Part 10
--Señores, dijo el mayordomo dirigiéndose a los circunstantes, sean VV. testigos de que el señor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero.
--Somos testigos, respondieron todos.
Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza, pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa.
Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arrancó un puñado de yerba y le tiró por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la tiró al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de tomar posesión de la finca.
--Sean VV. testigos, Señores, volvió a decir el mayordomo, de que el señor Tranquilo, aquí presente, toma legalmente posesión de esta finca. ¡Dios y libertad!
--¡Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. ¡Viva el nuevo huésped!
Habíanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa en donde Tranquilo suministró sendos tragos de vino a sus testigos, a quienes esta munificencia inesperada colmó de alegría.
El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretón de mano al comprador, montó a caballo y se marchó deseándole buena suerte. Desde aquel día no se volvió a oír hablar de él.
He ahí cómo había llegado el cazador a Tejas y cómo se estableció.
Dejó a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a él, merced a la protección del mayordomo, que le recomendó a su amo D. Hilario de Vaureal, entró en la hacienda del Mezquite en calidad de tigrero o cazador de tigres.
Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razón se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podrían haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense a retirarse allí; pero todas las tentativas hechas por los curiosos para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron, quedaron sin resultado; los compañeros de Tranquilo y aún él mismo permanecieron mudos; en cuanto a la niña, ella nada sabía.
Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicación de aquel enigma, confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por fin la verdad tan cuidadosamente encubierta.
Pero transcurrieron las semanas, los meses y los años sin que nada fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del cazador.
Carmela había llegado a ser una joven deliciosa; la venta se había hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta entonces por razón de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se resintió del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al centro del país; los viajeros llegaron a ser más frecuentes, y el cazador, que hasta entonces parecía que se había cuidado muy poco de lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada, comenzó a sentirse inquieto, no por sí, sino por Carmela, que se hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo de los enamorados a quienes su hermosura atraía cual la miel a las moscas, sino también de los hombres sin fe y sin conciencia que los disturbios habían hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar.
El cazador, no queriendo dejar por más tiempo a la joven en la posición peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocupó activamente en conjurar las desgracias que preveía, pues si bien por ahora es imposible saber los vínculos que le unían con Carmela, quien le daba el nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cariño y tenía para con ella una abnegación absoluta; en esto le imitaban Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer, ni una niña, sino un ídolo a quien adoraban de rodillas y por el cual habrían sacrificado con júbilo hasta sus vidas a la más leve indicación suya.
Una sonrisa de Carmela les hacía felices, el más mínimo gesto de mal humor suyo les ponía tristes.
Debemos añadir que Carmela, a pesar de que conocía toda la extensión de su poder, no abusaba de él, y que su mayor alegría consistía en verse rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles.
Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna, pero los únicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penúltimo capítulo.
XIV.
LA CONDUCTA DE PLATA.
Volveremos ahora a la caravana que vimos salir de la venta del Potrero al amanecer, y por cuyo jefe parecía que tanto se interesaba Carmela.
Este oficial era un joven de unos veinticinco años, de facciones finas y distinguidas, de semblante audaz; llevaba con suprema elegancia el uniforme brillante de capitán de dragones.
D. Juan Melendez de Góngora, aunque pertenecía a una de las familias más nobles y más antiguas de Méjico, había querido deber tan solo a sí mismo sus ascensos en el ejército, pretensión singular en un país en que el honor militar es considerado casi como nada, y en donde solo los grados superiores dan a los que los disfrutan una consideración que, por parte de la población, es más bien efecto del miedo que de la simpatía.
Sin embargo, D. Juan había perseverado en sus ideas excéntricas, y cada grado que obtenía era, no la recompensa de un pronunciamiento bien hecho en favor de tal o cual general ambicioso, sino el premio por alguna acción brillante. D. Juan pertenecía a esa clase de verdaderos mejicanos que aman realmente a su país, y que, celosos de su honra, sueñan para él una rehabilitación, si no imposible, al menos, muy difícil de conseguir.
