Part 16
Bien había echado de ver su ausencia Velázquez allá en la tienda de Crisanto. No quiso ir tras él, porque estaba seguro de que se había marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando juzgó llegado el momento de acudir á la cita de Mercedes se dispuso á salir; pero aquellos borrachos le tenían secuestrado. El padre de Pepa, tomándole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba á ejercitar sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno de sus pronósticos siniestros iba acompañado de las correspondientes preguntas:
--¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno? etc.
El viejo _Cardenal_, hombre pacífico si los había en Cádiz, iba adquiriendo á la sazón un humor belicoso también que le hacía muy molesto. Después de tomarlas con Gregorio, injuriándole y declarando á gritos que nunca le dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió con Velázquez acusándole de traidor.
--Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así, ¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza... ¡Ea, ya está! ¿Qué hay?...
Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por desafiarle.
--Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo... Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello!
Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto, porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo.
Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo, la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se encogió de hombros exclamando:
--¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus pocilgas.
Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche, encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le puso delante.
--Buenas noches, señor Pedro.
El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le atravesaba, respondió:
--Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece?
--Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño.
--Está bien--repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y severos.--¿Y aún no te ha llegado el sueño?
--No, señor.
--Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque te expones á quedar dormido en mitad del arroyo.
--No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos por ahí á algunos traidores.
Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó riendo:
--¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás las noches persiguiendo á los ladrones.
--No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda.
--Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme--dijo Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.
Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución:
--Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes?
--Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo?
--Sí que me importa, porque soy su novio.
--Pues hazte cuenta que para mí no eres na--dijo Velázquez con acento agresivo.
--No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente rondar á las mocitas que están comprometidas.
--¡Ea, basta ya de rodeos!--exclamó el guapo.--Quieres reñir,¿verdad tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar.
Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo.
Gabino permaneció quieto y manifestó con calma:
--Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted, delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que usted me matase...
La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en tono resuelto, guardando la navaja:
--Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia--añadió con voz temblorosa,--lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos...
Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes.
--Choca, querido--dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.--Vete en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja.
Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente.
--Gracias, señor Pedro--murmuró Gabino conmovido.
--¡Oiga!--le gritó cuando ya el otro estaba lejos.
Velázquez volvió sobre sus pasos.
--Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico, que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.
El majo se encogió de hombros con afectado desdén.
--Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por el aviso, Gabino, y buena suerte.
No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se desvanecían como el humo.
Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de _Horno Quemado_ vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía, le conoció perfectamente y le chicheó.
--¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre?
--Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo divertido que estará ahora su sobrino.
--¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en el gasto.
Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo.
--Ahí dejó al _Cardenal_ y al suegro de mi sobrino con una _mona_ superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo prueban, se vuelven locos...
Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:
--Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa.
El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó la carcajada.
--¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... No pensé que te hacía daño también el vino... Ya no queda en Cádiz más hombre que yo...
Prosiguió el majo su camino mientras el tío de Frasquito, retorciéndose de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa. Así estuvo largo rato hasta que pasó el sereno y le dijo sonriendo:
--¡Pero señó Rafael, si está usted engañado! Su casa está tres puertas más abajo.
El viejo echó dos pasos atrás y exclamó:
--¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el escribano... ¡Tendría gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de la criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdío de Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Superior! ¡pero superior!... Escucha, Ramón... no digas á nadie que me he equivocado, porque se van á creer que estaba borracho... ¡Ji, ji!... ¡Borracho el señor Rafael!... ¡Tendría que ver!... Adiós, Ramón... buenas noches... Chito ¿eh?... Buenas noches... Hasta mañana, si Dios quiere...
El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le miró alejarse con marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer.
Velázquez, al separarse de él, había apretado el paso. Cuando llegó á las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo. Habitaba éste un caserón viejo, enorme, del cual formaban parte las cuadras donde tenía los caballos en que traficaba. La puerta exterior, que cerraba un zaguán largo y sucio á modo de túnel, solía permanecer abierta toda la noche. El majo se ocultó en la sombra y espió aquella puerta. Una duda le agitaba: si Antoñico habría llegado ya. Habíale dejado pelando la pava con María, pero temía que el tiempo que había gastado con el novio de la Mercedes y el que le había hecho perder el señor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase á su antigua querida y viniese á buscar la nueva.
Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar la esquina de la calle á un hombre. A la luz de la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que se aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, salió de pronto de la oscuridad y se le plantó delante.
--Buenas noches, Antoñico.
El amante de la maga dió un salto atrás y echó una ansiosa mirada á los lados, sin duda con intención de huir. Pero observando la actitud pacífica de Velázquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida cordialidad:
--¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era tropezarte á estas horas.
--Ni yo á ti.
--Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca habían salido á la calle á tomar el fresco.
--Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí.
Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba.
--Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca de la cama.
--Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí--repitió Velázquez con el mismo sosiego.
--Pues vámonos ya.
--Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.
--Como quieras.
Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la luna. Antoñico se inmutó visiblemente.
--Toma--dijo alargándole cortésmente el cigarro.--Pica de él si quieres.
--Muchas gracias--respondió Antonio, rechazándolo.
Velázquez lo miró con sorpresa.
--¿Es que no tienes cuchillo?
--Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...--balbució torpemente.
--¡Allá tú!--profirió el majo alzando los hombros.
Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de humo.
--¡Ah!--exclamó al fin aquél, llevándose la mano á la frente.--¡Qué cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave?
--¿Qué llave?--profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese desplomarse todas las casas de la calle.
--La que llevas en el bolsillo y que Soleá te ha dado hace un rato--manifestó Velázquez con naturalidad.
Se puso aún más pálido de lo que estaba. En un instante pasaron por su cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban clavados sobre los suyos con una expresión tan resuelta y enconada que claramente vió el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó por lo primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclamó en tono jocoso:
--¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya agua pasada, niño... Si supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado á ella... Porque donde está un amigo verdadero como tú toas las mujeres están de más para mí... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el campo libre... Pero tú eres como Dios te crió, guasón y cazurro si los hay, y no tienes confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quítate del medio que me estorbas...» Toma, toma la llave, que no tengo vergüenza si vuelvo á hablarte en los jamases de la vida.
Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo gravemente y guardó silencio. El otro, viendo que no quería seguirle el humor é inquieto por su actitud sombría, se apresuró á despedirse.
--Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaborío con los amigos que te aprecian.
--Adiós--dijo Velázquez secamente.
Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió vuelta á la esquina y en seguida avanzó hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un instante escuchando, atravesó después cautelosamente el largo zaguán, sembrado de carretas y coches deteriorados, y llegó á un espacioso patio. Había numerosas puertas, la mayoría dando acceso á las cuadras. La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigió, pero en vez de acercarse á la puerta del centro, se corrió hacia uno de los rincones donde había otra más chica. Por allí se entraba al cuarto de la huéspeda: lo conocía perfectamente, como conocía toda la casa. Paca había dado á su amiga aquella habitación independiente, única que tenía bien amueblada.
Puso el oído á la puertecita, permaneciendo en esta posición largo rato. Luego sacó la llave, la metió con suavidad en la cerradura y abrió lentamente procurando no hacer ruido. Avanzó después por una pequeña antesala, buscando á tientas en la pared otra puerta, hasta que dió con ella y se detuvo. Llamó quedo con los nudillos. Nadie contestó. Tornó á llamar más fuerte.
--¿Quién va?--dijo desde dentro una voz bien conocida.
Velázquez puso los labios sobre la cerradura y respondió en voz de falsete:
--Abre.
--¿Quién es?--preguntó Soledad.
--Antonio.
--Aguarda un momentito.
Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la puerta.
--Pasa--dijo Soledad con voz apagada.
Velázquez obedeció.
--¡Cómo has tardado tanto, hijo!--siguió con acento de mal humor, mientras cerraba de nuevo la puerta.--Ya no contaba contigo. Te he estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo.
--¡No!--dijo Velázquez con la misma voz de falsete.
--¿Por qué no?
Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la cerilla de la mano.
--¡Tú! ¡tú! ¡tú!--repitió con espanto en las tinieblas.
--¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El cariño que te tengo me ha vuelto loco...
Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven; pero ella retrocedió y sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz alterada, extendiendo la mano:
--¡Sal de aquí, canalla!
El majo se estremeció, se puso también densamente pálido.
--¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te pierdes y me pierdes!
--¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!--profirió la joven trocando el color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.--¿Qué otro nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.
Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía escupiéndole á la cara más que diciéndole:
--¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer... ¡Eso debes hacer, granuja!...
Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se clavaron con extraña fijeza sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo un esfuerzo supremo sobre sí mismo soltó los brazos que tenía cogidos, dió un paso atrás y quedó de repente tranquilo, profundamente tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con intensa atención.
--¡Basta ya!--dijo al cabo con voz ronca y respiración anhelante, como si acabara de hacer una carrera fatigosa.--Has llegado con esa espada que tienes en la boca al sitio mismo donde te tenía guardada... Te quería más que he querido á mi madre... Te respetaba más que á la Virgen de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las gracias... Escucha, niña, no te he partío el corazón ahora mismo porque me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si te debía algunas, ya te las has cobrado...
Giró sobre los talones y salió con paso firme de la estancia. Al encontrarse en la calle se detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un cigarro, lo encendió y prosiguió su camino sosegadamente como un vecino que sale á respirar el fresco. Era la calma del hombre á quien acaban de hacer una operación dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin dolores, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles gozando este sosiego extraño parecido á un letargo. Su pensamiento y su corazón permanecían quietos.
Reinaba un silencio profundo en aquella última hora de la noche. Ni un transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus pasos sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los serenos.
Como no tenía cuenta por dónde andaba, se encontró sin pensar en las Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresuró á volverse pensando en Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró internándose de nuevo en la ciudad. Esa chiquilla es apañadita y salada y parecía que la iba cobrando apego... ¡Pero está de Dios que todo me salga mal de algún tiempo á esta parte! Tiene razón Paca... Será que me voy haciendo viejo.»
De nuevo vagó por las calles á paso lento, bañando su frente en el frescor de la noche. Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y dueño de sí mismo. Antes de retirarse á casa quiso dar una vuelta por la tienda de Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la calle de San Francisco, oyó voces desentonadas, ruido de disputa. Acercóse más y pudo percibir el grito bronco del suegro de Frasquito.
--¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?...
El sereno pretendía arrestarlos, lo mismo á él que al viejo _Cardenal_, por escandalosos. El maestro carpintero se defendía gritando como un energúmeno, con lo cual dicho se está que empeoraba la situación. Dió la vuelta por no mezclarse en disputas de borrachos con la autoridad, llegó á la muralla y siguió por ella la vuelta de su casa.
La noche tocaba á su fin. El firmamento estrellado se desplegaba diáfano y puro anunciando la llegada de la aurora. Brillaban las estrellas declinantes reflejando su luz en las aguas, que se rizaban al primer soplo matinal. La luna acababa de hundirse en su seno, dejando todavía en el horizonte una estela luminosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo de cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para despertar á la sultana.
Velázquez, aunque de espíritu rudo, aspiró con delicia la gloria de aquella noche esplendorosa. Siguió distraído por la muralla sin apartar los ojos del mar, cuyas olas batían á sus pies con dulce, armónico, son. Algunos minutos después se hallaba en el Campo del Sur frente á su casa. Se apoyó en el pretil del muro, y quedó sumido en profunda meditación. Pensó en los últimos reveses de amor que había experimentado, y un sentimiento de abandono invadió su corazón. No había duda, le llegaba la mala porque se iba haciendo viejo. Se encontró solo, sin padres, sin hermanos, sin hijos, sin mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. Y por primera vez le acosaron los remordimientos, las lágrimas que había hecho verter á algunas infelices.
Cuando al cabo alzó la frente, su resolución estaba tomada. Las sombras de la noche huían apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas carmesíes anunciaban en Oriente que el sol no tardaría en alumbrar la tierra.
XVI
Despedida.
Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de vela mandado por cierto amigo suyo que partiría el 15 de Setiembre. La víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen á beber unas cañas á la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya. En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y con encarecimiento á Soledad, ó por hacerle ver que olvidaba sus injurias, ó por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión.
Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta para que accediera á aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba ella, no tanto por el rencor que aún le guardaba, como por considerar violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acertó á tropezar con Manolo Uceda, á quien hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de seguir su camino, pero ella se le puso delante.
--¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por qué no vienes á casa?--le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole afectuosamente la mano.
Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su imprudencia y se puso roja como una cereza.