Los Merodeadores de Fronteras

Part 13

Chapter 134,051 wordsPublic domain

Aquellos guerreros, en número de cincuenta, vestían su traje completo de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indómitos como ellos, blandían sus largas lanzas por encima de sus cabezas en señal de reto.

--¡Son los Apaches! exclamó Carmela retrocediendo llena de espanto. ¿Cómo es que han llegado hasta aquí sin que se haya tenido noticia de su invasión?

El mestizo movió tristemente la cabeza, y dijo:

--Dentro de pocos minutos estarán aquí: ¿qué hacemos?

--¡Defendernos! exclamó resueltamente la joven. Parece que no tienen armas de fuego; nosotros, guarecidos detrás de las paredes de nuestra casa, podremos sostenernos fácilmente contra ellos hasta la salida del sol.

--¿Y entonces? preguntó él mestizo en tono de duda.

--Entonces, repuso Carmela con exaltación, ¡Dios nos ayudará!

--¡Amén! respondió el mestizo menos convencido que nunca de la posibilidad de tal milagro.

--Apresúrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en casa, que quizás esos paganos retrocederán si se ven recibidos con energía; además, ¿quién sabe si nos atacarán?

--¡Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la venta.

--¡Pues bien! exclamó Carmela resueltamente, ¡sea lo que Dios quiera! Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y ser esclavos de esos miserables sin corazón y sin piedad.

--¡Corriente! respondió el mestizo electrizado por las palabras entusiastas de su ama, ¡batalla! Ya sabe V., Señorita, que no me asusta un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con cuidado, ¡quizás les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden durante toda su vida!

La conversación quedó en esto por el momento, en atención a la necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se encontraban en tan crítica posición.

No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en aquella ocasión por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasión, saben mostrarse tan valientes como sus hermanos y sus maridos.

Carmela no se había equivocado: era un destacamento de indios bravos el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la rodearon por completo.

Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con extremada circunspección: en esta ocasión fácil era conocer que se juzgaban seguros del triunfo y que sabían perfectamente que la venta se hallaba desprovista de defensores.

Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron, echaron pie a tierra, y pareció que se consultaban unos a otros un instante.

Lanzi había aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas diez carabinas.

Aunque las puertas y las ventanas estaban sólidamente atrancadas, merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era fácil observar los movimientos del enemigo.

Carmela, armada con una carabina, se había colocado con intrepidez delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y salía, y parecía que daba la última mano a un trabajo importante y misterioso.

--Vamos, dijo al cabo de un instante, ya está todo corriente. Vuelva V. a poner esa carabina sobre la mesa, Señorita: no es con la fuerza, sino únicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios. Déjeme V. obrar.

--¿Cuál es el proyecto de V.?

--Ya lo verá V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta, márchese a escape tendido.

--Pero ¿y V.?

--No se cuide V. de mí, sino clave las espuelas a su caballo.

--No quiero abandonar a V.

--¡Bah! ¡Bah! No andemos en tonterías; soy viejo, mi vida está ya en un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Déjeme obrar a mi antojo, le digo.

--No, a no ser que me diga V...

--No diré nada. Encontrará V. a Tranquilo en el Vado del Venado. ¡Ni una palabra más!

--¡Ah! ¿De veras? dijo Carmela. ¡Pues bien! juro que no me moveré de junto a V., suceda lo que quiera.

--¡Está V. loca! ¿No la he dicho que quiero jugar una mala pasada a los indios?

--Sí.

--Pues bien, ya lo verá V.: solo que, como temo alguna imprudencia por parte de V., deseo verla marchar delante. No hay más que eso.

--¿Me dice V. la verdad?

--¡Sí por cierto! Dentro de cinco minutos me reuniré con V.

--¿Me lo promete V.?

--No crea V. que me voy a entretener en quedarme aquí.

--Pero ¿qué se propone V. hacer?

--Ahí están los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado.

--Pero cuento con que...

--Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpiéndola bruscamente y empujándola hacia el corral.

La joven obedeció de muy mala gana; pero en aquel momento resonaron en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo aprovechó esta demostración de los indios para cerrar la puerta del corral.

--He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmuró, y no puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, ¡moriré! Pero vive Dios que he de hacerme unos funerales magníficos.

Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que era fácil prever que no resistirían por mucho tiempo las tablas.

