Part 8
Sin embargo, no todos los montones de leña estaban derribados; los que aún quedaban se hallaban todos bastante próximos a la plaza para ser defendidos por los fuegos de esta.
A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.
Pero entonces comenzó de nuevo el fuego de fusilería, y las balas cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que después de haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la precipitación con que se alejaron.
Los americanos se echaron a reír y comenzaron a silbar a los fugitivos.
--Creo, observó Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a probarla.
--En efecto, contestó el capitán, esta vez no parece que se hallen dispuestos a volver.
El capitán se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios volvían a rienda suelta.
Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilería, al cual desdeñaron responder, llegaron hasta la orilla del foso.
Verdad es que, cuando hubieron llegado allí, volvieron grupas y se marcharon con la misma rapidez con que habían venido, pero no sin dejar sembrados en su camino numerosos cadáveres desapiadadamente derribados por las balas americanas.
Pero el proyecto de los Pawnees había alcanzado buen éxito, y los blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se habían apresurado por demás a alegrarse de su fácil triunfo.
Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso, había echado pie a tierra, y aprovechando la confusión y el humo que impedían fuese visto, se había guarecido más o menos bien detrás de los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que, cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una descarga de fusilería y de largas flechas acanaladas que derribaron a quince hombres.
Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir aquel ataque verificado por enemigos invisibles.
Quince hombres menos de un solo golpe eran una pérdida terrible para los colonos; el combate adquiría serias proporciones que amenazaban degenerar en derrota, porque los indios nunca habían desplegado tanta energía ni encarnizamiento en un ataque.
No había medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se habían emboscado.
El capitán se decidió a hacerlo.
Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los demás vigilaban en las empalizadas, mandó bajar el puente levadizo y se lanzó intrépidamente fuera.
Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a cuerpo.
La pelea se tornó horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban mutuamente darse de puñaladas.
De improviso una claridad inmensa iluminó aquella escena de carnicería, y en la colonia resonaron gritos de terror.
El capitán volvió la cabeza y lanzó un grito de desesperación al contemplar el espectáculo horrible que se ofrecía ante su vista.
La torre y los edificios principales estaban ardiendo; a la claridad de las llamas se veía a los indios saltar como demonios persiguiendo a los defensores de la colonia que, agrupados en varios puntos, intentaban todavía una resistencia casi imposible.
He aquí lo que había sucedido.
Mientras que el Ciervo-Negro, el Zorro-Azul y los demás jefes principales de los Pawnees intentaban el ataque por el frente de la colonia, Tranquilo, seguido de Quoniam y de unos cincuenta guerreros escogidos, se embarcó en unas piraguas de piel de bisonte, bajó silenciosamente por el río y fue a desembarcar en la misma colonia sin dar la más leve alarma, por la sencilla razón de que los americanos no podían temer de ningún modo una sorpresa por la parte del Misuri.
Sin embargo, debemos hacer al capitán la justicia de decir que no había dejado indefenso aquel punto; colocó allí centinelas, pero desgraciadamente, en el desorden que siguió a la última carga de los indios, los centinelas, creyendo que nada tenían que temer por aquella parte, habían abandonado su puesto para acudir a donde juzgaban que el peligro era más apremiante, y ayudar a sus compañeros a rechazar al enemigo.
Esta falta imperdonable perdió a los defensores de la colonia.
Tranquilo desembarcó sin disparar un tiro.
Los Pawnees, tan luego como hubieron entrado en la colonia, arrojaron teas incendiarias a los edificios construidos todos con madera, y lanzando su grito de guerra, se precipitaron sobre los americanos, a quienes cogieron por retaguarda colocándolos así entre dos fuegos.
Tranquilo, Quoniam y algunos guerreros que no se habían separado de ellos, se dirigieron a la torre.
Mistress Watt, aunque atacada por sorpresa, se dispuso para defender valerosamente el puesto confiado a su custodia.
El canadiense se acercó a ella con las manos alzadas al cielo en señal de paz y exclamó:
--Ríndanse VV., en nombre del cielo, o quedan perdidas: la colonia ha caído en nuestro poder.
--¡No! respondió la joven resueltamente; no me rendiré a un villano que hace traición a sus hermanos para abrazar el partido de los indios.
--Es V. injusta para conmigo, replicó el cazador con tristeza; vengo a salvar a V.
--No quiero ser salvada por V.
--¡Mujer desventurada! Si no lo hace V. por sí, hágalo al menos por sus hijos; mire V., ya está ardiendo la torre.
La joven alzó los ojos, lanzó un grito de horror y se precipitó llena de desconsuelo en el interior del edificio.
