Los majos de Cádiz

Part 13

Chapter 133,984 wordsPublic domain

Velázquez salió de aquella casa feliz como un desahuciado á quien prometen la vida. Y á paso corto de transeunte curioso y satisfecho emprendió el camino de su casa al través de las calles buscando la sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular posición de Cádiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba sus rigores gracias á la brisa que lo baña, todavía al atravesar algún espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba á apresurar el paso.

En la calle Ancha encontró algunos amigos y estuvo con ellos jovial y locuaz como pocas veces se le había visto. Al despedirse de ellos tropezó con Mercedes la _Cardenala_, á quien no había vuelto á hablar desde la memorable noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. Como el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventuró á detenerla, saludándola con afectuosa expansión. La muchacha, sorprendida de aquel arranque, estuvo fría, circunspecta y no dejó de mortificarle con algunas palabritas amargas.

--¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué hora tienes permiso?... Dicen que ya no echas roncas como antes, que estás convertido en un palomo buchón...

Pero el majo no se dió por ofendido; procuró echarlo á risa, le dijo algunas galanterías y se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con alegría:

--¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo tuviese dos corazones, le daría uno.

Justamente al acercarse á su casa vió salir de ella, bajando los escalones, á Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le divisó, dióse á correr desesperadamente en dirección de la plaza de toros. Velázquez lo siguió también á la carrera, logrando estrechar la distancia.

--¡Quieto, Miguel!

El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pánico, redobló sus esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas próximas á la catedral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en darle alcance, poniéndole una mano sobre el hombro.

--¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto?

El chico retrocedió asustado, arrojándose contra la pared de una casa.

--¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fué ella quien me mandó á llamar.

El guapo sonrió y repuso cariñosamente:

--No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario, deseaba verte y charlar contigo un rato...

Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se oprimía aún más contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa á los lados para ver por dónde podría escapar mejor.

--¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á pegarte!... Quiero que seamos amigos y no se hable más de lo pasado.

Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto que, habiéndole invitado á entrar en una taberna inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó á poner el pie dentro, temiendo una asechanza.

--¡Qué escamón estás, hijo!--exclamó el guapo riendo.--Mira, si tienes miedo, llévame adonde tú quieras con tal que haya vino.

Confiado en estas palabras, Miguel le condujo á un tabernucho cerca de los muelles, guarida cómoda de otros pícaros como él, donde solía comer y beber cuando tenía dinero, y no pocas veces también dormir. Mientras caminaban emparejados, Velázquez le preguntó:

--¿Has estado mucho rato en casa?

--No, señor; un momento nada más... y eso porque Soleá me había pasado dos recaos, uno hace quince días y el otro ayer mismo, por un amigo que la vió en la tienda de la Parra...

Se disculpaba todavía con empeño, sin convencerse de que Velázquez no estuviese enfadado.

--No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te lo he preguntao por hablar algo.

Llegaron á la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad de parroquiano, acomodándose en un rincón y batiendo las palmas para pedir vino. Velázquez se sentó frente á él, despojóse del sombrero y le miró sonriente y un poco acortado. Después se informó alegremente de su vida y le agasajó, procurando inspirarle confianza.

--Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos á tu familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraña: así lo he dicho á tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te está haciendo falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir, correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia tiene correr hoy una juerga y mañana que le corran á uno en pelo los guardias? Es menester que dejes á esos andrajosos con quien andas, que no pueden darte más que desazones. Reúnete con hombres regulares que tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos...

El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confesó que le dolía el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con sosiego, de ser machucado por todo el mundo... «¡Si yo le contase las crujías que he pasado!»

Al compás de las cañas la conversación se fué animando, estableciéndose pronto entre ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, lleno de condescendencia, le prometía no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin concluyó haciéndole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su corazón tierno y sus pies diminutos.

--Cada día estoy más satisfecho de tenerla en mi casa--manifestó al cabo con su antigua superioridad.--Y si continúa portándose tan bien como hasta aquí, es casi seguro que al fin me casaré con ella...

