Part 2
No hay para qué advertir que esta libertad se halla subordinada á la exigencia ineludible de toda obra de arte, que es la de interesar. Los episodios han de tener, pues, en la novela, como en el poema épico, un valor absoluto é independiente, ó lo que es igual, han de ejercer sobre el espíritu la fascinación que produce la belleza. Si no deleitan, deben suprimirse. Como regla empírica de la composición (pues me parece impertinente dogmatizar en este punto), añadiré que á mi entender los episodios deben apartarse lo menos posible de la acción principal y guardar con ella una relación secreta, si no aparente. Son más plausibles aquellos que á su belleza absoluta agregan un valor relativo, como es el de dar mayor relieve al carácter principal de la obra ó producir lo que hoy se llama _color local_, esto es, descubrir el misterioso lazo que une al hombre con la naturaleza, á los caracteres con los sitios en que se ejercita su actividad. Casi todos los del _Quijote_ cumplen admirablemente con este requisito. Pero los de otros novelistas españoles, como Mateo Alemán, Vicente Espinel, Vélez de Guevara; Céspedes, etc., á menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya que no por lo desabridos... Y lo mismo sucede, á pesar de su excelencia, con las novelas de algunos escritores extranjeros, como Richardson, Fielding, Dickens, Juan Pablo Richter, etc.
Observaré que esta tendencia á la dispersión se ha atenuado mucho en los tiempos presentes. Los actuales novelistas gustan más de recoger una acción y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de entretenerse con otras narraciones secundarias más ó menos alejadas de la principal, como hacían los del siglo pasado y los de la primera mitad del presente. En este punto, no obstante, los escritores de raza latina se señalan más por su amor á la unidad que los germanos y eslavos, inclinados siempre con predilección á la variedad. Las obras de estos últimos se caracterizan por una gran riqueza de ideas y sentimientos: en las de algunos de ellos hay tal delicadeza de percepción para recoger las relaciones más sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero en general están peor compuestas que las de los latinos. Voy á presentar un ejemplo de dos escritores modernos que ya no existen. Dostoievsky, escritor ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado ambos la historia de sus martirios en la prisión donde por causas análogas estuvieron encerrados. El libro del primero titulado _Recuerdos de la Casa de los Muertos_ es más original, su sentimiento quizá más profundo, su observación sin disputa más delicada. En cambio se nota que el autor carece del talento de la composición: el libro, á pesar de las brillantes cualidades que posee, no puede leerse sin cierta fatiga. Por el contrario, la obra del escritor italiano titulada _Mis prisiones_, no tan vigorosa, es más pura, más fresca, más equilibrada y está tan admirablemente compuesta que ha logrado ser un libro clásico leído en todos los países con verdadero encanto.
Relacionado estrechamente con la composición se halla el tamaño que á la novela debe darse; porque es punto menos que imposible componer bien una de exageradas dimensiones. Parece á primera vista insensato señalar límites materiales á una obra poética y aprisionar los vuelos del artista, pero es más insensato escribir obras descomunales y acusa generalmente presunción en los autores y, lo que es más grave para ellos, debilidad. El afán desmedido de escribir _largo_ significa en muchos casos un deseo pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin comprender que el verdadero modo de mostrar fuerza es apoderarse del asunto y dominarlo y dominarse á sí mismo y poseerse enteramente. De igual modo la exaltación, que da origen en algunas ocasiones á actos de valor y heroísmo y á rasgos felices en el orden espiritual, no indica, según los médicos, un sistema de nervios vigoroso, sino débil y enfermo. El autor que escribe largo debe comprender que todo lo que gane en extensión su obra lo perderá en intensidad, y que no hay asunto que no pueda y deba desarrollarse con medida. El _Ramayana_, la _Iliada_ y la _Odisea_, epopeyas que reflejan civilizaciones enteras, que llevan dentro de sí un mundo de ideas y costumbres, de sucesos, de noticias científicas é históricas, no tienen tantas páginas como ciertas novelas modernas. Además, si desea ser leído no sólo en vida, sino después de su muerte (y el autor que no aspire á ello debe soltar la pluma), no puede ocultársele, á no cegarle la vanidad, que para salvarse del olvido no sólo necesita producir una obra de belleza excepcional, sino procurar que no sea muy larga. El mundo contiene ya tantas grandes y bellas, que se necesita una prolongada vida para leerlas todas. Pedir al público, así que pase la novedad, que lea una producción de exageradas dimensiones, cuando tantas otras reclaman su atención y su tiempo, me parece inútil y hasta ridículo. No doy esto como principio absoluto, porque bien puede aparecer una obra de tan subido mérito que, larga ó corta, se lea por los siglos de los siglos. Sólo me refiero á la producción ordinaria. El ejemplo más notable de lo que afirmo se hallará en el célebre novelista inglés Richardson. El autor de _Clarisa Harlowe_ y de _Pamela_, que á su ingenio admirable, á su exquisita sensibilidad y penetración añade la circunstancia de ser el padre de la novela moderna, apenas es hoy leído, á lo menos en los países latinos. Dada la belleza indisputable de sus obras, no puede achacarse á otra cosa que á su exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que en Francia y España, á fin de que pudieran ser gustadas, se han publicado algunos epítomes ó compendios extractando de ellas lo más interesante. Tal proceder me parece una verdadera profanación; pero á ella se exponen los escritores que no saben ó no pueden concentrar las grandes facultades con que la naturaleza les ha favorecido.