--¿Quién está ahí? preguntó el mestizo con voz serena.

--Gente de paz, respondieron desde fuera.

--¡Cáspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera singular de anunciarse.

--¡Abra V.! ¡Abra V.! repuso la voz desde fuera.

--Con mucho gusto; pero ¿quién me asegura que no quieren VV. hacerme daño?

--Abra V. o echamos la puerta abajo. Y se repitieron los golpes.

--¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo, ¡no se andan ustedes en chiquitas! Ea, no se cansen más, que allá voy.

Cesaron los golpes.

El mestizo desatrancó la puerta y abrió.

Los indios se precipitaron dentro de la casa lanzando gritos y aullidos de alegría.

Lanzi se había apartado para dejarles franco el paso. Hizo un gesto de alegría al oír el galope de un caballo que se alejaba con rapidez.

Los indios no pararon mientes en aquel incidente.

--¡Queremos beber! exclamaron.

--¿Qué quieren VV. que les dé? preguntó el mestizo, quien procuraba ganar tiempo.

--¡Agua de fuego! gritaron los indios.

Lanzi se apresuró a servirles. Comenzó la orgía.

Los pieles rojas, sabiendo que nada tenían que temer por parte de los habitantes de la venta, tan luego como se abrió la puerta, se precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilitó a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada.

Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasión desenfrenada por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus compatriotas.

Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que, aglomerados en torno de las mesas, bebían sendos tragos y vaciaban a porfía las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decían y sin pensar más que en emborracharse.

De pronto el mestizo sintió que le ponían una mano en el hombro.

Se volvió.

Un indio estaba de pie en frente de él con los brazos cruzados sobre el pecho.

--¿Qué quiere V.? le preguntó.

--El Zorro-Azul es un jefe, respondió el indio, y tiene que hablar con el rostro pálido.

--¿No está satisfecho el Zorro-Azul acaso de la manera en que le he recibido, así como a sus compañeros?

--No es eso; los guerreros beben, el jefe quiere otra cosa.

--¡Ah! dijo el mestizo, lo siento mucho, porque he dado cuanto tenía.

--No, respondió secamente el indio.

--¿Cómo que no?

--¿Dónde está la joven de cabellos de oro?

--No le entiendo a V., jefe, dijo el mestizo, quien, por el contrario, comprendía perfectamente.

El indio se sonrió.

--Mire el rostro pálido al Zorro-Azul y verá que es un jefe y no un niño a quien se puede entretener con mentiras. ¿Qué se ha hecho la joven de cabellos de oro, la que habita aquí con mi hermano?

--La mujer de quien V. habla, si es la joven a quien pertenece esta casa a la que V. se refiere...

--Sí.

--Pues bien, no está aquí.

El jefe le dirigió una mirada penetrante y dijo:

--El rostro pálido miente.

--Búsquela V.

--Estaba aquí hace una hora.

--Es muy posible.

--¿Dónde está?

--Búsquela V.

--El rosto pálido es un perro cuya cabellera he de arrancar.

--Buen provecho le haga a V., respondió el mestizo en tono de burla.

Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, había dirigido una mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogió esta mirada al vuelo, se precipitó hacia el corral, abrió la puerta y lanzó un grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de comprender la verdad.

--¡Perro! exclamó, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo lanzó con rabia hacia su enemigo.

Pero el mestizo, que le vigilaba, esquivó el golpe, y el cuchillo fue a clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza.

Lanzi se enderezó, y saltando por encima del mostrador, se precipitó hacia el Zorro-Azul.

Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron como fieras en persecución del mestizo.

Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvió, descargó sus pistolas en medio de la multitud, montó precipitadamente a caballo, y clavándole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el boquerón del cercado.

En el mismo instante se oyó detrás de él un estrépito terrible; tembló la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo.

La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a los Apaches que la habían invadido.

He ahí la mala pasada que Lanzi se había propuesto jugar a los indios.

Ahora se comprenderá por qué había insistido para que Carmela se alejase tan pronto.

Por una felicidad singular, ni el mestizo ni su caballo estaban heridos; el _mustang_, con el hocico humeante, volaba por la pradera como si hubiese tenido alas, hostigado de continuo por su jinete que le estimulaba con el ademán y con la voz, porque le parecía oír a poca distancia detrás de sí el galope de otro caballo que parecía que le perseguía.

