Part 3
Vivir mecido en una suave idealidad es lo mejor que el artista puede hacer. La imaginación es la maga que trasforma el mundo y lo embellece. Pero debe cuidar al mismo tiempo de bañarse á menudo en la realidad, de acercarse á cada instante á la tierra: cada vez que toque en ella sacará, como el gigante Anteo, nuevas fuerzas. El hecho tiene un valor inapreciable que en vano se buscará en las fuerzas de nuestro espíritu. Todas las abstracciones desaparecen ante él: él es el verdadero revelador de la esencia de las cosas, no los conceptos que nuestra razón extrae de ellas: á él hay que acudir en última instancia para fundar todos los juicios y recrearse con cualquier belleza. Aplaudo, pues, sin reserva ese respeto que los buenos novelistas modernos sienten por la verdad y el cuidado con que evitan el falsearla, aunque sea en los ínfimos pormenores. Pero creo al mismo tiempo que se concede exagerada importancia á la exactitud de lo que pudiéramos llamar, á ejemplo de los pintores, accesorios. No hay que olvidarse de que la verdad moral, la del sentimiento, la del carácter, es la que se halla plenamente en los dominios del poeta, y su responsabilidad principal estriba en el uso que haga de ella. Antiguamente los novelistas tenían licencia para lanzar toda clase de disparates científicos ó históricos. Se exige hoy, con razón, que sea instruído y se ajuste á las verdades descubiertas. Pero hemos pasado á la exageración contraria: con el más insignificante error, no sólo físico, histórico ó matemáticas, sino de indumentaria ó arqueología, se nos da en rostro como si fuera un crimen. Se nos pide que seamos una enciclopedia viva. Por eso muchos escritores que conocen las manías de la crítica y se esfuerzan en darle gusto, no sólo se guardan de estos errores, sino que cada vez que tocan algún punto de política ó administración, de artes, oficios ó modas, endilgan verdaderos y sapientísimos cursos acerca de ellos. El lector bosteza, pero ¿qué importa, si el crítico se extasía y se encara con la plebe ignorante que no sabe divertirse? Sin embargo, piensen estos señores lo que quieran, la exactitud no es la primera obligación del artista, sino la de hacer sentir la belleza. Homero no deja de ser el más grande poeta porque pensase que el río Océano rodeaba á la tierra.
Este deseo anhelante de escrupulosidad que apruebo en principio ha engendrado la necesidad de buscar modelo para todo lo que se está ejecutando. Los pintores no dan una pincelada ni los escultores ponen los dedos sobre el barro sin tener el modelo delante. A su ejemplo, los novelistas modernos llevan en el bolsillo una cartera para apuntar cuanto ven y oyen. A todos les parece el colmo de lo absurdo trabajar de memoria. Y, sin embargo, entre los grandes artistas de los pasados siglos esto era lo corriente. Rubens no pudo haber tenido modelos para los millares de figuras que ha pintado. La prueba de que pintaba de memoria hasta los paisajes es que existe uno suyo en el cual la luz procede de dos sitios contrarios, lo cual es absurdo. Y sin embargo, el paisaje es bellísimo. Ni Shakspeare, ni Molière, ni Balzac han presenciado las escenas que trazan ni conocido los caracteres que estudian. Schiller confiesa que, dada su vida retirada y trabajosa, tenía muy pocas ocasiones de observar á los hombres. El modelo será, pues, necesario, pero confesemos que es signo de impotencia. El pintor, cuando se llama Rubens, Vinci ó Tiziano, lleva impresa en su cerebro la naturaleza; le basta haber visto un objeto para poder trazarlo con mano segura, aunque el tiempo y la distancia se lo oculten. El poeta no necesita siquiera esta visión. Lleva en sí mismo el alma entera de la humanidad y un leve signo le basta para adivinar la de cualquier hombre. En él y en el santo es donde mejor se expresa la profunda identidad de los seres; por eso ambos conocen intuitiva, directamente, sin necesidad de experiencia, el corazón de los hombres. «Me ocultáis faltas muy graves--decía San Juan de la Cruz á sus oyentes.--¿Ignoráis que vuestras almas forman parte de la mía? Vosotros y yo somos seres distintos en el mundo: en Dios, nuestro origen común, somos un solo ser y vivimos de una misma vida.»