Y basta ahora acerca de la estructura ó esqueleto de la novela.
IV
Todo es asunto adecuado para la novela, se dice actualmente; toda parte de la realidad, toda fracción de la vida reproducida por un escritor inspirado puede engendrar una novela. Esta afirmación, que considero exacta en cierto sentido, sacada de sus justos límites y proclamada como principio absoluto ha dado origen á la literatura trivial y prosaica que hoy nos ahoga. Verdad que el espíritu humano puede embellecerse al contacto de toda realidad cuando arroja sobre ella una mirada serena; pero no es menos cierto que, á más de este elemento puramente subjetivo, hay en la producción de la belleza otro elemento objetivo que determina su valor y su fuerza. El placer de Velázquez pintando sus _Borrachos_, ó el de Rembrandt cuando bosquejaba su célebre _Lección de anatomía_, debía de ser grande: es siempre un goce contemplar la naturaleza de un modo desinteresado: mayor aún poseer la facultad de reproducirla con la exactitud asombrosa de estos maestros. Pero la alegría de Tiziano, de Corregio y Rafael debía de ser infinitamente más viva, porque estos grandes artistas no sólo se olvidaban de sí mismos como los otros, no sólo la reproducían con admirable verdad, sino que vivían en íntima relación con sus formas más puras y elevadas, aquellas en que ha podido expresarse con mayor libertad. Y cuando esta naturaleza tropezaba en su desenvolvimiento con algún obstáculo que la afeaba, estos pintores, guiados por su instinto, la interpretaban, le arrancaban su secreto deseo y la ayudaban á expresar claramente lo que sólo torpe y confusamente balbucía.
No es, pues, indiferente el asunto ó tema en que la pluma de un escritor se ejercite. Todos son dignos, como los oficios en que el hombre cumple con la ley del trabajo, pero unos son bajos y otros elevados. Quizá esta afirmación parezca anticuada á los modernos estéticos, pero la encuentro exacta. Después de todo, en la mayor parte de estos asuntos á mí me basta la verdad antigua. El que pinta bien la naturaleza muerta, jamás será tan gran artista como el que pinta bien la naturaleza viva: quien reproduzca sólo las formas más groseras de la vida y los movimientos rudimentarios del espíritu, no alcanzará la gloria del que sabe evocar y poner en conflicto patético las grandes pasiones del alma humana. Considero absurda la importancia que hoy se da á los que manejan bien los accesorios, lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Pintar bien el fondo de un cuadro, los muebles, los cortinajes no es ser un pintor en la acepción más completa que nuestra imaginación da á la palabra. Hacer hablar con propiedad á un rudo gañán, describir con exactitud las costumbres de un país no basta para merecer el nombre de insigne novelista. Los griegos se reían de los pintores de bodegones.
