Los majos de Cádiz

Part 15

Chapter 153,973 wordsPublic domain

Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela. Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió repentinamente. Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante, á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre sí misma.

Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversación ya se creía otra vez dueño del corazón de la hermosa y se mecía en un océano de risueñas ilusiones.

Seguía la zambra en el aposento. Mercedes la _Cardenala_ bailaba con Gregorio, su futuro cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo después de la reyerta con su suegro, experimentó la necesidad de bailar, quizá para aturdirse, y bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con el maestro carpintero en un rincón, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido no estaba allí, contaba sus desazones domésticas y pedía consejo á Paca la de la Parra.

--Bien puedes creerme, Paca, no hay tío más desalmao ni más hereje. El otro día, seis duros tristes que tenía apartados para hacer unos vestiditos á los niños, me los quitó y se fué con ellos cantando á la taberna y no vino en dos días á casa...

--Pues no parece...

--¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como que el que lo ve le apetece cogerlo y ponerlo en el altar de San José en lugar del santo! Para todos es una mosquita muerta... pero en casa, yo te aseguro, hija, que está demasiado viva y que pica mejor que un alacrán... Mira--añadió remangándose los brazos,--nadie creerá que él es quien me ha hecho estos cardenales...

--Pero ¿te pega?--exclamó Paca con asombro.

--Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfemias como los demás, me da unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el cordobán... Y el angelito mientras tanto sonríe y me pregunta con mimo: «¿Qué tienes, hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su estampa!... Como sé cuáles son los sagrarios que recorre, muchas veces mando á un chico á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que se enfada? ¡Na! Se queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha habido veces en que se han reunido los cinco niños en la taberna! «¡No falta ahora más que _la cocinera_!» dice el sinvergüenza... porque es así como me llama.

Paca no pudo reprimir una carcajada.

--¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando vi llegar á los hijos de mis entrañas cayéndose contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da por celarse de su sombra... Ya ves tú--añadió con leve inflexión de vanidad,--¡á mis años y después de haber parido siete veces!... No puedo salir á la calle sin que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito decente... Á fuerza de trabajos había logrado comprar unos zapatos de charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que salí con él al Perejil, por si había mirado á Fulano y por si Mengano había dicho ¡ole!, llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... ¡Ea! ¡otra vez desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te gusto más en cueros?...»

Iba á emitir Paca su autorizada opinión en este litigio, cuando se interpuso Frasquito, que venía á consultarla sobre si sería ó no oportuno enviar por amoniaco á la botica más próxima, para dárselo á su suegro á ver si despejaba un poco. Aunque su tío Rafael le había asegurado que en durmiendo la _mona_ recordaría la sagrada promesa que le había hecho, su inquietud no le permitía esperar con calma al día siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razón y con ella la conciencia de sus obligaciones.

Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre este punto.

--Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales?... ¿He faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?...

El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones, aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el socorro de la química.

Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja _Cardenala se arrancó por panaderos_ con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola, sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo hiciera, porque se bailaba con el diablo.

Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste, que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino, andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias de la bella y los celos del muchacho.

--¿Dónde va tu novio tan encandilao?--díjole sonriendo con orgullo, viendo salir al joven del aposento como un huracán.

--Déjalo--respondió ella haciendo una mueca de desdén.--Es un tío lila, ¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha salido al campo para llorar más á gusto.

--¡Para llorar!... ¿Por qué?

--Porque está celoso de ti.

--¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este pobrecito viejo--repuso Velázquez con mal disimulada jactancia.

--¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto.

--¿Tan echao á perder lo tienes?

--Estragaíto del todo, querido... Figúrate que hace ya un mes que no puedo comer más que cosas frías.

--¿Me quieres comer á mí?

--Por lo frío podía pasar, pero eres demasiado duro.

--Mírame un ratito con esos ojillos puñaleros y me verás derretío.

--Te estoy mirando hace un año y no veo ninguna pringue en el suelo.

--¿Á que no me esperas esta noche en la reja de tu casa?

--¿Á que no echas conmigo un bailecito?

--Vamos á verlo--replicó el guapo levantándose.

Mientras tanto, el desgraciado Gabino, después de atravesar el jardín, había salido al campo, como su novia adivinó burlando. No lloraba, pero tenía el corazón tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de sentarse entre los railes de la vía férrea que por allí cruzaba y esperar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó á una empalizada y se puso á rumiar sus desengaños, cuando oyó cerca rumor de conversación. Las ventanas del salón de tablas donde la boda se celebraba abrían hacia aquel sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto pudo á ellas para escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la voz de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, que comenzaba á salir, vió que los dos que departían en la ventana eran Soledad y Antoñico. Observó que la joven estaba agitada, convulsa, que acompañaba sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad.

--Si no la puedes ver más que al diablo--profería la joven haciendo esfuerzos por reprimir la voz,--si la aborreces, ¿por qué te acercas á ella públicamente? ¿Por qué le das ese gusto sabiendo que á mí puede mortificarme? ¿No ves que la gente nos observa, que puede muy bien suponer que de aquella candela queda algún rescoldo?... ¿Te has figurao, hijo, que vas á ponerme en ridículo como has hecho más de mil veces con ella? ¡Que te se quite, niño!... Nuestro compromiso es de ayer y está sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo corto... ¡Ya está cortado!... Ya no tenemos ná... Conque tú por un lado y yo por otro...

--¿Por qué lado voy?

--Por el que te dé la gana.

--Entonces voy por el de tu corazón y me quedo en él de huésped.

--En mi corazón no caben tíos fanfarrias... Acabo de salir de un fachendón y ¿quieres que dé en otro?

--Te arrepentirás de haberme insultado sin motivo. Me acerqué á María para preguntarle solamente por su sobrinito que está enfermo... Ya sabes cuánto he querido yo siempre á ese niño...

--¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la salud del sobrinito te estás media hora de pitorreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras meterme los dedos por los ojos...

--¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios ahora mismo.

--¡Ea! no me vengas con monerías de gata tripera... Confiesa que te gusta aún María... Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el alma quieta...

--Confieso que te quiero de todo corazón... que paso las fatigas de Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la única mujer que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo este higo paso--añadió presentándole uno.

--¡Anda que te zurzan!--exclamó la joven riendo y arrojando el higo al suelo.

Bajaron la voz. La plática comenzó á ser suave y cordial y entreverada de risas.

La reconciliación estaba hecha.

Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad tornaba á ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su curiosidad, el mancebo permaneció inmóvil á ver en qué paraba y lo que aquello significaba. Antoñico no cejaba en sus demandas ni la joven en sus negativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y la bella concluyó por quedarse inmóvil con los ojos extáticos, mientras el galán seguía murmurándole al oído sus deseos.

Soledad se pasó entrambas manos por el rostro y, con súbito ademán, sacó una llave del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo dió la vuelta y se retiró de la ventana.

Velázquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenzó á palmotear y á jalearlos de tal modo que el guapo volvió la cabeza sorprendido y los presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz pálida, demudada, se guiñaron el ojo y no faltó quien exclamase:

--¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo á llevarte á casa en brazos, niña.

--¡No me caigo, no, desaborío!... ¿Quieres ver cómo no se me doblan todavía las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á bailar á la salud de los novios y de toa la compañía.

--¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, salero!--gritaron entusiasmados los hombres.

Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto de ver á la que pasaba por primorosa bailadora.

El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla cuando Soledad exclamó con violencia:

--¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima!

Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino, Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en los presentes.

--¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda? ¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!...

Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de risa en un rincón gritando:

--¡Vivan los novios rumbosos!

Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural.

--¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas!

Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de besos.

Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y sombría sin participar del frenesí que allí reinaba.

Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora, cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban el rostro con ellas.

Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de obligar al viejo _Cardenal_ y á su esposa á que echasen un baile de despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los _Cardenales_ bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.

Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico, que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la querella gritando á los cocheros:

--Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.

Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía vociferar al carpintero:

--¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?

XV

Noche gaditana.

Cuando entraron en Cádiz sonaba la una. La hermosa ciudad dormía sobre el mar, como una odalisca en brazos de su déspota. El cielo espléndido de la Bética formaba sobre ella un pabellón poblado de luces. Una leve brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa.

El estrépito de los coches turbó un momento aquel sueño tranquilo. Más de una tierna doncella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su balcón con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito de ¡vivan los novios! que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus cándidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con sonrisa dulce murmurando: «¡Una boda!» y tornaba al lecho y se dormía soñando escenas de felicidad que el cielo bendice.

La comitiva recorrió las calles deteniéndose delante de algunas tiendas de montañés y haciéndolas abrir para beber unas cañas. Los novios, que habían regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo á su cortejo y se escabulleron bonitamente para casa. Los demás recalaron todos á la tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montañés que ya se había acostado, é introduciéndose por la puerta falsa del portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y ¡vengan cañas de Sanlúcar! ¡venga _cante_ y guitarra y jaleo!

Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se inició la retirada por la vieja _Cardenala_ y poco á poco fueron desfilando casi todos. No quedaron en la tienda más que los borrachos empedernidos, el señor Rafael, el maestro carpintero, el _Cardenal_ y otros cuatro ó cinco convidados.

