Los majos de Cádiz

Part 10

Chapter 103,982 wordsPublic domain

--Yo no creo que este rompimiento sea para siempre--articuló gravemente el señor Rafael.--Será una desazón volandera de esas que acostumbráis los que andáis metíos en el querer. Mañana os volveréis á juntar y ni tú ni ella os acordaréis si hoy le has dado un palo ó dos besos... Pero si es cierto que la has echado de tu casa y no la vuelves á llamar, digo, Velázquez, que no te ayudará Dios, porque no has hecho una cosa regular... Soleá es una mujer como pocas...

--¡Ea, dejarme ya de Soleá!--exclamó el guapo riendo.--¿Me van á dar ustedes jaqueca toda la noche? ¿No hay otra conversación más entretenida? Me hartaba esa niña... Un día ú otro tenía que suceder... Sucedió... ¿Qué le vamos á hacer?... Precisamente en este momento me están apeteciendo unas lonjitas de jamón. ¿Echamos un solo y las jugamos?... ¡Eh, niño! tráete una baraja...

IX

El Carnaval.

El sol abandonaba la mar espumosa y ascendía por la bóveda del firmamento cuando Velázquez despertó de su sueño. Iba á llamar á Soledad para que le trajese una camisa, pero recordó súbito lo que había pasado y sintió un leve vuelco en el corazón. Alzóse del lecho y se vistió lentamente malhumorado y taciturno. Aproximóse al balcón, que señoreaba una gran extensión de mar, y derramó por ella sus ojos distraídos. El céfiro rizaba la inmensa superficie coronando de hermosos y fugaces penachos blancos sus olas azules. El sol esparcía sobre ella su madeja de oro haciéndola lúcida y trasparente como una esfera de cristal.

Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no fueron poderosas para desarrugar el semblante ceñudo de nuestro guapo. Dió algunas vueltas por la casa y, cosa que nunca había notado, le pareció grande y fría. Pensó que era necesario buscar una mujer para que la arreglase y guisase la comida, y tuvo intención de llamar á Joselillo para enviar por ella; mas se contuvo: no había prisa: lo mismo sería al día siguiente. Bajó al cabo á la tienda, se desayunó y se puso á fumar cigarrillos. Aunque tuvo deseos de salir para esparcir su mal humor y refrescar la cabeza, no lo hizo retenido por una vaga esperanza, que no tardó mucho en cuajarse. Á eso de las doce apareció un hombre en la puerta preguntando por él, con una carta en la mano. Por su semblante fruncido pasó una imperceptible ráfaga de satisfacción. ¡Al fin! Esto era lo que había estado esperando toda la mañana: ya sabía que más tarde ó más temprano había de llegar, y por eso no se había separado de la tienda. Abrigaba la certidumbre de que Soledad, á solas consigo misma y así que tropezase con las primeras consecuencias de la miseria y desamparo en que había quedado, reflexionaría sobre su falta, se arrepentiría de ella y, depuesto todo orgullo, vendría humillada á pedir que la admitiese de nuevo en su casa. Tomó con su habitual gravedad la carta que le presentaba el portador, le gratificó con largueza y le despidió. Pero el mozo le respondió:

--Aguardo contestación.

Entonces el guapo echó una mirada al sobre y observó que estaba escrito de mano de hombre. Lo rompió con presteza y leyó la carta. Era de Antonio Robledo, su amigo: le decía en ella lacónicamente que Soledad estaba en su casa y que hiciera el favor de entregarle al dador el baúl. No fué menudo el desengaño al leer la tal esquelita. En sus breves y sencillas palabras creyó notar un dejo de desdén, ó por lo menos indiferencia, que le irritó la bilis. Disimuló, no obstante, lo mejor que pudo, y levantándose de la silla subió á casa seguido del mozo y sin decir palabra le llevó hasta la sala y le mostró el baúl, que estaba en medio de ella. Pero cuando el hombre se fué comenzó á resoplar con furia y á dejar salir de su boca palabras amargas.