Tanto creo en la virtud del tema elegido para la obra, que un asunto digno y hermoso es el mejor hallazgo que un artista puede tener en su vida; es un verdadero presente de los dioses. ¡Cuántos grandes poetas yacen olvidados por no haber gozado de esta felicidad! ¿Qué sería hoy de Cervantes si su incómoda permanencia en Argamasilla y la relación con algún tipo original no le hubieran sugerido el carácter de Don Quijote y el de Sancho Panza? Por el contrario, han existido escritores que, sin poseer un talento soberano ni alcanzar el grado excelso de la inspiración poética que se denomina _genio_, lograron inmortalizarse merced á un hallazgo afortunado. El ejemplo más notable que conozco en la edad moderna es el del abate Prevost, cuyas facultades creadoras, á juzgar por las numerosas obras que ha escrito y yacen en el polvo, no rebasaban mucho de la medianía. Un episodio interesante, tal vez de su vida ó de la de algún amigo, le ha llevado á la altura de los dioses mayores de la poesía. La _Manon Lescaut_ es una de las obras más bellas y mejor sentidas que haya producido el espíritu humano. Acaba de morir otro escritor cuyo ejemplo es tan decisivo ó más que este. El teatro de Alejandro Dumas (hijo) se juzga generalmente por los hombres de gusto como falso, amanerado, abstracto, destinado á perecer cuando el gusto del público camine por otros derroteros. Sin embargo, en su célebre drama _La Dama de las Camelias_ se ha elevado sobre sí mismo hasta tocar en las cimas más altas de la poesía. Es tan bello este drama, tan original, tan patético, se respira en él tal perfume de poesía mezclado á un sentimiento tan profundamente cristiano, que dudo mucho que otra producción dramática de este siglo pueda competir con ella en el aprecio de los venideros. Semejante distancia entre las obras de un mismo autor no puede achacarse racionalmente sino á la felicidad de la invención. No se me oculta, sin embargo, que han existido escritores, como Shakspeare y Molière, capaces de llegar, no en una, sino en muchas de sus obras, á un grado supremo de perfección; pero obsérvese que Shakspeare y Molière no inventaban sus argumentos, los tomaban donde bien les placía. Su instinto poderoso les hacía comprender lo que acabamos de afirmar, esto es, que los temas hermosos son raros en la poesía, y que á veces un escritor mediocre y hasta un tonto puede tropezar con ellos, y que entonces, por bien de la humanidad, es lícito arrebatárselos.
El procedimiento de los escritores contemporáneos es distinto. Cabalgando cómodamente sobre la teoría de que toda la vida es digno argumento para novelar, aceptamos los hechos más insignificantes y desabridos de la existencia ordinaria, y sobre ellos tejemos cualquier fábula. Así las novelas ó las obras dramáticas resultan, en la mayor parte de los casos, sin fuerza y sin interés, por más que los caracteres estén vigorosamente pintados. Muchísimas veces me ha dolido ver escritores de gran talento ejercitarlo en asuntos ingratos, y he deplorado que les hubiese faltado el valor de Shakspeare y Molière para «tomar su bien donde lo hallaren». Este miserable temor de tratar asuntos ya tratados no lo conocieron los antiguos. Esquilo, Sófocles y Eurípides no tuvieron inconveniente en escribir sobre un mismo tema: sea ejemplo el _Filoctetes_. Pero nuestro amor propio vidrioso, el afán desaforado de originalidad que nos devora nos hace pensar que quedaríamos deshonrados aceptando el argumento hallado por cualquier otro escritor, aunque sepamos sacar de él mejor partido.
Para disimular esta falta de asuntos poéticos que es evidente, y producir, no obstante, honda impresión, los autores más señalados en la actualidad apelan á varios recursos que iré examinando, con lo cual daré idea sucinta de los vicios de que en mi sentir adolece la novela moderna, vicios casi todos que pudieran desaparecer fácilmente si en vez de formar principal empeño en mostrar al público la viveza de nuestro ingenio y la fuerza de nuestra imaginación, lo tuviésemos en escribir obras sólidas y perfectas. Pienso como el escritor inglés Tomás Carlyle que la sinceridad es la esencia del hombre superior (_héroe_ como él lo llama), y que la ausencia de sinceridad, no la de ingenio, es la que ha producido la decadencia del arte moderno.
Uno de los recursos más socorridos entre los novelistas contemporáneos es el que llamaré de _acumulación_. Como quiera que la vida ordinaria ofrece pocas veces temas interesantes para la poesía y su exposición sencilla precipita á menudo en la trivialidad, como se observa en gran número de novelas inglesas y alemanas, los novelistas, en vez de esperar pacientemente que el espectáculo de la vida les depare un asunto adecuado, prefieren tomar una parte grande de ella y por el sistema de condensación lograr interés para su obra. Ya no se trata, por regla general, de narrar con verdad y arte un episodio bello de la historia de un hombre ó la historia entera de este hombre cuando es interesante, verbigracia, la de un soldado, un labrador ó un minero, y con este motivo y como cosa secundaria pintar el medio ó los lugares en que esta vida se desenvuelve. Los autores ahora se proponen en primer término pintar la vida de los soldados, de los labradores ó de los mineros, y como accesorio y pretexto para esta pintura la de cualquier individuo de la clase. Este procedimiento abstracto no está conforme en mi sentir con la naturaleza del arte. Y no basta apoyarse en el ejemplo de las epopeyas que resumen á veces una civilización entera, porque además de ser contadas las obras que merecen tal nombre, el poeta no ha perseguido semejante fin general, sino uno limitado é individual. Homero ó los rápsodas homéricos no se proponen en la _Iliada_ pintar el mundo helénico antes de la irrupción de los dorios, sino tan sólo la cólera de Aquiles, ni en la _Odisea_ la civilización occidental, sino los trabajos de Ulises.