Las demás mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron resistirse y entregaron sus armas.
Tranquilo confió la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam, agregándole algunos guerreros, y se alejó rápidamente con la intención de hacer cesar la carnicería que continuaba en todos los puntos de la colonia.
Quoniam entró en la torre, en donde encontró a mistress Watt medio asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza. El buen negro cargó a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a todas las mujeres y los niños, los condujo a las orillas del Misuri, a fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores.
A la sazón, aquello no era ya un combate sino una carnicería, a la que aún hacían más espantosa los bárbaros refinamientos de los indios que se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos.
El capitán, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los únicos colonos que aún estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se defendían con la energía de la desesperación contra una nube de indios, resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces Pawnees.
Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de súplicas y arrostrando mil peligros, consiguió hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin la carnicería.
De pronto se oyeron gritos, llantos y súplicas hacia la parte del río.
El cazador se lanzó rápidamente hacia allá, agitado por un presentimiento sombrío.
El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguían. Cuando llegaron al sitio en que Quoniam había reunido a las mujeres, se ofreció ante su vista un espectáculo espantoso.
Mistress Watt y otras tres mujeres yacían sin movimiento en el suelo en medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas, con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho.
Fue imposible obtener de las demás mujeres ningún dato acerca de lo que había pasado, porque estaban casi locas de terror.
¡Los hijos del capitán habían desaparecido!
XI.
LA VENTA DEL POTRERO.
Usando ahora de nuestro privilegio de novelistas, trasladaremos la escena de nuestro relato al Texas, y volveremos a tomar nuestra historia unos dieciséis años después de los acontecimientos referidos en el capítulo anterior.
El alba comenzaba a teñir las nubes con sus nacaradas tintas, las estrellas se apagaban unas en pos de otras en las sombrías profundidades del cielo; y en la última línea azul del horizonte, un reflejo de un color rojo vivo, precursor de la salida del sol, anunciaba que tardaría muy poco en ser de día. Los millares de pájaros invisibles, frioleramente cobijados en la enramada, se despertaban de repente y entonaban alegres su melodioso concierto matutino, mientras que los aullidos de las fieras, al retirarse de beber y regresar con lento paso a sus inexploradas guaridas, se iban tornando cada vez más sordos y oscuros.
En aquel momento se levantó la brisa; se engolfó en la densa nube de vapores que, a la salida del sol, se exhalan de la tierra en aquellas regiones intertropicales, la hizo revolotear un instante, la desgarró y la disipó por el espacio, haciendo aparecer sin transición, cual una decoración de teatro, el paisaje más delicioso que puede imaginar el alma soñadora de un pintor o de un poeta.
En América, sobre todo, es donde parece que la Providencia se ha complacido en prodigar los efectos más imponentes de paisaje, variando hasta lo infinito los contrastes y las armonías de aquella naturaleza poderosa que solo allí se encuentra.
En el seno de una inmensa llanura, rodeada completamente por la poblada enramada de una selva virgen, se dibujaban los caprichosos giros de un camino arenoso, cuyo color amarillento se destacaba de un modo agradable sobre el verde oscuro de las crecidas yerbas y el blanco plateado del agua de un río angosto al que los primeros rayos del sol hacían resplandecer cual un conjunto de pedrería. Cerca del río, próximamente en el centro de la llanura, se alzaba una casa blanca con columnas que formaban un pórtico, y con un tejado encarnado.
Esta casa, coquetamente tapizada con plantas trepadoras que se extendían en anchos mechones por sus paredes, era una venta u hostería, edificada en lo alto de una leve eminencia. Llegábase a ella por una pendiente insensible, y merced a su posición, dominaba aquel paisaje inmenso y grandioso, como el que abarca con su vista el cóndor cuando se cierne cerca de las nubes.
Delante de la puerta de la venta, unos veinte vagones, pintorescamente agrupados, acababan de ensillar sus caballos, mientras que unos arrieros se ocupaban presurosos en cargar siete u ocho mulas.
En el camino, algunas millas más allá de la venta, se veían, como puntos negros casi imperceptibles, varios jinetes que se alejaban con rapidez, y estaban próximos a internarse en la selva de que hemos hablado, selva que se elevaba gradualmente y estaba dominada por una faja de altas montañas, cuyas cumbres fragosas y escarpadas se confundían casi con el azul del cielo.
Se abrió la puerta de la venta, y un oficial joven salió tarareando; le acompañaba un fraile gordo y rollizo, provisto de un voluminoso abdomen y de una cara muy alegre; detrás de ellos apareció en el umbral de la puerta una encantadora joven de dieciocho a diecinueve años, rubia y delgada, con los ojos azules y los cabellos dorados, linda y graciosa.
