Part 8
En este momento apareció un individuo gordo cojeando de una pierna y apoyándose en un enorme baston. Hablando tenia la costumbre de inclinar la cabeza de un lado y volverla en espiral como hace un papagayo. En esta postura pues y teniendo en la mano un pedazo de cascara de naranja que enseñaba con el brazo tendido, esclamó con voz ronca y triste:
--Tened! veis esto? No es la cosa mas extraordinaria y sorprendente que no pueda entrar en ninguna casa sin encontrar en la escalera una cáscara de naranja! Ya una vez he sido estropeado por la cáscara de naranja y no dudo que la cáscara de naranja será mi muerte! Si; estoy cierto de ello: la cáscara de naranja me causará la muerte! Me _comeria la cabeza_ que la cáscara de naranja será mi muerte!
Este era el ofrecimiento con que Mr. Grimwig apoyaba todos sus asertos. Lo mas extraordinario en este caso era que aun admitiendo (en favor del argumento) que les progresos científicos fuesen llevados hasta el punto de dar al hombre el poder de comerse su propia cabeza, por muy resuelto que estuviera á ello la del susodicho caballero era tan grande que por muy afanoso que estuviese de probar esa posibilidad física, jamás podria prometerse el logro de tan temerario empeño en una sola comida, aun haciendo abstraccion de una gruesa capa de polvo que la guarnecia.
--_Me comeria mi cabeza_! --repitió Mr. Grimwig golpeando con su baston sobre el pavimento y al ver á <Oliverio --Ola! que, es esto? --añadió retrocediendo dos ó tres pasos.
--Es el pequeño Oliverio Twist de quien os he hablado. --dijo Mr. Brownlow.
Oliverio hizo un saludo.
--Acaso quereis hablarme de ese muchacho que ha tenido la fiebre? --preguntó Mr. Grimwig retrocediendo aun mas --Esperad un poco! Nada digais! Ah! Ya caigo! --añadió bruscamente perdiendo todo temor á la fiebre y encantado de su descubrimiento --Este es el niño que ha comido una naranja arrojando luego la cáscara á la escalera! Si no es el _quiero comerme mi cabeza_ y la suya por añadidura.
--No. Os engañais; no ha comido naranja --dijo sonriendo Mr. Brownlow. --Vaya dejad alli vuestro sombrero y hablad á mi jóven amigo.
--Este es el muchacho de que me habeis hablado no es cierto? --dijo al fin Mr. Grimwig.
--El mismo. --respondió Mr. Brownlow, haciendo á Oliverio una señal de cabeza amistosa.
--Y bien? Muchacho, como va de salud? --repuso Mr. Grimwig.
--Mucho mejor! Os doy gracias caballero! --respondió Oliverio.
Mr. Brownlow temiendo que su exéntrico amigo no dijera algo desagradable á su jóven protegido, suplicó á éste fuera á decir á la Señora Bedwin que esperaban el thé, lo que el muchacho hizo con tanto mas gusto cuanto los modales del recien llegado no le hacian mucha gracia.
--No os parece interesante ese muchacho? --preguntó Mr. Brownlow.
--No lo sé --contestó Grimwig con sequedad.
--No lo sabeis?
--No en verdad. No encuentro diferencia alguna entre los muchachos, ni conozco de ellos mas que dos especies: los unos pálidos y endebles y los otros colorados y gordimflones.
--Y en que categoria colocais á Oliverio?
--En la de los endebles. Uno de mis amigos tiene un grueso muchacho mofletudo (á eso llaman un niño hermoso!) con una cabeza como un bola, megillas rojas y ojos chispeantes; un niño horrible á fé mia, cuyo cuerpo y miembros parecen forzar las costuras de sus vestidos y teniendo por añadidura una voz de piloto y un apetito de lobo. Bien le conozco al monstruo!
--Vaya! --dijo Mr. Brownlow. --Esta falta no la tiene Oliverio; con que no puede provocar vuestra cólera.
--Es cierto que no tiene esta falta; pero puedo tener de peores.
En este momento Mr. Brownlow tosió con impaciencia lo que parecia dar mucho gusto á Mr. Grimwig.
