Part 5
--Tiene razón Pepe. Soledad está obligada á dar gusto á la reunión, y aunque le cueste trabajo lo hará...
Y añadió alzando la voz:
--Soledad, hija mía, haz el favor de venir un momento.
La tabernera apareció en seguida.
--Estos señores desean que bailes un poquito. Á ver si los complaces.
El rostro de Soledad se nubló de repente y respondió con sequedad:
--Estos señores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harán el favor de dispensarme.
--¿Y por qué no has de bailar?
--Pues porque no tengo gana.
--Pues bailarás aunque no tengas gana--dijo él embraveciéndose.
--Pues no bailaré--replicó con firmeza ella.
--Vamos, Velázquez, déjala--interrumpió Pepe de Chiclana, avergonzado por haber sido causa de aquella disputa.
--¡Déjala! ¡déjala!--dijeron todos á un tiempo.
--He dicho que baila, y bailará--profirió Velázquez alzándose de la silla en actitud soberbia y provocativa.
Soledad se puso pálida; quedó un instante suspensa y dijo al cabo humildemente:
--Está bien; no te incomodes. Haré lo que tu quieras.
--Paca, puedes principiar--dijo el guapo sentándose de nuevo.
--No quiero--replicó ésta.--¡Vaya una simpleza, hacer bailar á una mujer á la fuerza!
--Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será--manifestó el señor Pepe.
Y todos los demás unieron sus ruegos á éste.
Pero el tabernero, cada vez más colérico, exclamó:
--¡He dicho que bailará esta noche, y ha de bailar con los santos óleos puestos!... ¿No quieres tocar?... Pues tocaré yo.
Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó á rasguearla diciendo imperiosamente:
--Á empezar.
Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y dió comienzo al baile. Estaba pálida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecían ahora un carácter lúgubre; parecía el baile de la viuda india en torno de la hoguera donde va á ser sepultada.
Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo uno.
--¡Ea!--dijo levantándose con calma amenazadora.--Ya se ha concluído.
Y cogiendo á la joven por un brazo:
--Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa!
Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después.
Los tertulios se lo recriminaron sin excepción.
--No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No todos los días nos pide el cuerpo juerga.
--¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!--exclamó el majo apurando una caña.
--¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la pata?--dijo Paca con enojo á su consorte.
--Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que Antonio rompió el vaso--manifestó María-Manuela con un acento de seguridad que hizo volver la alegría á la reunión.
III
Soledad.
El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos, dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y le amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía. Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.
Soledad empezó á coser en una sastrería; pero su jornal era tan exiguo que apenas si con él podía comprarse un vestidito de percal y calzar pasablemente. Aquí era donde le dolía á la mocita. Las andaluzas sufren sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto más, cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada y requebrada de cuantos á su lado cruzaban, jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos que acudían á la hora del crepúsculo á ver salir las costureras de sus talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compañeras. Su belleza espléndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que desconcertaba á cuantos pretendían acercarse á ella burlando, al estilo de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquirió pronto renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva.
Los señoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal. Pero ni sus rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el corazón de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte de algunas amigas que habían tenido la flaqueza de darles oídos, los rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acogía con agrado los rudos obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y perjuraba que le gustaban más que los pisaverdes tísicos que la seguían en el paseo. Éstos se vengaban de sus desdenes apodándola _la princesa del Fielato_.
Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión de un mal paso. La hija del guarda, con otras dos amigas, se había ido un domingo á visitar la ermita de una Virgen situada á alguna distancia de la población sobre un cerrillo áspero y solitario. Llevaron merienda, entretuviéronse más de lo que pensaban: al regresar á su casa empezaba á cerrar la noche. Y hé aquí que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos labradores que volvían de la ciudad. Las detienen, las requiebran groseramente, se propasan á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les convino fingirse más de lo que estaban para el caso. Las jóvenes gritan y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus fuerzas no bastaban á contrarrestar las de los gañanes. Éstos se apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento se oye el trote de un caballo, y poco después aparece montado en él un joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda.
--¡Socorro, caballero!--gritan á un tiempo Soledad y su compañera asidas por aquellos bárbaros.
--¿Qué es eso?--preguntó el jinete.--¡Á ver si dejáis ahora mismo á esas chicas!
--Siga usted su camino, señorito, y no se meta donde no le llaman... ¡No sea que se le apee del jaco por las orejas!--dijo uno de ellos.
--¿Á mí, granuja?--exclamó el caballero apeándose de un salto.
Y corriendo hacia el insolente alzó la mano y le tumbó de un puñetazo. Pero el otro jayán sacó prontamente la navaja y acudió al socorro de su compañero, el cual, no bien se hubo levantado, echó mano igualmente á la suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido un buen revólver de seis tiros, con el cual les apuntó exclamando:
--¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os sirven las navajas!
Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la fuga. El caballero les persiguió largo trecho, obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo con el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien vengado por aquel baño afrentoso, se volvió riendo hacia el sitio donde había dejado el caballo. Las muchachas ya no estaban allí. Desde que se vieron libres habían corrido desaladas hacia la población. Montó en su jaco y á trote corto caminó la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas no alcanzó á sus favorecidas, que sin volver la vista atrás caminaban con toda la celeridad que les consentían sus fatigados pulmones. Al verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: «¡Vaya unas piernas que os ha dado el miedo, hijas mías!» Pasó delante de ellas y saludó cortésmente.
--Buenas tardes.
--Buenas tardes--respondieron las jóvenes.
Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad le gritó así que hubo pasado:
--¡Y muchas gracias, caballero!
--No las merece--respondió éste volviendo á medias la cabeza.
Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito! Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje abierto. Lo demás se encargó de hacerlo el niño alado de la venda.
Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza que se acaba de relatar.
Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral, sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego. Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello; de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.
Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle sus gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus puerilidades, le reprendía y le martirizaba.
Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía.
Pero más que todo esto contribuyó á debilitar su cariño, ó, por mejor decir, á que no prendiese jamás en su corazón, como había prendido en el del joven, la disparidad de genio y educación. Soledad era inclinada por naturaleza y nacimiento á las formas rudas, al lenguaje brutal y desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas; aunque por la constante gravedad de su rostro parecía más bien nacida entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Bética. Ni comprendía ni mucho menos podían ser de su agrado los modales de un trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los señoritos de Medina, el que había mostrado siempre menos afición á las fiestas y costumbres populares era Manolo Uceda. Ó porque su madre le hubiese trasmitido sus gustos aristocráticos, ó porque llevase dentro de su alma un cierto sentimentalismo romántico, es lo cierto que jamás se le vió en francachelas, ni corriendo novillos, ni en compañía de toreros y majos como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y atrevido que muchos de ellos. Sin ser tímido ni beato, sentía profunda repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar á los mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban á la par las aficiones de ambos amantes.
Y acaeció lo que era de esperar. El padre de Soledad tenía un íntimo amigo de alguna menos edad que él, llamado Perico Velázquez, hombre famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y cortés. Soltero, con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, espléndido con las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado á la broma y bureo, pero sosteniéndose siempre en los límites que marca la prudencia, esto es, sin pasar á la categoría de borracho ó perdido. Todos le conocían y en todas las clases se había granjeado simpatías por su carácter abierto y servicial. Los caballeros no desdeñaban alternar con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, le respetaban como su ideal: era la encarnación de sus gustos y deseos. Pontes, con quien había trabado amistad hacía algunos años, le adoraba. La suprema felicidad para el guarda, la única que le consentía su profesión, era que Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día que le quedase libre y le llevase con otros tres ó cuatro amigos á una taberna de las afueras para cañear y pasar la tarde de jarana. Además, le estaba profundamente agradecido porque le había sacado de algunos apurillos de dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del guarda como el de un amigo y á la vez como un protector.
Soledad olvidó á Manolo en cuanto Velázquez depuso con ella la actitud paternal y principió á requebrarla de amores. El carácter de aquél, resuelto y desdeñoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le atribuía, y más que todo las aficiones populares de la joven, hicieron que presto diera oídos á los requiebros y á las palabras atrevidas que el guapo dejó caer en su oído siempre que la ocasión se ofrecía. Pero Velázquez, ó por temor á compromisos, ó por cálculo, ó por la situación especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no llegó á declararse abiertamente. Se mantenía en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente seguía tratándola como antes. Esta actitud extraña, que en el espíritu no muy penetrante de Soledad se prestaba á diversas interpretaciones, concluyó por rendirla enteramente. Principió á impacientarse, á desear con ansia que de una vez le confesase su amor, á buscar ocasiones para que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil, llegó á ciertos extremos ridículos.
Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un continente grave:
--Soledad, tengo que comunicarte un secreto.
Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. Pero á la hija del guarda, á quien las congojas consumían, se le quedó clavada en el cerebro. No pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó cuatro días le vió, buscó pretexto para alejar á su madre y, aprovechando un momento, se acercó á él rápidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas:
--Dígamelo usted ahora.
--¿El qué?--preguntó Velázquez sorprendido.
--Aquello.
Tardó en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, salió del atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse.
Así se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino á cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un hombre que le pareció sospechoso aunque no llevase carga alguna, le ordenó detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas barras de jabón, se dió á la fuga. Como eran las dos de la tarde, Pontes no pensó en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, seguro de alcanzarle ó por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedió, en efecto, lo primero. El guarda tenía admirables piernas; cerró la distancia y pronto llegó á tocarle.
--¡Date! ¡date ó te mato!
Pero en aquel momento el matutero se volvió repentinamente y blandiendo un cuchillo se lo clavó en el pecho hasta el mango.
El guarda quedó muerto en el acto. El suceso puso en conmoción á la villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la noticia llegó pronto á la familia. Corrió la infeliz esposa al lugar del crimen. Los agentes del ayuntamiento que allí estaban no la dejaron abrazarse al cadáver de su esposo porque el juez aún no había llegado. Los gritos de dolor de la pobre mujer partían el corazón de los espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedió al levantamiento del cadáver, se le colocó en un carro y emprendieron la marcha hacia la villa. Detrás, pálida como la cera, agarrando con sus manos crispadas la trasera del carro, seguía la viuda, á quien los sollozos ahogaban. Después venían los agentes, algunos compañeros del difunto y los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofreció á los ojos de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre.
Velázquez, en aquellos aciagos instantes, fué la Providencia de la familia. Costeó un muy decoroso entierro á su amigo, le compró sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué posible para lograr la captura del asesino, que se había fugado, y procuró que á la viuda y á sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariñosa amistad concluyeron de subyugar á Soledad. La figura del guapo creció ante su vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fué empequeñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó parte en su dolor, no pudo ó no supo ofrecerle la misma protección. Quedó reducido á un papel pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era todo en la casa. La indiferencia de Soledad se fué acentuando y cuidó poco de disimularla. De tal suerte que, cuando quince días después Velázquez se determinó á explicarse claramente, no halló obstáculo alguno para ser aceptado. Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovechó su posición para obtener de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, donde pensaba establecerse. Desaparecieron un día de Medina, alquilaron casa en la capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo á título de huésped ó protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron de ver el peligro á que se exponían ni la desagradable impresión que este paso causó en el pueblo.
En efecto, muy poco después Soledad sucumbió á las instancias de su adorador. Se engañó á la madre primero, se le pidió perdón después. La pobre mujer experimentó un vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez no se apresuraba á borrar la afrenta con la bendición del cura. Sólo una vez habló de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las dificultades que por el momento se ofrecían para su realización, que la viuda entendió bien claramente lo que podía esperarse en este particular de aquel hombre. Con esto vivió profundamente afligida, y no cesaba de llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fué calmando: llegó á acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y degradante situación, ya que su hija parecía feliz y Velázquez no dejaba de satisfacer ninguno de sus caprichos.
Duró poco, no obstante, tal estado de satisfacción. Á Velázquez, hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para vivir, se le ocurrió comprar una tienda de montañés que se traspasaba en el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y delicado en los asuntos de dinero, no tardó en mostrar su carácter autoritario. Exigía una sumisión absoluta por parte de cuantos le rodeaban. Le ofendía, mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor contradicción. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su querida, el cual no se sometía al régimen de la casa. Hubo reprensiones, disputas agrias; por último, Velázquez le levantó la mano y lo arrojó de casa, aunque permitiendo que su madre le diese algún dinero para que se mantuviese fuera. No quedó aún con esto satisfecho su instinto de dominación. Soledad, enamorada de él ciegamente, se sometía sin replicar á todos sus gustos y caprichos, sufría con paciencia sus reprensiones, los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tenía tales motivos para sufrirlo, solía hacerle observaciones y llamarle á la razón cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba extremadamente, le producía una sorda cólera que cada día iba en aumento, hasta que al fin estalló. Un día, después de acalorada disputa entre ambos, el guapo se cruzó de brazos delante de Soledad y dijo resueltamente:
--¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro medio... ¡Ó tu madre ó yo, hija mía!
Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cambiar de resolución. Y como Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al género humano antes que separarse del hombre que adoraba, fué su madre quien se vió necesitada á salir de casa. Se la envió á Medina y se le pasó una pensión suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes solos, y Velázquez dueño y señor de aquella mujer que temblaba de amor y miedo en su presencia.
IV
Velázquez.
Velázquez pudo desde entonces dar rienda suelta á su fanfarronería. Este era el vicio que le dominaba y servía de triste contrapeso á sus buenas cualidades. Porque las tenía, sin disputa. Era servicial, generoso, despierto de inteligencia y sensible de corazón. Pero así que se tocaba directa ó indirectamente á su orgullo, todas estas bellas cualidades se nublaban y se ofrecía á los ojos de quien no le conociese como un hombre feroz é intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer papel, y si no lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía sombrío. Donde él estaba no había que molestarse en llevar la mano al bolsillo: todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le producía beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus esplendideces. Pero le servía para hacer figura entre sus amigos.