Es tan grande la fuerza de la virtud, aún sobre las naturalezas degeneradas, que el capitán don Juan Melendez de Góngora era respetado por todos los hombres que se ponían en contacto con él, y aún por aquellos que menos lo querían.
Por lo demás, la virtud del capitán nada tenía de austera ni exagerada; era un militar franco, alegre, servicial, valiente como un león, y siempre dispuesto a auxiliar, con su brazo o con su bolsillo, a todos aquellos que a él recurrían, ya fuesen amigos o enemigos. He ahí como era, física y moralmente considerado, el hombre que mandaba la escolta y que había concedido su protección al fraile que cabalgaba al lado suyo.
Este digno fraile, de quien ya hemos tenido ocasión de decir algunas palabras, merece una descripción especial.
En cuanto a su físico, era un hombre de unos cincuenta años, casi tan alto como ancho, bastante parecido a un tonel al cual se le hubiesen puesto pies y cabeza, y sin embargo dotado de una fuerza y una agilidad poco comunes; su nariz amoratada, sus labios abultados y su rostro colorado le daban una fisonomía jovial a la que hacían aparecer irónica y burlona dos ojillos grises y hundidos, llenos de fuego y de resolución.
En cuanto a su parte moral, en nada se diferenciaba de la generalidad de los frailes mejicanos, es decir, que era en extremo ignorante, glotón, borracho, muy aficionado a mujeres, y supersticioso en sumo grado; en fin, el mejor compañero de bromas que pudiera imaginarse, ocupando bien su puesto en todas las reuniones y diciendo siempre algún sabroso chiste.
¿Qué singular casualidad podía haberle llevado tan lejos hacia la frontera? Esto era lo que nadie sabía y de lo que nadie se cuidaba, pues todos conocían el carácter vagabundo de los frailes mejicanos que pasan toda su vida corriendo de continuo de una parte para otra sin objeto y sin interés alguno las más veces, y solo con arreglo a su capricho.
En aquella época, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila, formaba todavía un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila.
La caravana mandada por el capitán D. Juan Melendez había salido ocho días antes de Nacogdoches para trasladarse a Méjico; solo que el capitán, con arreglo a instrucciones que recibiera, había abandonado el camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas clases, y había dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos de la sierra de San Sabas, que sin embargo tenía que cruzar, pero por la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las elevadas mesetas, bajándose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes de terreno tan temibles para los viajeros.
Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitán estuviesen cargadas con una mercancía muy preciosa para que el gobierno federal, a pesar de las pocas tropas que tenía en el Estado, se hubiese decidido a hacerlas acompañar por cuarenta dragones mandados por un oficial tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias, sin duda alguna habría sido muy necesaria, si no indispensable, en el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y mantener a los habitantes en la senda del deber.
En efecto, aquellas mercancías eran muy preciosas: aquellas mulas conducían tres millones de duros que de seguro habrían sido una buena presa para los insurgentes si hubiesen caído en sus manos.
Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominación de los virreyes, el pabellón español, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el más leve riesgo el territorio de Méjico en toda su anchura; tan grande era el terror inspirado por el solo nombre de la España.
A la sazón no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez las que cuarenta hombres resueltos parecía que no habían de bastar para proteger.
El gobierno había juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para expedir aquella conducta de dinero, esperada en Méjico hacia mucho tiempo; habíase guardado el más profundo silencio acerca del día y la hora de la partida y del camino por donde se dirigiría.
Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el género de mercancía que contenían; las mulas, enviadas una después de otra en medio del día, y confiadas únicamente a sus arrieros, solo a quince leguas de la ciudad se habían reunido con la escolta que, bajo un pretexto plausible, hacía un mes que estaba acantonada en un antiguo presidio.
Así pues, todo se había previsto y calculado con el mayor esmero y la mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercancía preciosa; los arrieros, que eran los únicos que conocían el valor de su cargamento, tenían buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo poco que poseían servía de fianza para la seguridad de su flete, y para ellos era cuestión de verse completamente arruinados si los robaban en el camino.
La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquilón de la _nena_: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento a sus mulas.
Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitán escuchaba con indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando dirigía a la desierta llanura una mirada escudriñadora.
--Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compañero, ahora ya no debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la mañana está magnífica, y todo nos anuncia un buen día.
--Sí, sí, respondió el fraile riendo, gracias a Nuestra Señora de la Soledad, Señor Capitán, estamos en las mejores condiciones que pueden imaginarse para hacer un viaje.
--Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; temí que el despertar algo brusco de esta mañana le hubiese puesto de mal humor.
--¡A mí! Válgame Dios, Señor Capitán, respondió el fraile con fingida humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos sin murmurar a todas las tribulaciones que el Señor tenga a bien enviarnos, y luego la vida es tan corta, que más vale no ver más que su lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de alegría a que podemos tener derecho.
--¡Bravo! He ahí una filosofía que me gusta. Es V. un buen compañero, padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos.
--Eso dependerá algún tanto de V., Señor Capitán.
--¡De mí! ¿Cómo es eso?
--¡Pardiez! Será según la dirección que se proponga V. seguir.
--¡Ya! dijo D. Juan; ¿pues hacia dónde va usted, padre?
Esta antigua táctica de responder a una pregunta con otra es excelente, y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile quedó cogido; pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que debía ser, es decir, evasiva.
--¡Oh! Para mí, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son casi iguales; mi hábito me asegura buena cara y buena acogida en todos los puntos a donde la casualidad me lleve.
--Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me dirigió V. hace un momento.
--¡Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Señor Capitán; sentiría en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me dispense.
--No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razón tengo para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que voy escoltando no me interesa lo más mínimo; mañana o pasado, a más tardar, pienso separarme de ella.
El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa.
--¡Ah! ¿De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor.
--Sí por cierto, continuó diciendo con indiferencia el capitán; esos pobres hombres me han rogado que les acompañe durante algunos días, por temor de las gavillas que infestan los caminos. Según parece, llevan mercancías de bastante valor y no les gustaría ser robados.
--¡Ya lo creo!
--Así pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros, los abandonaré para internarme en las praderas con arreglo a las instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos comienzan a agitarse.
--No, no lo sabía.
--Pues sí, así sucede. He ahí una ocasión magnífica que se le presenta a V., fray Antonio; no debe desperdiciarla.
--¡Que se me presenta una ocasión magnífica! repuso el fraile con sorpresa; ¿quiere V. decirme cuál es, Señor Capitán?
--La de predicar a los infieles y enseñarles las dogmas de nuestra santa fe, dijo D. Juan con imperturbable sangre fría.
Al oír tan, singular proposición, el fraile hizo una mueca espantosa, y dando un estallido con los dedos, exclamó:
--¡Vaya al diablo la ocasión! Quédese para otros necios, que yo no tengo la más leve vocación para el martirio.
--Como V. padre; y sin embargo, hace V. mal.
--Es muy posible, Señor Capitán; pero lléveme el diablo si le acompaño a V. a ver esos perros infieles; dentro de dos días me separo de V.
--¿Tan pronto?
--¡Ya lo creo! Puesto que se dirige V. a las praderas y abandonará a la recua que va escoltando en el rancho de San Jacinto, que es el último punto de las posesiones mejicanas en la frontera del desierto.
--Es muy probable.
--Pues bien, yo continuaré caminando con los arrieros; como entonces habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendré que temer, y mi viaje continuará de la manera más agradable que puede imaginarse.
--¡Ah! dijo el capitán dirigiéndole una mirada penetrante.
Pero no pudo continuar esta conversación, que parecía interesarle mucho, porque un jinete de la vanguardia llegó a rienda suelta, se paró junto a él, y acercándose a su oído, le dijo algunas palabras en voz baja.
El capitán dirigió en torno suyo una mirada investigadora, se afirmó en la silla, y dirigiéndose al soldado, dijo:
--Está bien. ¿Cuántos son?
--Dos, mi Capitán.
--Vigílelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros; cuando lleguemos al primer alto los interrogaré. Vaya V. a reunirse con sus compañeros.
El soldado se inclinó respetuosamente sin responder, y se alejó al mismo paso con que había llegado.
Hacía mucho tiempo que el capitán Melendez había acostumbrado a sus subordinados a no discutir sus órdenes y a obedecerlas sin vacilar.
Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Méjico, en donde la disciplina militar es casi nula y la subordinación casi desconocida.
D. Juan mandó a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el paso.
El fraile había visto con secreta inquietud el coloquio que medió entre el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra. Cuando el capitán, después de vigilar atentamente la ejecución de las órdenes que había dado, volvió a ocupar su puesto junto a fray Antonio, este intentó chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la expresión de gravedad que había oscurecido repentinamente el semblante del oficial.
--¡Oh! ¡Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, ¡qué mal humorado está V., Capitán! ¿Ha visto V. volar tres búhos por su derecha? Los paganos aseguran que es mal presagio.
--¡Puede ser! respondió el capitán con sequedad.
El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tenía de amable ni amistoso, y el fraile comprendió que toda conversación sería imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordió los labios y continuó caminando silencioso al lado de su compañero.
Una hora después llegaron al sitio en que debían acampar; ni el oficial ni el fraile habían pronunciado una palabra: solo que, a medida que se acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro parecía que iban estando más inquietos.
XV.
EL ALTO.
En el momento en que la caravana llegaba al sitio designado para hacer alto, el sol había desaparecido por completo en el horizonte.
Aquel paraje, situado en la cumbre de una colina bastante escarpada, había sido elegido con esa sagacidad que distingue a los arrieros del Tejas o de Méjico; toda sorpresa era imposible, y los árboles seculares que guarnecían la cresta de la colina podían ofrecer seguro abrigo contra las balas en caso de un ataque.
Las mulas fueron descargadas; pero contra el uso consagrado en tales casos, los fardos, en vez de servir de parapeto o atrincheramiento al campamento, fueron amontonados y colocados fuera del alcance de los merodeadores que la casualidad o la codicia pudiesen atraer hacia aquella parte cuando fuesen más densas las tinieblas.
Encendiéronse en círculo siete u ocho hogueras grandes para alejar a las fieras; las mulas recibieron su ración de maíz sobre unas mantas tendidas en el suelo. Después, tan luego como se hubieron colocado los centinelas en torno del campamento, los soldados y los arrieros se ocuparon con actividad en preparar una cena frugal que las fatigas del día hacían necesaria.
El capitán Melendez y el fraile, un poco retirados y colocados junto a una hoguera encendida expresamente para ellos, comenzaron a fumar sus pajillas, mientras que el asistente del oficial preparaba a toda prisa la cena para su amo, cena que, debemos confesarlo, era tan sencilla como la de los demás individuos de la caravana, pero que el hambre tenía el privilegio de hacer que fuese, no solo apetitosa, sino también casi suculenta, a pesar de que solo se componía de algunas lonchas de tocino y de cuatro o cinco galletas.
El capitán terminó muy luego su cena. Se levantó, y como había anochecido por completo, fue a recorrer los centinelas para cerciorarse de que todo estaba en orden. Cuando hubo vuelto a ocupar su puesto junto al fuego, fray Antonio, con los pies hacia la lumbre y cuidadosamente envuelto en su mullido zarapé, dormía o al menos así lo parecía.
D. Juan le examinó un instante con una expresión indescriptible de odio y de desprecio, movió la cabeza dos o tres veces con aspecto meditabundo, y llamando a su asistente que estaba de pie a pocos pasos de él aguardando sus órdenes, le mandó que los dos prisioneros fuesen conducidos a su presencia.
Estos prisioneros habían sido mantenidos hasta entonces en un sitio apartado. Aunque se les trataba con suma consideración, les fue fácil observar que se les custodiaba y vigilaba con el mayor cuidado; sin embargo, ya fuese porque no les importase, o por cualquiera otra causa, no dieron a entender que comprendiesen se les detenía como cautivos, porque les habían dejado sus armas; y al ver sus formas musculosas y sus facciones enérgicas, a pesar de que los dos tenían ya una edad provecta, era de suponer que cuando llegase el momento en que quisiesen recobrar su libertad, serían hombres muy capaces de reconquistarla por la fuerza.
