Part 14
--Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una atrocidad... Ya la conoce usted.
--Sí, sí; la conozco bien--respondió el joven con acento amargo.
--¿Por qué no la habla usted?
--¿Yo?--exclamó con sorpresa.--Yo no tengo ninguna influencia sobre ella.
--Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de usted.... ¡uf! le pone por las nubes...
--¡Sí, para tenerme más lejos aún!--repuso con sonrisa melancólica.
Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada, encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.
No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió, pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa. No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada. Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:
--Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.
--Sí; alguna vez nos acompaña--repuso ella secamente.
Hubo una larga pausa.
--¿Y crees--dijo al cabo con tímida sonrisa--que te conviene ese acompañamiento?
--¿Pues?--replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.
Manolo bajó los ojos.
--Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer, y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...
--¡Bah!--exclamó la joven un poco pálida.--Esas son cosas de la tienda de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de vez en cuando les tome un poco el pelo.
Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:
--Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe favores y dinero.
Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz alterada:
--¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo haces por envidia.
Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola por el brazo, profirió con ira concentrada:
--¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito, sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo, quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente vales bien poquito.
Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo:
--Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo cosas que nunca he pensado.
El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.
XIV
La boda de Pepa.
Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía.
Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en dirigirse de nuevo á Mercedes la _Cardenala_, temiendo fundadamente que le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo en obra, acompañando á la _maga_ en el Perejil y por la noche en la plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto, consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en proponerla que se fuera á vivir con él.
Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la gente acudía á los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve, flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes, inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados, poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía gozosos y locuaces.
En una de estas noches sembradas de estrellas, y en un banco de la plaza de Mina, fué cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado el día de su matrimonio. Hubo dificultades para arreglarse antes. El padre de Pepa, que era maestro carpintero y había adquirido en sus contratas un razonable caudal, tenía demasiado apretados los cordones del bolsillo, no se decidía á señalar dote á su hija, contentándose con responder á las instancias de los novios que «los ayudaría en todo lo que pudiese». Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espíritu esencialmente práctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable de las abstracciones tratándose de asuntos tan serios, iba aplazando la boda mientras no viese algo más concreto. Finalmente, aquella mañana, el maestro carpintero se había humanizado y le prometió diez mil pesetas para comprar la participación que su tío tenía en el comercio y quedarse él solo con el negocio de las harinas.
Señalado el día por los novios, pedida la novia oficialmente por el señor Rafael y arreglados los papeles á toda prisa, se tomaron los dichos en la vicaría. Después de las correspondientes amonestaciones celebróse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron padrinos el señor Rafael y Mercedes la _Cardenala_, prima de Pepa. Asistieron á ella los parientes y amigos de ésta y la reunión de la tienda de Velázquez, por ser los más íntimos que el novio tenía. Manolo Uceda se excusó por verse obligado á dormir aquella noche en la Isla; en realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. Ésta se había negado en un principio á asistir á pesar de las vivas instancias de Frasquito, pero habiendo venido la misma Pepa á suplicárselo no tuvo más remedio que ceder.
Se preparó la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y después de la ceremonia todos se trasladaron allá en coche. Iba una jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velázquez en una con Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre de Pepa, y así sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera acompañando á la novia. Esta, después de haberse despojado de la mantilla, se había echado encima del traje negro de seda con que se casara un espléndido pañolón de Manila azul bordado en blanco. La mayoría de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores negras, el de María-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y verde.
Las calles hervían de gente cuando la comitiva se puso en marcha atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrépito de los coches y su número desusado sorprendían á los transeuntes, que se detenían, y al enterarse de que era boda gritaban riendo:
--¡Vivan los novios!
Y los de la comitiva respondían con vivas aún más sonoros, golpeando al mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino hacía parar delante de todas las tiendas de montañeses conocidas; llamaba al chicuco; aparecía éste con una batea de cañas; se bebían alegremente entre el corro de la gente que se apiñaba instantáneamente para verlos, y ¡arrea, niño! vuelta á escapar desempedrando las calles.
En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El grupo de mujeres de la jardinera alcanzó una ruidosa ovación.
--¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mujeres castizas! ¡Vivan los novios! ¡Vivan los padrinos!
El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba puñados de almendras y monedas de cinco céntimos á los chicos. Con lo cual éstos corrían detrás del cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmoción al vecindario.
Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho la angosta lengua que la une á la tierra y pararon delante de una de las más nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra á solazarse. Como el calor sofocaba, habíanles puesto la mesa en el jardín, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegría, sentóse cada cual donde bien le pareció. La novia entre el padrino y la madrina, el novio al lado de su suegro, á quien empezaba á bailar el agua mucho más que á su esposa; Soledad junto á Antoñico, Velázquez junto á María-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito á su prima Isabel la _Cardenala_, Paca entre el _Cardenal_ y la _Cardenala_ viejos, embelesándolos con su afluencia maravillosa.
Velázquez había saludado á Soledad fríamente en casa de Pepa durante la ceremonia. Aquélla le había contestado con mayor frialdad aún. Luego no habían vuelto á dirigirse la palabra ni á mirarse siquiera. Mientras duró la comida el majo afectó mucha alegría y prodigó á su pareja mil delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le ayudaba siguiéndole el humor, no teniendo ojos ni oídos más que para él. Soledad y Antoñico charlaban mucho más quedo, pero también con más sabrosa intimidad, riendo á cada momento ella con no fingidas ganas los chistes del pícaro.
Cuando hubieron comido según sus deseos, empezaron á levantarse de las sillas y á cambiar de asiento y postura, formando pequeños grupos, retrayéndose las parejas enamoradas á los rincones para charlar más á su gusto. Pero seguían cambiándose entre unos y otros, aunque á distancia, las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la _cantaora_ que habían traído consigo no daban paz á los cantos de la tierra, malagueñas, seguidillas, polos, soleares, aunque sólo tres ó cuatro más filarmónicos los escuchasen en silencio.
Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz.
--¡Que bailen los novios!--gritó.
Este grito halló eco en seguida entre los invitados.
--Eso está bien dicho. ¡Que bailen!
Pepa se prestó al instante á ello, pero á Frasquito no hubo poder humano que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con mucho gusto echaría un baile. En realidad desdeñaba el arte de Terpsícore: toda su devoción la consagraba á Mercurio. Sentado en un rincón al lado de su suegro, departía con él amigablemente sobre asuntos serios, remojando á menudo las fauces con sendas cañas de manzanilla. Ni la misma Pepa con sus ruegos logró moverle de la silla. Entonces el señor Rafael, enojado de aquella falta de galantería, se levantó exclamando:
--Ea, chiquilla, deja á ese gallego y humíllate á dar cuatro pataditas con este pobre viejo.
--¡Ole por el padrino!--gritaron los compadres con entusiasmo.
Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon los palillos y empezaron á moverse acompasadamente uno frente á otro. La cantaora, con voz penetrante, cantó:
«Á la señora novia sacadla á bailar, para que se despida de su mocedad.»
--¡Bueno va!--¡Oblíguela usted, padrino!--¡Vivan las novias saladas!
Todos palmeteaban y chillaban jaleando á los bailadores. Algunos tomaron puñados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como una nube sobre ellos.
La novia se fatigó antes que el padrino. Esto causó gran regocijo. El viejo fué felicitado con entusiasmo.
Pepa, jadeante, dijo:
--Que baile ahora Soledad para quitarles á ustedes el amargor de la boca.
--¡Que baile! ¡que baile!--gritó la reunión.
Soledad hizo signos negativos con la cabeza.
--Déjenla ustedes ahora: Soledad no está templada todavía--manifestó Velázquez afectando desenfado.
El rostro de la joven se contrajo con expresión sombría, y volviéndolo hacia Antoñico dijo en voz baja:
--No soy guitarra para templarme.
Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena desagradable y no insistieron.
Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra exclamando:
--Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como músico.
Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa:
Porque te quiero te digo que te registren el novio, porque no está de recibo.
La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas. Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta, tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil reales á réditos se había declarado insolvente.
Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera, llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa, el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice nada, soltó la siguiente bomba:
--De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con las diez mil pesetas de que hemos hablado.
Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y apenas pudo balbucir:
--¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso?
--Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir--replicó con audacia tranquila el carpintero.--Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente...
Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi espumarajos por la boca, profirió:
--Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted?
El carpintero empalideció á su vez.
--¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando?
--Sí, señor, lo repito--gritó aún más sofocado el novio.--¡Es usted un sin vergüenza! ¡un canalla!
El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello. Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador, acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía espanto á los circunstantes y en particular á las hembras.
Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole aparte, le dijo al oído:
--Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido?
Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos.
Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo _Cardenal_ al maestro carpintero. Frasquito tenía una _mona_ que no se lamía el infeliz. Con lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza».
Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los alegres compadres.
Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no obstante, alguna afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica:
--María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio con Soledad?
La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució:
--Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no haberlas entendido.
--¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!--exclamó riendo.
Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió tomándole una mano y acariciándola:
--No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en el alma como alfileres!
--¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!--replicó ella dándole un leve empujón.
El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido, cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó por decir sonriendo:
--¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía!
Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su sobrino.
--Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias; te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese agua...
--¡Qué bilis tiene usted, tío!--exclamaba Frasquito mientras los demás reían á carcajadas.
--¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de dejarte sin platos en la cocina...
Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio, cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico:
--¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche toda la bilis no callará.
Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se acercó á su antigua querida.
--Presente, mi capitán--le dijo blandamente al oído.
La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se apoyó á su lado en el marco de la ventana, y después de una larga pausa dijo en voz baja:
--Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las boqueadas como un pez fuera del agua.
--Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar--repuso ella en voz baja también y sin cambiar de postura.
--Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya sabes que padezco de reúma.
--Avisa que te lo calienten.
--¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo.
--¿La bañera de ahora?
--No, la bañera de antes.
--¿Qué importa si el baño no es para ti?.
--Pues me cuelo en él aunque me quede tieso.
--La bañera te haría salir á palos.
--Eso me conviene para entrar en calor más pronto.
--¡Qué sin vergüenza!
--¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo.
Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se le había visto.
Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó:
--¡Quien fué á Sevilla perdió su silla!
Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía. Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:
--¿Me permite usted descansar un momento en esta silla?
--No es mía--respondió secamente.
--Supongamos que lo fuese.
--Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra.
--Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted?
--Dejarla donde está.
--¿Conmigo encima?
--Con usted ó con otro. Me es igual.
--Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á la diestra de Dios Padre.
Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró:
--¡Tardaba ya mucho!