--¡Vaya con Antoñico!... Se ha dedicao á recoger en su zahurda las palomas que se suertan... ¡Pa que se fíe uno de los amiguitos!... ¿Y quién es el tío para pedir el baúl? ¿Le toca algo con Soledad?... ¿Por qué no lo pide ella?...

Y muy desabrido y amenazando cantar algunas claridades á Antoñico, se salió de casa.

Era domingo de Carnaval. Las calles rebosaban de gente. En los balcones de las casas se apiñaban lindas muchachas de ojos negros para ver desfilar los coches ocupados por jóvenes enmascarados que les arrojaban puñados de almendras, anises y caramelos. Desde los coches á los balcones entablábanse animados diálogos, cambiábanse requiebros por donaires, confites por sonrisas; arrojábanse sonoros besos que, en alas del viento, iban á posarse tímidamente sobre alguna tersa mejilla ruborizada. Y la gente de á pie, desde la acera, hacía coro á aquellos diálogos batiendo las palmas, celebrando con igual algazara los requiebros picarescos de los mancebos que las respuestas saladas de las niñas. Cruzaban numerosas comparsas ataviadas con trajes originales, unas de majos, otras de trovadores, otras de frailes, etc., todas tocando y cantando muy concertadamente. Pero la que excitaba la admiración y el aplauso de la muchedumbre era la denominada _de las viejas ricas_, compuesta de veinte ó treinta muchachos disfrazados de viejas con espléndidos trajes de seda, peluca blanca, media negra y zapato de raso, cuyos cantos deliciosos, impregnados de toda la sal de la Bética, pronto iban á dar la vuelta á España.

El sol nadaba sereno por el espacio haciendo brillar la seda de los vestidos, el carmín de las mejillas, el azabache de los ojos. Por doquier reinaba el júbilo. El ambiente, cargado de perfumes, de colores y reflejos, vibraba con los dulces sones de las músicas, con los cantos, con las risas, con las palabras de amor. En las estrechas calles, distribuídas en todas direcciones, cortándose, retorciéndose de un modo caprichoso, hervía la muchedumbre con inquieto oleaje, bañándose en un gozo vivo y espontáneo. La hermosa ciudad del Occidente, ceñida, como la diosa de Chipre, de su blanco cinturón de espuma, lanzaba una fresca y alegre carcajada. ¡Oh, feliz el que la haya oído reir de este modo! ¡Más feliz aún el que pueda vivir y morir en su seno amoroso, bañándose en su aire tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los besos incesantes de su mar azul que riza la brisa!

Velázquez recorrió las calles sin participar de esta alegría como otras veces. Llevaba en su alma el peso de la cólera y el despecho. Estuvo en la calle Ancha, donde la animación era más grande y las máscaras se apiñaban con preferencia. Allí tropezó con Manolo Uceda, quien le invitó á entrar en la cervecería á beber una copa de Jerez. Aunque muy contra su gusto, aceptó la invitación para que no sospechase su mal humor, y se esforzó en aparecer jocoso.

Consiguiólo sólo á medias; tanto que Manolo, que ignoraba el rompimiento con Soledad, notó, sin embargo, al poco rato que su alegría no era espontánea y le preguntó:

--¿Qué tienes? Parece que estás preocupado.

--¿Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que este ruido del Carnaval me empacha un poquillo, ¿sabes?

Manolo, como de costumbre, no le preguntó por Soledad. Sería delicadeza ú orgullo, pero es lo cierto que jamás lo hacía. De este modo el guapo pudo salvar del compromiso en que la pregunta le hubiera puesto, y al poco rato se despidió pretextando que le aguardaban sus amigos. Recorrió las calles más animadas sin que las contorsiones grotescas ó los gritos desapacibles de las máscaras que tropezaba provocasen una débil sonrisa en su rostro taciturno. Varias le saludaron llamándole por su nombre, porque era hombre popular y conocido en todas las clases sociales. «Adiós, Velázquez.--Adiós, guapo.--Adiós, elegante.» Respondía y apretaba el paso, porque no le pedía el cuerpo conversación. Sin embargo, en la calle de la Amargura, de un grupo de mujeres disfrazadas de gitanas se destacó una que logró abordarle. Se le plantó delante y le dijo de manos á boca:

--¿Conque ya no está Soledad contigo?