--Vamos, vamos, dijo el capitán, porque el oficial llevaba las insignias de aquel grado, a caballo, que ya hemos perdido demasiado tiempo.
--¡Hum! dijo el fraile, apenas hemos tenido tiempo para desayunarnos. ¿Por qué diablos tiene V. tanta prisa, Capitán?
--Santo varón, repuso el capitán en tono irónico, si quiere V. quedarse, es muy dueño de hacerlo.
--¡No, no, me voy con V.! exclamó el fraile haciendo un gesto de espanto; ¡cáspita! Quiero aprovechar la escolta de V.
--Pues entonces dese V. prisa, porque dentro de cinco minutos voy a dar la orden de marcha.
El oficial, después de haber dirigido una mirada a la llanura, hizo seña a su asistente para que le acercase el caballo y montó con ligereza y con esa gracia peculiar de los jinetes mejicanos. El fraile ahogó un suspiro de sentimiento, pensando probablemente en la suculenta hospitalidad que abandonaba para correr los peligros de un viaje largo, y ayudado por los arrieros consiguió subirse a duras penas sobre una mula, cuyo lomo se dobló al recibir aquel peso enorme.
--¡Uf! murmuró, ya estoy.
--¡A caballo! gritó el capitán.
Los dragones obedecieron en seguida, y durante algunos segundos se oyó un golpeteo de hierro.
La joven de quien hemos hablado había permanecido hasta entonces inmóvil y silenciosa en el umbral de la puerta, al parecer poseída por una agitación secreta y dirigiendo en torno suyo miradas inquietas, que fijaba en dos o tres campesinos que, recostados con indolencia en las tapias de la venta, observaban los movimientos de la caravana con una mirada a la vez indiferente y curiosa; pero en el momento en que el capitán iba a dar la orden de marcha, la joven se acercó resueltamente a él, y presentándole un mechero, le dijo con voz dulce y melodiosa:
--Señor Capitán, se le ha apagado a V. el cigarro.
--¡Es verdad! respondió el oficial, e inclinándose con galantería hacia ella, cogió el mechero, se sirvió de él, y se lo devolvió diciendo:
--Gracias, hermosa niña.
La joven aprovechó el momento en que el rostro del oficial se aproximaba al suyo para decirle rápidamente y en voz muy baja estas palabras:
--¡Tenga V. cuidado!
--¿Cómo? dijo el oficial mirándola fijamente.
La joven, sin contestar, puso el dedo índice en sus rosados labios, y volviéndose con viveza, entró corriendo en la venta.
El capitán se enderezó sobre la silla, frunció su negro entrecejo y dirigió una mirada amenazadora a los dos o tres individuos que estaban recostados en la tapia; pero muy luego sacudió la cabeza y murmuró con desdén:
--¡Bah! No se atreverían.
Entonces desenvainó su sable, cuya hoja lanzó un relámpago deslumbrador al ser herida por los rayos del sol, y poniéndose a la cabeza de la escolta dijo:
--¡En marcha!
Partieron.
Las mulas siguieron el esquilón de la _nena_ o mula que sirve de guía, y los dragones, dispuestos en torno de la recua, la encerraron en su centro.
Durante algunos instantes, los pocos campesinos que habían presenciado la partida de la tropa siguieron con la vista su marcha por las sinuosidades del camino; luego entraron en la venta uno tras otro.
La joven estaba sola sentada sobre un escaño, y al parecer ocupándose con actividad en componer un vestido. Sin embargo, por el temblor casi imperceptible que agitaba su cuerpo, por el rubor de su frente y por la mirada tímida que dejó filtrar bajo sus largos párpados al ver entrar a los campesinos, era fácil adivinar que la calma que fingía estaba muy lejos de su corazón, y que, por el contrario, la atormentaba un temor secreto.
Los campesinos eran tres, todos ellos hombres en la fuerza de la edad, de facciones duras y acentuadas, de mirada torva y de modales bruscos y brutales.
Llevaban el traje mejicano de las fronteras, e iban bien armados.
Se sentaron en un banco colocado delante de una mesa tosca, y uno de ellos dio un puñetazo fuerte sobre la tabla y se volvió hacia la joven diciéndola bruscamente:
--¡Queremos beber!
La joven se estremeció y levantó la cabeza en seguida.
--¿Qué desean VV., caballeros? preguntó.
--Mezcal.
