Los majos de Cádiz

Part 4

Chapter 43,948 wordsPublic domain

--¡Si fueras tú la maestra!... Adiós, gachona. Soy tu amigo hasta la muerte. ¿Verdad que soy tu amigo? ¿Verdad que lo soy?... Dí que sí, manteca de oro... Hasta la vista, ¿eh? ¡Muchos, muchos, muchos besos! Y á Velázquez... á Velázquez que se lo coman los lobos--añadió soltando la carcajada y saliendo por la puerta como un huracán.

Al poner el pie en la calle, aquel relámpago de alegría ficticia se apagó repentinamente. El alma del viajero quedó negra como la noche. Atravesó el paseo lentamente, apoyó ambos codos en el pretil de la muralla y contempló con ojos extáticos la inmensidad del mar. La bóveda del cielo alta y tachonada de estrellas se hundía en las tinieblas del horizonte. Debajo de ella, las olas inmóviles se extendían como una masa opaca donde sólo de vez en cuando brillaba la tenue luz fugitiva de un astro. La brisa húmeda trajo á su nariz los acres olores marinos. Permaneció así largo rato, abstraído, enteramente emboscado en las memorias de otros días. Al cabo sacó el pañuelo para secar sus ojos que la frescura de la brisa, sin duda, había mojado, y murmuró con su habitual sonrisa bondadosa:

--¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco!

Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sintió los pasos de un hombre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el pretil para ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoció. El hombre se detuvo delante de la tienda, subió resueltamente los escalones y entró en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente. Miró un instante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó á paso largo.

II

Los majos.

Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron.

--¡Cuánto has tardado!--exclamó levantándose.

Sin contestar despojóse el hombre de su capa y se la entregó diciendo:

--Límpiala, que el señor de Roda me la ha llenado de vino.

Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años; bajito, menudo, moreno, con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una expresión resuelta y altiva. Había en su rostro atractivo. La figura, aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y brío. Vestía chaqueta corta, sombrero cordobés de alas rectas, pantalón ceñido, faja de seda encarnada y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico y esmerado, y mostrando no sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso de su persona y quizá un poquito pagado de ella.

--¿Y Joselillo?--preguntó.

--Pues se fué hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y aún no ha venido.

--¡Valiente niño! Me parece que esta noche le voy á mandar calentito á la cama... Ya van muchas.

Soledad se había acercado á él y daba vueltas en torno suyo, contemplándole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de su traje, quitándole el polvo con leves palmaditas.

--¿Has caminado mucho?

--Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y too pa qué? Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos allá donde Cristo dió las tres voces... ¿Ha venido Espinosa?

--No; ahí no están más que Antonio, Pepe, Frasquito y su tío... ¡Ah! también acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunión.

--¿Qué Manolo?

--Manolo Uceda--repuso ella ruborizándose.

Velázquez frunció levemente el entrecejo, y la miró fijamente. Su rostro adquirió luego una expresión de burla.

--Supongo que te habrá cantado alguna trova nueva y divertida.

--Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha prometido no darme más jaqueca.

--¡Déjalo, hija mía!--exclamó haciendo un gesto desdeñoso.--Déjalo que se desahogue... ¡Si á mí no me importa!

--Es que, si no te importa á ti, me importa á mí--manifestó ella secamente, herida por aquel gesto.

--¡Allá tú!--repuso el guapo, disponiéndose á entrar en el cuarto de la reunión.

Soledad le dejó partir mirándole fijamente, pero antes de llegar á la puerta le llamó:

--¡Velázquez!

--¿Qué hay?--preguntó él volviendo la cabeza.

--Ven.

El dueño se acercó.

--¿Qué se ofrece?

Soledad le cogió de la mano, le condujo suavemente hasta el ángulo más oscuro de la tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo:

--Se me ofrece esto.--Y al mismo tiempo cubrió de apasionados besos su rostro.

El guapo se dejó besar con condescendencia.

--Basta, basta--dijo al cabo apartándola suavemente.--¡Que me vas á gastar la figura, hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar en ná--añadió riendo.

--Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz, el Puerto, San Fernando y el arsenal no valen lo que este bigotito negro tan suave como la seda.

Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavándole al mismo tiempo una mirada de adoración infinita.

--¡Quita allá, zalamera!--repuso él dándole una palmadita afectuosa en la cara y apartándose.