Sin hacer observación alguna siguieron al asistente del jefe, y muy luego se hallaron delante de este.
La noche estaba oscura; pero las llamas de la hoguera derramaban una claridad bastante viva para iluminar el rostro de los dos hombres.
Al verlos, D. Juan no pudo contener un gesto de sorpresa; entonces uno de los prisioneros se puso con viveza un dedo en los labios para encomendarle la prudencia, y con una ojeada le designó al fraile tendido cerca de ellos.
El capitán comprendió aquel aviso silencioso, al cual contestó con una leve inclinación cabeza, y fingiendo la mayor indiferencia, se puso a liar un cigarrillo y dijo:
--¿Quiénes son VV.?
--Unos cazadores, respondió uno de los prisioneros sin vacilar.
--Hace algunas horas se les encontró a VV. parados en la orilla del río.
--Es cierto.
--¿Qué hacían VV. allí?
El prisionero dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y luego, fijando de nuevo los ojos en su interlocutor, dijo:
--Antes de seguir contestando a las preguntas de V., desearía dirigirle una a mi vez.
--¿Cuál es?
--¿Con qué derecho me interroga V.?
--Mire V. en torno suyo, respondió el capitán con ironía.
--Sí, entiendo, con el derecho de la fuerza, ¿verdad? Desgraciadamente ese derecho no le reconozco yo. Soy un cazador libre, no reconozco ningún dueño ni más ley que mi voluntad.
--¡Hola! ¡Hola! compañero, ¡muy orgulloso es su lenguaje!
--Es él de un hombre acostumbrado a no doblegarse ante ningún poder arbitrario; para apoderarse de mí ha abusado V., no de su fuerza, porque sus soldados me habrían muerto antes que obligarme a seguirles si tal no hubiese sido mi intención, sino de la facilidad con que me fie de ellos; así pues, protesto ante V. y reclamo que inmediatamente se me ponga en libertad.
--Las palabras altaneras de V. no me imponen en manera alguna; y si se me antojase hacerle a V. hablar, sabría obligarle a ello por medio de ciertos argumentos irresistibles que tengo a mi disposición.
--Sí, dijo el prisionero con amargura, los mejicanos se acuerdan de sus antepasados los españoles, y en caso necesario saben echar mano del tormento. Pues bien, inténtelo V., Capitán, ¿quién se lo impide? Espero que mis pobres canas no flaquearán ante el juvenil bigote de V.
--Dejemos eso, exclamó el capitán en tono de mal humor; si yo le permitiese a V. marcharse, ¿libertaría a un amigo o a un enemigo?
--Ni lo uno ni lo otro.
--¡Calle! ¿Qué quiere V. decir?
--Me parece que mi respuesta es muy clara.
--Sin embargo, no la entiendo.
--Se la explicaré a V. en dos palabras.
--Hable V.
--Colocados ambos en posiciones diametralmente opuestas, la casualidad se ha complacido hoy en reunirnos. Si ahora nos separamos, no llevaremos en nuestros corazones ningún sentimiento de odio como resultado de nuestro encuentro, puesto que ninguno de nosotros habrá tenido motivo de queja del otro, y que probablemente no volveremos a vernos.
--¡Ya! Sin embargo, es evidente que cuando mis soldados les encontraron, aguardaban VV. a alguien en este camino.
--¿Por qué cree V. eso?
--¡Pardiez! Según V. me ha dicho, son VV. cazadores, y no veo la caza que podían encontrar en la orilla del camino.
El prisionero se echó a reír, y marcando intencionalmente sus palabras, repuso:
--¿Quién sabe? Acaso acechábamos una caza más preciosa de lo que V. imagina y de la que querría V. tener su parte.
El fraile hizo un movimiento leve y abrió los ojos como si despertase en aquel momento.
--Calle, dijo dirigiéndose al capitán y conteniendo un bostezo, ¿no duerme V., Señor Don Juan?