Los Ladrones de Londres

Part 9

Chapter 93,952 wordsPublic domain

--Haya razon ó no --replicó Sikes. --dadme eso! Os lo digo por la última vez! ¿Creeis que Nancy y yo no tengamos nada mas que hacer que pasar un tiempo precioso siguiendo la pista y cojer á todos los muchachos que se dejan _prender_ para vuestro provecho? Venga acá eso viejo avaro! (Esqueleto carcomido!) Trasto de desván!

Pronunciando tales palabras Sikes se apoderó del billete de banco que el judío tenia entre el pulgar y el indice y pasando con la mayor sangre fria su vista por él, lo plegó en cinco ó seis vueltas y lo encerró dentro de un nudo que hizo en el pañuelo que llevaba al cuello.

--Esto es por el trabajo que nos hemos tomado. --dijo Sikes ajustando de nuevo su corbatin --Todavía no es la mitad de lo que él vale! Vos podeis quedaros con los libros si sois aficionado á la lectura, ó sino los vendereis!

--Qué bien escritos están! --dijo Cárlos que ojeó uno de los tomos haciendo mil muecas --Bello estilo por vida mia! Espresiones elegantes! No es verdad Oliverio? --Y viendo el ceño lastimoso que ponia este mirando á sus perseguidores, maese Bates que estaba dotado de un espíritu cáustico y que además tenia un gusto decidido por el _burlesco_ se puso á reir á carcajadas y ha hacer mas ruido que antes.

--Son del anciano caballero! --dijo Oliverio torciéndose las manos --De ese bueno y respetable caballero que me llevó á su casa y que tuvo cuidado de mi cuando estaba malo y me iba á morir! Ah! Os lo suplico, enviádselos! Devolvedle los libros y el dinero! Tenedme encerrado aquí toda mi vida; pero por amor de Dios devolvedle lo que le pertenece! Creerá que le he robado! La buena señora y todas las personas de la casa que han sido para mi tan buenas, me tendrán por un ladron! Oh! tened piedad de mi! Devolved los libros y el dinero!

Pronunciando estas palabras con el acento de la mas violenta desesperacion, Oliverio se echó á los piés del judío juntando sus manos con ademan suplicante.

--El niño tiene razon! --dijo Fagin arrojando una mirada á su alrededor y frunciendo sus cejas rojas --Tienes razon Oliverio; mucha razon! Pensarán que has robado los libros y el dinero. Ah! ah! --prosiguió rechinando los dientes y frotándose las manos-- Esto no podia venir mejor, aunque lo hubieramos hecho á propósito!

--Sin duda que no podia venir mejor! --contestó Sikes --He aquí lo que me ha acudido de pronto en el pensamiento cuando le he visto atravesar Clerkenwell con sus libros bajo el brazo. Ellos deben ser unas santas almas de otro modo no le hubieran recojido en su casa. Luego no le reclamarán por temor de tenerle que perseguir ante los tribunales y hacerle prender. Con que está bien seguro!

Hasta entonces Oliverio habia mirado á uno y otro alternativamente con aire inquieto sin comprender del todo lo que querian decir; pero cuando Sikes concluyó de hablar, se levantó de repente, se escapó del aposento sin saber donde dirijirse llamando á su socorro y haciendo resonar la casa con sus gritos.

--Guillermo llama á tu perro! --esclamó Nancy corriendo á la puerta y cerrándola trás el judío y sus dos educandos que se habian lanzado en persecucion de Oliverio --Llama á tu perro! Va á devorar á ese muchacho!

--Voto á brios que lo merece! --gritó Sikes reuniendo todas sus fuerzas para desprenderse de las manos de la jóven. --Quítate tú de aqui! Suéltame te digo ó voy á romperte el cráneo contra la pared!

--Nada me importa! --continuó Nancy forcejando para conservar su puesto --Este muchacho no será devorado por el perro, sin que antes tu me hayas muerto!

--Dices bien! --dijo Sikes rechinando los dientes. --Esto va á ser pronto si no te retiras!

Esto diciendo el bandido arrojó con toda su fuerza á la jóven al otro estremo del aposento, justamente en el instante en que el judío y los dos muchachos volvieron á entrar conduciendo á Oliverio.

--Que sucede ahora? --preguntó Fagin.

--Creo que se ha vuelto loca? --contestó Sikes con acento feroz.