--No entres todavía--respondió ella tirándole de la manga de la chaqueta.

--¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para luego!

Y con una leve sacudida se zafó, empujó la puerta y entró en el pequeño compartimento. Ella, después de permanecer un instante inmóvil, fué á sentarse detrás del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta.

--¡Ole por el patrón de la barca!--gritó uno dentro.

--Á la paz de Dios, señores--dijo Velázquez sentándose en la silla que le ofrecían.

--¿Y de dónde viene el hombre á estas horas?--preguntó una joven morena, de facciones abultadas, graciosa y ruda á la vez.

--De la calle.

--¿De veras, chiquillo?

--De veras, María-Manuela.

--Toma una caña por la gracia.

--Venga la caña.

Velázquez echó al aire el contenido, lo recogió con singular destreza y lo vació después en la boca sin perder una gota.

--¡Eso sabrás tú hacer, desaborío!--exclamó María-Manuela.

--En mis buenos tiempos sabía algunas cosas más--manifestó el majo limpiándose con calma los labios.

--Pronto has venido á menos.

--Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio, estaría mejor conservado.

Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. Éste era un hombre joven aún, pero en el cual la vida crapulosa había dejado tales huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunión, dijo gravemente tomando una caña:

--Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena suerte tendrá la que goce de la flor de mi juventud!

--¿Qué dices á eso, María-Manuela?--preguntó riendo el señor Rafael.

--Que tiene muchísima razón. Yo jamás he conocido su juventud.

--María-Manuela y yo--manifestó con la misma gravedad Antonio--nos hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada, en que cualquier friolerilla le levanta á uno hasta el cielo y le hace soñar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atreví á decirle que la quería sino con los ojos; ya lo habrán ustedes notado. El viernes pasado me dió un rizo de pelo. Pensé que me volvía loco de alegría... Fué la tarde en que les pagué á ustedes la merienda y unas cuantas botellas de amontillado...

--¡Mentira! ¡mentira!--gritaron todos á un tiempo.--¡No has pagado nada!

--¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos más felices que estos en que el hombre todavía no ha perdido la timidez. No me da vergüenza confesarlo. Ayer me concedió por primera vez María-Manuela un beso.

--¡Oooooh! ¡Uuuuh!--rugieron los alegres compadres.

--¡No hay que asustarse, señores! Fué en la mano solamente. Pero, así y todo, cuando se lo di, faltó poco para desmayarme. No sé qué influencia misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me hace temblar.

--Oye tú, guasón--interrumpió María-Manuela con acento irritado,--¿quieres callarte ya ó te estrello este vaso en las narices?

Antonio se detuvo, paseó una mirada en torno y dijo bajando la voz:

--Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se sepa que le he besado la mano pone fuera de sí á la pobrecilla.

--¡Aguarda, arrastrao!--exclamó exasperada la morena abalanzándose á él.

--¡Socorro!--gritó Antonio haciendo ademán de meterse debajo de la mesa.

Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano, volvió á sentarse y desahogó su cólera en un torrente de palabras feas y maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra mujer que allí había.

Era una muchacha de pocas carnes, morena también, de nariz un poco larga, boca pequeña, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos rizos le caían por la frente en gracioso desgaire. Á esto contribuía el que la joven, ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la mano de ellos atusándolos, retorciéndolos, martirizándolos sin tregua, lo mismo cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía con rara perfección. Cuando guardaba silencio parecía la estatua de la atención. Con la cabeza echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos de uno á otro interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus palabras fluían de la boca raudas, interminables, con un dulce acento persuasivo que cautivaba y adormecía. El gracioso dejo de su charla andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba á escuchar con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba su discurso. Porque Paca la de la Parra (así llamada á causa de una muy frondosa que había en la casa donde su madre dirigía un establecimiento de bebidas) no sólo presumía de elevados sentimientos, de gustos exquisitos, sino de una madurez de juicio superior á la de los sabios de su tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su alma apartada del mundo plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus compañeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco nerviosa, no podía menos de atajarlas.

--Vamos, hija, cállate ya, que tienes una lengua más susia que la de lo tío de la Caleta.

María-Manuela quedó suspensa un instante, pero, revolviéndose colérica en seguida, exclamó:

--¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya lastimao las orejas. ¿Quiere usía que hable por lo _finitico?_ ¿Quiere usía un poquito de agua para quitarse el susto?

