Part 9
Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu, fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto. Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño agujero para salir rugiente y abrasadora.
Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando, rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro, apareció el señor Rafael.
--¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?--venía preguntando en voz alta.
Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le dió un estrecho abrazo.
--¿Qué ocurre?--¿Qué ha sucedido?--¿Qué albricias son esas?--preguntaron todos picados por la curiosidad.
Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado, exclamó:
--¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao... porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la _Palma de Londillo_ á comer un guiso de almejas y unas aceitunas... ¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?--Ya está pagado me contestaron.--¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?--Pues su sobrino.--¡Vamos, niño, no gastes guasa!--Que sí, señor Rafael, que lo ha pagado.--¿Cuándo?--Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar!
Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la algazara que había levantado su discurso.
--¡Tío! ¡tío!--exclamó Frasquito rojo de cólera.--¡No tenga usted tanta guasa!...
--Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te empeñas; pero nadie me creerá.
--¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le falto á usted al respeto!
Con dificultad lograron calmarle; todavía más trabajo costó impedir que se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y su trasteo logró pronto reconciliarlos. Llevada á feliz término esta obra de caridad y de elocuencia se subió al columpio.
Mientras Velázquez iba de grupo en grupo haciendo penar á mocitas y casadas con sus palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, y el atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se había acercado al de Soledad y María-Manuela. Quiso entablar conversación aparte con la primera, pero no pudo conseguirlo. Soledad, engañada por la complacencia de su amante y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su egoísmo infantil la hacía incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio. Recibióle con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras. Manolo sintió el corazón apretado. Comprendió que su ídolo se hallaba bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y se levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de llegar á la puerta salióle al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de su galantería.
--¿Adónde tan solo, hijo?
--Pues á la calle, niña--respondió Uceda haciendo esfuerzos por sonreir.
--¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve uté aquel rinconsito tan apañaito donde ya no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté y yo... pa que uté me diga algo... porque ésta es la hora en que no me ha dicho todavía que tengo los ojos así y la boca andando y el talle de esta manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que disen ustés los hombres cuando están ajumaos.
--No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero no puedo sentarme porque me aguardan. Otro día será... Hasta la vista, prenda--manifestó Uceda con la misma sonrisa contraída, alejándose.
La morenita quedó inmóvil mirándole, y cuando ya estaba lejos exclamó con acento donde se traslucía el despecho:
--¡Vaya usté con Dios!
Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde el columpio dejaba oir su voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito dulce y poderoso á la vez de la gentil cantaora los había reunido presto á todos en torno del columpio. Mas apenas cesó el canto tornáronse á sus respectivos sitios.
No tardaron en agruparse de nuevo, pero no alrededor del columpio, sino del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida, Soledad, el señor Rafael y su sobrino. La disputa había aparecido al fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y María-Manuela se hallaban reunidos en público. Esta pobre mujer, después de tantas experiencias, aún no había escarmentado y seguía cayendo inocentemente en los lazos que para reirse de ella le tendía aquél. Ahora la querella se había producido porque Antonio la había llamado en son de desprecio _femenina_.
--Oye, guasón, á mí no me digas eso--respondió María, preparada á encolerizarse.
--Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas lo mismo.
--¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno!
--Cuando quieras--replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:--Y tu madre igual...
--¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal!
--¡Todas! ¡todas lo mismo!--replicaba Antonio con el mayor desprecio, volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa.
--¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya que mis zapatos y no respondo de mí--decía ella con los labios pálidos, temblando de ira.
--Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y tu padre masculino!
El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre.
--¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también?
Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron. Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á su querido le dijo:
--¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!
Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le preguntó:
--¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña?
Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado, para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo esfuerzo, dijo con voz apagada:
--Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las cinco...
--Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí.
Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar. Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:
--Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería.
Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo sarcásticamente:
--Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.
--Más vale caerse de simple que de fanfarria--dijo ella mirándole cara á cara.
El majo se puso encendido hasta las orejas.
--¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como has venido?
--No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz.
Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie. Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la saciaba con feroces insultos y amenazas.
--Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he recogido en medio de la calle?...
--Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia--manifestó sensatamente el señor Rafael.
--¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está dicho...
Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas palabras.
