Part 7
¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad le había dado cuenta de la última etapa de sus agravios, que era, después de todo, la más dolorosa para ella, pero no del proceder brutal que venía usando. Desde el día en que la golpeó por causa de su hermano, Velázquez soltó las riendas á su temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no sabía cómo darle gusto. Por el asunto más baladí armaba una reyerta, se enfurecía y concluía por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un rato y volvía al cabo á él más sumisa y más enamorada que antes. Fuerza es declarar que el guapo no solía excederse en estos castigos, como otros: ni la hería ni la dejaba casi nunca señales ó cicatrices. Más que por hacerla daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; quizá hallando también cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser curioso y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir con resignación los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era valiente, y lo había demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la navaja. Luchando á brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de él.
--No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me quiere...
--Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se casará contigo.
Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas:
--Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este mundo.
Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato. Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo profirió en voz baja:
--¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa sinvergüenza cuatro verdades!
Manolo siguió silencioso.
--Oye, querido--tornó á decir con resolución al cabo de un rato.--Me voy en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme?
Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina.
--¿Yo?... ¿Qué dices?...
--No te apures, hijo--manifestó la joven observando su turbación.--Te lo he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada... Tan amigos como antes.
Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la detuvo, cogiéndola por la ropa.
--Aguárdate un instante, criatura...
Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle. Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado. Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de aquella mujer. Al fin la dejó marchar.
Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen, si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa. Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo, alzándose de la silla:
--Vamos, niña... vamos donde tú quieras.
--Gracias, Manolo--replicó la joven con voz temblorosa.--Salte fuera y aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no tardará.
Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados.
Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado.
--Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el chico?--preguntó Manolo.
--Que me dolía la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo.
Caminaron en silencio algunos minutos.
--Pero ¿dónde vamos?--dijo al fin Uceda parándose.
Soledad tardó en responder. Al cabo dijo con acento de vacilación:
--Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de Crisanto. Velázquez suele parar allí muy á menudo.
La tienda de Crisanto estaba en la calle de Pedro Conde, muy cerca de los muelles. Para ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, ó atravesarla por el medio. Soledad optó por lo primero. Siguieron la curva de la muralla ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á un lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival, continuaron por el paseo del Perejil, y después de bastante andar llegaron á los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían despegado los labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias que de aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, emboscada en sus pensamientos sombríos, sin atender más que al egoísmo de su pasión, ni miraba á su compañero ni se daba cuenta siquiera de que iba á su lado.
Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar enormes olas que venían á estrellarse con fragor sobre la muralla. Cádiz, la más bella ciudad de la Bética, enclavada dentro del Océano, apoyándose en la tierra solamente por un brazo estrechísimo, vivía feliz y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De todas las puertas y ventanas salían rayos de luz y de algunas también las notas dulces de la guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado, de alguna copla. Ya podían las olas batir como bestias feroces sus murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus gritos; nadie se asomaba siquiera á ver sus esperezos titánicos.
Uceda y Soledad huían instintivamente la luz. En vez de acercarse á las casas, seguían el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras. Desde los baños del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales para salir á los muelles, sino que continuaron distraídamente á la orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Océano eran allí más sonoros y profundos. Las olas rompían en el baluarte con estrépito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente espectáculo: quedaron inmóviles frente á la hirviente llanura, olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profirió:
--¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco la luna.
Uceda guardó silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil contemplando la agitación tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus ojos se fueron acostumbrando á la oscuridad. La inmensa superficie del Océano se desplegó ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluyó por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocando poco á poco detrás de su amigo.
--¿Qué es eso?--dijo éste volviéndose.--¿Tienes miedo? ¡Qué harán entonces aquellos que van por allí!
Y señaló con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte.
--¿Un barco?--preguntó la joven con ansiedad.
--Sí.
--¡Pobrecitos!
Y añadió al cabo de un instante:
--Pidamos á Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... _Padre nuestro que estás en los cielos..._
El caballero de Medina respondió á la oración quitándose el sombrero. Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas á Soledad, «¡Tiene un corazón excelente! El día que adquiera juicio será una mujer adorable.»
Apartáronse del pretil, doblaron la punta de la batería y entraron en los muelles.
--¿Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad?
--¿Qué?
--Que si por casualidad tropezásemos en este momento con Velázquez ó con algún amigo que se lo fuese á contar, podría imaginarse cualquier cosa y tendrías un grave disgusto...
--No lo creas. Velázquez nunca ha tenido celos de ti--se apresuró á decir la joven con increíble aturdimiento.
Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas.
--Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque él es así... ¿sabes?--añadió después de hacerse cargo de su indiscreción.
--¡Es natural!... Está muy por encina de todos los demás--manifestó el joven con acento sarcástico.
--No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le crió... Hay unos que se celan de su sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y otros que son confiados y viven siempre tranquilos.
Uceda estuvo á punto de decir: «Sólo siente celos el que ama»; pero su alma generosa le hizo volverse atrás, y guardó silencio.
En el gran puerto de Cádiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban furiosamente á impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujían las maromas y todo parecía á punto de estallar. Algunos farolillos sujetos á las vergas lucían con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas filantes.
Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro Conde se acercaron á la taberna de Crisanto, y Soledad suplicó á su amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba á preguntar. Penetró, en efecto, y la informaron de que Velázquez había estado allí hacía poco rato, en compañía de algunos amigos y amigas.
--Hemos llegado tarde--dijo, cuando salió.--Han estado aquí, pero ya se han ido.
--Me alegro infinito--replicó Manolo.--El paso que ibas á dar no podía menos de acarrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa antes que llegue Velázquez, sube á tu cuarto y duerme tranquila. Verás cómo mañana, con la luz del día, se disipan esas nubes negras que ahora te atormentan.
--Sí, sí... me vuelvo--replicó la joven bajándose aún más el pañuelo de la cabeza para taparse la frente y embozándose con el mantón.--Déjame ahora, que me voy por las calles.
--Echa á andar delante. Yo te seguiré nada más que hasta la esquina de la calle de la Verónica, porque me voy á la cervecería.
Emprendió la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le dió escolta á respetable distancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. Soledad, sin volverse, levantó el brazo é hizo un gracioso saludo de despedida. Uceda permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista. Después, lentamente, sofocado por mil pensamientos melancólicos, hizo rumbo hacia la _Cervecería inglesa_.
VI
Disputa.
Soledad siguió á paso vivo por la calle de la Carne, que estaba á tales horas animadísima. Los faroles del municipio y las luces de los escaparates la bañaban de claridad. Discurría la gente por ella perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de retirarse á casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las señoras iban de uno á otro escaparate paseando los ojos sobre las telas colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los dulces expuestos detrás del cristal de las confiterías.
Soledad avanzaba rebujada en su mantón, con el pañuelo sobre los ojos.
--¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuerpo!--Mare bendita, ¿cuándo ha caído este cacho de firmamento?--¡Bendígate Dios, salero, que me has deshecho el alma con ese taconeo chiquito!
Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su oído algún requiebro. Los grupos se abrían para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin fijar la atención en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente abstraída de lo que la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su corazón y turbando sus ideas.
Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron á caer algunas gotas y se declaró al instante un fuerte aguacero. Siguió caminando impávida sin guarecerse en los portales, como hizo la mayoría de la gente. Y en vez de dirigirse á su casa, que ya no estaba lejos, se encaminó hacia las Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la intemperie la plaza del Balón, y por una pequeña travesía entró en las Barquillas. Habita allí gente pobre; las viviendas son pequeñas, sucias: hay algunas tiendas de vinos y comestibles. Hacia una de éstas algo mejor que las otras avanzó rápidamente; pero antes de llegar á ella escuchó un canto que la dejó repentinamente clavada al suelo. Era Velázquez que entonaba una seguidilla gitana. Quedó inmóvil y pálida. El canto de su querido le producía siempre efecto extraño que jamás se pudo explicar: la entristecía, le daba miedo; se ponía pálida, y siempre que era posible se escurría para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las _seguidillas gitanas y soleares_.
Nunca se había atrevido á confesar este misterioso efecto; pero Velázquez llegó á notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se tocaba á su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto más, cuanto que tampoco era muy inclinado á mostrar esta habilidad, que juzgaba poco varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo á su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto para excusarse.
Á este inexplicable efecto uníase ahora otro que se explicaba perfectamente. Soledad necesitó de todas sus fuerzas para no caer al suelo. El coraje se las dió para seguir avanzando y llegar hasta la puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba más que su dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo, cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabón para que no se pudiese registrar la habitación desde fuera. Se acercó á ella, y á fuerza de buscar dió con un pequeño intersticio donde la pringue no había caído, y por él logró ver quién había dentro. Estaban, á más de Velázquez, la Mercedes á su lado, Frasquito al lado de Pepa, prima de aquélla, con quien mantenía relaciones según se decía, y Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de Mercedes, con la que estaba próximo á casarse. La madre de las _Cardenalas_ andaba de un lado para otro escanciándoles el vino y sirviéndoles lo que les hacía falta.
Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente.
--¡Alcahueta! ¡asquerosa!--murmuró con ira reconcentrada.--Lo que tú buscas es enredar á Velázquez para que se case con tu hija. ¡Claro, como es rico, para él todo son mimos! ¿Qué te importa que una pobrecilla quede deshonrada y á la clemencia de Dios?
Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se secaron al instante. Velázquez había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada. Soledad la devoró con la vista largo rato y dejó escapar un suspiro. ¡Sí, si cualquiera hallaría á su gusto esta chiquilla! Y ella, que poseía los ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel momento los pequeñuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la nariz remangada como ella.
Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequeña y fea con un costurón en el cuello; pero eso y mucho más sufriría el avaro de Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tenía gordo y lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que decían llegaba distintamente á los oídos de la celosa tabernera. Espoleada por la curiosidad, tanto como por la cólera, entró en el portal de la casa, donde había una puertecilla que comunicaba con el cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba verse nada; pero en cambio se oía claramente cuanto se hablaba. Pegó el oído á él y escuchó.
Velázquez embromaba á la graciosa _Cardenala_ sobre su tristeza. ¿Por qué tenía aquella cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había visto al lobo? ¿Dónde le había cogido aquel aire? Mercedes respondía con palabras sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tenía ingenio y sal la muchacha. Los demás reían y tomaban parte en la broma. La voz del guapo era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones humildes que Soledad jamás había percibido en ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que le penetró hasta los huesos, y ella, que había venido á armar un escándalo, á sacar los ojos á su rival, se encontró repentinamente sin fuerzas para mover un dedo. Su felicidad había volado para siempre: Velázquez estaba enamorado de aquella mujer. Iba á salir de aquel maldito portal donde le faltaba la respiración, donde temía estallar en sollozos, cuando entre el oleaje de la conversación creyó percibir su nombre. Aplicó mas el oído: en efecto, se hablaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa. Esta se excusaba; había bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo insistía. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compañía de su novia, concluyó por decir:
--Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.
--¡Echa realezas, hijo!--exclamó Pepa con mal humor.--¡No eres alguien para dar títulos!
--Déjalo, querida--replicó Isabel.--Ha querido decir que es una hembra de á real.
--Nada de eso--profirió con viveza Frasquito.--Soledad es una hermosa mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora.
--¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas.
--¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!--exclamó Isabel.--¡Para matarla, hija!...
--El vientre le arrastra por el suelo.
--Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su peinadora.
--¡Vamos, callaros ya!--dijo Mercedes con enojo.--Que sea guapa ó fea, ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado.
--Yo no digo más que una cosa--replicó Isabel,--y es que si fuese hombre me gustarían las mujeres, pero no los elefantes.
--¡Anda con ella, hija!--exclamó Frasquito.--¡Cómete la cabeza y no dejes siquiera las espinas!
--Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho, porque está Velázquez presente.
Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por miedo de enojar á Mercedes.
--Ni la subo ni la bajo--manifestó Frasquito en tono agrio.--Digo lo que todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está tu hermana delante.
La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las _Cardenalas_ se creyó en el caso de atajarla.
--Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía. Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la hermosura mayor, que es la honra.
Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:
--¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda. ¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero, ó yo que me he entregado á él por amor?
La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las _Cardenalas_, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre la intrusa.
--¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza! ¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...!
Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado delante de ella.
--¡Nadie la toque con un dedo siquiera!
Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los dos estaban pálidos.
--Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí?
--Pues á ver cómo te diviertes--respondió la joven, cada vez más pálida.
--Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.
--Á eso vengo también... á que me pegues--replicó ella con el rostro contraído por una triste sonrisa.
--¡Ya arreglaremos eso, ya!
--Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te desahogas!...
--Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes?
--Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me hubiera insultado.
Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta. Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes, interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas, que no pudo sufrirlas más tiempo.
--¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?--profirió dando un fuerte puñetazo sobre la mesa.--¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?
Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo. Se habló de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebió y se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones, aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló la tempestad de nuevo.
Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas _soleares_. Todos callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le produjo insoportable escozor.
--¿De qué te ríes, hija mía?--le preguntó con aparente calma.
--Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.
Y soltó otra risotada.
--¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?--replicó el majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.
--No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un dedo sin tu permisos, francamente, me río.
--Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes? Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo...
Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con calma provocativa:
--La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.
El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado de la silla y se abalanzó á la insolente, diciendo:
--Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este hombre de bien?
Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas. Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy desabrido.
Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz temblorosa:
--¡Perdóname!