Pero aun suponiendo legítimos estos propósitos, todavía es mas censurable la manera con que se realizan. En vez de presentar la vida de tal ó cual país ó clase de la sociedad con serenidad y como se nos aparece realmente, oprimido el novelista por el deseo de producir fuerte impresión, exagera, falsea, amontona todos los datos que la realidad le ofrece dispersos.
Basta arrojar una mirada imparcial sobre algunas recientes y famosas producciones francesas, en que se describe la vida de los campos y de las minas, para convencerse de que el escritor no las ha observado y pintado con sinceridad, sino que ha acumulado con visible artificio en una comarca todos los crímenes, suciedades y horrores que ha leído en la prensa de varios años, acaecidos en los distintos departamentos de Francia. Por el contrario, en otras novelas alemanas, inglesas y españolas en que se describe la vida de los campesinos no se encuentra más que honradez, pureza, felicidad. Esto es aún más falso, pues al cabo los naturalistas se apoyan sobre un dato seguro, á saber, que el interés y el egoísmo que á la mayoría de los hombres domina se expresa de un modo más brutal y repugnante entre las clases incultas. Los novelistas rusos siguen por regla general las huellas de los franceses y aun los sobrepujan. He leído una producción dramática titulada _El poder de las tinieblas_ que, en cuanto á horrores condensados, deja atrás á todas las francesas. La famosa _Sonata de Kreutzer_, del mismo autor, se propone nada menos que probar que en las relaciones conyugales, tan santas y dulces en ocasiones, nada existe que no sea triste, venenoso é inmoral. Con perdón de unos y otros, cuyo grande ingenio no desconozco, sigo creyendo que no es todo sombra en la vida y que para pintarla como es realmente precisa arrojar antes la cólera de nuestro corazón, despojarse de toda inquietud y deseo y contemplarla sin prevenciones.
No sólo por cómodo, pues emancipa al poeta de la dura ley de la inspiración, sino por nuevo, el procedimiento francés es hoy seguido por gran número de escritores en toda Europa. La novedad es una de las necesidades más imperiosas que lo mismo el público que los artistas sienten en este último tercio del siglo XIX. Pocas tendencias me han parecido más absurdas y peligrosas para el arte. Aunque sea insensato vivir en pugna constante con su tiempo, aún lo es más abrazarse á él con todas las fuerzas del espíritu y no querer gustar ni sentir las obras de los que nos han precedido. El momento actual es una etapa del largo y variado desenvolvimiento de la razón humana: tiene importancia capital para nosotros, aunque comparado con la historia total de ese desenvolvimiento signifique poco. No debe, pues, el artista despreciar la época en que ha nacido, sino amarla para poder extraer de ella el jugo divino de la poesía, que existe en todos los tiempos y todos los lugares. Pero el que no sepa á la vez unirse con amor á los tesoros de belleza que nuestros antepasados nos han legado, ése no llegará á sentarse en la cima sagrada del Olimpo. «Los mejores cantos--dice Telémaco en la _Odisea_--son siempre los más nuevos.» Si se medita un poco se comprenderá que las pasiones humanas, primera materia sobre la cual trabaja el poeta, no cambian, en lo que tienen de fundamental, con el trascurso de los siglos, y aun en la vida social, si el tiempo y el espacio establecen diferencias, no son tan grandes como á primera vista parece. Leemos á Longo, á Teócrito, á Apuleyo y nos asombra el observar que la vida de aquellos tiempos fuese tan semejante á la nuestra. Tomamos una novela ó un drama indios, y acaece lo mismo. Pasamos la vista por la _Celestina_, primer monumento de importancia de nuestra literatura novelesca, y advertimos que los burdeles que en ella tan admirablemente se descubren son casi idénticos á los que hoy existen, que sus personajes piensan, hablan, bromean como los que á todas horas tropezamos en la calle. En cambio, otras obras más recientes españolas, como la _Diana_ de Montemayor, _El Español Gerardo_ de Céspedes, las novelas de Lope y de Montalbán y en general todas nuestras comedias de capa y espada nos hacen pensar que estamos contemplando un mundo diferente, que entre el modo de vivir, de pensar y de sentir de aquellos hombres y el nuestro media un abismo. ¿Qué significa esto? Para mí no otra cosa sino que los unos reflejan con fidelidad su época, mientras los otros, no sabiendo extraer de la suya nada interesante, han preferido fantasearla.
