Part 9
El Jaguar, con el rostro lívido, las facciones crispadas, los ojos inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelantó el brazo para coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento más leve para librarse de aquella presión que, sin embargo, sabía que debía ser mortal.
De improviso Carmela saltó como una corza asustada, y se arrojó entre los dos hombres.
--¡Oh! exclamó juntando las manos; ¡tenga V. compasión de él, no le mate V., por Dios!
El semblante del Jaguar varió súbitamente y se revistió de una expresión de inefable dulzura.
--¡Corriente! dijo, puesto que tal es la voluntad de V., no morirá; pero ha insultado a usted, Carmela, y debe ser castigado. De rodillas, miserable, añadió dirigiéndose a Ruperto y apoyando pesadamente la mano en su hombro; de rodillas y pide perdón a este ángel.
Ruperto, más bien que arrodillarse se dejó caer al sentir el peso de aquella mano de hierro, y se arrastró hasta los pies de la joven, murmurando con voz tímida:
--¡Perdón! ¡Perdón!
--¡Basta! dijo entonces el Jaguar con terrible acento; levántate y da gracias a Dios porque todavía esta vez te has librado de mi venganza. Abra V. la puerta, Carmela.
La joven obedeció.
--A caballo, prosiguió el Jaguar; id a esperarme al Río Seco, y sobre todo, bajo pena de muerte, que nadie se mueva hasta mi llegada. ¡Id!
Los tres hombres bajaron la cabeza y salieron sin contestar: un momento después se oyó resonar en el camino el galope de sus caballos que se alejaban.
Los dos jóvenes quedaron solos en la venta.
El Jaguar se sentó delante de la mesa en que un momento antes estaban bebiendo los tres hombres, apoyó la cabeza en ambas manos y pareció que quedaba sepultado en serias reflexiones.
Carmela le miraba con una mezcla de interés y de temor, sin atreverse a dirigirle la palabra.
Por último, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante largo, el joven levantó la cabeza y miró en torno suyo como si despertase de un sueño profundo.
--¿Ha permanecido V. ahí? dijo a la joven.
--Sí, respondió Carmela con dulzura.
--Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me aborrecen.
--¿No hago bien?
El Jaguar se sonrió con tristeza; pero respondió a esta pregunta haciendo otra, táctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su pensamiento.
--Ahora, dijo, cuénteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos miserables.
La joven pareció como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidió y confesó las palabras que había dicho al capitán de dragones.
--Ha hecho V. mal, le dijo severamente el Jaguar; la imprudencia de V. puede tener consecuencias muy graves; sin embargo, no me atrevo a censurarla. Es V. mujer, y por consiguiente ignora muchas cosas. ¿Está V. sola aquí?
--Enteramente sola.
--¡Qué imprudencia! ¿Cómo puede Tranquilo abandonar a V. de ese modo?
--Su deber le detiene actualmente en Mezquite; dentro de pocos días debe dar una gran batida.
--Bien; pero al menos Quoniam debió quedar al lado de V.
--No ha podido, porque Tranquilo necesitaba su ayuda.
--Parece que el diablo se mezcla en todo esto, dijo el Jaguar en tono de mal humor; es preciso estar loco para abandonar así a una joven sola en una venta situada en medio de una comarca tan desierta, y eso durante semanas enteras.
--No me hallaba sola, pues habían dejado conmigo a Lanzi.
--¡Ah! ¿Y qué se ha hecho?
--Un poco antes de salir el sol le envié a ver si traía alguna caza.
--Muy bien pensado, ¡por vida mía! Así ha permanecido V. expuesta a las groserías y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase insultarla.
--No creí que hubiese peligro.
--¿Supongo que ahora estará V. ya desengañada?
--¡Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no me volverá a suceder.
--Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi.
La joven se asomó a la puerta y dijo:
--Sí, ahí viene.
En efecto, en aquel momento entró el hombre de quien habían hablado.
Era un individuo de unos cuarenta años, de fisonomía inteligente y audaz; llevaba sobre sus hombros un magnífico gamo atado, sobre poco más o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a llevar las gamuzas. Su mano derecha empuñaba una escopeta.
Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le saludó y puso su gamo encima de la mesa.
--¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar en tono de buen humor, parece que ha hecho V. buena cacería, Lanzi; los gamos no escasean en la llanura, ¿eh?
