Part 11
--Todavía no, respondió este; estoy interrogando a los dos hombres de que se apoderó mi vanguardia hace algunas horas.
--¡Ah! dijo el fraile dirigiendo a los desconocidos una mirada desdeñosa, me parece que esos pobres diablos no son muy temibles.
--¿De veras?
--No sé; pero ¿qué puede V. recelar de esos dos hombres?
--¡Eh! Quizás sean espías.
Fray Antonio se revistió de un aire paternal y replicó:
--¡Espías! ¿Teme V. acaso una emboscada?
--En las circunstancias en que nos encontramos, creo que esa suposición no sería muy inverosímil.
--¡Bah! En un país como éste y con una escolta como la que V. lleva bajo sus órdenes, sería cosa extraordinaria; además, según he oído decir, esos dos hombres se han dejado coger sin la menor resistencia, cuando les habría sido tan fácil escaparse.
--Es verdad.
--Por lo tanto es evidente que ninguna mala intención abrigaban. Si yo me hallase en lugar de V., les dejaría que se marchasen a donde mejor les pareciese.
--¿Es esa la opinión de V.?
--Sí por cierto.
--Mucho parece que se interesa V. por esos dos desconocidos.
--Nada de eso: digo a V. lo que me parece justo, y nada más. Ahora obre V. como se le antoje, que yo me lavo las manos.
--Quizás tenga V. razón. Sin embargo, no pondré en libertad a estos dos individuos, hasta tanto que me hayan dicho el nombre de la persona a quien aguardaban.
--¿Aguardaban a alguien acaso?
--Al menos así lo dicen.
--Es verdad, Capitán, repuso el prisionero que había hablado hasta entonces; pero, aunque sabíamos que V. venía, no era a V. a quien esperábamos.
--Pues entonces ¿a quién era?
--¿Tiene V. absoluto empeño en saberlo?
--Sí por cierto.
--Pues entonces responda V., fray Antonio, dijo el prisionero en tono zumbón; porque solo V. puede revelar el nombre que el señor capitán nos exige.
--¡Yo! exclamó el fraile dando un salto, lleno de cólera y poniéndose pálido como un cadáver.
--¡Hola! ¡Hola! dijo el capitán volviéndose hacia él, esto comienza a ser interesante.
Era un espectáculo singular el que ofrecían aquellos cuatro hombres de pie y frente a frente, en torno de aquella hoguera cuyas llamas iluminaban sus rostros con reflejos fantásticos.
El capitán fumaba indolentemente su cigarrillo de papel, mirando con expresión burlona, al fraile en cuyo rostro sostenían el miedo y el descaro una lucha cuyas peripecias todas era fácil seguir. Los dos cazadores, con las manos cruzadas sobre el extremo del cañón de sus largos rifles, se sonreían con sorna y parecía que gozaban interiormente con el embarazo y confusión del hombre a quien acababan de poner en escena de una manera tan brusca y brutal.
--Vamos, no se muestre tan sorprendido, fray Antonio, dijo por fin el prisionero, pues bien sabe V. que a V. era a quien esperábamos.
--¡A mí! repuso el fraile con voz ahogada, ¡por mi alma que ese miserable está loco!
--No estoy loco, padre, y puede V. ahorrarse los epítetos con que se complace en regalarme el oído, respondió el prisionero con sequedad.
--Vamos, resígnese V., dijo brutalmente el cazador que hasta entonces había permanecido silencioso. No tengo ganas de bailar en el extremo de una cuerda por darle a V. gusto.
--Lo cual sucederá sin duda alguna, observó tranquilamente el capitán, si VV. no se deciden, Señores, a darme una explicación clara y categórica acerca de su conducta.
--¡Eh! Ya lo ve V., fray Antonio, replicó el prisionero; la posición principia a ser escabrosa para nosotros. Vamos, haga V. bien las cosas.
--¡Oh! exclamó el fraile ciego de rabia, ¡he caído en un lazo terrible!
--¡Basta! dijo el capitán con voz fuerte; está farsa ha durado ya demasiado, fray Antonio. No es V. quien ha caído en un lazo horrible; por el contrario, a mí era a quien quería V. poner en ese caso: hace mucho tiempo que conozco a V. y tengo los pormenores más circunstanciados acerca de sus proyectos. Era una partida peligrosa la que estaba V. jugando hace mucho tiempo; no se puede servir a la vez a Dios y al diablo sin que al fin y a la postre se descubra todo. Únicamente he querido carear a V. con estas buenas gentes a fin de confundirle y arrancarle la hipócrita máscara con que se encubre.