Paca alzó los hombros con ademán de lástima.

--¡Siempre has de tomar el rábano por las hojas, mujer! No te he mandado callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones demuestra que no ha tenido principios, y tú los tienes como los tengo yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas palabras á los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el hablar bien no cuesta trabajo.

--Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo?--profirió María-Manuela afianzando ambas manos sobre la mesa y encarándose con su amiga.--Que no rajes tanto y me dejes el alma quieta, ¿estamos?

--Te lo digo, querida, porque tienes principios...

--Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay?

--Eso importa na. Lo peor es que á Joseliyo se le orvió traernos unas aceitunitas ó unas ruedas de chorizo--apuntó con calma Pepe de Chiclana.

Los compadres rieron.

--¡Ole por Pepe!

--¡Lo mejor que se ha dicho en la tienda desde su fundación!

Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la Parra, era un hombre de seis pies de alto, gordo en proporción, de cuarenta años de edad, cara redonda, ojos pequeños carnosos, pesado y tardo en sus movimientos como en sus palabras. Formaba vivo contraste con su exquisita esposa, toda delicadeza y elocuencia, tan distinguida, tan razonable, tan afluente. Mas, con existir entre ellos tal desigualdad de humores, vivían en profunda paz. Pepe adoraba el talento de su mujer, se postraba ante él rindiéndole homenaje en cuantas ocasiones se ofrecían. Cuando Paca hablaba, Pepe la escuchaba con la boca abierta pendiente de sus labios como de un oráculo, obligando á callar á los que pretendían interrumpirla, dirigiéndoles á menudo guiños expresivos ó diciendo por lo bajo: «¡Qué pico! ¿eh?... ¡Atiende al golpe!...» Paca no despreciaba por eso á su marido, como pudiera inferirse; al contrario, estimábalo como hombre de inteligencia penetrante, ya que había penetrado todo el mérito que ella poseía y seguía fielmente sus enseñanzas filosóficas. Hasta le caían en gracia sus chistes insulsos y era la primera en celebrarlos. Disfrutaba el matrimonio de posición desahogada. Pepe era chalán, y vestía como tal la chaqueta corta, la faja y el sombrero de anchas alas que caracteriza á los hombres de su clase. Paca gastaba ricos mantones de Manila, pendientes de perlas y sortijas de diamantes. Aquel matrimonio honrado, rico y pacífico se placía, no obstante, en acudir todas las noches á una reunión de gente demasiado alegre y de posición equívoca.

Porque Antonio Robledo, administrador de una empresa de diligencias, no estaba casado con María-Manuela, aunque hacía tres años que vivía maritalmente con ella, y Velázquez, dueño del establecimiento, tampoco lo estaba con Soledad. Pero Paca era hija de una tabernera, se había criado entre el ruido y la alegría, y por más que la altivez de su temperamento aristocrático la había preservado de los hábitos y las palabras groseras, sus ojos y sus oídos se habían acostumbrado á la algazara de estos sitios. Si por cualquier causa pasaba algunos días sin ir á la reunión, sentía la nostalgia de ella, se ponía de mal humor. Su marido, que la conocía bien, le decía: «¿No te parece que vayamos hoy á _cañear_ un poquito á casa de Velázquez?» Ella se resistía, se quejaba de fatiga, hablaba de los muchos quehaceres de la casa. Si el bueno de Pepe se dejaba persuadir, ¡desgraciado de él! El humor de su cónyuge se ennegrecía de tal modo que al día siguiente era imposible sufrirla. Pero Pepe, aunque no muy avisado, como ya se ha dicho, había descubierto el secreto y no cejaba en sus ruegos hasta que lograba sacarla de casa. Paca salía como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudábase al instante; se mostraba viva y jovial y charlaba por los codos.

Además, Paca tenía el secreto deseo de mostrar el poder de su elocuencia persuadiendo á Velázquez á que se casase con Soledad. En cuanto á Antonio y María-Manuela, lo había intentado en vano. Ésta era tan cerrada de entendimiento, tan loca y desbocada que comprendía bien la repugnancia de su amante á contraer con ella vínculos indisolubles. Lo mismo uno que otro proyecto eran plausibles y demostraban que Paca se proponía hacer buen uso de las grandes luces naturales con que la Providencia se había dignado favorecerla.