--He conocido un tiempo en que abundaban más, respondió Lanzi en tono brusco; pero ahora, añadió moviendo tristemente la cabeza, apenas puede un pobre hombre matar un par de ellos en todo un día.
El joven se sonrió y dijo:
--Ya volverán.
--No, no, replicó Lanzi; los gamos, una vez espantados, nunca vuelven a las comarcas que abandonaron, por grande interés que tengan en hacerlo.
--Pues entonces, amigo mío, es preciso que se resigne V. y se consuele.
--¡Eh! ¡No hago otra cosa! murmuró Lanzi volviendo la espalda con aspecto descontento.
Y después de esta réplica volvió a cargar el gamo sobre sus hombros y entró en otra habitación.
--Lanzi no está hoy muy amable, dijo el Jaguar cuando se hubo vuelto a quedar solo con Carmela.
--Le disgusta encontrar a V. aquí.
El Jaguar frunció el entrecejo y preguntó:
--¿Por qué es eso?
Carmela se ruborizó y bajó los ojos sin responder; el Jaguar la examinó un momento con una mirada penetrante.
--Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostería desagrada a alguien, quizás a él.
--¿Por qué ha de desagradarle? Me parece que él no es el amo.
--¡Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, ¿verdad?
La joven hizo una seña afirmativa.
El Jaguar se levantó con violencia y se paseó presuroso por la sala de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada inquieta, el Jaguar se paró bruscamente delante de ella, levantó la cabeza, y mirándola con fijeza preguntó:
--Y a V., Carmela, ¿le desagrada mi presencia en este sitio?
La joven permaneció silenciosa.
--¡Responda V.! repuso el Jaguar.
--No he dicho eso, murmuró Carmela vacilando.
--No, repuso el Jaguar con una sonrisa amarga; pero lo piensa V., Carmela, solo que no tiene V. valor suficiente para confesármelo cara a cara.
La joven levantó la cabeza con viveza y respondió con febril animación:
--Es V. injusto para conmigo, injusto y malo. ¿Por qué he de desear que V. se aleje? Nunca me ha hecho V. daño; al contrario, siempre le he encontrado dispuesto a defenderme. Hoy mismo, todavía, no ha vacilado V. para librarme del mal trato de los miserables que me insultaban.
--¡Ah! ¿Lo confiesa V.?
--¿Por qué no he de confesarlo, si es cierto? ¿Tan ingrata me juzga V.?
--No, Carmela; solo que al fin es V. mujer, repuso el Jaguar con amargura.
--No entiendo lo que quiere V. decir, no quiero entenderlo. Aquí, cuando mi padre, o Quoniam, o cualquier otro, acusa a V., solo yo soy quien le defiende. ¿Es culpa mía si, por su carácter y por la vida misteriosa que hace, está V. colocado fuera de la existencia común? ¿Soy responsable acaso del silencio que se obstina V. en guardar acerca de cuanto le concierne personalmente? V. conoce a mi padre, y sabe cuan bueno, franco y valiente es; muchas veces y por medios indirectos, ha procurado arrastrar a V. a una explicación leal, y siempre ha rechazado V. sus tentativas. Así pues, a nadie culpe V. más que a sí mismo por el aislamiento en que se encuentra y por la soledad que se establece en torno de V.; y no dirija reconvenciones a la única persona que hasta ahora se ha atrevido a sostenerle y defenderle contra todos.
--¡Es verdad! respondió el Jaguar con amargura: soy un loco y reconozco mis errores para con V., Carmela, porque dice V. muy bien: entre toda esa gente, solo V. ha sido buena y compasiva para con el réprobo, para con el hombre a quien persigue el odio general.
--Odio tan estúpido como injusto.
--Y del cual no participa V., ¿verdad? preguntó el joven con viveza.
--No, no participo de él; pero padezco al ver la obstinación de V., porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno.
--¡Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene V. razón y dar un mentís a los que me insultan de un modo cobarde cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos. Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza de que llegará un día en que me será lícito darme a conocer tal como en realidad soy, y arrancarme la máscara que ya me pesa; entonces...
--¿Entonces? preguntó Carmela viendo que se interrumpía.
El Jaguar vaciló un instante, y después dijo con voz ahogada:
--Entonces tendré que hacer a V. una pregunta y dirigirle una petición.