--No, no está loca! --dijo Nancy pálida por la cólera y sofocada por la lucha que acababa de sostener --No, no lo creais Fagin!

--Entonces quieres callarte! --dijo el judío con tono amenazador.

--No; no me callaré! --replicó Nancy levantando la voz. --Que querais decirme con ese tono?

El viejo Fagin conocia demasiado al sexo de que formaba parte Nancy y los caprichos á que comunmente está sujeto para no juzgar prudente dejar á la jóven. Con esta idea, para apartar la atencion de esta se dirijió á Oliverio.

--Con qué queriais escaparos he? --dijo tomando una gruesa estaca llena de nudos que estaba en un rincon de la chimenea.

Oliverio no respondió; pero espió los movimientos del judío latiéndole con fuerza el corazon.

--Si; llamabais socorro! Queriais hacer venir la guardia ¿no es esto? --prosiguió, cojiendo con furia el niño por el brazo --Jovencito! Os curaremos de esta manía.

Al decir esto el judío le sacudió un fuerte golpe sobre las espaldas con su estaca y tenia la mano levantada para darle otro cuando la jóven avalanzándose á él con la rapidez del rayo le arrancó el palo de las manos y lo arrojó al fuego con tal fuerza que hizó saltar los carbones ardientes en el aposento.

--No lo sufriré mientras yo este presente Fagin! --esclamó --Habeis recobrado otra vez á ese niño ¿que queréis mas? No el maltrateis ó os doy mi palabra que me entregaré respecto á uno de vosotros á ecsesos que me conducirán á la horca antes de tiempo! Al hacer esta amenaza golpeó el suelo con su pié, mientras cerrados los puños y el rostro pálido de cólera miraba alternativamente ya á Sikes ya á Fagin.

--Qué es esto Nancy? --dijo el judío con acento melífluo despues de un momento de silencio durante el cual cambió con Sikes una mirada en la que era fácil adivinar la turbacion de su alma --Esta noche te muestras mas sentimental que nunca! Ah! ha! querida . . . Obras noblemente!

--Así me cuadra! --respondió esta --Cuidad de que no me propase! Vos Fagin no hariais con ello muy buen negocio! Con que os lo prevengo por la última vez; dejadme en reposo!

Existe en la muger irritada (sobre todo cuando ha sido llevada á los estremos) cierto sentimiento que los hombres no tienen ganas de provocar. El judío comprendió perfectamente que seria inútil fingir poco cuidado de la cólera de Nancy; así pues, retrocediendo con prudencia, miro á Sikes con aire villano y suplicante á la vez como para darle á entender que no se consideraba tan capaz como él para seguir la conversacion.

Sikes viéndose interpelado de tal modo y pensando tal vez que su amor propio estaba interesado en probar el ascendiente que tenia sobre Nancy volviéndola á la razon, profirió cinco ó seis juramentos y otras tantas amenazas con una facilidad de elocucion que hizo honor á su fértil inventiva. Sin embargo como esto no pareció producir ningun efecto visible en la persona que de ello era objeto, recurrió á argumentos mas sólidos.

--Qué quieres decir con tantos humos? --gritó acompañando la pregunta con un horrible juramento. --Veamos, habla! ¿Qué pretendes con tu amenaza? Voto á mil truenos juntos! Sabes quien eres tu?

--Oh! si; demasiado lo sé! --dijo la jóven sacudiendo la cabeza con ademan de indiferencia.

--Entonces, cierra el pico ¿entiendes? --repuso el otro con tanta brutalidad como si hablara á su perro --De lo contrario te ataré yo la lengua por algun tiempo.

Nancy soltó una risa convulsiva y lanzando á Sikes una mirada de reojo, volvió la cabeza y se mordió los labios hasta echar sangre.

--Ah! si! Eres una gentil muchacha á fé mia! --añadió Sikes mirándola con desprecio --Especialmente cuando te das ese aire de buenos sentimientos. Es un gran negocio para _este niño_ (como tu le llamas.) el haber encontrado en tí una _amiga_ . .

--Sin contar que lo soy --esclamó Nancy con cólera --y que quisiera estar en lugar de _aquellos_ al lado de los cuales tan cerca hemos pasado esta noche, mas bien que haberos ayudado á encontrar este desgraciado! Qué sea de hoy en adelante un mentiroso, un ladron, un petardista; que sé yo! todo lo que existe de mas abominable! No le basta á ese viejo bandido sino que tambien ha de destrozarlo á golpes?