La joven se levantó y se apresuró a servirles. El que había hablado la agarró del vestido y la detuvo en el momento en que se disponía a alejarse, diciéndola:
--Aguarde V. un momento, Carmela.
--Deje V. mi vestido, Ruperto, dijo Carmela haciendo un gestecito de mal humor; me le va V. a rasgar.
--¡Bah! repuso Ruperto riéndose con insolencia, ¿tan torpe me juzga V.?
--No, pero no me convienen esos modales.
--¡Oh! ¡Oh! No está V. siempre tan arisca, mocita.
--¿Qué quiere V. decir? repuso Carmela ruborizándose.
--¡Basta! Yo me entiendo, pero por el momento no se trata de eso.
--¿Pues de qué se trata? preguntó la joven con fingida sorpresa; ¿no le he servido a V. ya el mezcal que pidió?
--Sí, sí, pero tengo que decirla una cosa.
--Bueno, pues diga V. pronto y déjeme marchar.
--Mucha prisa tiene V. de escaparse. ¿Teme V. que su novio la sorprenda hablando conmigo?
Los compañeros de Ruperto se echaron a reír, y la joven se quedó muy cortada.
--No tengo novio, Ruperto, ya lo sabe V., contestó al fin con los ojos arrasados en agua, y hace V. mal en insultar a una pobre muchacha indefensa.
--¡Bueno, bueno! Yo no insulto a V., Carmela; ¿qué mal hay en que una linda niña tenga un novio, y aunque sean dos?
--Déjeme V., exclamó la joven haciendo un movimiento brusco para desembarazarse.
--No la dejo a V. hasta tanto que haya contestado a mi pregunta.
--Pues haga V. pronto esa pregunta y concluyamos.
--Pues bien, arisca niña, tenga V. la bondad de repetirme lo que dijo en voz baja a ese almibarado capitán.
--¡Yo! respondió Carmela algo confusa; ¿qué quiere V. que le haya dicho?
--He ahí justamente el asunto, niña: no quiero que le haya V. dicho cierta cosa, y por eso deseo saber que ha sido ello.
--Déjeme V. en paz, Ruperto, no está V. contento sino cuando me atormenta.
El mejicano la miró fijamente y le dijo con sequedad:
--No cambie V. de conversación, Carmela; la pregunta que la dirijo es muy grave.
--Es posible, pero nada tengo que contestar.
--Porque sabe V. que ha obrado mal.
--No entiendo.
--¡De veras! Pues bien, entonces voy a explicárselo. En el momento en que el oficial iba a marchar le ha dicho V.: «¡Tenga V. cuidado!» ¿Se atreverá V. a negarlo?
La joven se puso muy pálida, e intentando chancearse dijo:
--Puesto que me ha oído V., ¿por qué me lo pregunta?
Los otros dos campesinos habían fruncido el entrecejo al oír la acusación de Ruperto; la posición iba siendo grave.
--¡Oh! ¡Oh! dijo uno de ellos levantando sabiamente la cabeza, ¿de veras ha dicho eso?
--Así parece, puesto que yo lo oí, repuso brutalmente Ruperto.
La joven dirigió una mirada de espanto en torno suyo, como para implorar una protección ausente.
--No está aquí, dijo Ruperto con malvada expresión, y por lo tanto es inútil que le busque V.
--¿Quién? dijo Carmela vacilando entre lo vergonzoso de la suposición y el espanto de su posición peligrosa.
--¡Él! respondió Ruperto con ironía. Escuche V., Carmela: varias veces se ha enterado V. ya de nuestros negocios más de lo que convenía; repetiré ahora las palabras que hace un instante, dijo V. al capitán: ¡tenga V. cuidado!
--Sí, dijo brutalmente el segundo interlocutor, porque podríamos olvidar que no es V. más que una chiquilla y hacerla pagar muy caras sus delaciones.
--¡Bah! dijo el tercero, que hasta entonces se había contentado con beber sin tomar parte en la conversación, la ley debe ser igual para todos: si Carmela nos ha vendido, es preciso que se la castigue.
--¡Bien dicho, Bernardo! exclamó Ruperto dando un puñetazo sobre la mesa; justamente somos los suficientes para pronunciar la sentencia.
--¡Dios mío! gritó Carmela desembarazándose con viveza de la presión del hombre que hasta entonces la había mantenido sujeta, ¡déjeme V.! ¡déjeme V.!
--¡Detenedla! exclamó Ruperto levantándose, pues de lo contrario va a suceder alguna desgracia.
Los tres hombres se precipitaron hacia la joven; esta, medio muerta de terror, hacía esfuerzos inútiles para abrir la puerta de la venta y escaparse.