--Eso parece--respondió el majo con su habitual desenfado.

--¿Y por qué la has echado, niño? Eso está muy feo.

--Yo no la he echado. Se ha ido ella--replicó con orgullosa modestia, seguro de no ser creído.

--¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que le has dao una paliza gitana en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta.

--Te engañas, máscara. Se ha marchado ella por su gusto.

--¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué traidor con las pobres mujeres!... Pero Dios te castigará algún día; no tiene remedio. Dame la mano, falso; voy á decirte la buenaventura.

--Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne mucha gente.

En efecto, las compañeras de la gitana se habían aproximado y tras ellas algunos transeuntes.

--Una mujer te quiere, salao, pero tú no la quieres á ella--dijo la máscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando á las gitanas.--En cambio, estás chalao por otra que huye de ti. Llegarás á conquistarla, pero al fin te la pegará. Un amigo falso te hará traición. Serás muy desgraciadito y nadie te compadecerá. La mujer que primero te dé un beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella se reirá de ti...

Velázquez sospechó en aquel momento que la máscara era Paca, y dijo riendo con fatuidad.

--Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda.

--No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, niño.

El la retuvo á pesar de sus esfuerzos.

--Dámelo, aunque tus labios tengan veneno. Mira que muero de ganas de pasar esas fatigas y de que me hagas desgraciado.

--¡Suelta, traidor, suelta!

La gente reía. Las gitanas tiraban de su compañera mientras los hombres, que se habían parado, animaban al guapo gritándole:

--¡Anda! ¡Oblígala!... ¡Que pague la guasita!

Al cabo se desprendió la máscara y, unida al grupo, se alejó gritando, mientras Velázquez prosiguió su camino con los labios contraídos por una sonrisa de orgullosa satisfacción. Aquel ligero incidente le había puesto de buen humor, pues apenas le cabía duda de que la gitana era Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su modo de andar.

Disipada en parte la niebla que pesaba sobre su espíritu, pudo fijarse y tomar interés en lo que á su alrededor pasaba. El regocijo y la bulla crecían á medida que avanzaba la tarde. Una agitación tumultuosa reinaba en las calles: de su recinto estrecho salía un clamor profundo como el de un río que se despeña. La muchedumbre se estancaba en las calles principales impidiendo el paso de los carruajes, que se veían obligados á permanecer inmóviles largo rato. De pie sobre ellos, máscaras con grotescas cabezas de cartón excitaban la risa de la gente, gritando y manoteando de un modo frenético: estaban roncos ya casi todos. Las damas de los balcones, excitadas por tanto vocerío, mareadas y nerviosas, gritaban también con alegría loca, arrojaban puñados de papelillos de colores, cubriendo la calle y la muchedumbre de un manto irisado. Algunos jóvenes respondían á esta graciosa agresión lanzándoles, con jeringas de goma, chorritos de agua perfumada. Cuando acertaban á darles en la cara, la muchedumbre aplaudía con entusiasmo. Otros, de pie sobre las banquetas de los coches con una botella en la mano y una copa en la otra, servían manzanilla á los conocidos que divisaban.

--¡Velázquez! ¡Eh, Velázquez!

El majo vió un máscara que desde lo alto del coche le ofrecía una copa de vino y se acercó.

--Ven acá, valiente. Bebe esa copa á la salud de tu niña.

Velázquez tomó la copa y dijo gravemente:

--Y á la de la tuya, máscara.

--¡Oh! La mía no vale un comino al lado de Soledad ¡Vaya una mujer castiza!... En tu caso no envidiaría ni al arcángel San Rafael.