--Vamos, vamos! --dijo el judío dirijiéndose á Sikes y haciéndole observar la atencion con que sus jóvenes educandos prestaban el oido á todo lo que pasaba --Guillermo es preciso venir á palabras de paz, á palabras de reconciliacion.

--Palabras de paz! --esclamó la jóven, cuya fisonomía desfigurada por la cólera era en este momento espantosa --Palabras de paz vos viejo infame! Si, las mereceis! He robado por vos cuando no tenia mas que la mitad de la edad de ese niño! --dijo señalando á Oliverio. --Siempre he hecho el mismo comercio y siempre para la misma persona desde hace doce años! ¿No es cierto? Decid! Podeis negarlo?

--Y bien qué? --replicó el judío procurando calmarla --Si lo has hecho ha sido para vivir.

--Si! --gritó ella con toda la fuerza de sus pulmones --Robar es mi subsistencia, como la escarcha, la niebla y el lodo de las calles son mi habitacion! Y vos sois el viejo infame que me ha reducido á ellos desde mi infancia y me reduciréis dia y noche hasta que muera!

--Te sucederá una desgracia! --repuso el judío excitado por estos reproches --Algo peor que esto si dices una palabra mas!

La jóven calló; pero arrancándose los cabellos y rasgando sus vestidos en un exceso de rabia se precipitó sobre Fagin y probablemente le hubiera dejado señales de su venganza si Sikes no se hubiere interpuesto entre ambos cojiéndola por los puños. Hizo algunos esfuerzos para desacirse y se desmayó.

--Está bien ahora! --dijo Sikes arrastrándola hasta un rincon del aposento --Cuando se irrita hasta tal punto tiene en los brazos una fuerza asombrosa!

El judío se enjugó la frente y sonrió de contento al verse libre de una escena tan trájica; á pesar de que él, Sikes, los muchachos y él mismo la debieron considerar como un percance inseparable de sus asuntos.

--No conozco nada peor que tenérselas que haber con las mugeres. --dijo el judío volviendo la estaca á su sitio. --Sin embargo poseen cualidades recomendables y nos son muy útiles en nuestra _profesion_. Cárlos, lleva Oliverio á la cama.

--Creeis papá Fagin que hará muy bien en no ponerse mañana estos vestidos tan nuevecitos y tan pulcros? --preguntó Cárlos guiñando los ojos con malicia.

--No faltaba mas! --contestó aquel haciendo una mueca de inteligencia á su educando.

Maese Bates muy satisfecho en apariencia de la comision que se le confiaba, tomó el palo hendido que servia de candelero y condujo á Oliverio á una pieza vecina donde habia dos ó tres camas en una de los cuales habia ya dormido el pobre niño. Allí con carcajadas insolentes enseñóle los mismos harapos que habia creido no volver á ponerse jamás, y al mismo tiempo le esplicó como por medio del judío que los habia comprado, el viejo Fagin descubriera el lugar de su retiro.

--Quítate esto! --dijo --Yo lo entregaré á Fagin para que lo guarde. Dios de Dios! y que buena farza!

El desgraciado huérfano se sometió de mal talante, y maese Bates despues que hubo rollado y puesto bajo su brazo el vestido nuevo de aquel, se fué llevándose la vela y cerrando la puerta con llave.

El ruido de sus carcajadas y la voz de Betsy que llegó muy á propósito para aflojar á su amiga y arrojarle agua en las sienes para hacerla volver de su parasismo, hubieran podido tener dispiertas á muchas personas en una posicion mas feliz que la que en que se encontraba Oliverio; pero estaba enfermo y destrozado de miembros, y se durmió muy pronto profundamente.

CAPÍTULO XVII.

LA SUERTE QUE NO SE CANSA DE PERSEGUIR Á OLIVERIO, LLEVA Á LONDRES UN PERSONAGE ILUSTRE QUE ANONADA SU REPUTACION.