Para aquellos novelistas en quien la imaginación no ha llegado á tal grado supremo de viveza que permita escribir sin la observación atenta de todos los días, el modelo, el dato real es de absoluta necesidad: pero como ayuda poderosa para su fantasía, me atrevo á aconsejar el estudio no práctico, sino contemplativo de las artes plásticas. El novelista debe frecuentar los museos de pintura y escultura para acostumbrarse á escribir por medio de imágenes claras y precisas. Además es una manera de contrarrestrar la funesta manía de los análisis psicológicos, tan artificiosos como mentidos, que hoy nos domina. Ni Cervantes, ni Shakspeare, ni Molière han necesitado tanta página larga y nutrida para hacernos ver un carácter, para presentárnoslo vivo y grabarlo profundamente en nuestra memoria.
Es de justicia, sin embargo, manifestar que la novela moderna, si bien ha tropezado en estos fastidiosos análisis que la afean, ha logrado evitar un escollo en que á menudo se estrellaban los antiguos maestros, y es el de las _reflexiones_. No hay nada más perjudicial á la belleza de una novela que esa filosofía vulgar, cuando no pueril, con que muchos novelistas sazonaban sus producciones. El interpretar á cada paso el oculto sentido de los sucesos que se narran y desentrañar su significación es insoportable y choca con los principios fundamentales del arte. En la novela no es el autor quien debe hablar, sino los hechos y los caracteres, y si alguna filosofía se desprende de ella, que el lector la saque por sí mismo. No fiarse de su penetración y dársela cocida y caliente, como hace Balzac, por ejemplo, es afear las novelas y exponerse además á que un crítico haya dicho con razón que su filosofía es la de un viajante de comercio.
Otro mérito grande de la moderna escuela naturalista es, á mi ver, la importancia que concede á la descripción de la naturaleza, anudando de este modo el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto durante tanto tiempo en la literatura. Desde los poemas indios y griegos no se ha cantado con tanto entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como lo hacen hoy los naturalistas franceses. Han adquirido tal maestría en este género, su idioma claro y flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya imposible alcanzar una visión más viva y penetrante del mundo que nos rodea. No se pueden leer las novelas de Flaubert, sobre todo, sin sentirse subyugado por aquella dicción pura y pintoresca que hace surgir ante nuestra vista tanta imagen graciosa, tanto cuadro brillante. Sin embargo, se ha abusado de esta cualidad feliz. Los discípulos de aquel maestro han llevado su amor por la descripción á tal extremo que los caracteres y las situaciones apenas pueden verse entre su espeso follaje. Todas las artes tienen límites trazados por su misma naturaleza. Cuando se pretende modificar ó ensanchar estos límites, viene su ruina. El abuso de la descripción en las obras literarias significa una intrusión de la pintura en los dominios de la poesía. Nadie ignora lo nocivo que es para las artes estas intrusiones de unas en otras. Por violentar la escultura y obligarla á expresar lo mismo que la pintura, se la ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por obligar á la música á expresar ideas concretas que sólo está reservado para la poesía, presenciamos con dolor su decadencia. Hay que temer que la preocupación de _los fondos_ no produzca al cabo también una literatura débil y amanerada, como ha sucedido en la pintura. Actualmente en ésta se representan de un modo maravilloso los pormenores, ropajes, muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, Franz-Hals, Velázquez, Tiziano, por el contrario, eran sobrios en las ropas y demás accesorios, y con centraban su atención y sus facultades en aquéllas. Además, la descripción exagerada significa un predominio de la sensualidad, ó sea del elemento fisiológico en la poesía, lo mismo que el abuso de la armonía en la música. Las descripciones brillantes de los naturalistas lisonjean la imaginación, facilitándole el trabajo, pero sus novelas rara vez dejan una impresión honda en el espíritu. De igual modo las sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela deleitan el oído, pero no sacuden nuestra alma como la voz elocuente de Beethoven ni la hacen pasar alternativamente de la tristeza á la alegría como la musa encantadora de Haydn.