¿Por qué les daba á todos ahora por elogiar á Soledad? Si era hermosa, otras había como ella: no era para tanto. Prosiguió su camino, levemente disgustado por tal ridículo empeño. Y de nuevo enderezó su pensamiento hacia Paca, cuyas cualidades empezó á exaltar á toda prisa en su mente á fin de borrar la imagen que, al parecer, todos se proponían ponerle delante de los ojos. Había vuelto á quedarse taciturno y marchaba con arrugado ceño por la calle. Tanta gritería, tanta bulla le iban poniendo nervioso.

Pero al revolver la esquina quedó estupefacto viendo frente á sí á Paca, que marchaba tranquilamente al lado de su marido. Sintióse turbado y molesto. ¿Quién era, pues, la máscara que le había dicho la buenaventura? Sin embargo, los abordó con fingida calma y alegría. Charlaron de las máscaras y de las ocurrencias más graciosas que aquella tarde habían oído. Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba paz á la lengua, narrando las aventuras de su paseo, haciendo observaciones profundas unas veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre todo lo que había visto y oído. Pero se detuvo de pronto y las cortó para decir á Velázquez bruscamente:

--Esta mañana he visto á Soledad, ¿sabes? Ya no se va hasta dentro de unos días. María y Antonio se han empeñado en retenerla...

Velázquez se encogió de hombros con afectada indiferencia.

--¡Qué mal has hecho, niño!--prosiguió.--¡Algún día te pesará! No hallarás mujer tan fiel ni tan cuidadosa de tus intereses.

¡Y dale con Soledad! ¿No había otra cosa de que hablar en Cádiz? Abrevió cuanto pudo la conversación y se despidió de los esposos.

La tarde declinaba. Las calles iban quedando oscuras y el semblante del guapo también. Decidióse á entrar en una cervecería y tomar algo, pues no había comido, «¡Vaya con Antoñico! se decía mientras mascaba distraídamente. ¡Ya lo creo que trabajará por que Soledad se quede en su casa! ¡No se relamerá poco ese tío podrido teniéndola al alcance de la mano!... ¡Valiente verde de restregones y achuchones se dará en estos días!» Y en su corazón, que la tristeza oprimía, sintió de pronto la quemadura de los celos. Aquel Antoñico no cesaba, con un pretexto ó con otro, de florearla. Mil veces le había oído decir que ninguna mujer le había gustado tanto en la vida. Luego, era un hombre audaz, no conocía la vergüenza; lo mismo le importaba recibir una injuria ó una bofetada que beberse una copa de vino... Ella, claro que no se iba á enamorar de semejante asqueroso; ¡pero las mujeres son tan bestias! En cuanto las adulan se vuelven jalea. Había observado que las payasadas de Antonio le caían en gracia y aceptaba sus lisonjas con gratitud. Á fuerza de machacar el hierro se dobla...

Sintió calor en las mejillas. La atmósfera de la cervecería le sofocaba. Se levantó, pagó y salió á la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la noche. Su pecho oprimido se dilató aspirando con felicidad el aire puro, que refrescó al mismo tiempo sus sienes y serenó su espíritu. Á paso lento y con la cabeza baja caminó la vuelta de su casa siguiendo la ruta de la muralla al borde de la mar para evitar la gente. Una débil esperanza lucía en la oscuridad melancólica de su pensamiento, la de encontrar á su llegada carta de Soledad. Le parecía increíble que ésta rompiese de un modo tan insulso los lazos estrechísimos que los unían, olvidase en un punto su amor frenético, del cual tantas y tantas pruebas había recibido. Animado por esta luz y viéndola brillar delante de sí, cada vez con mayor intensidad, insensiblemente fué apretando el paso hasta llegar casi jadeante á la tienda. Procuró dar á su rostro la misma habitual expresión indiferente y altiva y, después de saludar á las tres ó cuatro personas que allí había, preguntó á Joselillo:

--¿Ha venido algún recado para mí?

--No, señor--respondió el chico.