Desgraciadamente la noche estaba demasiado oscura para que le fuese posible cerciorarse de que no se equivocaba.

XIX.

LA CAZA.

Según toda probabilidad, el lector juzgará que el medio empleado por Lanzi para desembarazarse de los Apaches era un poco violento, y que acaso no debiera haber recurrido a él sino en el último extremo.

La justificación del mestizo es tan sencilla como fácil de exponer: los indios bravos, cuando pasan la frontera mejicana, se entregan sin compasión a todo género de desórdenes, empleando la mayor crueldad para con los desventurados blancos que caen en sus manos y a quienes profesan un odio que nada puede saciar.

La posición de Lanzi, solo, sin poder esperar auxilio de nadie en un sitio tan aislado, en poder de unos cincuenta demonios sin fe ni ley, era en extremo crítica, y mucho más si se tiene en cuenta que los Apaches, tan luego como hubiesen estado excitados por los licores fuertes, cuyo abuso les produce una especie de locura furiosa, no habrían reconocido ya freno alguno; su carácter sanguinario hubiera prevalecido, y entonces se habrían entregado a las crueldades más injustificables por el solo placer de hacer sufrir a un enemigo de su raza.

Además, el mestizo tenía una razón perentoria para no guardar consideración alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como quisiera, la salvación de Carmela; pues había hecho a Tranquilo el juramento solemne de defenderla aún con peligro de su propia existencia.

En el caso presente sabía que su vida o su muerte dependían tan solo del capricho de los indios, y por lo tanto no tenía que guardar consideración alguna.

Lanzi era un hombre frío, positivista y metódico, que nunca obraba sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las eventualidades probables del buen o mal éxito. En aquella ocasión el mestizo nada aventuraba, pues sabía que de antemano estaba sentenciado por los indios: si su proyecto alcanzaba buen éxito, quizás conseguiría escaparse; si no, moriría, pero como un valiente habitante de las fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un número considerable de sus implacables enemigos.

Una vez adoptada su resolución, la llevó a cabo con la sangre fría que hemos referido; merced a su presencia de ánimo, había tenido suficiente tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse.

Sin embargo, aún no había concluido todo: el galope que el mestizo oía detrás de sí le causaba viva inquietud, probándole que su proyecto no le había salido tan bien como él esperaba, y que alguno de sus enemigos se había librado y lanzado en seguimiento suyo.

El mestizo aumentó la rapidez de su carrera, obligó a su caballo a dar infinitos rodeos y vueltas, con el fin de hacer que el enemigo que se encarnizaba en perseguirle perdiese su rastro; pero todo fue inútil, pues siempre oía detrás de sí el galope obstinado de su desconocido perseguidor.

Por muy valiente que sea un hombre, por grande que sea la energía de que se halle dotado, nada embota tanto su valor como el verse amenazado en medio de las tinieblas por un enemigo invisible, y por esto mismo inatacable: la oscuridad de la noche, el silencio que reina en el desierto, los árboles que, en una carrera desatentada, desfilan por derecha e izquierda cual una legión de fantasmas siniestros y amenazadores, todo se reúne para aumentar los terrores del desgraciado que huye poseído de un vértigo incalificable, sumido en una pesadilla tanto más horrible, cuanto que conoce el peligro y no sabe como conjurarle.

Lanzi, con el entrecejo fruncido, los labios temblorosos, la frente bañada en frío sudor, corrió así durante varias horas por medio del campo, inclinado sobre el cuello de su corcel, sin seguir ninguna dirección fija, perseguido siempre por el ruido del galope del caballo lanzado en pos de él.

¡Cosa singular! Desde que aquel galope se oyó por primera vez, no parecía haberse acercado mucho; pudiérase suponer que el desconocido jinete, satisfecho con seguir la pista de aquel a quien perseguía, no se cuidaba de alcanzarle.

Entre tanto la primera exaltación del mestizo se había calmado gradualmente, el aire frío de la noche había ordenado algún tanto sus ideas, recobraba su serenidad y con ella la lucidez necesaria para juzgar bien su posición.

Lanzi se avergonzó de aquel terror pueril, indigno de un hombre como él, que durante tanto tiempo y por interés de su seguridad personal le hacía olvidar el deber sagrado que se había impuesto de proteger y defender con riesgo de su vida a la hija de su amigo, o al menos a la que consideraba como tal.

