Los Merodeadores de Fronteras

Part 12

Chapter 124,049 wordsPublic domain

--Tal creo, Sam. ¡Vive Dios! Me reía con toda mi alma al verle retorcerse bajo los chicotazos.

--En efecto, era un espectáculo hermoso; pero ¿no teme V. que llegue a vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios.

--¡Bah! ¿Qué podemos temer de semejante gusano? Nunca se atreverá a mirarnos frente a frente.

--No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso, ya lo sabe V.; y puede suceder que algún día ese maldito animal nos juegue una mala pasada.

--¡Bah! Déjese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una guerra de buena ley. Esté V. seguro de que el fraile, en una ocasión análoga, no habría dejado de hacer lo propio con nosotros.

--Es verdad. Entonces, ¡vaya al diablo! y con tanto más motivo, cuanto que la presa que codiciamos no podía llegar con más oportunidad para nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar.

--¿Permaneceremos emboscados aquí?

--Es lo más seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con nuestros compañeros cuando veamos asomar la recua por la llanura. Además, ¿no tenemos una cita en este sitio?

--Es verdad, ya no me acordaba.

--Y mire V., en hablando del lobo, ahí viene justamente nuestro hombre.

Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se escondieron detrás de una roca con el fin de hallarse dispuestos para cualquier evento.

Oíase el galope rápido de un caballo que se acercaba por momentos; muy luego desembocó de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia de los cazadores.

Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia él con el brazo derecho extendido y la mano abierta en señal de paz.

El jinete, que era un guerrero indio, correspondió a estas demostraciones pacíficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte; en seguida echó pie a tierra, y sin más ceremonia fue a estrechar amistosamente las manos que le tendían los cazadores.

--Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardábamos a V. con impaciencia.

--Miren mis hermanos al sol, respondió el indio; el Zorro-Azul es puntual.

--Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud notable.

--El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos pálidos.

--Corriente, repuso John, la observación de V. es justa, jefe; deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V.

El indio saludó gravemente a su interlocutor, se sentó en el suelo, encendió su pipa y comenzó a fumar con recogimiento; los cazadores se colocaron a su lado, y como él permanecieron silenciosos todo el tiempo que duró el tabaco contenido en sus pipas.

Al fin el jefe sacudió la ceniza de la suya en la uña del dedo pulgar y se dispuso a hablar.

En el mismo instante se oyó una detonación, y una bala llegó silbando a cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe.

Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de improviso les atacaban.

XVII.

TRANQUILO.

Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, próximamente a mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta millas de uno y otro, en la noche del día en que comienza nuestra historia, había dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas cocidas.

Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el negro.

A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se veía un potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco.

El pobre animal, después de haber hecho vanos esfuerzos para romper las ligaduras que le sujetaban, concluyó por reconocer la inutilidad de sus tentativas y se tendió tristemente en el suelo.

Los dos hombres a quienes dejamos jóvenes al fin de nuestro prólogo, a la sazón habían llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque la edad había hecho poca impresión sobre sus cuerpos de hierro, sin embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado por la intemperie de las estaciones.

Sin embargo, fuera de estas leves señales que sirven como de sello a la edad madura, nada denotaba en el canadiense la más mínima decadencia; por el contrario, sus ojos seguían siendo vivos, su cuerpo estaba derecho y sus miembros se mantenían tan musculosos como antes.

En cuanto al negro, nada, al parecer, había variado en su persona; no había enrojecido lo más mínimo; solo que estaba bastante grueso y ya no estaba esbelto, aunque nada había perdido de su sin igual agilidad.

El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era uno de los más pintorescos de la pradera.

El viento de la noche había despejado el cielo cuya bóveda de un azul oscuro aparecía entonces tachonada por innumerables estrellas en cuyo centro aparecía la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantástica; la noche tenía esa transparencia suave peculiar de los resplandores crepusculares; a cada ráfaga de la brisa, los árboles sacudían sus húmedas copas y hacían llover perlas que esmaltaban los arbustos.

El río corría tranquilo entre sus fragosas orillas, extendiéndose a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena superficie los rayos temblorosos de la luna, que había llegado casi a los dos tercios de su carrera.

Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en él se oía la caída de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el paso de un reptil.

Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, ¡cosa singular en hombres tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en vez de estar establecido en la cumbre de una altura, según las reglas invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el río y en cuyo barro se veían impresas numerosas huellas más que sospechosas, pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnívoras.

A pesar del frío bastante penetrante de la noche y del abundante y helado rocío, los cazadores no habían encendido lumbre; sin embargo, era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy ligeramente con un calzón que dejaba sus piernas descubiertas y con un pedazo de zarapé lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente.

Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos mejicanos, parecía que no reparaba en el frío; con su rifle entre las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada infalible, o prestando atento oído a algún ruido que solo a él le era dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus muecas ni en sus tiritones.

--¿Con que hoy no ha visto V. a la niña, Quoniam? dijo.

--No, hace ya dos días que no la veo, respondió el negro.

El canadiense suspiró y repuso:

--Yo debía de haber ido allá. Esa niña está muy aislada en la venta, sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las fronteras.

--¡Bah! Carmela no es tonta y no se verá apurada para defenderse si la insultan.

--¡Voto a bríos! exclamó el canadiense oprimiendo con ambas manos su carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella...

--No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si alguien se atreviese a insultarle, la niña querida no carecería de defensores. Además, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya sabe V. que es fiel.

--Sí, murmuró el cazador, pero al fin Lanzi no es más que un hombre.

--Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razón.

--¡Quiero mucho a esa niña, Quoniam!

--¡Pardiez! ¡Vaya una cosa! Yo también la quiero. Mire V., si V. quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: ¿le conviene?

--Está muy lejos de aquí.

--¡Bah! Tres horas de marcha todo lo más. Diga V., Tranquilo, ¿sabe V. que hace mucho frío y que materialmente me estoy helando? ¡Maldito animal! ¿Qué estará haciendo ahora? De seguro anda rondando por ahí en vez de venirse aquí en derechura.

--Para que le maten, ¿verdad? dijo Tranquilo sonriendo. ¿Quién sabe? Acaso sospeche lo que le estamos preparando.

--Es muy posible: ¡esos diablos de animales son tan astutos! Mire V., ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo.

El canadiense volvió un poco la cabeza y dijo:

--No, todavía no.

--¡Pues ya tenemos para toda la noche! murmuró el negro haciendo un gesto de mal humor.

--¡Qué siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! ¡Impaciente y testarudo! Por más que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: ¿cuántas veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales más astutos que existen? Aunque nos hayamos colocado en dirección contraria al viento, para mí es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente.

--¡Ah! ¿Y cree V. que todavía durará mucho tiempo esta broma?

--No, porque ya debe comenzar a tener sed; en este momento lucha él con tres sentimientos: el hambre, la sed y el miedo; esté V. seguro de que este último será el más débil, no es más que cuestión de tiempo.

--Ya lo veo; hace cerca de cuatro horas que estamos aquí de plantón.

--Paciencia, que lo más ya está hecho, y estoy seguro de que no tardaremos en tener noticias suyas.

--Dios le oiga a V., porque me estoy muriendo de frío. ¿Es grande al menos el jaguar?

--Sí, sus huellas son anchas; pero, o mucho me engaño, o está apareado.

--¿Lo cree V.?

--Casi me atrevería a apostarlo. Es imposible que un solo jaguar haga tantos destrozos en menos de ocho días. Según me lo ha asegurado don Hilario, han desaparecido diez cabezas de ganado.

--¡Oh! exclamó Quoniam restregando alegremente las manos, entonces vamos a hacer buena cacería, es evidente que tiene cría.

--Eso mismo he supuesto yo: preciso es que tengan hijuelos cuando tanto se acercan a las haciendas.

En aquel momento, un rugido ronco que se parecía algún tanto al maullido lastimero de un gato, turbó el silencio profundo del desierto.

--He ahí su primera voz de alarma, dijo Quoniam.

--Todavía está lejos.

--¡Oh! No tardará en acercarse.

--Todavía no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento.

--¡Calle! ¿Pues a quién?

--¡Escuche V.!

En aquel momento resonó a poca distancia un grito semejante al primero, pero que procedía del lado opuesto.

--¡Cuando yo decía que estaba apareado! repuso pacíficamente el canadiense.

--Yo no lo ponía en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres, ¿quién va a saberlas?

El pobre potro se había levantado y todo su cuerpo temblaba; medio muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se mantenía firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido.

--¡Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que está perdido.

--Espero que no.

--El jaguar le ahogará.

--Sí, si no le matamos antes.

--Confieso a V., dijo el negro, que me alegraría mucho de que ese desgraciado potro pudiese librarse.

--Se librará, dijo el cazador; le he escogido para Carmela.

--¡Bah! Entonces ¿para qué le ha traído V. aquí?

--Para acostumbrarle al tigre.

--¡Calle! Es buena idea esa; entonces ¿no tengo yo que cuidarme de ese lado?

--No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha, que yo me encargo del otro.

--Queda convenido.

Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos más poderosos.

--Tiene sed, observó Tranquilo; se despierta su cólera y comienza a acercarse.

