos realistas, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto al desterrado.

Decir: _los regicidas_, ó decir: _los votantes_: decir: _los enemigos_, ó decir: _los aliados_: decir: _Napoleón_, ó decir: _Buonaparte_, separaba á dos hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido convenían en que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada por el rey Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el terraplén del puente nuevo, se esculpía la palabra: _Redivivus_, en el pedestal que esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba, en la calle Thérèse, N.º 4, en conciliábulo para consolidar la monarquía. Los jefes de la derecha decían al encontrarse en coyunturas graves: «Es preciso escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y de Cheppedelaine, borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano y heredero del rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de Bòrd de l'eau». El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie se inclinaba á Trogoff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto liberal, dominaba.

Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número 27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas, sus cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo, y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo que dictaba «_La monarquía según la Carta_» al señor Pilorge, su secretario.

La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía _Teresa Aubert_. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban colegios. Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis, de oro, se daban de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra policía de palacio denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana del rey), el retrato, expuesto por todas partes, del señor duque de Orléans, el cual estaba mejor de uniforme de coronel general de húsares, que el señor duque de Berry de coronel-general de dragones, gravísimo inconveniente. La ciudad de París hacía dorar nuevamente á su costa la cúpula de los Inválidos. Los hombres serios se preguntaban qué es lo que haría en tal ó cual circunstancia el señor de Trinquelague; el señor Clausel de Mantals divergía en algunos puntos del señor Clausel de Coussergues: el señor de Salaberry no estaba contento.

El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no había podido entrar el cómico Molière, hacía representar _Los dos Filibertos_, en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber sido arrancadas las letras se leía aún claramente: TEATRO DE LA EMPERATRIZ. Se formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de Montarlot. Fabvier era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero Pelicier publicaba una edición de Voltaire bajo este título: _Obras de Voltaire_, de la Academia francesa. «Esto llama á los compradores», decía aquel infeliz editor.

Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio del siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria; escribiéndose sobre ello este verso:

Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas.

El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro de quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar; una nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos términos: _un tal lord Barón_.

David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón hablaba con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón (sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado Felicité-Robert, que fué más tarde Lamennais.

Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo el ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las Tullerías, del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de poquísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de un inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses veían indiferentes semejante inutilidad.

El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado, hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos á quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de San Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al señor Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse y discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose con los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo.

Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se esforzaba para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles de acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los mastodontes. Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria de Permantier, hacía mil esfuerzos para que _pomme de terre_ (patata) se llamase _parmentiere_, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo obispo, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la polémica realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que acabamos de usar, _pasar al estado de_, fué denunciada como neulogismo por Royer-Collard.

Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de Artois en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: _¡Vive Dios! que deploro los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose el brazo, en Bal Sauvage._ Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel.

Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la recompensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor cinismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de Ligny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada, ostentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos: _Please adjust your dress before leaving_. (Sírvase usted abrocharse antes de salir).

He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del año 1817, hoy día olvidado.

La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos detalles, llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos.

Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una linda gracia».

II =Doble cuarteto=

Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien dice estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París.

Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les ha visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos; ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles; bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún. _Quemad para él los perfumes de la Arabia_, dice el romance, _¡Oscar viene, Oscar, voy á verle!_ Salíamos de Ossian; la elegancia era escandinava y caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer hasta más tarde, y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas de ganar la batalla de Waterloo.

Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el último Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su damisela. Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado en Inglaterra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por nombre de guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina, contracción de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia, por sus hermosos cabellos color de sol.

Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos pasajeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad del trabajo y en el alma aquella flor de la honestidad que en la mujer sobrevive á la primera caída. Había una de las cuatro á la que llamaban la joven, porque era la menor; y otra á la que llamaban la vieja; la vieja tenía veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos que las tres primeras eran más experimentadas, más indiferentes y más acostumbradas á volar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la Rubia, que vagaba todavía entre su primera ilusión.

Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda de su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero. Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su compañía, hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas mal guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les arrojan. Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é inaccesible. ¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre!

Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre, antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió en cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la rejilla de una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello resultó Favorita. Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la saludaba. Cierta mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia mística, entró en su casa y le dijo:

--¿No me conocéis, verdad, señorita?

--No.