UNA mañana muy de madrugada Mr. Bumble salió de la Casa de la Caridad y enfiló la Calle Mayor con paso firme y seguro. Su semblante demostraba toda la gloria y el orgullo de su dignidad de pertiguero: los galones de su sombrero de tres picos y de su levita brillaban al sol y oprimia su baston con toda la fuerza de la salud y del poder. Mr. Bumble llevaba siempre la cabeza erguida, pero en este dia la llevaba mas tiesa que de costumbre. Habia tal distraccion en sus miradas y tal nobleza en sus ademanes que un observador inteligente no hubiera podido menos de presumir que pensamientos de una naturaleza poco comun ocupaban la mente del pertiguero. No se dignó detenerse para conversar con los tenderos al por menor y las demas personas que le dirijieron la palabra; se contentó con responder á sus saludos por un movimiento de mano y no se detuvo su marcha hasta que hubo llegado á la granja en que la Señora Mann guardaba á los niños de la Casa con un cuidado _parroquial_.

--Que el diablo se lleve á ese importuno pertiguero, si no es él quien llega tan de mañana! --dijo viéndole sacudir con impaciencia la puerta del jardin --Ola Señor Bumble! Ya me figuré yo bien que no podiais ser otro que vos! Es gran placer y una sorpresa agradable el poderos ver tan de mañana! Os suplico que os tomeis la molestia de entrar!

Las primeras palabras fueron dirijidas á Susana y las últimas á Mr. Bumble mientras le abria la puerta y le introducia en la casa con las mayores señales de respeto y atencion.

--Señora Mann! --dijo Mr. Bumble dejándose caer gradual y pausadamente en una silla, en vez de sentarse bruscamente como lo haria un palurdo --Señora Mann os doy los buenos dias!

--Igualmente Señor Bumble! --contestó esta con muchas muecas graciosas --¿Cómo vá esa preciosa salud?

--Psi! psi! Señora Mann. --replicó el pertiguero --Una vida _parroquial_ no es ningun lecho de rosas!

--Bien seguro que no! --apoyó la Señora. (Todos los niños confiados á su cuidado hubieran podido responder á coro si la hubiesen oido.)

--Una _vida parroquial_ Señora Mann --continuó el pertiguero golpeando la mesa con su baston --es una vida de trabajo, de vejaciones y de tormentos! Pero todos los _personajes públicos_, si así puedo espresarme, deben esperarse el sufrimiento de la persecucion.

La Señora Mann no comprendiendo del todo lo que el pertiguero queria decir, levantó las manos al cielo con aire místico y suspiró.

--Ah! Bien podeis suspirar Señora Mann! --dijo Bumble.

Aquella viendo que habia obrado bien, suspiró de nuevo con gran satisfaccion del _funcionario público_ que reprimió una sonrisa graciosa mirando fijamente al sombrero de tres picos.

--Me voy á Londres Señora Mann!

--De veras Señor Bumble? --contestó ésta plegando las manos y retrocediendo tres pasos en señal de asombro.

--Si Señora. --replicó el imperturbable pertiguero --Me voy á Londres en la diligencia . . . yo y dos pobres de la casa. Tenemos un pleito por causa de esos pobres. No pertenecen á nuestra parroquia, de consiguiente por pleno derecho no queremos albergarlos . . . y yo soy quien el consejo de Administracion ha escojido por su representante y el que debe responder en su nombre en las prócsimas sesiones de Clerkenwell. [3] Figuraos ahora Señora Mann --continuó empinándose de toda su altura --Figuraos digo cuanto hilo tendrán que torcer las sesiones de Clerkenwell antes que concluyan conmigo.

--Oh! no vayais á tratarlas con demasiada severidad. --dijo la Señora Mann con tono adulador.

--Ellas me habrán obligado Señora Mann, y si las sesiones de Crekenwell no salen tan bien paradas como creen, á ellas mismas deberán echarse la culpa!

Estas palabras fueron pronunciadas con tal calor y tal acento de amenaza que la Señora Mann se estremeció.

--Os vais pues en la diligencia? --dijo --Creia que la costumbre era enviar á esos pobres en carretas?

--Esto Señora Mann es cuando están enfermos. Entonces les encajamos dentro de carretas descubiertas para impedir que los aires colados les costipen.

--Ah! esto es otra cosa!

--La Administracion de diligencias se encarga de esos por una biscoca. Ambos se hallan en muy triste estado, y calculamos que el cambiarlos nos costará dos libras esterlinas menos que enterrarlos; es decir, si logramos hacerlos recibir en otra parroquia, lo que creo no será dificil en caso de que el despecho no los mato en el camino . . . ah! ah! ah!