Velázquez se puso al lado de María-Manuela mientras marchaban en grupos por las calles; pero cuando al llegar á una esquina se despidieron de la familia de Mercedes, tuvo ocasión de acercarse á ésta y hablar con ella algunas palabras.

--Adiós, gitana--le dijo estrechándole la mano afectuosamente.--Adiós, naranjita china.

--Estoy deshecha, niño--respondió ella con languidez afectada.--He bailado más que un trompo.

--¿De modo que no sostienes la apuesta?

--¡Anda! Ya lo creo que la sostengo.

--Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado á tu ventana.

--Dentro de media hora te espero en ella.

Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico, que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y seria.

--¿Qué te decía Antonio, querida?--preguntó el majo.

--¡Antonio!--exclamó la morena con sorpresa.--¿Qué me había de decir Antonio?... Nada.

--¿No estaba hablando contigo en este momento?

--¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por mi sobrinito.

--Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura que yo no esté delante--manifestó el guapo con calma amenazadora.

María quedó turbada y balbució con timidez:

--¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te remontas...

--No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso.

Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa precedidos y seguidos de otros grupos.

--No te vayas á figurar que á mí me importa ya nada de ese tío--profirió ella al cabo.

--No me figuro nada--respondió secamente Velázquez.

--Que se me salten los ojos y no vuelva á ver la luz del sol, que me vea pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya á morir al hospital, si tengo más interés por él que por el carro de la basura... Anda, hijo, pues ni que estuviera echada á los perros para acordarme ya de ese tío sucio sin vergüenza. Primero me dejaba hacer tajaditas así que mirar más en cara á ese arrastrao. No pienses en ello, niño, que si algún día me dan ideas de faltarte, será con todos menos con él. ¿No vale más tu personilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues el gachó es de oro para que una mujer se chale por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara que un jardín en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... ¡Para mí ya está podría!

Velázquez se fué calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta suerte llegaron hasta la puerta de casa. La hermana de María vivía en una callecita estrecha del barrio de la Viña, cerca de la Catedral. Paca la de la Parra vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Despidiéronse, pues, allí, ésta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y siguieron adelante. Velázquez se quedó un instante á la puerta con su amante y al cabo también se despidió de ella hasta el día siguiente. Estaba cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al separarse: la verdad era que deseaba acudir á la graciosa cita de su antigua novia.

Cuando quedó solo se fué paso entre paso á la tienda de Crisanto á esperar la hora. Allí seguían los residuos más antiguos de la boda rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Júpiter y Semele.

No tardó en recalar también Antonio; Gregorio y algunos otros jóvenes de los que habían acompañado á las mujeres llegaron poco después. La juerga prosiguió más grosera y alborotada por la ausencia del elemento femenino.

Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una mirada cargada de odio y de amenazas que no pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidadosamente de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes se escabulló sin ser notado. Sin dilación alguna se dirigió nuevamente al barrio de la Viña y se detuvo delante de la casa de su antigua querida: acercóse á una reja baja que tenía, llamó con los dedos á los cristales y esperó. No tardaron en abrir.

--¿Estás ahí, desaborío?

--Aquí estoy, limoncito verde.

--¿Por qué limoncito verde?

--Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes.

--¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido para mí un perro te vienes con esa.

--Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que me tire al agua y me verás hacerlo.

--¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...

--¡Si supieses las penitas que estoy pasando!

--¡Calla, calla, perro!

--Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.

La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial cuatro años.

Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un coche.

--¿Un coche á estas horas?--exclamó María con sorpresa.

Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué aproximando. Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos. Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:

--¿Sabes quién va ahí?

--¿Quién?

--Velázquez.

--¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes.

--Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente.

--Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta.

--Pues es Velázquez, no tengas duda--repuso Antonio cada vez más trémulo.

Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito. También se puso seria.

--¡Es bien extraño!

Cuando hubieron comentado largamente el caso, María le propuso entrar.

--Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la clemencia de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que tú no vayas á tener un disgusto. Mira que ese tío tiene muy malas tripas...

Antonio le dió gracias con efusión y estuvo muy tentado á aceptar la oferta, porque sentía un miedo de primera calidad. Pero se acordó de la cita con Soledad, la halló muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se las echó de valiente.

--Si no me quedo es precisamente porque no vayas á figurarte que le tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como él y una buena herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no, esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez.

Gozó todavía un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba de persuadirle á que pasase allí la noche, y al cabo se despidió.

El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la sombra y volviendo á cada instante la cabeza, no pensaría ciertamente que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos á nadie.