Avergonzado de su baladronada, pronunció las últimas palabras rápida y confusamente. Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca con el pañuelo y añadió en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor á la cara:

--Si por casualidad hablases con ella de mí, espero que te portarás como amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa á los engreimientos y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan malintencionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... Eres un hombre y conoces el mundo... Me prestarás un favor grande, Miguelillo, si la convences de que nadie puede hacerla más feliz que yo... Que no haga caso de comadres ni de jaleadores que sólo buscan modo de que regañemos para pescar á río revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacaño para ella. Á Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo buena para mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú nada perderás tampoco...

El chico no comprendía bien, pero le hacían feliz las confidencias de un hombre á quien estaba acostumbrado á admirar y temer. Prometió todo lo que el otro quiso, bebió un número prodigioso de cañas y declaró terminantemente que su hermana sería una sinvergüenza si algún día olvidase lo que le debía. Velázquez, por su parte, se había puesto también de excelente humor.

--Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya más á salto de mata. Te vas á mi casa, ¿entiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que te haga falta... Supongo que Soledad no se opondrá á que vivas con nosotros--añadió bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de su querida.

--Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo.

Al cabo de un rato, Velázquez llamó al _chicuco_ para pagar. Cuando lo hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó:

--¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad?

Miguel negó rotundamente poniéndose colorado.

--¡Vamos, Miguelillo, confiesa!

--¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este pañuelo de seda que usted ve--repuso sacando uno del bolsillo.

Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado tres pesetas. El majo soltó una carcajada.

--Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas son lo mismo.

Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete de diez duros.

XIII

Antoñico.

Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus vicios.

Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones que le hacía experimentar podían achacarse á su carácter altanero y quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo, acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos. Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que tenían en continuo alborozo á la reunión.

Velázquez manifestaba su desabrimiento manteniéndose serio ó saliéndose del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda, un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida por la atención que le prestaba.

--Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos...

Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso, los días en que no le acompañaba María-Manuela subía de punto su gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se presentaba.

El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo notaban... Estaba quedando en ridículo...»

Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y afectando indiferencia, respondió:

--Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?... Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa.

No pudo lograr de ella otra respuesta.

--Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le cojo por un brazo y le planto en la calle.

Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:

--Harías muy mal.

Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían como locos.

La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida. Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa, proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones, como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su costumbre, bebía bastante vino.

Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez, que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja; quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar. Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo apuró con ansia.

Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició con voz alterada una explicación.

--Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar... ¡Vamos, que no puedo!...

--Pues haz por soportarlo--respondió secamente la joven.

Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con humildad, acercándose á ella:

--Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia, iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás quitando la vida...

Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á ella suplicante.

--Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con celos...

Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió con voz temblorosa:

--Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que quieras.

--Lo único que te pido es que me dejes ya en paz--repuso ella alejándose para limpiar una de las mesas.

Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes y al fin profirió con amargura:

--¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no puedes pasarte sin las guasas de ese tío!

Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó:

--¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo plantado. ¿Lo quieres más claro?

Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse.

--¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón.

Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita inspiración exclamó sonriendo:

--¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad?

Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas, llameantes los ojos.

Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su forzada sonrisa.

--Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte que yo me había de chalar por ese titiritero?

El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla. Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo, hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes palabras. Después subieron á casa.

Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería? ¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo? Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar, como otras veces, y perecía á sus manos.

Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy más tiempo con este tío.»

Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos, aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez estaría ya bien dormido, se echó el mantón sobre los hombros, bajó quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase.

Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su rostro y quedó plácidamente dormido.

Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia, ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía disimular su escozor.

Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible que había pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía. ¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto.

Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación. Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas reflexiones la hacían contestaba resueltamente:

--No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.

Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma justiciera que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.

No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina, en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho. Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en casa y ella se fué á la de su hermana.

Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la joven cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de aquella relación que tanto podía perjudicarla.