Soledad, al escucharlas, se puso más pálida que la cera, y sin responder ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigió precipitadamente á la puerta y salió.
VIII
Crisis.
Salió y emprendió una rápida carrera al través de las calles, sin saber dónde iba. El corazón le palpitaba con violencia, ardía su frente y sentía un extraño frío interno que la violencia del paso no alcanzaba á mitigar. Al cabo de un rato se encontró frente á su casa. Quedó un instante inmóvil y se llevó la mano á la frente cual si tratase de ordenar sus ideas diseminadas. Había allí dentro algo que le abrasaba mucho más que el bárbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le quedó impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velázquez acababa de pronunciar en presencia de la gente: «¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he recogido en medio de la calle!...»
No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitación, por si había gente dentro: cruzó el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. Allí, de bruces, en el sitio mismo que había ocupado Manolo Uceda la noche que había llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas refrescaron su alma. Al erguirse de nuevo había recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su espíritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se enseñoreaba de él y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea era ésta: «Puesto que él no me quiere, yo no debo quererle á él». Y de tal manera se imprimió en su cerebro que ya no volvió á sentir vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto quedó irrevocablemente tomada su resolución. Se enjugó cuidadosamente las lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para que la brisa del mar borrase por entero sus huellas, y así que se halló bien serena se dirigió con paso firme á la puerta de la tienda y entró.
Las pocas personas que allí había saludáronla con agasajo. Joselillo le preguntó si podría marcharse á evacuar algunos recados; no lo consintió: tenía que hacer arriba. Subió, pues, á casa é inmediatamente se puso á sacar de los armarios y á descolgar de las perchas la ropa que le pertenecía y á guardarla en el baúl. Se iba: se iba inmediatamente. Mientras colocaba con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en el sitio adonde debía dirigirse. Sin duda el único proyecto que le pareció natural era el de irse á Medina con su madre y ponerse á trabajar de nuevo y vivir del mejor modo que Dios les diera á entender; pero necesitaba saber dónde dormiría aquella noche. Pensó en su amiga Paca: era la más digna por su conducta y la que por su posición mejor podía ofrecerle hospitalidad. Sin embargo, avergonzada aún de lo que había pasado entre ambas y quizá también á causa de un cierto rencorcillo que no había podido arrojar de sí, renunció á pedírsela. Resolvió ir á casa de María-Manuela, y partir al día siguiente en el tren.
Velázquez, luego que sació su cólera y orgullo con las afrentosas palabras que se ha dicho, siguió departiendo y jaraneando con sus amigos, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no tardó en sentir una vaga inquietud, algo que podía ser remordimiento y podía ser también temor de las fatales consecuencias que la desesperación de su amante pudiera acarrear. Una mujer despechada es capaz de todo. Tuvo miedo que hubiese ido derecha á tirarse por la muralla ó se tragase una caja de fósforos. Así que, no tardó mucho en despedirse de la buena compañía y se vino hacia casa con el objeto de cerciorarse de que nada funesto había ocurrido y también con el loable propósito de reconciliarse con su querida, si ésta se allanaba á pedirle perdón.
Al entrar preguntó con fingida indiferencia por ella, y como le respondiesen que estaba arriba y la oyese andar con los muebles, quedó tranquilo. Charló unos instantes con sus parroquianos y al cabo subió. Al cruzar para su cuarto vió en uno del pasillo á Soledad limpiando un vestido, y tuvo la magnanimidad de decir: «¡Hola!» Aquélla levantó los ojos y respondió con la misma gravedad y concisión: «Hola». Siguió el guapo hasta su habitación un poco sorprendido: esperaba hallarla bañada en lágrimas ó presa de algún ataque de risa convulsiva de los que á menudo la cogían. Aquella seriedad, y más que nada la indiferencia de la mirada y el saludo, le molestaron fuertemente. Desvanecióse su buen propósito de reconciliación. Sacó del armario los libros de comercio, encendió la lámpara, porque ya estaba oscuro, se sentó delante de la mesa y se puso á arreglar cuentas atrasadas. Poco tardó en advertir que no tenía la cabeza para cuentas. La reyerta primero, la inquietud después y ahora un poco de irritación y despecho, le habían agitado demasiado para poder concentrar su atención. Además, hallándose escribiendo creyó percibir en la habitación contigua cierto ruido especial, como de un baúl que se arrastra. Sintió curiosidad y sorpresa, se levantó y encaminó sus pasos hacia la salita donde tenían las camas, y vió á Soledad inclinada sobre el baúl, apretando la ropa con las manos.
--¿Qué haces?
--¿No lo ves? El baúl--replicó ella con voz firme sin volver la cabeza.
El guapo quedó suspenso un instante.
--¿Para marcharte?
--Eso mismo.
Nueva pausa.
--Bien, hija. Vete bendita de Dios--replicó al cabo girando sobre los talones y encaminándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la mesa y otra vez comenzó á trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le costaba trabajo concentrar su atención, ahora le fué del todo imposible; de tal suerte, que á los pocos minutos dejó la pluma descansar, metió las manos en los bolsillos y se recostó en la silla, quedando inmóvil con los ojos en la pared. Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo apareció ésta y le dijo desde la puerta:
--¿Quiere usted venir á ver el baúl?
--¿Para qué?
--Para saber si me llevo algo que le pertenezca.
--No, hija, no; ya sé que no te llevas nada... y si quieres llevártelo puedes hacerlo: todo está á tu disposición.
--Muchas gracias. Adiós--respondió volviéndose.
Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, Velázquez la llamó.
--Atiende un instante.
--¿Qué se le ofrecía á usted?--preguntó ella quedándose á la puerta.
--Acércate, hija, que no vamos á hablar á gritos.
Soledad, de mala gana, dió algunos pasos hacia él.
--¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, niña?--preguntóle riendo.
Soledad alzó los hombros con desdén y profirió gravemente:
--Hágame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa.
--Pues nada más sino que eres una tonta rematada, y que por esta simpleza que estás haciendo merecías que me enfadase y te calentase la cara--manifestó Velázquez sin dejar de sonreir.
--Está bien. Adiós.
Y de nuevo se volvió para irse. Pero Velázquez la retuvo tomándole una mano.
--Vamos, niña, no te pongas guasona; no vayamos á enredar el asunto más de lo que está. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo... Corriente... ya no hay que hablar del asunto... ¿Pasó?... Pasó.
La joven se desprendió con un fuerte tirón y repitió con acento aún más grave y displicente:
--Está bien. Adiós.
Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó de la silla y, acercando su rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora:
--¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas á sacarme de mis casillas habrá que sentir?
--Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pégame, mátame... aprovéchate ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo.
El guapo la miró fijamente y en silencio. Al cabo soltó una carcajada.
--¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy?
--Ninguna. Lo único que te aseguro es que estamos hablando por última vez.
--Basta, basta--dijo poniéndose grave de nuevo.--No lo cacarees tanto, que aquí nadie te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija.
--Adiós.
--Adiós... Oye una palabra... Aunque te repito que puedes hacer lo que gustes, debo advertirte que el marcharte ahora no me parece muy decente... Es ya noche, como ves, y cualquiera, viéndote salir de mi casa de ese modo, podría suponer que te he echado de ella.
--Pierde cuidado. Ya me encargaré de decir á todo el mundo que he salido por mi gusto.
--De todos modos, el irte ahora es dar una campanada inútilmente. Tienes que buscar casa donde pasar la noche, y la hora no es á propósito para eso... Quédate á dormir, y mañana será otro día. Y si sigues plantada te puedes ir adonde mejor te parezca.
--No puede ser--repuso con sosiego y firmeza la joven.
--Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes comprender que no hay razón para esa terquedad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que ha pasado ya muchas veces... Que tú has estado un poquillo insolente... que yo he estado otro poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente para que se rompa nuestra unión. Nuestras relaciones no son de ayer, hija mía. Te he visto nacer, como quien dice; he sido amigo de tu padre, y no puedo dejarte en medio del arroyo expuesta á la miseria y á la perdición... Tú no eres para mí una mujer cualquiera, una querida que se toma y se suelta como un perro de caza... Á ti te he mirado siempre como cosa propia, y si algunas veces te maltrato es por la misma confianza que contigo tengo y por este genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te aprecio, Soleá, porque eres buena y eres honrá... y eres decente, ¡vamos!... Y á fuerza de tiempo se toma cariño á las sillas, cuanto más á las personas... Y para que más de la verdad... á ti te he tomado más cariño que he tomado hasta ahora á ninguna mujer...