Subió á su cuarto y se dejó caer en la cama fatigado del largo paseo que había dado y más aún de tanto pensar en la misma cosa. Concluyó por enfadarse consigo mismo. ¿Á qué tomarlo tan á pechos? ¡Vaya una jaqueca tonta la que se estaba buscando! Si se marchó, buen viaje. Las consecuencias del rompimiento serían peores para ella; porque él se quedaba en su casa, y ella... ella Dios sabe adónde iría á parar. La idea de ver á su amante padeciendo los rigores de la miseria ó quizá hundida en un lupanar le conmovió. «¡Pobre chica! se dijo enternecido. Es una niña caprichosa. Ni sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula lo que le puede suceder.» Y dilatándose su espíritu con estas imaginaciones tiernas y sosegada la cólera, al cabo de un rato se quedó traspuesto.

Cuando despertó eran las nueve. Aplicó el oído á los ruidos de la tienda, y no percibiendo la voz de sus amigos se dijo: «Esos ya no vienen: se habrán ido al baile ó quedarían por ahí de juerga en cualquier montañés». Y rápidamente se echó sobre los hombros su capa torera, bajó al establecimiento, dió á toda prisa las órdenes necesarias y salió á la calle. Sin vacilación de ningún género, con paso vivo y firme se dirigió á casa de su amigo Antonio. Vivía éste en la calle de _Enrique de las Marinas_, bastante lejos del _Campo del Sur_, en el piso segundo de una casa vieja y de modesta apariencia. Estaba el portón abierto. Subió por la estrecha y sucia escalera, y cuando llegó á la puerta llamó con los nudillos. Nadie salió á abrirle. Llamó más fuerte, y tampoco. Entonces se puso á dar fuertes porrazos con el puño, hasta que se abrió una de las puertas de al lado y salió una mujer á decirle que excusaba de llamar porque no había nadie en el cuarto. Los vecinos habían salido hacía poco rato y debía de ser para el baile, porque la señá María-Manuela y una amiga que estaba con ella iban disfrazadas.

Velázquez bajó la escalera con un nuevo desengaño en el corazón. ¿Cómo? La niña, después de lo que había pasado y en situación tan angustiosa, ¿tenía humor para irse al baile? Su amor propio le sugirió la idea consoladora de que había ido, no por su gusto, sino arrastrada por Antonio, quien tenía interés en aturdirla y aun corromperla, por aquello de que «á río revuelto ganancia de pescadores». Se detuvo un instante á calcular adónde podrían haber ido, y después de pesar atentamente las probabilidades resolvió encaminarse al teatro Principal.

El salón estaba ya lleno. En el medio bailaban trabajosamente veinte ó treinta parejas ceñidas por una muralla de espectadores que gritaban, reían, y les daban ruidosa cantaleta avanzando insensiblemente y sofocándolas cada vez más. Muchos de ellos estaban ebrios ó tocando en las lindes de la embriaguez y sus chanzas eran descomedidas. Pero los que bailaban con las máscaras hallábanse poco más ó menos en el mismo grado de la escala alcohólica y no se quedaban cortos en las respuestas. Solamente las mujeres estaban disfrazadas: hombres, uno que otro por excepción, acaso para llevar á feliz término alguna aventura que exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta gente habían formado ya una atmósfera espesa y asfixiante.

Velázquez se introdujo en el grupo de espectadores y á fuerza de codazos logró pronto colocarse en primera fila. Se puso á examinar las parejas que cruzaban. El disfraz ordinario de las mujeres era el dominó; las había, sin embargo, graciosamente ataviadas con trajes de capricho. Muchas, sofocadas por aquel ambiente, se habían quitado la máscara, saltaban con las mejillas rojas y los ojos brillantes, dejándose arrebatar en el torbellino del baile. Unas se desplomaban con lánguido abandono en los brazos de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando la cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras brincaban con frenesí, enloquecidas por el ruido y el movimiento, respondiendo con viveza á cuantos requiebros dejaban caer en sus oídos al pasar. Una linda rubia de ojos negros daba puntapiés con sus zapatitos de raso blanco al galán que la llevaba abrazada, en castigo quizá de algún desmán, mientras otra muchacha se volvía á menudo para saludar con la mano á unos jóvenes que miraban desde un palco, lo cual mortificaba mucho á su pareja.