La joven se ruborizó levemente; pero reponiéndose en seguida, murmuró en voz baja:
--Me encontrará V. dispuesta a responder a ambas cosas.
--¿De veras? exclamó el Jaguar con alegría.
--Se lo juro a V.
Un relámpago de felicidad iluminó, cual un rayo de sol, la fisonomía del joven.
--¡Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento oportuno, recordaré su promesa.
Carmela bajó la cabeza haciendo una seña de mudo asentimiento.
Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres de la casa con esa gracia y esa ligereza de pájaro, propias de las mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al cabo de algunos instantes se acercó a la puerta y miró hacia fuera.
--Es preciso que me marche, dijo.
--¡Ah! exclamó Carmela fijando en él una mirada escudriñadora.
--Sí; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo; quizás si se lo dijese yo mismo, lo haría de mala gana; me ha parecido ver que no soy santo de su devoción.
--Voy allá, respondió la joven sonriendo.
--El Jaguar la miró alejarse y ahogó un suspiro.
--¿Qué es esto que siento? murmuró apoyando la mano con fuerza sobre su corazón, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ¿será por ventura lo que llaman amor? ¡Estoy loco! repuso al cabo de un instante; ¿acaso puedo yo amar? ¡El Jaguar! ¿Acaso se puede amar al réprobo?
Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunció, y murmuró con voz sorda:
--Cada cual tiene su misión en este mundo, ¡y yo sabré cumplir la mía!
Carmela volvió a entrar y dijo:
--El caballo estará pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue.
--Gracias, dijo el Jaguar.
Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que en Méjico hacen próximamente las veces de las polainas y sirven para librar al jinete de los golpes del caballo.
Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le examinaba atentamente con una expresión de vacilación tímida.
El Jaguar reparó en ello y le preguntó:
--¿Qué tiene V.?
--Nada, dijo la joven balbuceando.
--Me engaña V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dígame V. la verdad.
--Pues bien, respondió la joven con una vacilación cada vez más marcada, tengo que pedir a V. un favor.
--¿A mí?
--Sí.
--Hable V. pronto, niña; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo de antemano.
--¿Me lo jura V.?
--¡Lo juro!
--Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitán de dragones que estaba aquí esta mañana, le conceda V. su protección.
El joven se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.
--¡Ah! exclamó, ¿con que es cierto lo que me han dicho?
--No sé a qué alude V.; pero le reitero mi súplica.
--No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aquí después que él se marchó.
--Sí, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; ¿a qué buscar un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale más obrar con entera franqueza.
--Está bien, respondió el Jaguar con voz sombría y con un tono de ironía mordaz; tranquilícese V., Carmela; defenderé a su amante.
Y se lanzó precipitadamente fuera de la sala poseído de la más violenta cólera.
--¡Oh! ¡Qué bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclamó la joven dejándose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. ¡Es un corazón de tigre lo que su pecho encierra!
Ocultó su rostro entre ambas manos y prorrumpió en sollozos.
En el mismo instante se oyó fuera el galope rápido de un caballo que se alejaba.
XIII.
CARMELA.
Ahora, antes de continuar nuestra narración, es preciso que demos a nuestros lectores ciertos detalles importantes e indispensables para los hechos que van a seguir.
Entre las provincias del vasto territorio de Nueva España, hay una, la más oriental de todas, cuyo valor verdadero ignoró constantemente el gobierno de los virreyes, ignorancia continuada por la república mejicana que, en la época de la proclamación de la independencia, no la juzgó digna de formar un Estado separado; y sin calcular lo que más tarde pudiera suceder, con la mayor indolencia la dejó colonizar por los norteamericanos, quienes ya en aquellos tiempos parece que estaban atormentados por esa fiebre de invasión y de ensanche que hoy ha llegado a ser una especie de locura endémica para aquellos dignos ciudadanos. La provincia a que nos referimos es la de Tejas.
Aquella comarca magnífica es una de las mejor situadas que hay en Méjico; bajo el punto de vista territorial es inmensa; ningún país tiene mejor riego: nueve ríos considerables llevan al mar sus aguas aumentadas por las innumerables corrientes que en todas direcciones surcan y fertilizan aquella tierra: estos ríos, profundamente encajonados en terrenos movedizos, nunca forman, desparramándose a lo lejos, esas inundaciones tan comunes en otros países y que se convierten en fétidos pantanos.