--Pues soy tu madre.

Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa. Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita, se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro, descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo mal de su hija.

Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, y hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas. ¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir: «sí, señor».

Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes amores van siempre acompañados de tales amistades.

Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que, salvando todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia, eran unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia.

¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor de Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel.

Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre.

Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra social, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido. Había nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le conoció jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba así? Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento existía aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la tenía; nada de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia. Se llamaba, pues como le plugo al primer transeunte que se la encontró de pequeñita andando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como recibía el agua de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla la pequeña Fantina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había entrado así en la vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se puso á servir en las casas de campo de las cercanías. Á los quince se fué á París á «probar fortuna». Fantina era hermosa, y fué pura todo el mayor tiempo que pudo. Era una hermosa rubia de bellísimos dientes. Traía, pues, el oro y las perlas en dote; pero su oro estaba en su cabeza y en su boca las perlas.

Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también el corazón su hambre, amó.

Amó á Tholomyés.

Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los principios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del Panteón, donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido mucho tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe una manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la égloga.

Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma.

Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez escandalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á tener calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente: _coronilla á los treinta, rodilla á los cuarenta_. Digería ya bastante mal, y le lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se extinguía, iba en aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos, sus cabellos con chistes, su salud con ironías, y el ojo llorón con risa continuada. Era un montón de ruinas del que brotaban flores por todas partes. Su juventud, liando el petate antes de tiempo, batíase en retirada, pero en buen orden, reventando de risa y llena de fuego. Le habían rechazado una pieza en el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier objeto escribía versos. Por otra parte, dudaba de todo á cierta altura, lo que da mucha fuerza á los ojos de los débiles. Siendo irónico y calvo, era el jefe. _Iron_ es una palabra inglesa que quiere decir hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra ironía?

Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el oráculo, les dijo:

--Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida solemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así como en Nápoles piden las viejas á san Enero _Faccia gialluta, fa o miracolo_, «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me dicen sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo _darás á luz_ tu sorpresa?». Al mismo tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes. Creo que ha llegado el momento. Hablemos.

Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan chocante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en los cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba Blachevelle: ¡Vaya una idea!

Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose entre aquella neblina el resto de la conferencia.

El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes invitaron á las muchachas.

III =Cuatro y cuatro=

Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los mismos alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida circumparisien, ha cambiado por completo después de medio siglo; en lugar del coche está el vagón, y en el de los lanchones el buque de vapor; decíase entonces Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París de 1862 es una ciudad que tiene la Francia entera por alrededores.

Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras campestres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las vacaciones, en un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera, Favorita, la única que sabía escribir, había escrito lo siguiente á Tholomyés, en nombre de las cuatro: «El salir temprano augura un buen día». Sería por ello que se levantaron á las cinco de la mañana. Fueron en coche á Saint-Cloud; contemplaron la gran cascada en seco y exclamaron: ¡Esto ha de ser una gran cosa cuando salta el agua! Almorzaron en la _Tête Noire_, donde Castaing no había pasado todavía; jugaron una partida á la sortija en las arboledas del grande estanque; subieron á la linterna de Diógenes, jugaron barquillos en la ruleta del puente de Sévres, hicieron ramos con flores cogidas en Puteaux, compraron silbatos en Neuilly; comieron en todas partes pastelillos de manzana, en fin, fueron dichosos por completo.

Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos con regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la vida! ¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las ilusiones!

¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las ramas, á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre un cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia, en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se han puesto!

Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón no se presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen humor, por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal y sentencioso: _Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura, hijos míos._

Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico, en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente Leonor, el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares de Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó: _Hay una demás_, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante todos bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando valerosamente los matorrales, presidiendo la alegría general con el entusiasmo de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad las había hecho bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando juntas, acercábanse una á otra para contemplarse, sin separarse un punto, más que por amistad por instinto de coquetería y apoyándose mutuamente una á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros _keepsakes_ acababan de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por las mujeres, siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así es que los cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina y Dalia peinaban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una discusión acerca de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la diferencia que mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau.

Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita.

Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano un magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, una cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada sagrado fundaba al mismo tiempo.

--Este Tholomyés es admirable,--decían los otros con cierta veneración.--¡Qué pantalones!, y ¡qué energía!

En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir.