Los majos de Cádiz

Part 11

Chapter 114,006 wordsPublic domain

Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez había prevenido al mozo con una seña, y al pedir la cuenta se encontró con que ya estaba pagada. Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pasó desadvertido para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy delicado y se puso de mejor humor. Salieron á la calle. Las tres mujeres se habían cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velázquez maniobró hábilmente para quedarse rezagado y se volvió al lado de Soledad, que daba la acera á las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en voz baja:

--¿Te has divertido en el baile?

--Sí--respondió la joven secamente sin volver la cabeza.

Después de otra pausa volvió á preguntar tímidamente:

--¿Has bailado mucho?

--No--respondió con la misma sequedad.

Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia buscando medio de pasar á la conversación que deseaba.

--Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque llevases careta--dijo al cabo disimulando inútilmente su emoción.

Soledad no respondió.

--¿Sabes por qué te he conocido?

--No.

--Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen pareja.

--¡Bah!--dejó escapar la joven con indiferencia.

María-Manuela, que deseaba vivamente la reconciliación de los amantes, oyéndoles hablar, dijo algunas palabras al oído á su amiga, y ambas se separaron bruscamente de Soledad, dejándola sola. Velázquez lo agradeció en el fondo del alma; pero un gran temor y embarazo le sobrecogieron inmediatamente.

--Hace un rato estuve en casa de Antonio... Quería darte la mano antes de que te fueses... Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber cuál era fuí derecho á ese... ¡La querencia, hija mía!... Tenía la seguridad de conocerte en cuanto te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni tu aire, ni tus pies se pueden equivocar con otros. Tardé mucho en dar contigo; pero cuando al cabo te vi y traté de saludarte, desapareciste de mis ojos entre la gente y ya no pude hallarte... ¿Me has visto tú?

--Sí.

--...Me guardas rencor todavía, ¿verdad?... Pues mira, Soledad, por mucho que tú me tengas, más me tengo yo. Quisiera poder molerme las costillas á palos. Te sobra razón para no mirarme á la cara en tu vida; pero dicen que de los arrepentidos es el reino de los cielos, y tú para mí eres el cielo, ¡el cielo de la mañana con campanillas de plata! Un cachito de gloria, ¿sabes?... Nunca pensé estar tan chalado... Desde que saliste de casa, ni cantan los pájaros en la jaula, ni huelen las flores en el balcón, ni el perro hace otra cosa en todo el día que aullar... Todos parecen decirme: «¡Anda por ella!»

La joven permanecía silenciosa y grave. Entonces Velázquez, deponiendo las últimas migajas de orgullo que le quedaban, profirió con voz temblorosa:

--He pasado una noche y un día muy amargos, Soledad. Me parecía imposible que un cariño de toda la vida pudiera romperse en un minuto. Te he querido de chiquita, cuando te hacía bailar sobre las rodillas y gorjeabas á mi oído pidiéndome alguna golosina: te he visto crecer y desarrollarte y volverte poco á poco una real hembra que hacía la boca agua á toos los gachós de la villa. Y entonces comenzaron mis cuidaos, ¿sabes?... Después pasó lo que pasó y me fuí metiendo, metiendo en el querer... y hoy eres para mis ojos, criatura, la misma Virgen del Carmen, el principio y el fin de todas las cosas... ¿Por qué no me has escrito, dí? Una palabra tuya me hubiera hecho volar á tu lado y pedirte perdón... Pero hacer que me escribiese ese tío no te lo perdonaré jamás...

Soledad alzó los hombros con ademán displicente y dijo:

--Allá tú.

Velázquez se sintió cada vez más turbado. Una tristeza profunda iba entrando poco á poco en su pecho. La que él imaginaba pequeña barrera fácil de saltar se trasformaba en alta, inaccesible muralla. Entonces halló en su alma palabras sumisas y fervorosas que ofreció en holocausto á aquella diosa irritada.

--Desde que te has ido de mi vera no sé lo que me pasa, gachona; ni duermo, ni como, ni sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. ¡Y yo que me figuraba que podía vivir tan ricamente sin verte! ¡Sin duda me has echado algunos polvos en la comida antes de irte, gitana! Me parece como si hubiera vivido hasta ahora con una venda sobre los ojos sin saber que tenía cerca un pedazo de cielo, una palomita de oro, un talego de perlas que á patadas hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que me ha caído la venda me bajo á recogerlas y las beso, ¿sabes?... Escucha: todo el mundo dice que soy orgulloso y quizá tengan razón; pero contigo no quiero serlo más. Si has estado en mi casa humillada, de hoy para arriba no volverá á suceder, te lo juro por mi salud... Ocuparás en ella el sitio que mereces, serás respetada como las santas que están en los altares y nadie hará allí sino tu voluntad... Á mí me basta para ser feliz oir tu voz y sentir tus pasos menudos.

Soledad escuchó impasible este concierto de palabras dulces y protestas de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, con voz más débil, prosiguió:

--Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una perrada, mala puñalada me den rejoneá. No pienses más en irte á Medina, ni en que esas manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cádiz, y mientras yo viva tan señora serás en ella como la reina en su palacio...

El mismo silencio obstinado por parte de su compañera.

--Dí, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás tan rencorosa como todo eso?--profirió ansioso y acongojado.

Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigió en voz alta y tono jocoso á sus amigas, que marchaban delante.

--Andad más vivito, hijas, que llevamos paso de procesión. ¿Queréis pasar la noche al fresco?

Cayéronsele al guapo las alas del corazón. En su vida se había sentido tan triste. Aún tuvo fuerzas para exclamar:

--Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonarás... ¿Te vienes conmigo?

La joven guardó silencio cruel y siguió caminando con igual tranquilidad, como si no hubiese oído.

Velázquez perdió la esperanza de llevarla de nuevo á su casa. Sintió frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz angustiosa, estas palabras:

--¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar marchar solo?... ¡Por lo que tú más quieras... por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, no me hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... ¡Anda, hija mía, vente conmigo!

Soledad volvió la cabeza sorprendida de aquella voz extraña y temblorosa, le miró un instante á la cara y al fin dijo gravemente:

--Bueno; vamos.

La alegría dejó suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponiéndose en seguida y tornando á su habitual arrogancia, tomó la mano de la joven, la pasó por debajo del brazo y así enlazados se acercó al grupo diciendo:

--Camarás, ustedes se van á la cama: nosotros también. Conque á la paz de Dios y dormir bien.

María-Manuela prorrumpió en exclamaciones de gozo. Ya sabía ella que todo aquello era mojama y conversación de Puerta de Tierra.

--¡Pues no faltaba más que dos gachós tan serranos se juntasen y se apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de la calle os irán echando bendiciones. Soledad, no consientas más en la vida que ese desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que habíais de reñir...

Los demás se mostraron igualmente alegres por la reconciliación y les felicitaron; pero Antonio no dejó de verter su gotita de hiel en la alegría de Velázquez.

--¡Así me gustan los hombres!--exclamó dándole palmaditas en el hombro.--Una mujer como Soleá merece que nos echemos la fachenda á la espalda.

El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero disimuló, esperando la ocasión de tomar revancha; y temiendo no fuese más adelante en sus bromas, se apresuró á alejarse arrastrando consigo á su querida. Los despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les gritó recordando la conclusión de los cuentos:

--Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y yo fuí y vine y no me dieron nada.

Soledad se volvió con la faz sonriente y replicó, aludiendo también al final de los cuentos:

--Te regalaré unos zapatitos de manteca, si los quieres.

Quedaron al fin solos. Velázquez no halló palabras, acometido á un tiempo mismo de turbación y gozo. Embargábale una emoción gratísima, una ternura suave que refrescaba su corazón y lo bañaba de deleite. Jamás había experimentado aquello. Mil veces había sentido el brazo de Soledad sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegría, sin pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por qué era tan exquisita la sensación que ahora percibía? El suave calor de aquel brazo, trasmitido al suyo, se difundía por todo su cuerpo inundándole de felicidad.

Al cabo su lengua se desligó para proponerle tímidamente que siguiesen el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto á aquellas horas.

Era una noche tibia de las postrimerías de Febrero. La luna bañaba ya su punta argentada en el mar preparándose á dormir en su seno. Por la inmensa llanura líquida se esparcía una blanca claridad que hacía temblar al monstruo de júbilo. La blanca diosa, al abandonar el firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante y serena. Las estrellas palidecían ante su majestad. Ningún ruido se escuchaba más que el leve batir de las olas. De los confines del horizonte la noche venía desplegando su velo misterioso, que pronto iba á envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar.

Velázquez, que nunca había fijado su atención en los esplendores de la naturaleza, sintió la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez más el brazo de la joven, narrábale al oído cuanto había acaecido en su ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en el relato conceptos halagadores, frases cariñosas que daban testimonio de su ventura. Sentía en aquel instante irresistibles impulsos de adoración, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos que había experimentado en las últimas horas; los explicaba con el placer de un náufrago que, al amor del fuego, en un sillón confortable, cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse más expuesto á ellos.

Soledad escuchaba serena, complacida, dejándose arrullar por aquella cascada de palabritas de miel que nunca habían llegado á sus oídos. Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonreía de vez en cuando á los amorosos extremos de su amante. De repente vió correr una estrella, y para que no fuese mensajera de algún mal exclamó:

--¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe!

Velázquez la miró sorprendido.

--¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy contento.

--No: se lo decía á una estrella corrida.

--¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo?--dijo el guapo.--Pues ten cuidado, porque tantas como cuentes te saldrán de arrugas en la cara... Pero no te importe, niña, que cuando eso suceda yo no podré ya con la fe de bautismo en papeles y tendrás que sacarme en una espuerta al sol.

Ambos rieron representándose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta suerte llegaron al fin á casa; y después que Soledad hubo echado una mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar.

X

Rebelión.

Velázquez se sintió al día siguiente avergonzado en presencia de su querida. Se levantó, no obstante, de buen humor y la prodigó muchas delicadas atenciones que no acostumbraba á usar: bebió y comió con apetito y estuvo locuacísimo todo el día. Por la noche agasajó á sus amigos en celebridad de la reconciliación, y éstos pudieron notar que su alegría era excesiva y que había depuesto aquella gravedad displicente que rara vez le abandonaba. En los días sucesivos se alteraron un poco sus hábitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el más insignificante descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba temprano: jugaba largas horas al _rentoy_ con los parroquianos, y en las disputas que el juego suele engendrar mostrábase tolerante y conciliador. En suma, parecía un hombre feliz en paz con el mundo y consigo mismo.

Soledad también lo era, al parecer. Atenta á la dirección del establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, recibía las finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirándole de vez en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y observaba sin cesar. Las noches en que había música en la plaza de Mina, salía con su amante á escucharla. Por las tardes también quería éste sacarla á paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenían. Deseaba aquél tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso siempre con tenaz resolución.

Sin embargo, el majo no podía vencer aquel sentimiento de vergüenza que le acometiera después de la escena de la reconciliación. Aunque ponía empeño en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado enteramente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la noche memorable en que por primera vez en su vida descendió á las súplicas delante de una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado borrarlo de la memoria, ¿qué adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á pesar de la paz y ventura en que vivía, le causaba sordo malestar. Creía estar viéndolo, al través de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles en su imaginación.

Pero Soledad no parecía preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba con él cariñosa y solícita, prevenida á darle gusto en todo: de tal modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tenía acostumbrado. No había pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no lo hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se felicitaba de que en su casa hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos días. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con el golpe de la escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle cosquillas en el alma. El resquemo de la humillación no se suavizaba, antes iba siendo cada días más áspero é insufrible. Menester era arrojarlo pronto, dar merecida satisfacción á su orgullo y recobrar la prístina grandeza y majestad á los ojos de todo el mundo y á los de sí mismo.

Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar en la conversación aquel tono de superioridad displicente que siempre le había caracterizado. Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, por un resto de temor, que al cabo también fué desapareciendo. Ésta ni se sobresaltó por el cambio, ni se dió siquiera por entendida. Seguía tranquilamente la marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo hacía con absoluta libertad de espíritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta entonces creía habérselo notado.

Al fin, una noche, hallándose todos los amigos reunidos en la tienda, Velázquez, que estaba de vena, se aventuró á soltar una pullita á su querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la hacían derramar lágrimas en presencia de la reunión. Soledad alzó la cabeza vivamente y le clavó una larga mirada luciente y colérica. El guapo dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y procuró distraer la atención de los amigos. Aquel aviso tácito le impresionó más de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y pudo recapacitar nació en su alma un sordo despecho con mezcla de desaliento. Ahora fué cuando entendió claramente que la situación había cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atrevía á desafiar su cólera; luego estaba bien convencida de que no podía vivir sin ella. Devoró su enojo y se guardó en adelante de dirigirle ninguna burla mortificante. Sólo con muchas precauciones y mirándola siempre á la cara se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tímidas y cariñosas que más parecían caricias.