Velázquez observó cuidadosamente á cuantas mujeres bailaban esperando descubrir á Soledad; pero no logró nada. Calló, al fin, la orquesta. Por todo el ámbito del salón comenzó á hormiguear la muchedumbre con algazara. Los gritos de las máscaras dando bromas á sus conocidos levantaban horrible algarabía. Algunas, por su donaire, llamaban la atención y lucían la viveza de su ingenio en medio de un grupo que las aplaudía, mientras el pobre hombre víctima de sus burlas, con el rostro encendido y desfigurado por una sonrisa forzada, hacía inútiles esfuerzos por exprimir el ingenio y sacar de él alguna respuesta graciosa.

El guapo recorrió el salón en todas direcciones por ver si descubría entre las máscaras á su querida. Tenía la seguridad de reconocerla. Mientras se dedicaba á esta caza sabrosa sin resultado, alzóse súbito gran tumulto. La gente se arremolinó hacia uno de los ángulos; las mujeres chillaban; los hombres se precipitaban para introducirse en el lugar de la gresca: por algunos momentos reinó espantosa confusión en el baile. El motivo era que un hombre, sorprendiendo á su mujer allí, la estaba dando de bofetadas. El galán que la acompañaba salió á su defensa: se había trabado una lucha en la cual tomaron parte los amigos de uno y otro: brillaron las navajas, y hubiera habido que sentir si los muchos concurrentes no sujetasen á los gladiadores y la policía no llegase al punto. Velázquez, que siempre se había mostrado indiferente á estas bullas y se había reído de los burlados, dijo en voz alta y con acento colérico que estaba bien hecho y que fué lástima que el hombre no le hubiese sacado las tripas al galancete.

Cuando los culpables fueron arrojados del salón y se restableció la calma, vió entre las máscaras una más alta que le pareció su amante. La pequeña y gorda que la acompañaba era sin duda María-Manuela. Corrió á su encuentro, pero ellas, al verle, se separaron vivamente y, cada cual por su lado, se introdujeron en la muchedumbre, desapareciendo al instante de sus ojos. Por más que hizo no le fué posible dar con ellas. Mareado de tanta vuelta, rendido y triste, se determinó al cabo á salir del baile. Soledad y María-Manuela sin duda se habían vuelto á casa. Pero antes de retirarse á la suya quiso dar un vistazo por el café Suizo. Un vago presentimiento le animaba á ello. Sabía que Antonio era parroquiano y solía llevar con él á María-Manuela.

En cuanto abrió la puerta y puso el pie dentro la vió. Estaba sentada cerca del mostrador con su amiga María y otra mujer, Antonio y otro hombre. Llevaba dominó negro y se había quitado la careta. Sus ojos se encontraron, pero ella apartó los suyos vivamente y por su hermoso rostro sonriente se esparció una nube sombría. Velázquez vaciló unos instantes, pero al fin se decidió á acercase á la mesa haciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para aparecer sereno.

--Á la paz de Dios, señores.

Soledad no respondió. Los demás, que no le habían visto, levantaron la cabeza sorprendidos y saludaron.

--¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué milagro es éste?--dijo Antoñico con intención burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la sangre del guapo.

¡Con qué placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo, esperando que algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y adoptando un tono desenfadado explicó su aparición. Salía del baile, donde se había aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se había metido en el café á tomar una limonada. Y al decir esto batió las palmas y se la pidió al mozo.

--Sí, ya sé que has estado en el baile--replicó Antonio con la misma sonrisilla guasona.

Velázquez mintió; dijo que había recorrido antes otros dos, y que en ellos había bailado; pero aunque tenía por cierto que la vecina se lo diría, no tuvo valor para confesar que había estado antes en su casa, esperando que de aquella conferencia saldría algo que evitase tal humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas más felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se proponía cautivar. Antonio llegó á dudar, viéndole tan despreocupado, si serían ciertas sus explicaciones y habría entrado allí por casualidad. Ni una sola vez volvió los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero, sin mirarla, veía su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven permanecía rígida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban desarrugarla.