Para hallar una armonía perfecta entre el fondo y las figuras y en general entre todos los elementos de la composición es preciso acudir á los griegos. Sólo ellos han poseído el secreto de producir todas las bellezas sin dañarse unas á otras, de mostrar la mayor riqueza unida á la mayor sobriedad, de representar en el arte las profundas armonías que existen en el mundo real. Lo poco que nos ha llegado de ellos en el género novelesco es de tan sólido valor como su arquitectura, su escultura y su tragedia y comedia. Nada hay comparable á la célebre novela de Longo _Dafnis y Cloe_. En ella pueden verse reunidas todas las perfecciones del género. Una fábula sencilla, interesante; caracteres observados con delicadeza y presentados sin artificio; pinturas exquisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las costumbres; un estilo noble y trasparente. Todo forma en esta admirable creación un conjunto armónico de encanto irresistible. Cada palabra es una pincelada, cada oración una imagen, cada página un cuadro brillante que no se borra jamás de la imaginación. ¡Qué vena, de fácil inspiración corre por toda ella! ¡Qué frescura y sobriedad en las descripciones! ¡Que naturalidad en la dicción! ¡Cuán lejos nos hallamos del énfasis moderno! Yo no aspiro á otra gloria en mi arte que á la de llamarme humilde discípulo de esta obra inmortal.
Quizá parezca ridícula esta aspiración á la crítica moderna ó la juzgue como una extravagancia. Es posible que las reflexiones que anteceden se consideren como la expresión de un espíritu incapaz de apreciar ni comprender siquiera el primor, la pompa, el pensamiento profundo y la fuerza de la novela contemporánea. Sé que mis humildes observaciones en nada influirán para modificar el gusto dominante. Nada de esto me mortifica; primero, porque nunca he aspirado á ejercer el menor influjo sobre mi época, y segundo, porque para cambiar mis opiniones sería preciso que se cambiase mi naturaleza, lo que es imposible. Pero nadie debe extrañar que allá en mis horas de sueño imagine que dentro de algunos años la Europa, fatigada de tanta exageración, tanta deformidad, tanta mentida originalidad, volverá sedienta á beber el agua cristalina del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza serán tenidos por espasmos de un sistema nervioso debilitado, se dirá que nos placíamos en las pinturas de las enfermedades físicas y morales porque estábamos enfermos de alma y de cuerpo, que nos sentíamos atraídos hacia lo deforme y monstruoso porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y amábamos la paradoja porque nuestro ser era paradójico. Y dejando los sendas tortuosas por donde caminan y abandonando los altares de las Furias donde ahora sacrifican, los artistas futuros marcharán al cabo por la vía de la moderación, signo de la fuerza, á depositar los frutos de su ingenio á los pies de las Gracias. ¡Feliz yo si el cielo me concede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la tierra prometida! Si así no fuere, todavía me consuela la idea de que alguno habrá que al leer estos pobres renglones aprobará su espíritu y me otorgará su simpatía. A ese lector benévolo, después de saludarle cordialmente, le diré como el sabio Yâjñavalkya á Artabhâga, en el _Brâhmana de los cien senderos_: «Dame tu mano, amigo; este conocimiento no está hecho más que para nosotros dos».
I
El viajero.
Sucedía esto allá en Cádiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos de Capuchinos, frente al mar Océano.
Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la entrada, á mano izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la gran estantería repleta de botellas. Á un lado toneles y barriles y terciados sobre éstos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Había gente bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor de plática alegre y chasquido de vasos.
La tienda estaba sola, débilmente esclarecida por una lámpara de petróleo colgada sobre el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros, aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las tinieblas de la calle. Era una espléndida andaluza de carnes opulentas, blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresión grave y melancólica, como la de las mujeres árabes. Por la amplitud de sus formas parecía mujer de treinta años; pero examinando su rostro de cerca observábase en él la frescura y trasparencia de la infancia. Debía de ser mucho más joven de lo que aparentaba. Vestía traje sencillo de percal azul con pañuelo negro de seda anudado á la espalda, los cabellos sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco más fuertes y macizos de lo que exigiría un escultor, pero blancos é incitantes de todos modos, remangados hasta más arriba del codo; la fresca, mantecosa garganta al aire también. Las líneas suaves de su rostro ovalado, la pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar fijo de sus ojos profundos había señales evidentes de un carácter pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco.
Un caballero subió rápidamente las escaleras y entró en la tienda. Era un mozo corpulento, de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo labio superior apenas se distinguía leve bozo rubio.