Con esta última observación se enlaza un asunto de capital interés en la composición de la novela: el de la verosimilitud. Los modernos novelistas se preocupan mucho, y con razón, de dar verosimilitud á sus invenciones. Opino, sin embargo, que en este punto hay también exceso, y que hemos pasado, sin razón, de un extremo á otro, de las aventuras estupendas, increíbles, con que los antiguos narradores sazonaban sus creaciones, al insulso prosaísmo que hoy se advierte. La vida es bella; los hechos tienen un valor absoluto. Son estas verdades á las que rindo culto lo mismo en teoría que en la práctica. Pero debe tenerse presente que los hechos sólo tienen valor estético cuando son _reveladores_, cuando hacen vibrar nuestro espíritu con la emoción de lo bello. El fenómeno por sí mismo no tiene valor alguno dentro del arte. Pero se me preguntará: ¿cuál es la diferencia entre los hechos significativos ó reveladores y los que no lo son? Confieso que no puedo responder á esta pregunta. Para mí es un misterio. La mayor parte de los hechos de que se compone la novela de Balzac titulada _Eugenia Grandet_ son corrientes, vulgarísimos, prosaicos; no obstante, esta novela causa emoción profunda y puede considerarse como una de las producciones más peregrinas del ingenio de este siglo. Análogos hechos en otras novelas nos dejan fríos, si es que no nos producen tedio. Tal misterio los mismos artistas no pueden explicarlo; lo sienten, lo adivinan, y por eso sus obras son bellas: con esto basta. Es insensato, pues, dictarles reglas sobre el particular: tomarán los hechos que les haga falta, y en sus manos tendrán siempre significación. Pero es necesario protestar contra esa absurda suposición de que sólo los sucesos corrientes y ordinarios deben entrar en la novela. Por el contrario, en la vida surgen en raras ocasiones caracteres y fenómenos de tal valor estético que su reproducción en el arte no sólo es conveniente, sino necesaria. En este punto es curioso lo que me ha sucedido y lo que presumo sucederá á todos los novelistas. Muchas veces he visto tildadas de inverosímiles escenas ó sucesos que no he hecho más que trasladar de la realidad. En cambio nadie ha encontrado inverosímiles aquellos que he inventado. Consiste esto en que cuando he presenciado ú oído narrar cualquier suceso raro, no he tenido escrúpulo en utilizarlo, fiando en su verdad, al paso que cuando necesito inventarlos procuro alejarme de todo lo que parezca extraño é inverosímil.
Lo mismo el público que los críticos viven ahora constantemente alerta contra la inverosimilitud, y apenas un pobre autor echa el pie fuera del camino trillado, caen todos sobre él con el dictado de _falso_ en los labios. Pero, por lo común, sólo contra la inverosimilitud material dirigen sus tiros. La inverosimilitud moral se les escapa la mayor parte de las veces. Y sin embargo, para el hombre que tiene buen sentido y conoce la vida no es menos censurable. Las novelas de ciertos autores franceses, dedicados á entretener á las clases elevadas, no suelen contener grandes faltas de inverosimilitud material; en cambio contra la moral pecan casi constantemente. Los mismos naturalistas son mucho más severos para aquélla que para ésta. Hasta el mismo Balzac, que tan profundamente conocía la vida y con tal arte la desmenuzaba, quebranta no pocas veces la lógica moral. Siempre recordaré el triste efecto que me causó, en obra tan bella como _Eugenia Grandet_, aquel pasaje en que el abate Cruchot, momentos después de llegar el primo de París, propone á boca de jarro á Mme. de Gramins que se deje cortejar por él con objeto de inutilizarlo. Tan atroz falsedad me causó más repugnancia que las hazañas de Artagnan en _Los Tres Mosqueteros_, de Alejandro Dumas (padre).