Pero como es difícil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y más poseyendo el carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que otra noche, sin darse cuenta, se le fué la lengua y soltó una impertinencia. Soledad esta vez no se contentó con mirarle, sino que exclamó con acento amenazador:

--¡Cuidado!

Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le dijo algunas frases cariñosas para desagraviarla. Ella permaneció seria.

Cada día lo fué estando más, y cada día se mostró más silenciosa, afirmándose en el puesto preminente que al fin había logrado adquirir en la casa. Y mientras ella, á toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la misma rapidez los perdía él. Perdió aquellos modales arrogantes que jamás le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando hablaba con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar su rendimiento, pero sin conseguirlo más que á medias. Temía ofenderla con cualquier frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía su divino entrecejo por la broma más inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad tan delicada que casi se la hería con la vista.

Sin embargo, hasta entonces se habían guardado las apariencias, aunque con trabajo. Velázquez seguía siendo la autoridad infalible é indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le servía. Pero tal situación no tenía fundamento alguno en la realidad. Velázquez lo sentía allá en el fondo de su alma: sabía que todo era comedia, que su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tenía puesto el pie en el cuello. Esta idea hacía botar su orgullo como un corcel brioso á quien le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad había logrado ocultarlo á todo el mundo, y aun pretendía con mil artificios ocultárselo á sí mismo, pero en vano. La triste verdad, que á su despecho se imponía, le roía el corazón y le quemaba la sangre. Comenzó á vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable. Comprendió que era necesario salir de él á toda costa, si no quería fenecer de un empacho de bilis. Y determinó volverlo todo patas arriba con un golpe de audacia, súbito, inesperado. Espió con paciencia algunos días la ocasión; se mostró más afable y condescendiente que nunca, y al cabo, cuando aquélla se le ofreció oportuna, dió fuego á la mecha y disparó el tremendo cañonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y alcanzar de nuevo la cumbre del poder.

Era día de toros. Había prometido á su querida que la llevaría á la corrida y, al efecto, tenía comprados dos asientos de delantera de grada. Salió á dar una vuelta, quedando en venir á recogerla á la hora conveniente. Mientras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con los mejores trapos que tenía, el vestido de fino merino negro, la media de seda calada, los zapatos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo adornó con flores al uso de la tierra y se sentó detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó ésta, sin embargo, y trascurrieron algunos minutos después sin que el guapo pareciese. Pasó media hora, pasó una, y nada. Entonces la gallarda tabernera, abrasada el alma de despecho, subió á su cuarto y se quitó, mejor dicho, se arrancó con mano trémula el vestido de gala.

Velázquez entró en casa á la noche y se condujo con la misma soltura y libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo con afectada ligereza:

--Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu asiento.

Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo que decía:

--Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa!

La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío, amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia ella con sonrisa petulante.

--¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida vendrá en que no tendré compromisos...

Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz alterada:

--¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro será que sufra tus sandeces mucho tiempo...

El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente:

--¿Es de veras eso?

--¡Y tan de veras!--exclamó ella mirándole con ojos de indignación.

--Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no convienen, ya sabes el remedio.

Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose:

--Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor.

Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle. Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso.

--¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?--exclamó sonriendo con afectada alegría.--¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á cadena perpetua?

--¡Quita! ¡quita!--exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para rechazarlo.--Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y que no las aguanto más tiempo.

--No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la última...

Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.

--Te digo que me dejes Velázquez--repitió con calma y severidad.--Nada adelantarás con retenerme á la fuerza.

Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución:

--Me voy, me voy: no quiero sufrir más.

Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigiéndole ruegos tan vehementes y haciéndole promesas tan disparatadas que Soledad vaciló. Le miró todavía con ojos coléricos, le cubrió de dicterios, le amenazó con marcharse á la primera ofensa que le hiciera; pero, desahogada su cólera, consintió al cabo en quedarse.

XI

Sumisión.

No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor, justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras chistosas y libres con que sometía á las mujeres.