Poseía también una voz fresca y suavísima y cantaba y tocaba la guitarra con tal primor que pocos la aventajaban en el reino de Andalucía. En Cádiz era conocida y estimada por esta habilidad, aunque pocas veces se lograba oirla desde que se había casado. Sólo entre amigos y después de hacerse rogar tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba al aire una copla. Pero, aunque despreciando en la apariencia este arte secundario, por tener la ambición puesta en el de Cicerón y Bossuet, todavía le gustaba oir las palmadas, los _oles_ y los requiebros de sus amigos cuando se decidía á complacerlos.

Velázquez se había levantado y salió á la tienda. A los pocos momentos volvió á entrar seguido de Joselillo, su criadito, quien soportaba una gran batea con cañas de manzanilla y algunos platos con rajas de queso, peje-reyes y camarones.

--Esta convidada va por mí, señores.--dijo con su gravedad habitual.

--Á tu salud y á la de la flamenca que está ahí fuera--respondió Antoñico en voz alta y apurando una caña.

--Gracias, Antonio, y de salud te sirva--respondió la tabernera, que había oído el brindis.

--Vive mil años, chiquita, que si tú cierras los ojos se queda Cádiz á oscuras.

--¡El equinocio, hija!--exclamó María-Manuela sin poder reprimir un movimiento de celos.--Soleá, no cierres los ojos para que este borracho pueda llegar á casa.

--¿Tienes celos, María?--preguntó la tabernera.

--¿Yo celos de este tío que ya no puede con la fe de bautismo en papeles? ¡Sería trabajo! Llévatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para que no se pudra.

--Soleá, llévame y ponme donde te parezca. Verás si engordo á tu _vera_--le gritó Antonio.

--¿Y á mí, dónde quieres que me ponga entonces?--preguntó Velázquez riendo.

Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó á los oídos de la tabernera, que exclamó:

--¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te ponga en un sitio ó en otro? Ya te cuidarías de escapar adonde te viniese bien.

--Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jamás la has dicho mayor--repuso Velázquez con tono fanfarrón y displicente.

Soledad sintió el resquemor de estas palabras y guardó silencio.

--Niño, tráete la mía--gritó reciamente el señor Rafael al criadillo.

No tardó éste en presentarse con otra batea de cañas.

El señor Rafael era un viejo de fuerte complexión, seco, moreno, con los cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de ademanes, como un chico de veinte años. Mucho más suelto y mucho más vivo que su sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba aquí y en todas partes. No sólo se hallaban asociados en un establecimiento de harinas y salvados que tenían en la calle de Horno Quemado, sino que habitaban el mismo cuarto; y después de pasar juntos las horas de trabajo, gustaban también de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados á las cañas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez característica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo sacaba mucha ventaja al joven. De aquí sus eternas y graciosas disputas así que al señor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la cabeza.

--¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas manos? Hace siete cuartos de hora que no has sonao las parmas--dijo el señor Rafael á su sobrino, haciendo antes un guiño expresivo á la reunión.

--¿Cómo siete cuartos de hora?--exclamó éste sofocado.--¡Si he pagado la convidada anterior!

--¡La anterior!... ¡Y tan anterior!--replicó el viejo mirándole con ojos risueños y provocativos.

La reunión se preparó á gozar de la disputa, como siempre.

--Vamos, tío, usté tiene gana de guasa.

--No, hijo, lo que tengo gana es de vino.

--Pues yo ya le he pagado á usté bastante esta noche.

--¡Ay, qué gracia, que me ha pagado bastante!... ¡Pues yo á ti no!... Niño, tráete más vino para este gallego...

--¡Tío! No me insulte, que le falto á usté al respeto.

--Pero si lo eres, ¿por qué has de negar la prosapia? Ni en el reino de Galicia ni en el principado de las Asturias hay un gallego más gallego que tú...

--¡Tío, cállese usté, que le falto al respeto!

Frasquito estaba encendido y colérico que daba miedo á todos menos á su tío. Los circunstantes, temiendo algún paso desagradable, atajaron la disputa rogando al señor Rafael que no le exasperase. Este, vuelto á las buenas y revistiéndose de gravedad, manifestó que todo era una broma y que nadie sabía mejor que él que su sobrino era gaditano por los cuatro costados. Luego, dirigiéndose á éste, comenzó á darle satisfacciones.