Al oír este rudo apostrofe, el fraile se quedó cortado por un momento, doblegado ante la evidencia de los cargos que se le dirigían; al fin levantó la cabeza, y volviéndose hacia el capitán, le dijo con tono altanero:
--¿De qué se me acusa?
D. Juan se sonrió con desprecio, y respondió:
--Se le acusa a V. de haber querido hacer caer la conducta de plata confiada a mi cuidado en una emboscada preparada por V., y en la que en este momento nos aguardan sus dignos secuaces para robarnos y asesinarnos. ¿Qué responde V. a eso?
--¡Nada! dijo el fraile con sequedad.
--Hace V. bien, porque sus negativas no serían aceptadas. Solo que, ahora que está V. confeso y convicto, no se me escapará sin que le deje un recuerdo eterno de nuestro encuentro.
--Cuidado con lo que va V. a hacer, Señor Capitán, que pertenezco a la Iglesia, y este hábito me hace ser inviolable.
Una sonrisa burlona arqueó los labios del capitán, y dijo en tono irónico:
--No quede por eso: le quitarán a V. el hábito.
La mayor parte de los soldados y los arrieros, despertados por las voces que daban el fraile y el oficial, se habían ido acercando poco a poco, y seguían atentamente el curso de la discusión.
El capitán señaló al fraile con el dedo, y dirigiéndose a los soldados, les dijo:
--Quiten VV. el hábito a ese hombre, átenle a un árbol y aplíquenle doscientos chicotazos.
--¡Miserables! gritó el fraile fuera de sí, a aquel de vosotros que se atreva a tocarme le maldigo: ¡por haber puesto la mano sobre un ministro del altar, estará condenado eternamente!
Los soldados se detuvieron asustados ante este anatema.
El fraile se cruzó de brazos, y desafiando al oficial con aspecto triunfante, le dijo:
--¡Desventurado insensato! Podría castigarte por tu audacia, pero te perdono. Dios se encargará de mi venganza. Él será quien te castigue cuando haya sonado la hora. Adiós. ¡Vamos! Abridme camino, vosotros.
Los dragones, confundidos y atemorizados, se apartaron lentamente y vacilando ante él; el capitán, obligado a reconocer su impotencia, apretaba los puños y dirigía miradas coléricas en torno suyo.
El fraile había salido casi de entre las filas de los soldados cuando de pronto sintió que le detenían de un brazo; se volvió con la intención evidente de reprender severamente al individuo bastante audaz para atreverse a tocarle; pero la expresión de su rostro varió de improviso al conocer al que le detenía mirándole con aspecto burlón, pues no era sino el prisionero desconocido, causa primera del insulto que se le había inferido.
--Aguarde V. un momento, padre, dijo el cazador. Comprendo que esos hombres, que son católicos, teman la maldición de V. y no se atrevan a ponerle la mano encima por miedo a las llamas eternas; pero yo, es muy diferente; soy hereje, como V. sabe, y por lo tanto nada aventuro desembarazándole de su hábito. Así pues, si V. lo permite, voy a hacerle ese pequeño favor.
--¡Oh! dijo el fraile rechinando los dientes, ¡te mataré, John; te mataré, miserable!
--¡Bah! ¡Bah! La gente amenazada vive mucho tiempo, repuso John obligándole a despojarse del hábito de fraile que vestía.
Después añadió:
--¡Eso es! Ahora, amigos míos, podéis ejecutar con entera seguridad las órdenes de vuestro capitán: ese hombre es ya, para vosotros, lo mismo que cualquier otro.
La acción atrevida del cazador había roto súbitamente el encanto que contenía a los soldados. Tan luego como el temido hábito dejó de cubrir los hombros del fraile, sin escuchar ya los ruegos ni las amenazas se apoderaron del reo, a pesar de sus gritos le ataron con solidez a un árbol, y le administraron concienzudamente los doscientos chicotazos decretados por el capitán, mientras que los cazadores presenciaban la ejecución, contando con sorna los golpes y riéndose a carcajadas al ver las contorsiones del miserable a quien el dolor hacía retorcerse como una serpiente.
Al llegar al latigazo ciento veintiocho, el fraile calló: el sistema nervioso, completamente trastornado, le dejó insensible; sin embargo no se había desmayado, sus dientes estaban apretados, una espuma blanquecina se escapaba de sus labios; miraba con fijeza delante de sí sin ver, sin dar más pruebas de que existía que los profundos suspiros que de vez en cuando agitaban su poderoso pecho.
Cuando se hubo concluido la ejecución y le desataron, cayó y permaneció en el suelo como una masa inerte.
Le volvieron a poner su hábito y le dejaron allí, sin cuidarse de lo que pudiese acontecerle.
Los dos cazadores se habían alejado después de hablar algunos instantes en voz baja con el capitán.
El resto de la noche trascurrió sin incidente alguno.
Algunos minutos antes de salir el sol, los soldados y los arrieros se levantaron para cargar las mulas y preparar lo todo para continuar el viaje. Luego se dio la orden para ponerse en marcha.
--¿Dónde está el fraile? exclamó de pronto el capitán; no podemos abandonarle así. Tenderle sobre una mula, y le dejaremos en el primer rancho que encontremos.
Los soldadas se apresuraron a obedecer y a buscar a fray Antonio; pero todas las pesquisas fueron inútiles: había desaparecido sin dejar rastro alguno de su fuga.
D. Juan frunció el entrecejo al recibir esta noticia; pero después de un momento de reflexión, movió la cabeza a uno y otro lado con indiferencia y dijo:
--Me alegro, porque nos hubiera estorbado en el camino.
La conducta de plata se puso en marcha y continuó su viaje.
XVI.
RESUMEN POLÍTICO.
Antes de ir más lejos, diremos en pocas palabras cual era la situación política de Tejas en el momento en que pasa la historia que hemos acometido la empresa de referir.
Desde el tiempo de la dominación española los habitantes de Tejas revindicaron su libertad con las armas en la mano; pero después de varios triunfos y reveses, fueron definitivamente derrotados en la batalla de Medina, dada el 15 de agosto de 1813, fecha nefasta, por el coronel Arredondo, jefe del regimiento de Extremadura, al cual se había agregado la milicia del estado de Coahuila. Desde aquella época hasta la segunda revolución mejicana, el Tejas permaneció humillado bajo el intolerable yugo del régimen militar, y entregado sin defensa a los incesantes ataques de los indios Comanches.
En varias ocasiones habían formulado pretensiones los Estados Unidos respecto de aquel país, sosteniendo que las fronteras naturales de Méjico y de la confederación eran el Río Bravo. Pero obligados en 1819 a reconocer ostensiblemente que sus pretensiones eran infundadas, buscaron un medio indirecto para apoderarse de aquel rico territorio y enclavarle en sus fronteras.
Entonces fue cuando desplegaron esa política astuta y pacientemente maquiavélica que al fin había de hacerles triunfar.
En 1821, los primeros emigrados americanos hicieron su aparición tímidamente y casi de incógnito en los _brazos_, desmontando las tierras, colonizando a la sordina, y tornándose en pocos años tan poderosos que en 1824 habían hecho ya progresos bastante grandes para formar una masa compacta de cerca de cincuenta mil individuos. Los mejicanos, ocupados incesantemente en luchar unos contra otros en sus interminables guerras civiles, no comprendieron la trascendencia de la emigración americana que ellos mismos habían estimulado en su principio.
Apenas habían trascurrido ocho años desde la llegada de los primeros americanos a Tejas, y ya éstos componían casi toda su población.
El gabinete de Washington no ocultaba ya sus proyectos y hablaba claramente de comprar a Méjico el territorio de Tejas, en el cual había desaparecido casi por completo el elemento español para ceder el puesto al espíritu emprendedor y mercantil de los anglo-sajones.
El gobierno mejicano, despertando por fin de su prolongado letargo, comprendió el peligro que le amenazaba de la doble invasión de los habitantes del Misuri y del Tejas en el estado de Santa Fe. Quiso contener la emigración americana; pero era demasiado tarde: la ley promulgada por el congreso de Méjico fue impotente, y no se detuvo la colonización a pesar de los puestos mejicanos diseminados por la frontera, y encargados de detener a los emigrados y obligarles a retroceder.
El general Bustamante, presidente de la república, comprendiendo que muy pronto tendría que luchar con los americanos, se preparó silenciosamente para el combate, y bajo diferentes pretextos fue dirigiendo al Río Rojo y a la Sabina varios cuerpos de tropas que no tardaron en formar un contingente de mil doscientos hombres.
Sin embargo, todo estaba tranquilo en la apariencia; nada hacía prever la época en que comenzaría la lucha, cuando una perfidia del gobernador de las provincias orientales la hizo estallar de repente en el momento en que menos se pensaba.
He aquí el hecho:
El comandante de Anáhuac, sin ningún motivo plausible, mandó arrestar y meter en la cárcel a varios colonos americanos.
Los habitantes de Tejas habían aguantado hasta entonces, sin quejarse, las innumerables vejaciones que les hacían sufrir los oficiales mejicanos; pero al ver este último abuso de fuerza, se alzaron como de común acuerdo y se presentaron armados delante del comandante, exigiendo con amenazas y gritos de cólera que inmediatamente se pusiese en libertad a sus conciudadanos.
El comandante, harto débil para resistirse abiertamente, fingió conceder lo que le pedían; pero hizo presente que necesitaba dos días para llenar cierta formalidad y poner a cubierto su responsabilidad.
Los insurgentes accedieron a concederle aquel plazo; y el oficial lo aprovechó para hacer que a toda prisa acudiese a auxiliarle la guarnición de Nacogdoches.
Esta guarnición llegó en el momento en que los insurgentes, fiando en la palabra del gobernador, se retiraban a sus casas.
Furiosos por haber sido burlados tan pérfidamente, volvieron atrás e hicieron una demostración tan enérgica, que el oficial mejicano se consideró muy dichoso con evitar el combate y restituir los prisioneros.
En este intermedio, un pronunciamiento hecho en favor de Santa Anna derribó del poder al general Bustamante a los gritos de «¡Viva la Federación!»
Lo que más temía Tejas era el sistema del centralismo, del cual nunca habría obtenido su reconocimiento como Estado separado, y por lo tanto la población de Tejas se mostró unánime en favor del federalismo.
Los colonos se sublevaron, y uniéndose a los insurgentes de Anáhuac, que aún estaban con las armas en la mano, marcharon resueltamente sobre el fuerte Velasco, al cual pusieron sitio.
El grito seguía siendo «¡Viva la Federación!» pero esta vez ocultaba el grito de «¡Viva la Independencia!» que los de Tejas, harto débiles, no se atrevían a lanzar aún.
El fuerte Velasco estaba defendido por una reducida guarnición mejicana, mandada por el valiente oficial llamado Ugartechea.
En aquel sitio extraordinario, en el que los sitiadores no respondían a los cañonazos de la fortaleza sino con tiros de carabina, los de Tejas y los mejicanos hicieron prodigios de valor, y mostraron inaudito encarnizamiento.
Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrás de enormes trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de los artilleros mejicanos cada vez que se disponían a cargar sus piezas. A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo caer mutilados a sus soldados más valientes, se sacrificó y él mismo puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor, cesaron el fuego, y Ugartechea se rindió por fin, renunciando a una defensa que era ya imposible.
Este triunfo llenó de júbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dejó engañar por el objeto de la insurrección de Tejas; comprendió que el federalismo encubría un movimiento revolucionario muy pronunciado; y lejos de fiarse de las apariencias de adhesión de los colonos, en cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar con energía contra ellos, despachó a toda prisa al coronel Mejía con cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad mejicana ya muy debilitada.
Después de muchas vacilaciones y manejos diplomáticos, sin resultado posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la perfidia, estalló por fin la guerra con furor; se organizó en San Felipe una comisión permanente de seguridad pública, y se llamó al pueblo a tomar parte en la lucha.
Sin embargo, la guerra civil no había estallado todavía oficialmente, cuando al fin apareció el hombre que debía decidir la suerte de Tejas y a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos a Samuel Houston.
Desde aquel momento la insurrección tímida y circunscrita de Tejas se convertía en una revolución. Sin embargo, en la apariencia el gobierno mejicano seguía siendo dueño legítimo del país, y a los colonos naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales cuando caían en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, según el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres géneros de muerte.