Soledad levantó los ojos y le miró á la cara con sorpresa y curiosidad. El majo había pronunciado las últimas palabras con emoción.
--Todo eso será verdad, Velázquez... pero estoy convencida de que ni yo puedo hacerte feliz á ti ni tú puedes hacerme feliz á mí--repuso la joven dulcemente, pero con firmeza.
--Eso lo dices porque aún me tienes coraje; pero no es cierto... Ven acá, guasona, ven acá que te dé un mordisco por esas palabrillas amargas que has soltado... Ni tienes vergüenza ni mereces que te mire á la cara...
Al mismo tiempo le tomó una mano, y con el otro brazo le enlazó cariñosamente la cintura para sentarla sobre sus rodillas. Pero la joven se soltó bruscamente.
--Hazme el favor de dejarme. He dicho que me iba y no me vuelvo atrás--profirió en tono resuelto frunciendo el entrecejo.
El guapo se enfureció otra vez, y olvidando toda galantería, la insultó groseramente.
--Pero, hija, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que tengo empeño en tenerte en mi casa? ¡Vaya una alhaja que se me escapa!... ¿Pero tú de qué presumes, criatura?... ¡Si no vales dos maravedís! ¡Si hace ya mucho tiempo que no te despido por compasión!... ¡Pues estamos aviados! ¡No se pone pocos moños el pendoncillo porque le dicen que se quede!... Anda, hija, anda donde estás haciendo falta...
Soledad recibió sin pestañear la rociada de injurias que le escupió á la cara. Cuando hizo una pausa se volvió sin responder palabra y salió de la estancia. Al trasponer la puerta dejó escapar un sollozo ahogado. Velázquez siguió todavía largo rato vomitando cólera. Mil frases desdeñosas, infamantes, salieron de su boca después de quedarse solo.
Al cabo se calló. Los nervios, alterados, se fueron sosegando poco á poco, y permaneció en la silla sin hacer movimiento alguno, con los ojos muy abiertos, emboscado en vaga y sombría meditación.
Las voces de la tienda le sacaron al fin de ella. Se levantó, encendió un cigarro y guardó de nuevo los libros en el armario. Tomó la lámpara y fué á la habitación contigua á buscar su capa para salir. Lo primero con que tropezaron sus ojos fué con el baúl de Soledad cerrado en medio de la sala. Dejó la lámpara sobre la mesa, comenzó á pasear por la estancia chupando el cigarro y envolviéndose en nubes de humo. Concluyó el cigarro y encendió otro, y después otro. Fumaba maquinalmente y daba vueltas, hasta que concluyó por marearse. Al fin, enojado consigo mismo, levantó los hombros con ademán desdeñoso, arrojó violentamente la punta del cigarro y tomó la capa. Pero cuando se disponía á salir oyó abajo las voces del señor Rafael y Pepe de Chiclana: «Ya están esos ahí» se dijo. Y volvió á colgar la capa en la percha y bajó á la tienda.
Mostróse á los amigos más alegre y jovial que de costumbre y estuvo locuaz en demasía.
--¿Cómo no baja Soledad?--preguntó al fin Paca.
--¿Soledad?--respondió el guapo dando á su rostro una expresión burlona.--Anda y pregunta por ella al sereno.
--¿Qué quieres decir?
--Que ya no vive aquí. Se ha mudado.
--Pero ¿es de veras?
--¡Y tan de veras! Hace más de una hora que ha salido disparada como un cohete. Dios sabe dónde habrá caído.
Fué grande la sorpresa de los tertulios y unánime su sentimiento, porque Soledad, á pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era generalmente estimada. Todos mostraron vivo interés por conocer los pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura.
--¡Vaya un lance feo!--exclamó Paca.--Por supuesto que las has de pagar todas juntas, Velázquez. No hallarás en la vida una mujer que te quiera tanto.
--Ni tan guapa--apuntó Frasquito.
--Ni tan hacendosa y limpia--manifestó Pepe de Chiclana.
--¿Limpia?--exclamó Paca.--Como los chorros del oro. Daba gusto ver á esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos relucían como si les diesen cera.