Despues que Mr. Bumble hubo reido á sus anchas, sus ojos se encontraron con el tricuspis y recobró su gravedad.

--Por vida de . . . hablando nos olvidamos de los asuntos. --dijo --Señora Mann aquí tenéis vuestro _salario parroquial_ del mes.

Esto diciendo sacó de su cartera algunas monedas de plata envueltas en un papel y pidió un recibo que la Señora Mann se apresuró á escribir.

--Hay muchos garabatos --dijo esta --pero ya pasará. Muchas gracias Señor Bumble. Os estoy muy agradecida.

El pertiguero respondió á esta cortesia con una ligera inclinacion de cabeza y preguntó por la salud de los niños.

--Pobres angelitos! --contestó la vieja con emocion. --Están lo mejor posible, esceptuando los dos que se murieron la semana pasada y luego el pequeño Ricardo que anda alicaido.

--No mejora? --preguntó el pertiguero.

La Señora Mann sacudió la cabeza.

La mañana siguiente á la seis Mr. Bumble, despues de haber cambiado su sombrero de tres picos por otro redondo y empaquetado su individuo dentro un redingote azul, tomó asiento en la delantera de la diligencia en compañía de los dos _criminales_ de quienes la Administracion pretendia deshacerse, y que eran la causa bien inocente del proceso que llamaba al pertiguero á Londres. Este llegó á la capital sin haber esperimentado en el camino otra incomodidad que la producida por la conducta _inconveniente_ de los dos pobres que se obstinaron en quejarse del frio, y en titiritar de tal manera durante todo el viaje que (á lo que dijo Mr. Bumble.) sus dientes le castañearon en la cabeza y se encontró muy poco á su gusto á pesar de tener un grueso redingote sobre su cuerpo.

Habiéndose desembarazado el pertiguero de tan _incómodos_ individuos por toda la noche, se instaló en la fonda donde habia parado la diligencia y se hizo servir una opípara comida compuesta de tajadas de buey con salsa de ostras y una botella de escelente vino de Oporto. Luego que hubo concluido, llenó un vaso de _grog_ que puso sobre la chimenea, acercó su silla á la lumbre y despues de algunas reflecsiones morales sobre la incomodidad que resulta de viajar con personas que titiritan y que se quejan, se puso á leer un periódico.

El primer artículo sobre el que se fijaron sus ojos fué el anuncio siguiente:

CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.

«Un muchacho de Pentonville llamado Oliverio Twist, ha dejado su habitacion el jueves último al anochecer sin haber vuelto á ella.

«La recompensa arriba espresada será concedida al que dará instrucciones que puedan facilitar el descubrimiento del susodicho Oliverio Twist, ó que tiendan á arrojar alguna luz sobre los pormenores de su historia, que la persona que hace insertar este anuncio tiene gran interés en saber.»

Venia en seguida la descripcion exacta de la edad, del traje y del exterior de la persona de Oliverio; el modo como habia desaparecido y finalmente el nombre y la direccion de Mr. Brownlow.

Mr. Bumble abrió los ojos, leyó pausadamente y con la mas escrupulosa atencion, por dos ó tres veces consecutivas el artículo y cinco minutos despues estaba en camino para Pentonville habiéndose olvidado con la precipitacion el vaso de _grog_ de sobre la chimenea.

--Mr. Brownlow está en casa? --preguntó á la jóven que le abrió la puerta.

A tal pregunta ésta contestó del modo evasivo que tenia por costumbre: --No lo se. ¿De parte de quién venís?

No bien Mr. Bumble hubo pronunciado el nombre de Oliverio y esplicado él motivo de su visita, cuando la Señora Bedwin que escuchaba á la puerta de la sala se precipitó desalentada en el recibidor.

--Entrad! Entrad! --dijo --Estaba segura de que tendríamos noticias suyas! Pobre chico! Me lo decia el corazon! Querido niño! Siempre lo dije!

Esto diciendo la buena anciana volvió á entrar en la sala á toda prisa y sentándose en el sofá prorumpió en lágrimas, mientras que la criada menos sensible subió los escalones de cuatro en cuatro y volvió pronto para decir á Mr. Bumble que la siguiera. Le introdujo en el gabinete de estudio donde Mr. Brownlow y su amigo Grimwig estaban sentados á una mesa con una botella y dos vasos ante si.