En el día en que comienza nuestra historia habían llegado a su colmo la exasperación contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de la independencia.
Unas tres semanas antes había tenido efecto un encuentro formal entre la guarnición de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas mandado por Austin, que era uno de los jefes más afamados de los insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la táctica militar y su inferioridad numérica, se batieron con tanto valor y manejaron tan bien su único cañón, que las tropas mejicanas, después de haber sufrido pérdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse precipitadamente sobre Bejar.
Este encuentro fue el primero que verificó en el oeste de Tejas después de la toma del fuerte de Velasco, y decidió el movimiento revolucionario, el cual se comunicó con la rapidez con que se incendia un rastro de pólvora.
Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al ejército libertador, la resistencia se organizó en grande escala, y algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su manera la causa que abrazaban y que suponían defender.
El capitán D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto más temibles cuanto que le era imposible conocer su número y adivinar sus movimientos, encargado de una misión en extremo delicada, teniendo a cada paso el presentimiento de una traición que le amenazaba sin cesar, sin saber donde, como, ni cuando caería sobre él, tenía que emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quería conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por eso no vaciló ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray Antonio.
Hacía ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile; su conducta ambigua había producido inquietud y dado margen a sospechas nada favorables para su honradez.
D. Juan; se había, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasión que se le presentase. Ya hemos dicho de qué modo lo logró haciendo una contra-mina, es decir haciendo espiar al espía por otros más diestros que él, y colándole casi in fraganti.
Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir que para nada entraba la política en su modo de proceder; no, sus pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitán se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procuró hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que hasta entonces había estado privado sus pensamientos, no habían ido más lejos; el buen hombre era simplemente un ladrón en despoblado, pero nada tenía de personaje político.
Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes debía el rudo castigo que recibió y que abandonaron el campamento tan luego como hubo terminado la ejecución.
Estos dos hombres se habían alejado con presuroso paso, y, después de bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso, dos magníficos caballos de las praderas, _mustangs_ medio salvajes, de ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para ser montados.
Después de haberles quitado las trabas con que estaban maneados, los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavándoles las espuelas, partieron a rienda suelta.
Así corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus caballos, sin seguir ningún camino trazado, pero siempre en línea recta, sin cuidarse de los obstáculos que encontraban al paso y que trasponían con inaudita destreza; por último, una hora antes de salir el sol se detuvieron.
Habían llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados por elevadas colinas, primeros estribos de las montañas cuyas fragosas cumbres parecía que dominaban perpendicularmente la campiña.
Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta, y después de haber maneado sus caballos ocultándolos en unos carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero de la guerra.
Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fácil conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferían en voz baja; por último, al cabo de más de dos horas, merced a los primeros rayos del sol que, al salir, había disipado súbitamente las tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron estremecerse de júbilo.
Libres ya, al parecer, de la preocupación que les atormentaba, fueron a donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo, y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres que habían pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes y valles.
Desde su partida del campamento mejicano, no había mediado una sola palabra entre ambos cazadores, quienes parecía que obraban bajo la influencia de una preocupación profunda que hacía inútil toda conversación.
Por lo demás, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados a la vida del desierto: pasan días enteros sin pronunciar una palabra; no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte de las veces sustituyen las palabras con la mímica, que tiene sobre aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los que de ella se sirven a los oídos de los enemigos invisibles que están de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapiña sobre los imprudentes que se dejan sorprender.
Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algún tanto, aquel a quien el fraile había llamado John encendió su corta pipa, la colocó en un ángulo de su boca, y pasando a su compañero la bolsa del tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen:
--¿Qué tal, Sam? ¿Me parece que hemos salido bien, eh?
--En efecto, tal creo, John, respondió Sam inclinando afirmativamente la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mío.
--¡Bah! dijo el otro con desdén, no hay mucho mérito en engañar a esos brutos de mejicanos; son muy bestias.
--De todos modos el capitán ha caído en la red con una gracia particular.
--¡Eh! No era al capitán a quien yo temía, porque hace mucho tiempo que he sabido congraciarme con él, sino a aquel fraile maldito.
--Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado el negocio; ¿no es verdad, John?