El clima de Tejas es sano y se halla exento de esas enfermedades espantosas que han dado una celebridad tan siniestra a ciertas comarcas del Nuevo Mundo.
Las fronteras naturales de Tejas son la Sabina al este, el Río Rojo al norte, al oeste una cordillera de altas montañas que ciñe vastas praderas y el Río Bravo del Norte; y por último, desde la embocadura de este río hasta el de la Sabina, el golfo de Méjico.
Ya hemos dicho que los españoles ignoraban casi por completo el valor verdadero del Tejas, aunque hacía mucho tiempo que le conocían, porque es casi seguro que en 1536 Cabeza de Vaca cruzó por él cuando desde la Florida se trasladó a las provincias septentrionales de Méjico.
Sin embargo, la honra del primer establecimiento que se intentó formar en aquel hermoso país pertenece sin disputa a la Francia.
En efecto, el infortunado y célebre Roberto de la Salle, encargado por el marqués de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisipí en 1684, se equivocó y entró en el Río Colorado, por el cual bajó con suma dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tomó posesión del país y construyó un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos aquí en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos veces intentó trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este de Méjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados que formaban parte de su tropa.
Un recuerdo más reciente nos une de nuevo a Tejas, porque allí fue donde en 1817, y bajo el nombre de _Campo de Asilo_, intentó el general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos desventurados de los invencibles ejércitos del primer imperio. Esta colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema despótico observado siempre en el Nuevo Mundo por los españoles de aquel tiempo, y que consistía en no dejar bajo ningún pretexto que se estableciesen extranjeros en punto alguno de su territorio.
Se nos perdonará que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se reflexione que aquel país, libre tan solo de veinte años a esta parte, de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectáreas, habitado cuando más por doscientos mil individuos, ha entrado sin embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha de llamar la atención de los gobiernos europeos y excitar las simpatías de los hombres inteligentes de todas las naciones.
En la época en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es decir, en la segunda mitad del año de 1812, el Tejas pertenecía todavía a Méjico; pero había comenzado ya su gloriosa revolución, y luchaba valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y proclamar su independencia.
Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos explicar cómo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que le debía su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban establecidos, por decirlo así, en el Tejas, y cómo el cazador tenía una hija, o al menos llamaba así al precioso ángel rubio y sonrosado que hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela.
Unos doce años antes del día en que comienza nuestro relato en la venta del Potrero, Tranquilo había llegado a aquella misma hostería seguido de dos compañeros y una niña de cinco a seis años, de cara despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era sino Carmela; en cuanto a sus compañeros, uno era Quoniam, y el otro un mestizo indio que atendía al nombre de Lanzi.
El sol se hallaba ya próximo a ocultarse cuando la reducida caravana paró delante de la venta.
El ventero, que en aquel país desierto, situado en la frontera india, estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan avanzada, había cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se disponía a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros personajes le obligó a modificar sus intenciones por aquella noche.
Sin embargo, solo con marcada repugnancia y después de las repetidas seguridades que le dieron los viajeros de que nada tenía que temer por parte de ellos, fue como se decidió a abrir la puerta e introducirlos en la casa.
Por lo demás, desde el momento en que se decidió a recibirlos, el ventero fue lo que debía ser, es decir, tan atento y servicial como puede permitirlo el carácter de los hosteleros mejicanos, que, sea dicho entre paréntesis, son la raza menos hospitalaria que existe.
Éste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta, ya de cierta edad, pero todavía listo y vivo.
Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral delante de una buena provisión de alfalfa, y que también ellos hubieron cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada larga, se estableció cierta confianza entre el ventero y ellos, merced a algunos tragos de refino de Cataluña, generosamente ofrecidos por el canadiense, y la conversación se entabló bajo el pie de la más franca cordialidad, mientras que la niña, cuidadosamente envuelta en el mullido zarapé del cazador, dormía con esa tranquila y cándida indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo y lo porvenir no existe todavía.
--¡Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echándole otro vaso de refino, ¿paréceme que lleva V. aquí una vida muy feliz?
--¡Yo!
--¡Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy seguro de que se levantará tarde.