--¡Soleá!--exclamó al entrar, con visible y placentera emoción extendiendo sus manos á la tabernera.
Ésta se alzó de la silla y le miró un instante con más sorpresa que alegría. Era casi tan alta como él y casi tan corpulenta.
--¡Manolo!--dijo al fin bastante fríamente.--¿De dónde sales?
--¿De dónde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura. ¿Es que no quieres darme la mano?--añadió poniéndose serio repentinamente.
--¿Por qué no?--dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del mostrador.
Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando á la joven en silencio con intensa expresión de cariño. Ella apartó los ojos con señales de malestar y dijo afectando indiferencia:
--¿Y qué dejas por Medina, niño?
Al mismo tiempo tiró suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla, profirió en voz baja con acento apasionado:
--Déjamela siquiera un minuto. ¡Cinco meses hace ya que no la toco!
--¡Un siglo!--exclamó la tabernera con sonrisa apenas perceptible, echando al mismo tiempo una mirada recelosa á la puerta.
Manolo advirtió esta mirada y, soltando bruscamente la mano, preguntó:
--¿Y Velázquez?
--Tan bueno--respondió poniéndose levemente colorada.
--¿Está fuera?
--Sí, después de almorzar ha salido y aún no ha vuelto.
El joven se sentó en una silla que había delante del mostrador, apoyó el codo sobre éste y con la mano en la mejilla quedó sombrío y silencioso. Soledad, al cabo de un rato, le preguntó con amabilidad:
--¿Hace mucho tiempo que no has visto á mi madre?
--No la he visto hace un siglo... ¡ni ganas!--respondió con reprimido acento de cólera, puestos los ojos en el techo.
Soledad le contempló fija y severamente largo rato; luego, alzando los hombros, hizo una leve mueca de desdén. Manolo adivinó esta mueca sin verla y volviendo su rostro turbado:
--Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho daño.
--¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; no se la eches á nadie.
--¡Está bien!--exclamó el joven con sonrisa triste.--¡Ni siquiera me quieres dejar esa ilusión!
La tabernera iba á contestar, movió los labios para hacerlo, pero se contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guardó silencio. Manolo volvió á su actitud sombría. Al cabo de un rato profirió secamente:
--Dame un _medio_.
La tabernera dejó la media sobre el mostrador, se levantó en silencio y después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó de manzanilla. Manolo lo apuró casi de un tope. Soledad le clavó los ojos con curiosidad un instante y volvió á sentarse.
Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escucháronse las notas dulces de la guitarra y poco después llegó á sus oídos una _soleá_ entonada á media voz por un hombre.
--¿Quién está ahí?--preguntó Manolo.
--Los de siempre.
--¿Y quiénes son los de siempre?
--Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de Chiclana, María-Manuela, Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael.
--¿Y en el otro cuarto?
--Marchantes que juegan al rentoy.
Hubo una pausa y Manolo volvió á decir:
--Dame otro _medio_.
Con la misma calma y silencio, Soledad se levantó de nuevo y escanció otro vaso, que el joven apuró instantáneamente.
--La noche en que murió tu padre--profirió al cabo de largo silencio con voz poco segura--fuí á despertar á mi pobre madre, que ya dormía; me senté á su cabecera y llorando como un niño le pinté vuestra situación, le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar. ¡Qué cosas le diría que al poco rato vi rasados sus ojos con lágrimas!... Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le dije:--¡Por Dios, mamá, por los dolores que has pasado para echarme al mundo, no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... Y aquella mujer tan orgullosa me besó en la frente y me dijo al oído: «Tráela cuando quieras á casa, hijo mío». Me fuí tambaleando á la cama como un beodo y no pude dormir. Cuando tuve ocasión para comunicarte la noticia, vi tu semblante alterado y huiste á ocultarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te ahogaba, cuando era el remordimiento...
Soledad hizo un gesto de impaciencia.
--¡Quién se acuerda ya de esas historias, Manolo! Tú y yo no habíamos nacido el uno para el otro.
--Cuando volvíamos del entierro--prosiguió el joven como si no hubiese oído--me emparejé con Velázquez, hablamos de vuestra situación, le di las gracias por lo que había hecho, considerándome ya de la familia, y le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abrí el corazón por completo y le enteré de todos los pormenores de nuestro noviazgo. Él aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, elogiaba mi conducta y hacía votos por mi felicidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir dos ó tres veces... ¡Qué papel me has hecho representar, Soleá!
Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada:
--No te acuerdes más de eso.
--No lo traigo á la memoria para echártelo en cara. Lo hago únicamente para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me jures lo contrario, seguiré creyendo que ha tenido la mayor parte de la culpa.
--Te engañas. Mi madre no ha hecho más que mostrarse agradecida á los favores que ese hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el diablo...
--El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy desgraciada.
--¡Falso!--profirió la joven vivamente.--Me hace la mujer más feliz de la tierra.
Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, ocultando un momento la cara entre las manos. Luego dijo esforzándose por sonreir:
--Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sería un villano si otra cosa hiciese. Porque yo, al fin, te ofrecía una posición honrosa en el mundo, mientras él te ha colocado en una situación bien triste...
--Pero si yo me alegro de esa situación--interrumpió Soledad con tonillo colérico.
--¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en convencerme--respondió él con amargura.--Sólo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco egoistilla; pero así y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. ¿Sabes por qué?... Por la inocencia... Eres una niña. Tu terquedad, tus caprichos y hasta tu egoísmo, en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho traición, me clavaste el puñal en el pecho y le has dado vueltas cuando estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los chicos martirizan á los pájaros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó á mis oídos que no te trataba bien, que te hacía desprecios delante de la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar de mi resentimiento fuí á ver á tu madre y por desgracia ésta me confirmó en lo que había oído...
--¡Qué sabe mi madre lo que dice!--exclamó la joven con creciente irritación.
--Sí; he podido averiguar que no sólo te hacía desprecios, sino que ha llegado á levantarte la mano...
--¿Ha dicho mi madre eso?--preguntó ella vivamente con el semblante demudado.
--No, no--se apresuró á responder el joven.--No te dispares, niña. Tu madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido por gente de Medina que ha estado aquí.
--¡Bah!--exclamó ella con una mueca de desprecio.--¡Quién ataja las malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido?--añadió inclinándose hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador.--Pues es que hay muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas.
Manolo la miró fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo:
--¡Qué engreída estás, Soleá!
Ésta se ruborizó y volvió á coger la calceta.
--No es nuevo, en ti eso--siguió él.--Lo mismo con amigas que con novios, siempre has sido propensa á los engreimientos repentinos... Á mí también me ha tocado mi cachito, ¿verdad?... Pero el de ahora va durando demasiado...
Soledad guardó silencio. Él también calló. Largo rato escucharon distraídos, melancólicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. Las bromas desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo á cada instante más serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrás, los tenía puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente:
--Échame vino, que me voy.
La tabernera cumplió la orden con igual silencio. Manolo apuró el vaso, como lo había hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad abrió el cajón, sacó la vuelta y la colocó á su lado.
--Está bien--dijo metiéndola en el bolsillo.--Me voy, hija mía, que me esperan.
Hizo ademán de levantarse; se inclinó hacia Soledad.
--Hasta la vista, gitana. ¿No me das la mano?
Y así que la tuvo cogida manifestó riendo:
--Dispensa, querida, la matraca que te he dado. Alguna que otra vez me suelen atacar estos arrechuchos y entonces me pongo insoportable, lo conozco; pero en seguidita me pasan y entonces no soy mal chico, ¿verdad, tú? Lo único que te pido es que sueltes á escape esa cara de regidor ofendido y no me la vuelvas á enseñar en la vida. Ríete, lucero, que cuando tú te ríes me alumbra el sol á la medianoche. Y si otra vez me pongo guasón, como hace poco, me dices: «Manolo, cierra el pico y déjame el alma quieta», ó si tú quieres, hija de mi alma, me das un lapo con esta mano rica que beso con tu permiso... y con el del dueño del establecimiento.
Y estampó en ella, efectivamente, tres ó cuatro besos. Soledad la retiró riendo.
--¡Siempre el mismo!
--¡Eso es! ¡Siempre el mismo!--repuso él levantándose.--¡Siempre queriéndote como un babieca! ¡Para mí, criatura, eres y serás la Virgen del Carmen y la Santísima Trinidad y el copón y la hostia!...
--¡Calla, Manolo, calla! Habrá que mandarte á la _miga_.