--Un pertiguero! Un verdadero pertiguero de parroquia! Me comeria la cabeza que es un pertiguero! --esclamó este último.

--Os ruego querido amigo que no nos interrumpais por algunos momentos. --dijo Mr. Brownlow. Y dirijiéndose á Bumble añadió --Caballero tened la bondad de sentaros!

Mr. Bumble se sentó muy preocupado por la originalidad de los modales de Mr. Grimwig, Mr. Brownlow colocó la lámpara de modo que pudiera ver mejor al pertiguero y dijo con alguna impaciencia.

--Supongo que el motivo de vuestra venida, ha sido el artículo que he hecho insertar en el periódico?

--Si señor. --respondió Bumble.

--Vos sois pertiguero ¿no es cierto? --preguntó Mr. Grimwig.

--Soy pertiguero _parroquial_ señores. --replicó aquel con orgullo.

--Lo ois? --repuso Mr. Grimwig, dirijiéndose á su amigo aparte --Estaba seguro de que era un pertiguero. El corte de su redingote es _parroquial_, y huele á pertiguero á la legua.

Mr. Brownlow impuso silencio á su amigo con un movimiento de cabeza y luego continuó:

--Podeis decirnos donde se halla al presente ese niño?

--De ningun modo. --contestó Bumble.

--Entonces ¿que es lo que sabeis de él? --preguntó Monsieur Brownlow. --Hablad amigo mio si teneis algo que decir. ¿Qué sabeis de él?

--Nada bueno sin duda? --dijo Mr. Grimwig despues de haber examinado atentamente al pertiguero.

Este tomó la pregunta al pié de la letra y meneó la cabeza con aire compungido.

--Ya lo veis! --dijo Mr. Grimwig dirijiendo á su amigo una mirada de triunfo.

Mr. Brownlow procuró leer en la fisonomía del pertiguero la respuesta que iba á recibir de él y le instó para que le dijera con la brevedad posible lo que sabia respecto á Oliverio. Mr. Bumble se quitó el sombrero, desabrochó su redingote, se cruzó de brazos y despues de algunos momentos de reflecsion empezó su relato.

Seria fastidioso reproducir aquí las palabras que el pertiguero ensartó por el espacio de veinte minutos. Bastará saber que en resúmen contó que Oliverio era un niño expósito de baja procedencia que desde su nacimiento no habia desplegado otras cualidades que la _perfidia_, la _ingratitud_ y la _maldad_; habiendo terminado su corta estancia en el lugar de su nacimiento por un acto _villano_ y _sanguinario_ ejercido sobre la persona de un muchacho de la escuela de caridad, despues del cual se habia escapado en medio de la noche de casa su amo. Luego para probar que realmente estaba revestido del carácter con que se habia manifestado poco antes, estendió sobre la mesa los papeles que se habia llevado de la Casa de la Caridad y cruzando de nuevo los brazos esperó las observaciones de Mr. Brownlow.

--Temo que lo que habeis dicho será demasiado cierto. --dijo éste tristemente despues de haber inspeccionado rápidamente los papeles --Esta suma es muy mezquina para las instrucciones que acabais de darme; pero de buena gana os hubiera dado el triple ó cuadruple, si ellas hubiesen sido favorables al niño.

Es muy probable que si Mr. Bumble hubiera sabido esto un momento antes hubiera dado un giro del todo diferente á su relato; pero no era ya tiempo y sacudiendo gravemente la cabeza embolsó las cinco guineas y se retiró.

Mr. Brownlow se paseó arriba y abajo de la sala tan preocupado por la relacion del pertiguero que el mismo Mr. Grimwig se guardó bien de contrariarle por mas tiempo. Al fin se detuvo y tiró con fuerza el cordon de la campanilla.

--Señora Bedwin! --dijo á la ama de llaves que vino para recibir sus órdenes --Ese muchacho . . . Oliverio! es un impostor.

--No puede ser señor! Estoy segura de ello! --dijo enérgicamente la buena anciana.

--Os digo que lo es! --repuso secamente Mr. Brownlow --¿Qué quereis decir con . . . _no puede ser_? Acabamos de saber lindas cosas de él. Parece que desde su nacimiento hasta el presente no ha sido mas que un pilluelo.

--Jamás lo creeré señor! --replicó Bedwin con firmeza.