Los majos de Cádiz

Part 6

Chapter 64,000 wordsPublic domain

Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le faltaba motivo. Pero, además, se empeñaba en que todas las mujeres se enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó «de buena sombra», como allí se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar á los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco después de haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los demás rodaban por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprenderá fácilmente, había sus más y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor dolor de su vida era no poseer cuatro ó cinco dedos más de estatura. Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda, las botas de charol. Y este alarde de lujo le servía grandemente para fascinar á las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, quizá no sería tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesaría el guapo aunque se hallase en el trance de morir.

Soledad le amó con pasión frenética, mezcla de sensualidad, de admiración y gratitud. El mundo entero desapareció á sus ojos, no quedando de toda la creación sino la barba sedosa de Velázquez, sus blancos dientes africanos y su irónica sonrisa y acento displicente. Por mucho que se jactase de guapo, todavía pensaba la joven que se quedaba corto. Creía de buena fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadecía. Ocupando aquella posición deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estrecho no comprendía otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Bebía sus palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en los más prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia á sus gustos para vestir, comer ó dormir cual si fuesen preceptos de un código divino.

--Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien enterito--decía á alguno de los parroquianos que lo prefería blando.

Y después de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si el parroquiano aún se obstinaba en que se lo cociese más.

Nunca acababa, si alguna comadre del barrio venía á beber una copa de aguardiente y la conversación recaía sobre el guapo. Era menester que le diera cuenta de sus costumbres é inclinaciones, las peripecias de su vida, los negocios que había hecho, las reyertas que había tenido, hasta de las palabras que había vertido aquel día al entrar y salir de casa.

Si á un parroquiano le saltaba el botón de la camisa, mientras se lo cosía, enterábale con orgullo de que Velázquez no gastaba camisas de algodón como aquélla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada una. Sus botas, sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes objetos preciosos que no podía tocar sin amor y veneración.

Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatría de Soledad le parecía tan puesta en razón que lo contrario sería una incomprensible trasgresión de la lógica. Dentro de casa y á solas era con ella cariñoso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia de sus amigos se mostraba altivo en demasía, satisfaciendo, á costa de la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le escaseaba las palabras desdeñosas y las bromitas mortificantes en cuanto se le ofrecía ocasión. Una de éstas había tomado pie de la afición desatinada que Soledad tenía al confite más exquisito de la Andalucía, á las famosas «yemas de San Leandro». Velázquez le había prometido traerle un cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo la joven, volvió á prometérselo y volvió á olvidársele. Desde entonces, haciendo de este olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la reunión.

--Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla.

Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una palmada en la frente.

--¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me han olvidado otra vez las yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden ustedes estar seguros.

Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad, avergonzada, reía también.

--Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao--dijo María-Manuela.--¿No tienes á tu disposición el dinero de la venta?--añadió encarándose con Soledad.--¿Pues por qué no mandas por todas las yemas que se te antojen?

--Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?--replicó Velázquez con retintín.

Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa.

No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó indirectamente sobre el tapete.

--Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.

--¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos hubieras puesto los medios para hacerlo.

--¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees que es tan fácil inflar un perro? ¿No sabes lo que cuesta en este pícaro pueblo el arreglo de los papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar á uno por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he encargado á un amigo de andar los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito y camina poco--añadió bajando la voz con acento cómico.

Los amigos celebraron la gracia. Soledad salió del cuarto llorando, como siempre que se tocaba este punto.

Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero sabrosísimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar aquellas y otras penas. Además, estaba orgullosa y solía jactarse con las comadres que iban por el día á hacerle tertulia del respeto que Velázquez la profesaba. Era muy conocida en el círculo de sus amigos la violencia de éste y las formas brutales que solía emplear con las mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la mano para castigar la más pequeña ofensa: ninguna de sus queridas había dejado de experimentarlo. Pues bien, con ella jamás se había propasado á tales extremos repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más íntimo del alma, sin darse ella misma cuenta, sentía cierta curiosidad por conocerlos. Cuando oía describir los rigores que Velázquez había usado en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión más firme, quedaba confusa sin comprenderlo; pero sentía cierto cosquilleo interno, mezcla de temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso?

Lo supo más pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se había ido con su madre á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despedirla de casa. El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tomó gusto á la vida de Cádiz en los meses que aquí permaneció: era un campo mucho más fértil y ameno para sus calaveradas que Medina. Así que, no pudiendo sufrir la existencia en este, que le parecía lugarón sombrío y desabrido, se trasladó á la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera á su hermana. Vagó algunos días por las zahurdas y lupanares. Velázquez supo que estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de enojo.

--El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ahí con otros perdidos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo!

Soledad prometió no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fácil de prometer y no de cumplir. Un día, hallándose sola en la tienda, se presentó de improviso Miguel, escuálido, andrajoso, muerto de hambre. ¿Qué iba á hacer la pobre sino socorrerle? Le dió de comer y una de sus sortijas para que la empeñase, pues del dinero no se atrevía á disponer. Velázquez no lo supo. Pero, á pesar del mucho encarecimiento con que Soledad se lo rogó, Miguel no dejó de menudear las visitas, hallando cómodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios.

Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No faltó quien diese soplo al amo. Se puso éste en acecho; y un día en que los dos hermanos platicaban alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la parte de fuera, comiéndose una magra de jamón que la munificencia de aquélla le había suministrado, bien ajenos de que pudieran ser sorprendidos, pues Velázquez se había ido á Puerta de Tierra, presentóse éste de improviso. Sin decir palabra, con cólera muda, cayó sobre el infeliz muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó de la taberna. Luego, jadeante y pálido, se acercó al mostrador.

--Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla ponga los pies en esta casa? ¿Es que te quieres divertir conmigo?

Y alzando al mismo tiempo la mano, le dió un golpe en el rostro.

--¡Velázquez!--exclamó la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y la vergüenza.

Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer sollozando. Después subió á su cuarto, se echó sobre la cama y siguió suspirando largo rato. Los sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergüenza. ¡Poner la mano sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo habían hecho después que fué mujer! ¿Qué pensarían de ella las comadres ante las cuales se había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, á quien había desmentido tan orgullosamente hacía pocos días?

Pero su cólera fué ablandando al influjo de las lágrimas, se trasformó en suave melancolía, y de esta melancolía brotó al cabo una extraña dulzura que la llenó de sorpresa. Se había disipado el misterio. Ya sabía lo que era ser abofeteada por un hombre. Destruído aquel último baluarte de su orgullo, permaneció tranquila á merced de su vencedor. Quedaron remachados los clavos de su cadena. ¡Era suya, enteramente suya! Este pensamiento barrió hasta las últimas nubes que oscurecían su alma. Quedó en una dulce quietud, en un íntimo recogimiento de dicha; le acometieron ansias locas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por el mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? Quien la hacía feliz era él. Á él debía, pues, obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo que aún sentía en la mejilla atestiguaba de este señorío y de su vasallaje. ¡Toda la vida, toda la vida su esclava!...

Velázquez, al cabo de un rato, se asomó á la puerta del cuarto, diciendo con tono rudo:

--Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda está sola.

Soledad se levantó encendida y sonriente de la cama, se limpió las lágrimas con el pañuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto de amor y sumisión.

V

Celos.

Dos meses después de esta escena entró Manolo Uceda una tarde en la tienda, que á tal hora solía hallarse solitaria. Soledad se había quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada sobre las manos. Entró sin hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella.

Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, pues se había despedido de su madre sólo por diez ó doce días; pero después de haber visto á su antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo quedó preso en aquel amor, el primero y el único de su vida. Al principio buscando pretextos, luego no respondiendo á las apremiantes invitaciones de D.ª Carmen para que tornase al pueblo, había ido dejando trascurrir los días sin decidirse á subir al tren. Finalmente, había escrito á su madre manifestándole que deseaba permanecer en Cádiz una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba resuelto á embarcarse para América. La pobre señora, asustada y conociendo el carácter impetuoso de su hijo, por no perderle para siempre, cedió á su capricho.

¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él mismo sabría decirlo. Su viaje le había servido para convencerle del absoluto olvido que su amor generoso merecía á la hija del guarda, de la ciega pasión que ésta había concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan inexplicable seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, en su gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con el alabastro de su rostro, que no concebía cómo pudiera aborrecerse á un ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le retenía á su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus manías y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitación de su inteligencia y su falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á duras penas leer, servían de alicientes para su amor. «Es una niña» se decía mirándola con ojos paternales, cuando salía algún gracioso disparate de su boca. «Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es capaz de sentir pasión alguna. Su amor no es más que un capricho como todo lo demás. Quizá algún día...» Y esta vaga esperanza, dulce como la miel, inundaba su corazón de alegría.

No podía menos de felicitarse también de la facilidad venturosa que tenía para verla y hablarla á cualquier hora del día. La circunstancia de habérsele antojado á Velázquez tomar un establecimiento de bebidas, y, mejor que esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa de celos que mostraba, dejábale expedito el camino para menudear las visitas. Hay más, el tabernero le acogía con mayor afecto y cortesía que nunca y le había presentado en la reunión que todas las noches se formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas señales de su orgullo. La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos conocían, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le servía de pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la arrogancia que rebosaba de su corazón. No se le escapaba á Manolo esto, ni tampoco que aquella reunión, compuesta de gente ruda, no correspondía á la calidad de su persona ni á la educación que había recibido; pero todo lo sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. Quizá no habría mentira en decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto secundario que su antigua novia le asignara y á la libertad de trato de aquella sociedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su temperamento sano y alegre se imponía: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo granjearse el cariño de los tertulios de Velázquez. Tan sólo cuando observaba algún rasgo del despotismo escandaloso que éste ejercía sobre su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía asomar las lágrimas á los ojos de la bella, se oscurecía su semblante y quedaba silencioso y sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía un guiño expresivo á sus amigos; pero éstos poco á poco fueron dejando de celebrar sus baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo.

Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella, inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué hermosa!»--murmuraba con la unción de un místico que dice sus preces.--¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas, como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello--se decía--tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le hemos de exigir que se sacrifique?»

Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira. Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante, odiaba cordialmente al majo.

Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en Manolo, dijo:

--¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora?

--No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí.

--¿Una hora?... ¿Y qué hacías?

--Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho.

--¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!--replicó ruborizándose. Y añadió para distraer la conversación:--Me he levantado temprano esta mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me he quedado fritita sobre el mostrador.

Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera.

--Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la _Palma de Londillo_? Ya sé que has estado allí con unas mujeres...

--¿Yo?

--Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú has dormido debajo de la mesa.

--Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada, cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.

Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó:

--¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!

La joven soltó una carcajada.

--¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro mundo?

--No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto--repitió Uceda mirándola fijamente.

Soledad siguió riendo con afectación sin responder.

--¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya debo comprender los signos de bonanza y tempestad--manifestó tristemente.--¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro.

Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por brotar de sus hermosos ojos.

--Soledad, ¿qué tienes?--profirió asustado Uceda levantándose de la silla.

La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de reir.

--¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo!

La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de lágrimas, y dijo sonriendo:

--¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo?

--¿Te has puesto mala?--preguntó él con ansiedad.

--No, ya estoy bien.

Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse.

--Vamos á ver, ¿qué ha sido?--le preguntó cariñosamente el joven.

Soledad guardó silencio. Él insistió con palabras cada vez más vivas y cariñosas. Al fin la tabernera profirió en voz baja y concentrada:

--Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero lo que está haciendo ahora ni yo se lo perdono ni se lo perdonará Dios.

Y al pronunciar las últimas palabras se le anudó la garganta y estalló en sollozos. Uceda la dejó llorar un rato en silencio.

--Que haga de mí lo que quiera--prosiguió cuando se hubo calmado...--Que me haga su criada... Después de todo, ya lo soy... Pero refregarme los ojos con otras mujeres... eso no debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme así, bien lo sabe Dios... Desde que estoy con él no he mirado á ningún otro hombre... ¡que se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la verdad!... No he ido un día siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros, ni he puesto los pies fuera de casa más que cuando él me ha llevado á la plaza de Mina por la noche ó los domingos por la mañana á la del Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen míos... mucho más que si fuesen míos... ¿Por qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata á una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me presento en el cuarto me pregunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí? ¿A qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan riendo de mí... Ahora le da por una que llaman Mercedes la _Cardenala_. Se pasa las tardes en su casa, ahí en las Barquillas de Lope, y se pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado...

--¡Eso, más que maldad, es una estupidez!--exclamó Manolo, á quien le parecía monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta á otra mujer cualquiera de este mundo.

--Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese delante de los ojos... Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. Y para que yo no dudase que era él, el malvado, al cruzar por delante de la puerta, sacó la cabeza.

--¿Pero iban solos?

--¡No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... ¡Si me han dicho que se casan!... ¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su padre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no soy más que una pobrecita huérfana!

Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por calmarla con reflexiones consoladoras. Velázquez tenía buen fondo y la quería. No era posible que por un capricho momentáneo la abandonase, deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se había contraído. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por lo mismo no se casaría á un dos por tres con cualquier mujer, sino con una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida... como ella.