Al ocurrírsele este pensamiento, que hirió a su mente cual un rayo, un rubor ardiente tiñó su rostro, surgió de sus ojos un relámpago, y detuvo bruscamente su caballo, resuelto a concluir de una vez y a toda costa con su perseguidor.

El caballo, detenido de pronto en su carrera, dobló sus temblorosas piernas lanzando un relincho de dolor, y permaneció inmóvil. En el mismo instante dejó de oírse también el galope del corcel invisible.

--¡Eh! ¡Eh! murmuró el mestizo, esto comienza a complicarse.

Y sacando de su cinto una pistola, la amartilló.

Inmediatamente oyó, cual un eco fúnebre, el ruido seco del muelle de una pistola que también montaba su adversario.

Sin embargo, este ruido, en vez de aumentar los recelos del mestizo, pareció que, por el contrario, los calmaba.

--¿Qué significa esto? dijo para sí, moviendo la cabeza con marcada preocupación; ¿me habré equivocado? ¿No es con un apache, según eso, con quien tengo que habérmelas?

Después de esta reflexión, durante la cual Lanzi había procurado en vano distinguir a su enemigo desconocido, gritó con voz fuerte.

--¡Eh! ¿Quién es V.?

--¿Y V.? respondió una voz varonil que salía de en medio de las tinieblas con un acento tan resuelto por lo menos como el del mestizo.

--¡He ahí una respuesta singular! repuso Lanzi.

--Ni más ni menos singular que la pregunta de V.

Estas palabras habían sido pronunciadas en el castellano más puro. El mestizo, seguro ya de que tenía que habérselas con un blanco, desterró todo temor, y desmontando su pistola, volvió a colocársela en el cinto, diciendo en tono de buen humor:

--Lo mismo que yo, caballero, debe V. tener necesidad de tomar resuello después de una carrera tan larga: ¿quiere V. que descansemos juntos?

--Con mucho gusto, respondió el otro.

--¡Calle! exclamó una voz que el mestizo conoció en seguida, es Lanzi.

--¡Sí por cierto! exclamó éste con júbilo, ¡voto a bríos! Doña Carmela, ¡no esperaba yo encontrar a V. aquí!

Nuestros tres personajes se reunieron. Las explicaciones fueron breves.

El miedo no calcula ni reflexiona. Carmela por un lado, Lanzi por otro, arrebatados por un vano terror, habían huido sin procurar enterarse del sentimiento que les impulsaba, excitados tan solo por el interés de la propia conservación, esa arma suprema dada por Dios al hombre para hacerle evitar el peligro en los casos extremos.

La única diferencia consistía en que el mestizo se juzgaba perseguido por los Apaches, mientras que Carmela creía tenerlos delante de sí.

Cuando la joven, cediendo a las instancias de Lanzi, salió de la venta, se precipitó ciega por el primer sendero que se presentó delante de ella.

Por fortuna suya, Dios había querido que, en el momento en que la venta se volaba con terrible estrépito, Carmela, medio muerta de terror y derribada del caballo, fuese hallada por un cazador blanco. Este, lleno de compasión al oír el relato de las desgracias que la amenazaban, se ofreció generoso a escoltarla hasta la hacienda del Mezquite, a donde la joven deseaba ir para colocarse bajo la protección inmediata de Tranquilo.

Carmela, después de haber examinado con la vista al cazador, cuya mirada franca y rostro simpático revelaban lealtad, aceptó su oferta con gratitud, temblando que las tinieblas la hiciesen caer en medio de las partidas de indios que sin duda infestaban los caminos, y a las cuales la habría entregado inevitablemente su ignorancia respecto de los sitios circunvecinos.

Así pues, la joven y su guía se pusieron en marcha al instante en dirección a la hacienda; pero, dominados por mil recelos, el galope del caballo del mestizo les hizo creer en la presencia de una partida enemiga delante de ellos. Por eso pusieron todo su cuidado en mantenerse a una distancia bastante grande para volver riendas y escaparse al más mínimo movimiento sospechoso de sus supuestos enemigos.

Esta explicación disipó toda inquietud entre los tres personajes; Carmela y Lanzi se juzgaban muy felices por haberse encontrado de una manera tan providencial.

Mientras el mestizo refería a su señorita la manera en que había concluido con los Apaches, el cazador, como hombre prudente, cogió de las riendas a los caballos y los condujo a unos matorrales espesos en donde los escondió con el mayor cuidado; en seguida volvió junto a sus nuevos amigos, quienes se habían sentado en el suelo para descansar un poco.

En el momento en que el cazador volvía, Lanzi estaba diciendo a la joven:

--¿Para qué se ha de cansar V. más esta noche, Señorita? Nuestro nuevo amigo y yo construiremos en un momento una choza para V., bajo la cual estará perfectamente resguardada; dormirá V. hasta la salida del sol, y entonces nos encaminaremos a la hacienda. Por ahora no tiene V. que temer ningún peligro, pues se halla protegida por dos hombres que no vacilarán en sacrificar su vida por V. si es preciso.

--Le doy a V. gracias, mi buen Lanzi, respondió la joven: su cariño y lealtad me son conocidos, y no vacilaría en confiarme a ellos si en este momento me hallase atormentada por el temor de los Apaches. Crea V. firmemente que la consideración de los peligros a que puedo hallarme expuesta por parte de esos paganos no entra para nada en mi determinación de ponerme en marcha lo más pronto posible.

--¿Pues qué otra consideración más importante puede obligarla a V, Señorita? dijo el mestizo con sorpresa.

--Amigo mío, ese es asunto entre mi padre y yo. Bástele a V. saber que es de absoluta precisión que yo le vea y hable con él esta misma noche.

--¡Corriente! Puesto que V. lo quiere, Señorita, consiento en ello, respondió el mestizo moviendo la cabeza. De todos modos confiese usted que es un capricho singular.

--No, mi buen Lanzi, repuso la joven con tristeza, no es un capricho: cuando conozca V. las razones que me obligan a obrar así, estoy convencida de que me dará la razón.

--Puede ser; pero entonces ¿por qué no me las dice V. al instante?

--Porque me es imposible.

--¡Silencio! exclamó el cazador interponiéndose bruscamente; toda discusión es ociosa en este momento: es preciso marchar cuanto antes.

--¿Qué quiere V. decir? exclamaron Carmela y Lanzi haciendo un movimiento de espanto.

--Que los Apaches han encontrado nuestro rastro y acuden con rapidez: antes de veinte minutos estarán aquí; esta vez no ha lugar a equivocarse, son ellos.

Hubo un momento de silencio.

Carmela y Lanzi prestaron atento oído.

--No oigo nada, dijo el mestizo al cabo de un instante.

--Ni yo tampoco, murmuró la joven.

El cazador se sonrió con dulzura y dijo:

--En efecto, nada deben VV. oír todavía, porque sus oídos no están tan acostumbrados como los míos a percibir los rumores más leves del desierto. Tengan VV. fe en mis palabras, fíen en una experiencia que nunca me ha fallado: nuestros enemigos se acercan.

--¿Qué hacemos? murmuró Carmela.

--Huir, exclamó el mestizo.

--Escuchen VV., repuso el cazador impasible, los Apaches son numerosos, son muy astutos, pero solo por medio de la astucia podemos vencerlos. Si intentamos resistirles, somos perdidos; si huimos los tres juntos, tarde o temprano caeremos en sus manos. Mientras yo me quedo aquí, V. huirá con la señorita. Únicamente cuide V. de forrar los pies de los caballos para ensordecer el ruido de sus pasos.

--Pero ¿y V.? exclamó la joven con viveza.

--¿No he dicho ya que me quedaré aquí?

--Sí, pero entonces caerá V. en sus manos y será V. asesinado inevitablemente.

--¡Puede ser! respondió el cazador con inexplicable expresión de melancolía; pero al menos mi muerte habrá servido para algo, puesto que habrá salvado a VV.

--Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta. Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han de pasar así. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo terminarle yo solo a mi manera. Márchese V. con la señorita, entréguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y él le pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi promesa dando mi vida por doña Carmela.

--¡Nunca consentiré en ello! exclamó enérgicamente la joven.

--¡Silencio! dijo el mestizo interrumpiéndola bruscamente, márchense, márchense, que no se puede perder un solo instante.

Y a pesar de la resistencia de la joven, la levantó en sus robustos brazos y se la llevó corriendo hacia los matorrales.

Carmela comprendió que nada podría alterar la resolución del mestizo y se resignó.