--¿Qué otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he venido a perderme por mis pecados?
--Según eso, ¿escasean los viajeros?
--Sí y no; depende de la manera en que V. lo entienda.
--¡Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo.
--Sí, hay dos y muy diferentes.
--¡Hombre! Me alegraría de conocerlas.
--Es muy fácil. No faltan en el país vagabundos de todos colores y castas, y si yo quisiese llenarían mi casa todo el santo día; pero lléveme el diablo si me dejarían ver el color de su dinero.
--¡Ah! Muy bien. Pero supongo que esos señores no constituirán exclusivamente la parroquia de V.
--No; hay también los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los Pawnees, y qué sé yo cuantos más, que de vez en cuando vienen a rondar por los alrededores.
--¡Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. más que esos parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces debe V. recibir visitas más agradables.
--Sí, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin duda; pero los ingresos están siempre muy lejos de cubrir los gastos.
--Es claro. A la salud de V.
--A la de V.
--Pero entonces, permítame V. una observación que quizás le parecerá indiscreta.
--Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos amigos y no debemos contenernos.
--Tiene V. razón. Si se encuentra V. mal aquí, ¿por qué diablos permanece en este sitio?
--¡Ah! He ahí la cuestión: ¿a dónde quiere usted que vaya?
--¡Pardiez! No lo sé, a cualquiera parte, en donde siempre estará V. mejor que aquí.
--¡Ah! ¡Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un suspiro.
--¿Tiene V. a alguien consigo aquí?
--No, estoy solo.
--Pues bien, entonces ¿quién le detiene?
--¡Caramba! ¿Qué ha de ser? ¡El dinero! Todo cuanto yo poseía, y no era mucho, lo invertí en edificar esta casa y establecerme en ella, y aún eso gracias a los peones de la hacienda.
--¿Hay alguna hacienda por aquí?
--Sí, a unas cuatro leguas de distancia está la hacienda del Mezquite.
--¡Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, está bien, continúe V.
--De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a abandonarlo todo.
--¿Por qué no lo vende V.?
--¿Y quién lo compra? ¿Cree V. que sea fácil encontrar por aquí un individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y que esté dispuesto a hacer una tontería?
--¡Pardiez! No se sabe, acaso buscando podría encontrarse
--Vamos, caballero, ¡tiene V. gana de burlarse!
--En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y voy a probárselo a usted.
--Veamos.
--¿Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros?
--¿He dicho cuatrocientos?
--No andemos con tretas, lo ha dicho V.
--Muy bien, lo admito; ¿y qué más?
--¿Qué más? Que yo se la compro si V. quiere.
--¿Usted?
--¿Por qué no?
--¡Pardiez! Sería preciso verlo.
--Está visto: ¿quiere V., sí o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizás dentro de cinco minutos habré variado de intención, con que decídase V.
El ventero fijó una mirada investigadora en el canadiense.
--¡Acepto! dijo.
--Corriente; solo que no le daré a V. cuatrocientos duros.
--¡Oh! entonces... dijo el ventero sobresaltado.
--Le daré a V. seiscientos.
El ventero se quedó estupefacto y en seguida dijo:
--No me parece mal.
--Pero con una condición, añadió Tranquilo.
--¿Cuál es?
--La de que mañana, tan luego como se haya efectuado la venta, montará V. a caballo... ¿Supongo que tendrá V. un caballo?
--Sí Señor.
--Pues bien, montará V. en él, se marchará y no volverá a parecer por aquí.
--¡Oh! De eso puede V. estar muy seguro.
--¿Queda convenido?
--Sí Señor.
--Entonces, mañana al salir el sol que estén preparados los testigos.
--Lo estarán.
En esto quedó la conversación. Los viajeros se envolvieron en sus mantas y zarapés; se tendieron en el áspero suelo de la sala y se durmieron. El ventero les imitó.
Según lo habían convenido, el ventero, un poco antes de amanecer, ensilló su caballo y se ocupó en procurarse los testigos necesarios para la validez de la transacción; con este objeto se fue a rienda suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de vuelta. Le acompañaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho peones.
El mayordomo, que era el único que sabía leer y escribir, redactó una escritura de venta; luego reunió a todos los circunstantes y la leyó en alta voz.
Tranquilo sacó entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de oro, y las extendió sobre la mesa.