--¡Bueno! ¿Debernos prepararnos ya?

--Aguarde V. todavía, que nuestros enemigos vacilan; aún no han llegado al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia.

El negro que se había levantado volvió a sentarse filosóficamente.

Así trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una ráfaga de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perdía a lo lejos como un suspiro.

Los dos hombres estaban serenos e inmóviles, con los ojos fijos en el espacio, con el oído atento a los ruidos del desierto, con el dedo en el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera señal al enemigo invisible todavía, pero cuya aproximación y ataque inminentes adivinaban instintivamente.

De pronto el canadiense se estremeció y se inclinó con viveza hacia el suelo.

--¡Oh! exclamó enderezándose con ademan de terrible ansiedad, ¿qué sucede en el bosque?

Los rugidos del tigre estallaron como un trueno.

A ellos contestó un grito terrible, y se oyó el galope furibundo de un caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez.

--¡Alerta! ¡Alerta! exclamó Tranquilo; alguien se halla en peligro de muerte, el tigre le persigue.

Los dos cazadores se lanzaron intrépidamente en dirección del sitio en que sonaban los rugidos.

El bosque entero parecía que se estremecía; ruidos inexplicables salían de las ignoradas guaridas, asemejándose unas veces a carcajadas burlonas, y otras a gritos de angustia.

Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupción. El galope del caballo que los cazadores oyeron primero parecía que se había convertido en múltiple, y resonaba en puntos opuestos.

Los cazadores, anhelosos y fuera de sí, seguían corriendo en línea recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el terror que experimentaban por los desconocidos a quienes querían socorrer les prestaba alas.

De pronto, un grito de angustia más estridente, más desesperado que el primero, se oyó a corta distancia.

--¡Oh! ¡Es ella! ¡Es Carmela! exclamó Tranquilo poseído de una especie de vértigo.

Y saltando como una fiera, se lanzó hacia adelante seguido de Quoniam, quien durante toda aquella loca carrera no se había separado de él ni una línea.

De pronto reinó en el desierto un silencio de muerte; todo ruido, todo rumor había cesado como por encanto; solo se oía la respiración anhelosa de los cazadores que seguían corriendo.

Alzóse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas agitó unos matorrales próximos, y una masa enorme, saltando desde lo alto de un árbol, pasó por encima del canadiense y desapareció; en el mismo instante un relámpago rasgó las tinieblas y sonó un tiro, al cual respondieron casi en seguida un rugido de agonía y un grito de espanto.

--¡Ánimo, niña! ¡Ánimo! exclamó una voz varonil y acentuada a poca distancia; ¡está V. salvada!

Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energía, apresuraron más aún la rapidez casi increíble ya de su carrera, y al fin desembocaron en el teatro de la lucha.

Entonces se ofreció ante su aterrada vista un espectáculo singular y terrible.

En una explanada bastante pequeña, una mujer desmayada estaba tendida en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las últimas convulsiones de la agonía.

Aquella mujer estaba inmóvil, como muerta.

Dos tigrecillos jóvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus ojos ardientes y se disponían a atacarla; a pocos pasos de allí un tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarapé, echado hacia adelante y empuñando con la mano derecha un machete, esperaba resueltamente su ataque.

Detrás de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico humeante y las orejas: tendidas hacia atrás, se estremecía lleno de terror afirmándose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la rama más fuerte de un árbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos maullidos.

Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros.

Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogiéndolos del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre precisamente en el momento en que desde el árbol se arrojaba sobre el jinete; luego, volviéndose con extremada viveza, mató de un culatazo al segundo tigre y lo tendió a sus pies.

--¡Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle en el suelo y enjugándose la frente bañada en sudor frío.

--¡Vive! exclamó Quoniam, quien comprendió toda la angustia que encerraba la exclamación de su amigo; solo el terror la ha hecho desmayarse; pero está salvada.

El cazador se quitó lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo, murmuró con acento de indescriptible gratitud:

--¡Gracias! Dios mío.

Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se adelantó hacia él, y tendiéndole la mano, le dijo:

--A cargo de revancha.

--Yo soy quien quedo en deuda con V., respondió con franqueza el cazador: a no ser por la sublime abnegación de V., hubiéramos llegado demasiado tarde.

--No he hecho más de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi lugar.

--Puede ser. ¿El nombre de V., hermano?

--Corazón Leal[1]. ¿Y el de V.?

--Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte.

--Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven.

Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada.

Mientras Corazón Leal y Tranquilo sustituían a Quoniam junto a la joven, el negro se apresuró a reunir leña seca y encender fuego.

Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabrió los ojos, y muy luego se encontró bastante bien para explicar las causas de su presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la venta del Potrero.