--Si, lo repito: --continuó este último --puede tener de peores. ¿De donde viene? quien es? Ha tenido la fiebre! Ello que prueba? La fiebre no es patrimonio de las gentes honradas, al menos que yo sepa. Acaso no son los malvados los que tienen algunas veces la fiebre? He conocido en la Jamaica á un hombre que fué ahorcado por haber asesinado á su amo; seis veces tuvo la fiebre. Por eso no se le recomendó á la clemencia de la corona! Puha! Hubiera sido una bestialidad!
El hecho es que Mr. Grimwig en el fondo de su corazon estaba dispuesto á convenir en que las maneras de Oliverio abogaban en su favor; pero dispuesto mas que nunca á contradecir estando como estaba muy exitado por la cáscara de naranja; y como se habia metido en la cabeza que nadie le haria confesar si un niño era bueno ó no, habia resuelto desde el momento á combatir la opinion de su amigo.
Asi pues, cuando este hubo confesado que no podia responder satisfactoriamente á ninguna de sus preguntas y que para interrogar á Oliverio sobre sus antecedentes habia esperado á que este estuviera del todo restablecido, Mr. Grimwig se sonrió maliciosamente y preguntó con acento de mofa, si por ventura el ama de llaves tenia la costumbre de contar la plata cada noche, de lo contrario, si una hermosa mañana no le faltaban tres ó cuatro cubiertos _se comeria_ etc. etc.
--Y cuando debeis oir la relacion fiel y circunstanciada de la
vida y aventuras de Oliverio Twist? --añadió concluyendo su thé, y mirando al mismo tiempo de reojo á Oliverio que acababa de entrar otra vez.
--Mañana por la mañana. --respondió Mr. Brownlow --Prefiero que esté solo conmigo para ello. Venid á encontrarme mañana á las diez amigo mio. --continuó dirijiéndose á Oliverio.
--Esta bien señor. --respondió este con alguna vacilacion, avergonzado de verse el blanco de las miradas escudriñadoras de Mr. Grimwig.
--Que apostais que no viene mañana á encontraros? --dijo este último por lo bajo al oido de Mr. Brownlow. --Le he visto vacilar; os engaña querido.
--Juraria que no. --repuso Mr. Brownlow con calor.
--Si no os engaña --objetó el otro --quiero . . . (y el baston resonó sobre el piso.)
--Respondería con mi vida de que el niño dice la verdad. --insistió aquel golpeando con el puño sobre la mesa.
--Y yo con mi cabeza, que os engaña. --replicó Grimwig golpeando tambien sobre la mesa.
--Allá lo veremos. --dijo Mr. Brownlow procurando ocultar su despecho.
--Si; allá lo veremos. --repuso Grimwig con sonrisa burlona --Allá lo veremos!
Como si la suerte lo hubiera dispuesto á propósito, en medio de este altercado entró la señora Bedwin trayendo un paquete de libros que aquella misma mañana Mr. Brownlow habia comprado al mismo vendedor de libros viejos que ha figurado ya en esta historia, el que depositó sobre la mesa y se dispuso á salir del aposento.
--Decid al muchacho que espere Señora Bedwin. --dijo Mr. Brownlow. --Tiene que volverse algo.
--Se ha marchado.
--Llamadle, que importa. Ese hombre no es rico y sus libros no están pagados: tambien tiene que volverse otros.
La puerta fué abierta. Oliverio corrió por un lado y la criada por otro mientras desde el lindar la Señora Bedwin llamaba al muchacho; pero este estaba ya muy lejos y Oliverio y la criada volvieron sofocados sin haber podido alcanzarle.
--Lo siento mucho. --esclamó Mr. Brownlow --hubiera querido que esos libros hubiesen sido devueltos esta misma tarde.
--Devolvedlos por medio de Oliverio. --dijo Grimwig con malicia --Estais seguro que los devolverá fielmente.
--Oh! si, señor! Permitid que los devuelva: os lo suplico --dijo Oliverio --Correré todo el camino y pronto estaré de vuelta.
Mr. Brownlow iba á contestar que no debia salir fuera por lo que fuera, cuando una mirada maligna de su viejo amigo le decidió á dejar partir al niño, para que por un pronto regreso probase al momento á este último la injusticia de sus sospechas, sobre ese punto al menos.
--Pues bien! Si; ireis amigo mio. --dijo Mr. Brownlow --Los libros están sobre una silla de mi despacho; subid á buscarlos.
Oliverio ufano de poder hacerse útil, volvió con mucha diligencia los libros debajo el brazo y esperó gorra en mano que se le esplicase lo que debia hacer.
--Direis --añadió Mr. Brownlow mirando fijamente á Monsieur Grimwig --direis que vais á llevar esos libros y á pagar al mismo tiempo las cuatro libras diez chelines que debo. Ahí teneis un billete de banco de cinco libras; debeis devolverme diez chelines.
--No estaré diez minutos --dijo Oliverio gozoso.
Al mismo tiempo metió el billete en la faltriquera de su chaleco, abotonó la chaqueta hasta el cuello, puso los libros debajo su brazo y habiendo hecho un saludo respetuoso salió. La Señora Bedwin le siguió hasta la puerta de la calle dandole las señas del camino mas corto, del nombre y de la habitacion del librero, señas que Oliverio dijo tener perfectamente en la memoria, y habiéndole recomendado tuviera cuidado de no resfriarse la buena señora le dejó al fin partir.
--Que Dios le bendiga! --dijo viéndole alejarse --No se porque; pero no apruebo el que se le deje marchar de este modo.
En este momento Oliverio volvió jovialmente la cabeza é hizo un signo gracioso antes de entrar en otra calle. La Señora Bedwin le devolvió el saludo sonriendo, y despues de haber cerrado la puerta, se retiró á su aposento.
--Vamos á ver. --dijo Mr. Brownlow sacando el reló de su faltriquera y poniéndolo sobre la mesa --Dentro veinte minutos lo mas tarde estará de vuelta! Será ya de noche.
--Estais seguro de que volverá? --preguntó Mr. Grimwig.
--Y vos no? --dijo sonriendo Mr. Brownlow.
Mr. Grimwig ya propenso á la contradiccion, se mantuvo mas firme en sus trece al verse provocado por la sonrisa confiada de su amigo.
--No! --dijo dando un puñetazo sobre la mesa --No lo creo. Ese muchacho lleva sobre su cuerpo un vestido nuevo flamante bajo su brazo un paquete de libros preciosos y en su faltriquera un billete de banco de cinco libras; irá á reunirse con sus antiguos amigos los ladrones y se burlará de vos. Si jamás vuelve á esta casa _quiero comerme la cabeza_! --Esto diciendo acercó su silla á la mesa y los dos amigos esperaron en silencio teniendo su vista fija sobre el retó.
CAPÍTULO XV.
EN EL QUE SE DEMUESTRA HASTA QUE PONTO EL VIEJO JUDÍO Y LA SEÑORITA NANCY AMABAN Á OLIVERIO.
ENTRETANTO Fagin, Sikes y Nancy disfrazada de cocinera, se habian reunido en una taberna del barrio mas sucio de Londres y deliberaban allí en compañía del perro de largo pelo blanco y puerco. Sikes siempre huraño, el judío mas obsequioso y Nancy decidida mas que nunca á ponerse de _parada_ para cazar á Oliverio.
--Vaya! ¿No es cierto Nancy que vas á emprender la caza? --dijo Sikes presentándole un vaso.
--Si Guillermo. --respondió la jóven despues de haber tragado el licor de una sola vez. --Ya le tengo la pista á Dios gracias! El pobre Diablillo ha estado enfermo, obligado á guardar cama, y . . . alguna importancia es que ella se calló y sonriendo graciosamente á Sikes llevó la conversacion á otro objeto. Poco despues el viejo judío fué acometido de una tos tan violenta que Nancy echando su chal sobre las espaldas, declaró que era tiempo de partir. Sikes que iba por el mismo lado una parte del camino, espuso la intencion de acompañarla y salieron juntos seguidos á poca distancia del perro feo que salió de un pequeño establo luego que su amo estuvo fuera de su vista. Despues que Sikes hubo partido, el judío asomó la cabeza por la puerta de la sala y mirándole andar por el callejon obscuro y estrecho le enseñó el puño profiriendo horribles imprecaciones y rechinando los dientes; hecho lo cual volvió á sentarse á la mesa y pronto se engolfó profundamente en las páginas interesantes de la _Gaceta de los Tribunales_.
--Ah! querida Nancy! --dijo Fagin levantando la cabeza:
Si una ojeada significativa y un fruncimiento de las cejas rojas del judío, advirtió á Nancy de que era demasiado comunicativa, es lo que no nos importa saber; el solo hecho á que damos
Entretanto Oliverio no sospechando siquiera que estaba tan cerca de la habitacion del viejo chulo, se dirijia á la tienda del librero. Cuando estuvo en Clerkerwell, tomó por distraccion una calle que si bien paralela, con todo le estraviaba un poco de su camino; pero no reparando en su error hasta que la hubo andado ya mas de dos tercios y sabiendo además que ella le conducia al mismo punto, no juzgó oportuno retroceder y avanzó buen trecho con sus libros bajo el brazo.
Caminando pensaba en sus adentros cuan feliz debia ser y lo que daria para ver únicamente al pequeño Ricardo, quien azotado y falto de pan, tal vez en este momento se hallaba con ansias de llorar, cuando le sacó de su meditacion la voz de una muger que gritaba desaforadamente: --Oh! Querido hermano mio! --y apenas hubo vuelto la cabeza para ver lo que era cuando se halló estrechamente oprimido por dos brazos vigorosos pasados bruscamente al rededor de su cuello.
--Dejadme estar! --gritó él resistiéndose --Soltadme! Quien sois? Porque me deteneis?
La respuesta á esto fué una multitud de quejas y lamentaciones por parte de una jóven, llevaba una cesta pequeña y una llave gruesa en cada mano y que lo abrazaba con transporte.
--Ay! gracias á Dios! Al fin le he encontrado! --dijo ella --Oliverio! Oliverio! Has sido un mal muchacho en haberme hecho tan desgraciada! Ven, ven conmigo á casa! Cielos! Si; es el mismo! O felicidad! Con que lo hé encontrado!
En medio de estas esclamaciones incoherentes, la jóven se sintió acometida por un exceso de histérico que hizo temer por sus dias hasta tal punto que algunas mugeres atraidas por sus gritos pidieron á un mancebo carnicero de cabellera lustrosa de grasa hallado alli por casualidad, fuera en busca de médico; pero éste que era de un natural lento (por no decir indolente) contestó que no lo creia necesario.
--Oh! no; no hagais caso! --dijo Nancy cojiendo la mano de Oliverio --Me siento ya mejor! . . Ea tu desgraciado! ven pronto á casa!
--Que . . . que es esto _señorita_? --preguntó una de las mugeres.
--Ah señora! --respondió la jóven. --Hace un mes que se escapó de la casa de sus padres (personas muy respetables y buenos jornaleros) y se ha juntado con una banda de ladrones y de mala gente; de modo que su pobre madre es cuasi-muerta de tristeza.
--Pilluelo! --dijo una muger.
--Pequeño salvage! ¿quiéres volverte á tu casa? --añadió otra.
--Esto no es verdad! --esclamó Oliverio sumamente alarmado --Yo no la conozco! . . Yo no tengo ni hermana, ni padre, ni madre! Soy huérfano! Vivo en Pentonville!
--Se ha visto descaro igual! --dijo Nancy.
--Cielos! Nancy! --gritó Oliverio reconociéndola al fin y retrocediendo de espanto.
--Ya lo veis como me conoce! --repuso Nancy recurriendo al testimonio de los presentes. --No puede menos! . . Como honradas gentes que sois ayudadme á llevarlo á nuestra casa, ó sino matará á su padre á su madre y yo me moriré tambien de tristeza!
--Que Diablos sucede aqui? --dijo un hombre saliendo precipitadamente de una taberna seguido de un perro blanco lleno de cicatrices --Oh! . . mil truenos! Es el pequeño Oliverio! Tunantuelo te volverás pronto á tu casa con tu pobre madre?
--Yo no les pertenezco! No les conozco! Socorro! Socorro! --gritó el niño procurando desprenderse de las manos del hombre.
--Ah! gritas socorro! --repuso éste. Pillastron! Yo voy á dártelo el socorro! . . Que significan esos librotes que traes aqui? Sin duda los habrás robado! Dame esto pronto!
Esto diciendo, le arrancó los tomos de las manos y le dió un gran puñetazo en la cabeza.
--Bien hecho! --dijo un hombre que miraba desde la ventana de una guardilla --Este es el único medio de hacerle entrar en razon.
--Sin duda alguna. --esclamó un carpintero medio dormido, dirijiendo una mirada de aprobacion al que acababa de hablar.
--Esto le sentará bien! --dijeron las dos mugeres.
--Por esto cabalmente no quiero que le pase la presente! --repuso el bandido cogiendo á Oliverio por el cuello de la chaqueta y asestándole otro puñetazo --Andarás pillastron? --A mi Cesar! A mi! --prosiguió dirijiéndose á su perro.
Debilitado por la enfermedad que acababa de pasar, aturdido por los golpes y por un ataque tan repentino, espantado por el horrible gruñido del perro y la brutalidad del hombre y anonadado por la conviccion de los presentes que le tomaban por lo que no era ¿que podia hacer el pobre niño en tal circunstancia? La obscuridad de la noche, en semejante barrio hacia todo socorro improbable y toda resistencia inútil. En menos que nada fué conducido con tal rapidez por un laberinto de callejuelas sombrias y estrechas que los pocos gritos que osó proferir no fueron oidos, y aun que lo hubieran sido nadie habia á quien pudieran llamarle la atencion . . .
Los faroles estaban encendidos por todas partes; la Señora Bedwin esperaba con ansiedad á la puerta de la casa; la criada habia corrido veinte veces hasta al cabo de la calle para ver si encontraria á Oliverio y los dos amigos estaban en el salon sin luz, teniendo siempre el reló ante su vista.
CAPÍTULO XVI.
DONDE FUÉ Á PARAR OLIVERIO DESPUES DE HABER SIDO RECLAMADO POR NANCY.
DESPUES de haber recorrido algunas callejuelas, llegaron al fin á una gran plaza que á juzgar por los rediles y cobertizos de que estaba guarnecida debia ser un mercado de animales. Sikes aflojó entonces el paso, pues del modo que andaban la jóven no podia seguirles y volviéndose á Oliverio le intimó bruscamente que diera la mano á Nancy.
--Entiendes lo que te digo? --refunfuñó Sikes, observando que el muchacho se resistia y miraba á su alrededor.
Se encontraban en un sitio sombrío muy lejanos de los transeuntes y Oliverio se convenció completamente de que toda resistencia seria inútil. Alargó pues la mano á Nancy y esta la estrechó fuertemente contra la suya.
--Ahora dame esa! --continuó Sikes apoderándose de la otra mano.
--Aquí Cesar! (El perro levantó la cabeza y se puse á gruñir.) La vés bien he? --prosiguió señalando con el dedo la garganta del niño y echando terribles juramentos --Si tiene la desgracia de remover solamente los labios muerde eso! Comprendes?
El perro gruñó de nuevo y lamiéndose los hocicos miró á Oliverio como si se alegrára de antemano de poderlo saltar al cuello.
--Lo hará como se lo digo! Que un rayo me parta si no lo hace! --repuso Sikes arrojando una mirada feroz al animal en muestra de aprobacion. --Ahora mira lo que te conviene: grita cuanto te acomode; el perro te impondrá pronto silencio! Ea! anda ya fiel guardian y ojo avisor.
A estas palabras afectuosas de su amo, Cesar que no estaba acostumbrado á ellas removió la cola y dando un gruñido en señal de advertencia para Oliverio, tomó la delantera y abrió la marcha.
El mercado que atravesaban era el de Smithfield. La noche estaba sombría y brumosa, las luces de las tiendas apenas podian abrirse paso á través de la nieble cuyo espesor crecia á cada instante aumentando la soledad y la tristeza del sitio, al mismo tiempo que hacia la incertidumbre de Oliverio mas horrible y mas angustiosa.