--Pero, hijo, ¡quién no ha de reconocer tus buenas cualidades! Eres honrao y trabajador, y en too Cádiz no hay quien te ponga el pie delante en sacar una cuenta por el aire. Y eres buen mozo y muy corriente cuando se ofrece... Pero tienes una enfermedad...

--¿Qué enfermedad?--preguntó Frasquito amoscado, mientras los demás se disponían á reirse.

--No sé; me parece que se llama reumatismo.

--¿Y por qué dice usté eso?... vamos á ver...

--Porque he notado que siempre que llevas la mano al bolsillo lo haces con mucho trabajo y la mayor parte de las veces no lo consigues... Eso no puede ser más que reúma... reúma en el brazo derecho.

--¡Tío! ¡tío!

--No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente alcanforado.

--¡Qué ha de curarse con eso!--saltó María-Manuela que presumía de curandera y ensalmadora--Si sientes dolor, Frasquito, se te quitará untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le das una friega apretándolo poco á poco, luego doblas _er deo gordo_, y poniéndolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas...

Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunión encresparon más y más á Frasquito.

--¡Tío, no hay peor borracho que usté en el mundo!

--Basta ya de medicina--manifestó Antonio--y que Paca nos cante una _carbonerilla_.

--¡Eso!

Paca, como de costumbre, hizo remilgos. «Ya no estaba para tales bromas; se le había acabado el humor; parecía mal que una mujer casada... Además, no se hallaba bien de voz.» Pero, como de costumbre también, terminó por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de contralto.

La alegría se apoderó de todas las cabezas. Los ¡oles! y los ¡bravos! y los requiebros de toda clase resonaron en la taberna. Á la embriaguez del vino sucedía la del arte, más noble y delicada.

--¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora en que tu padre se dió un coscorrón con la reja de tu madre!

Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dejó volar otra copla.

Antonio, loco de entusiasmo, le arrojó el sombrero á los pies, gritando:

--¿Dónde has nacido, Paca?

--¡Qué ocurrencia!--respondió riendo--En la calle de la Verónica.

--¡Falso! Tú has nacido en la alcoba en que durmió María Santísima cuando pasó por Sanlúcar.

Paca volvió á cantar respondiendo al requiebro:

«¡Qué desgraciada nací, que en la pila del bautismo faltó la sal para mí!»

Aquel rasgo gracioso de modestia levantó gran alborozo.

--¡Ole por las mujeres simpáticas!--¡Todo el mundo á quererla!--¡La pura arropía!...

Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos y gritaban como energúmenos jaleando á la cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfrió momentáneamente porque, Antonio, con uno de sus descompasados ademanes, echó á rodar una caña y la quebró. María-Manuela, asustada, hizo callar á todos y declaró que el romperse un vaso es muy malo y anuncia disgustos. La única manera de evitarlo era recoger todos los pedazos y tirarlos al pozo. Así comenzó á ejecutarlo con gran solicitud mientras los demás se reían de su credulidad. Algunos por burla la ayudaban.

--Atiende, María, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de aquella silla. ¡Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué cataclismo! ¿verdad tú?

--Vamos, Antonio, déjate de guasa y hazme el favor de recoger esos cristalillos que están á tu vera.

--Desprécialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos gordos... ¡Qué importa por esos disgustillos!

María-Manuela salió con los cristales del cuarto y fué á arrojarlos al pozo que había en el patio. Soledad, que seguía tranquilamente haciendo calceta detrás del mostrador, sonrió.

Siguió la zambra en el aposento.

--Bueno, ahora no falta más que Soledad nos baile una mijita de tango--manifestó el señor Pepe.

Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tenía habilidad notoria para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que desde hacía algún tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo cual sus amigas se abstenían de solicitarla en este particular, sabiendo que le causaban disgusto.

--No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte bailando--dijo Paca á su consorte.

--¿Y por qué no se ha de divertir, haciéndolo con tanto primor?--insistió el señor Pepe.

--Pues porque no se divierte. ¿Te figuras que va uno á gozar con lo que á otro se le antoje?

--Bien está; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le gustará que sus amigos se diviertan.

--Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te pone el vino!

Velázquez, que estaba hablando con Frasquito, oyó la disputa de los esposos y dijo: