Part 8
Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel. Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto.
VII
El columpio.
La mojadura y el disgusto postraron en cama á la pobre Soledad. Se le declaró una fiebre intensa y estuvo algunos días bastante grave. Velázquez, como si le remordiese la conciencia de lo que había hecho, se portó con ella mejor de lo que podía esperarse. Hizo venir al médico y la prodigó todo género de cuidados y atenciones y, lo que aún es más raro, apenas salió de casa. En la de las _Cardenalas_ no volvió á poner los pies; pero tal proceder no debía achacarse al amor de su querida, sino á su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran una espina que tenía clavada en el corazón. El orgullo le hizo, pues, renunciar sin dificultad, no sólo á la mano, sino también al trato de la Mercedes. No volvió á acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo advirtió, sintió su alma bañada en alegría celeste, y pensando la inocente que era debido á su cariño, se lo agradeció profundamente. Tal conducta contribuyó infinitamente más á su curación que las recetas del médico.
Después que se levantó de la cama gozó todavía algunos días felices. Velázquez, en la convalecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó de paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No tardó, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vió fuerte comenzó á tratarla de nuevo con desdén; luego con crueldad. Pero ella todo lo halló bueno, observando que no reanudaba sus amores con la _Cardenala_.
Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia. Principiaron á atormentarla con ocasión de las frecuentes y largas pláticas que el guapo mantenía con Paca la de la Parra. Ésta proseguía infatigable su tarea de persuasión, ejerciéndola unas veces sobre Velázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les servía para hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos á no seguir sus consejos, los recibían con benevolencia, se mostraban amables, jocosos, y embromaban cariñosamente á la célebre _cantaora_. La llamaban el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descomponía. Con la gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de sermonearles un día y otro, esperando que al cabo Dios les tocaría en el corazón.
--Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre Francisco!--se decían uno al otro guiñando el ojo.
Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión por los pelos para volver á la carga.
La verdad es que no tenía mérito alguno sufrir con paciencia sus sermones. Era Paca una de las más amables, ingeniosas y profundas mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor, rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos de su negra cabellera mientras hablaba, seducían á cuantos tenían la dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. Ningún problema, por arduo que fuese, referente á los deberes del hombre consigo mismo y con los demás dejaba de tener solución adecuada en aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio más completo é interesante que el del padre Sánchez. ¡Con qué admirable habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los términos del caso ético que cualquier amiga le presentaba! «Á tu marido, dices, no le gusta la ensalada de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres días seguidos... y te pegó... pero ha sido porque no tenías dinero para comprar longaniza ó carne, ¿no es eso?... Dices que se te había concluído el dinero antes del fin de la quincena, porque te habías comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfadó un día que saliste con él y los llevabas rotos... etc.» ¡Oh, cuán profundamente examinaba los datos y con qué suave elocuencia emitía luego su fallo inapelable!
La esposa de Pepe de Chiclana no predicaba sólo con la boca, como tantos moralistas, sino también con el ejemplo. Á pesar de haberse criado en una taberna, con la libertad y los peligros que para las jóvenes ofrecen, jamás tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era virtuosa por temperamento, quizá también por el orgullo que le inspiraba el convencimiento de su superioridad moral é intelectual. Los requiebros no conseguían conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto y consideración á su talento, gozaba increíblemente cuando, gracias á su elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el perdón de un padre, la reconciliación de un matrimonio. Y sobre esto ninguna rigidez antipática, ninguna hipocresía. No le importaba entrar en una casa de mala fama ni acompañarse de cualquier mujer de dudosa conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse.
Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por los halagos de los hombres, llamaron al cabo la atención del irresistible Velázquez y concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanterías, de festejar á cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas mujeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas ruborizadas, adivinar que le hallaban de su gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no sucedió lo mismo. Cuantos más requiebros la soltaba, cuanto más le hacía comprender que le causaban impresión sus atractivos, más indiferente y distraída se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversación y la encauzaba hacia los temas filosóficos en que tanto se placía. Velázquez se sintió humillado. Por más que tenía conocimiento de la virtud de la esposa de su amigo Pepe, y nunca se le había pasado por la imaginación ponerla á prueba, excitado su orgullo, principió por galantearla en broma y concluyó por requerirla de amores en serio.
Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en rehusar oirle.
--¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las pobrecitas que no te conozcan como yo.
Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa forzada el despecho que le roía.
No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste, ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba. Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso provocar lo más pronto posible una explicación.
Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que llevaba á cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia:
--Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme. Estoy perfectamente así.
--¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita andabas por llegar á la Vicaría--repuso Paca, picada por el acento despreciativo que Soledad había dado á sus palabras.
Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á preguntar con sorna:
--Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo?
Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira, dijo con afectada calma:
--Desde que tú y Velázquez os entendéis tan bien. Por si se muere Pepe, no quiero serviros de impedimento.
Paca soltó una carcajada.
--¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Conque Velázquez y yo nos entendemos?... ¡Qué traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que se confía, que me abre su corazón y me pide ayuda... Por delante mucha sonrisa, mucha compasión, mucha promesa, y por detrás clavándole el cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La verdad es que no sé cómo te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas...
Se echó hacia atrás en la silla y se puso á jugar con los rizos negros de su frente. Pero su mano, á despecho del sosiego que afectaba, temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantenía en actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lástima de ella.
--Escucha, Soledad: tú eres una criatura que no ha visto el mundo más que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una palabra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú no vas á ninguna parte... Porque me ves alegre y guasona á ratos, y bebo y canto y no me asustan las sandeces de los hombres, te has llegado á figurar que estoy aquí para todo el que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te quite, hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta á Dios, y no he de faltar á mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí donde le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, ¿entiendes? Y hay otros que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen, ¿estamos?... Y voy á decirte una cosa para que la sepas, sólo para que la sepas: si el diablo me tentara algún día, ten por seguro que no escogería á Velázquez para ello, porque sabe muy bien que en la vida me han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya comprenderás que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir, los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan.
Soledad guardó silencio obstinado.
--¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fácilmente te lo voy á poner clarito como el agua. Velázquez va á llegar dentro de un momento, ¿no me has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y verás qué chaladita estoy por él... Y mira bien por la cerradura, no sea cosa que nos hagamos una seña para engañarte.
La tabernera empezó por resistirse; pero vencida al cabo de las instancias de su amiga, y aún más por los vivos deseos de arrojar los celos que la mordían, consintió en ocultarse y asistir á la plática que se preparaba.
No tardó en llegar Velázquez, quien se sintió tan sorprendido como alegre de encontrar sola á Paca, y más cuando se enteró de que Soledad había ido á casa de una vecina que estaba de parto y tardaría en volver. No la quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sentó en la silla que había de la parte de fuera del mostrador, relamiéndose interiormente, aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fría y soberbia que le caracterizaba. Y comenzó muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión de hablar á solas con la esposa de Pepe. Ahora que se presentaba no quiso desperdiciarla.
--Vengo muy cansado, padre.
--Pues descansa, hijo.
--¿Me permite su paternidad besarle la mano?
--Mi paternidad no da la mano á pillos.
--Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien.
--¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida.
--No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.
--Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo guardadas deben de oler á podrido.
--Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los penitentes...
--Pero es á los que llegan arrepentidos.
--Yo lo estoy, padre Francisco.
--¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad.
Velázquez soltó una risotada.
--¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto.
--Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna palabra en la boca.
--¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras.
Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla, respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones, á las censuras, después á las consideraciones y por último á los consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca.
Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía.
--Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te envuelve queda empapado de sal?...
--¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de siempre?
--¡Que sí, niña, que sí!--profirió Velázquez bajando la voz y avanzando el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los ojos.--Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada...
--Vaya, niño, déjame el alma quieta y no me saques los ojos con el sombrero, que aunque no son bonitos á mí me hacen avío.
--¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y dí eso delante de testigos y te llevarán á la cárcel. Déjame besarlos, salero, ya que sin razón les has faltado...
Al pronunciar estas palabras se alzó de la silla y alargando las manos cogió la cara de la joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas con prontitud; volvió á tomarla Velázquez y de nuevo se arrancó con fuerte sacudida, levantándose y saliendo á la parte de afuera. Avanzó airada hacia el majo, que se había sentado, y le dijo con voz alterada apoyándose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera.
--Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que no hay más que decir «allá voy» para que te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace años, me estás hablando casi todos los días, ¿y todavía no te has enterao de que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y botones de brillantes y botas de charol ¿no hay más remedio que derretirse por ti? No, hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de esos requiebros mohosos que traes siempre en la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir á la tienda, ¿comprendes? Aquí te has equivocado de medio á medio. Lo siento por ti, que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento también por esa pobre muchacha, que merece un hombre más regular.
Y salió de la tienda con ademán resuelto y airado. Velázquez quiso echarlo á risa y la detuvo por el mantón.
--Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto...
Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejando en su mano algunos flecos.
Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa que contraía sus labios se apagó. Permaneció algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo esfuerzos por tragar la amarga píldora que le habían propinado. Al cabo logró consolarse á medias por la consideración de que nadie había presenciado su derrota y Paca seguramente no daría cuenta de ella. Mas cuando averiguó que Soledad estaba en casa y cuando ésta le confesó, después de muchas instancias, que lo había oído todo, se le encendió el alma de vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular. Dió á su revés la apariencia de una broma mal interpretada. Ya sabía que con la mayor parte de las mujeres acostumbraba á usarlas, que las hacía disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con Paca las había usado infinitas veces, sin que jamás se le hubiese puesto seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la persona y darse tono...
Soledad fingió creer estas explicaciones, ó acaso las creyó de veras, pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que hubiera mujer capaz de desdeñar aquella octava maravilla de la tierra.
Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos á la tienda de la Parra, por ser último día de columpio. Es costumbre en Cádiz, cuando llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazara. Los columpios se descuelgan cuando llega Carnaval.
En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada, y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la inocente Soledad aceptó con alegría.
Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases, insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo. Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste!
Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos. Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino. Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar:
--Dios guarde á la rosa _hechizá_. Ven acá, salero, siéntate á mi vera, á ver si vivo cien años más.
Soledad sonrió con benevolencia.
--¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años?
--¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.
--Es que no las has visto.
--Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María para que me compre buñuelos.
--¡Sí darás!--murmuró María-Manuela con mal humor.--¡Disgustos!
--¡Y bofetás!--añadió Velázquez riendo.
--Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.
--¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo--profirió la irascible María,--que se va á creer la gente que te comes los niños crudos!
Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á la voz del guitarrista, que cantó:
«_Á la que se columpia_ echarle rosas, que todo se lo merece por buena moza.»
--¡Ole!--¡Anda con ella!--gritaron de todas partes.
Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio. Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó:
«Al columpio he subido porque no digan que mi amante está ausente, yo pensativa.»
Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la copla de la chavala.
Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora.
En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla:
«Mocito que está á la puerta mirando para el columpio: entre usté y columpiará la que sea de su gusto.»
Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó confuso y dijo galantemente:
--De mi gusto, prenda, ninguna más que usté.
--Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva.
Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas cuantas veces entre los aplausos del concurso.
La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había dicho el día anterior.
--Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías: que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza, siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo al andar... Á mí me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada, ¿comprendes?