Este relato que, por razón de la debilidad de la joven y de las fuertes emociones que había experimentado, exigió varias horas, se le haremos nosotros al lector en breves palabras en el capítulo siguiente.

[1] Véanse los _Tramperos del Arkansas._

XVIII.

LANZI.

Carmela siguió con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos en medio de un bosque, bajó tristemente la cabeza y volvió a entrar en la venta con lento paso y muy pensativa.

--Le aborrece, murmuró en voz baja y muy conmovida; le aborrece; ¿querrá salvarle?

Se dejó caer sobre un asiento, y durante algunos momentos quedó sumida en profundas reflexiones.

Al fin levantó la cabeza: un rubor febril teñía su rostro; sus ojos tan dulces parecía que despedían relámpagos.

--¡Yo le salvaré! exclamó con soberana resolución.

Después de esta exclamación se levantó, y atravesando la sala con presuroso paso, entreabrió la puerta del corral y gritó:

--¡Lanzi!

--¿Qué quiere V., niña? respondió el mestizo, que en aquel momento se ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada.

--Venga V.

--Allá voy al momento.

En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo más, apareció en la puerta de la sala.

--¿Qué desea V., Señorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila, habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este momento.

--Es muy posible, mi buen Lanzi, respondió Carmela con dulzura; pero lo que tengo que decir a V. no admite dilación alguna.

--¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, ¿pues qué sucede?

--Nada de particular, amigo mío, todo está en orden en la venta, según costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor.

--Un favor, ¿a mí?

--Sí.

--Hable V., Señorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma.

--Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se detenga ningún viajero en la venta.

El mestizo levantó la cabeza, calculó mentalmente la marcha del sol, y por fin dijo:

--No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin embargo, aún podría suceder que viniesen.

--No hay motivo alguno para suponerlo.

--Es verdad, Señorita.

--Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta.

--¡Que cierre la venta! ¿Por qué?

--Voy a decírselo a V.

--¿Es realmente muy importante?

--Sí por cierto.

--Entonces hable V., niña, soy todo oídos.

La joven lanzó una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que estaba de pie delante de ella, apoyó los codos con coquetería sobre una mesa, y dijo con tono indiferente:

--Tengo inquietud, Lanzi.

--¡Inquietud! ¿Por qué?

--Por la prolongada ausencia de mi padre.

--¡Cómo! Pues si apenas hace cuatro días que estuvo aquí.

--Nunca me ha dejado sola tanto tiempo.

--Sin embargo... dijo el mestizo rascándose la cabeza algo confuso.

--En resumen, dijo la joven interrumpiéndole con resolución, tengo inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no está lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso.

--Pero es muy tarde...

--Razón más para marcharnos al instante.

--Sin embargo...

--Nada de observaciones; haga V. lo que le mando.

El mestizo inclinó la cabeza sin responder; sabía que cuando su ama hablaba así, era preciso obedecer.

La joven adelantó un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el hombro del mestizo, y acercándole su cara fresca y preciosa, añadió con una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegría al pobre diablo:

--No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: ¡sufro mucho!

--¡Incomodarme yo, niña! respondió el mestizo encogiéndose de hombros de una manera significativa: ¡eh! ¿No sabe V. que yo me echaría al fuego por V.? Con mayor motivo haré cuanto se le ponga en la cabeza.

Entonces se ocupó con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvió al corral a ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseída de una impaciencia nerviosa, se quitaba el traje que tenía puesto y vestía otro más cómodo para el viaje que proyectaba, porque había engañado al anciano criado: no era al lado de Tranquilo a donde quería ir.

Pero Dios había resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa cabeza rubia no alcanzase buen éxito.

En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareció en la puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror.

Carmela corrió presurosa hacia él creyendo que se había hecho daño, y le preguntó con interés:

--¿Qué tiene V.?

--¡Estamos perdidos! respondió Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno suyo una mirada de espanto.

--¡Cómo, perdidos! exclamó la joven tornándose pálida como un cadáver; ¿qué quiere usted decir, amigo mío?

El mestizo apoyó un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la hizo seña de que le siguiese, y se deslizó al corral con cauteloso paso.

Carmela salió detrás de él.

El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de altura. Lanzi se acercó a un sitio en que había una rendija bastante ancha por donde se podía ver el campo, y señalándosela a su ama, le dijo:

--¡Mire V.!

La joven obedeció y pegó su rostro a las tablas.

Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento más densas, invadían rápidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todavía suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares de metros una tropa numerosa de jinetes que corrían a rienda suelta en dirección a la venta.

Bastóle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes eran indios bravos.