Pero de improviso, en el momento en que los tres hombres ponían sus rudas y callosas manos sobre los hombros blancos y delicados de Carmela, la puerta de la venta, que en vano procuraba abrir, se abrió de par en par, y en sus umbrales apareció un hombre.
--¿Qué sucede aquí? preguntó con voz sombría; y cruzando los brazos sobre el pecho, permaneció inmóvil en su sitio mirando alternativamente a los circunstantes.
Era tan amenazador el acento de aquel hombre, sus ojos lanzaban unos relámpagos tan sombríos, que los tres hombres, aterrados, retrocedieron maquinalmente hasta la tapia de en frente, murmurando con espanto:
--¡El Jaguar! ¡El Jaguar!
--¡Sálveme V.! ¡Sálveme V.! exclamó la joven precipitándose hacia él llena de desconsuelo.
--Sí, dijo el Jaguar con voz profunda; sí, te salvaré, Carmela, ¡y desgraciado él que toque a un solo cabello tuyo!
Entonces, cociéndola suavemente en sus nervudos brazos, la colocó con el mayor cuidado en una butaca, en donde la joven quedó medio desmayada.
El hombre a quien tan bruscamente acabamos de poner en escena, era muy joven todavía; su rostro imberbe hubiera parecido el de un niño si sus facciones correctas y de una belleza casi femenina no hubiesen estado animadas por dos ojos grandes y negros, cuya mirada tenía un brillo fulgurante y una fuerza magnética que pocos hombres se juzgaban capaces de soportar.
Su estatura era alta, su cuerpo esbelto y elegante, sus miembros bien proporcionados, su pecho ancho, sus cabellos, tan negros como el azabache, se escapaban con profusión de su sombrero de vicuña, guarnecido con una ancha redecilla de oro, y caían sobre sus hombros en rizos numerosos.
Llevaba el vistoso y espléndido traje mejicano; sus calzoneras de terciopelo de color de violeta, abiertas por encima de la rodilla y guarnecidas con una gran cantidad de botones de oro cincelados, dejaban ver sus piernas finas y nerviosas, elegantemente calzadas con unas medias de seda de color de perla; su manga (especie de capote) echada sobre su hombro, estaba guarnecida con un ancho galón de oro; una foja de crespón blanco oprimía su cintura y sostenía un par de pistolas y un machete sin vaina, de hoja ancha y brillante, colgado de una anilla de acero bruñido; un rifle americano, adornado con embutidos de plata, estaba colgado de su hombro por medio de un portafusil.
En el aspecto de aquel hombre, tan joven todavía, había una atracción en tal manera poderosa, una fuerza dominadora tan singular, que no se le podía ver sin quererle o aborrecerle, tal era la impresión profunda que, sin querer, producía, sin excepción, sobre todos aquellos con quienes la casualidad le ponía en contacto.
Nadie sabía quién era aquel hombre, ni de donde venía; hasta su nombre era desconocido, puesto que se habían visto precisados a ponerle un apodo al que él respondía por cierto sin mostrarse lastimado.
En cuanto a su carácter, las escenas que van a seguir, le darán a conocer lo suficiente para que, por ahora, estemos exentos de dar pormenores más detallados.
XII.
CONVERSACIÓN.
Habíase disipado gradualmente empero el primer impulso de terror que obligara a los tres hombres a retroceder cuando apareció el Jaguar: ante el aspecto inofensivo del hombre a quien hacía mucho tiempo que estaban acostumbrados a temer, recobraron, ya que no el valor, por lo menos el descaro.
Ruperto, el más bribón de los tres, fue quien primero recobró su sangre fría, y reflexionando que el individuo que les había causado tanto susto se hallaba solo, y que por lo tanto no podía tener la fuerza de su parte, se adelantó con resolución hacia él y le dijo brutalmente:
--¡Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que le sucede, sino también el castigo que vamos a imponerle ahora mismo.
El joven se enderezó como si le hubiese picado una serpiente, y lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo:
--¡Calle! ¿Es a mí a quien habla V. de ese modo?
--¿Pues a quién ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien sentía cierta inquietud por la manera en que había sido acogida su interpelación.
--¡Ah! dijo únicamente el Jaguar, y sin añadir una palabra se adelantó con lento paso hacia Ruperto, a quien mantenía inmóvil con su mirada fascinadora, y que le veía llegar con un espanto que iba creciendo por instantes.
Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo.
Esta escena, tan sencilla en la apariencia, debía tener, sin embargo, una significación terrible para los circunstantes, porque todos los pechos estaban anhelosos, todas las frentes pálidas.