Cerca una hora recorrieron callejones sucios y poco concurridos y si algunas personas encontraron parecieron á los ojos de Oliverio como pertenecientes á la misma calaña de Sikes. Por fin, enfilaron una calle aun mas estrecha y mas sucia que las otras, habitada cuasi toda ella por ropavejeros y el perro adelantándose corriendo como si estuviera cierto de que su vigilancia era ya entonces inútil, se paró ante una tienda cerrada al parecer desocupada, pues la casa amenazaba ruina y un rótulo anunciando que estaba para alquilar, permanecia medio clavado sobre la puerta en señal de que estaba en ella desde muchos años.
--Ya llegamos! --dijo Sikes lanzando una mirada á su alrededor.
Nancy pasó la mano por debajo los postigos y Oliverio oyó sonar una campanilla en el interior. Fueron á colocarse debajo de un farol y esperaron algunos momentos. Rechinó el ruido de una llave en la cerradura y poco despues la puerta se abrió con la mayor precaucion. Sikes entonces sin mas cumplimientos cojió el niño por el cuello y en un decir Jesus estuvieron los tres dentro de la casa. Entre la obscuridad mas profunda esperaron que la persona que les habia abierto hubiera cerrado otra vez la puerta con llave y cerrojos.
--No hay ninguno aquí? --preguntó Sikes.
--No. --respondió una voz que Oliverio creyó reconocer.
--El viejo está? --prosiguió el bandido.
--Si. --replicó la voz --Lindamente enredado entre espinas esperándoos. Con esto quien no tendrá placer de veros! Pues ya!
El estilo de esta respuesta y el tono con que fué pronunciada, eran familiares á los oidos de Oliverio; pero no pudo descubrir la fisonomía del interlocutor.
--Alúmbranos un poco si no quieres que nos rompamos el bautismo, ó que pisemos al perro --dijo Sikes. --Os advierto que tengais cuidado con las piernas si pisais sus patas.
--Aguardad un momento que vaya á buscar la luz! --repuso la voz.
En esto se oyó el ruido de los pasos de una persona que se alejaba y luego apareció Jaime Dawkins vulgo el _fino Camastron_ llevando en la mano una vela colocada en un palo hendido. Sé contentó con hacer una mueca á Oliverio para renovar las amistades con él é hizo señal á los visitadores de que le siguieran. Bajaron la escalera, atravesaron una cocina desprovista de utensilios y abriendo la puerta de un chiribitil del que se exhalaba un olor fétido, fueron recibidos entre carcajadas y aclamaciones de alegria.
--Oh! que buena farsa! --esclamó maese Bates desternillándose de risa. --Si, el es! Pero mirad Fagin . . . miradle . . . Dios de Dios! Qué buena farsa! Hay para morirse de risa! Que alguno me tenga para que pueda reir á mis anchuras. Ah! ah! ah!
Esto diciendo maese Bates se dejó caer en tierra boca abajo y estuvo en tal postura por mas de cinco minutos dando un libre desahogo á su loca alegría y sacudiéndose las posaderas con sus talones. Luego volvió á levantarse, tomó la vela de manos del Camastron y acercándose á Oliverio dió vuelta entorno suyo para examinarle mientras que el judío quitándose su gorra de algodon saludó respetuosamente varias veces al pobre niño que los miraba con ademan azorado. Entre tanto el _Camastron_ que era de un carácter mas maduro y que raras veces comprometia su dignidad cuando se trataba de _asuntos serios_ relativos á su _profesion_, vaciaba los bolsillos del infortunado con la atencion mas escrupulosa.
--Mirad Fagin, mirad su _cáscara_! --dijo Bates acercando la vela tan cerca del vestido nuevo de Oliverio que poco faltó para que pusiera fuego en ellos --Mirad su _cascarita_! _Tela de pavo real_ y corte de tijera de plata! Viva la elegancia! Ola! ola! y esos libros? Eso le dá el aire de todo un _caballero_ ¿no es verdad Fagin?
--Querido! Estoy encantado de veros tan bien puesto! --dijo el judío saludando á Oliverio con humildad afectada --El Camastron os dará otros vestidos, pues seria una lástima gastaseis estos que son para los domingos! Querido? porque no habeis escrito que veniais? Hubiéramos tenido algo caliente para vuestra cena.
A estas palabras maese Bates soltó una carcajada tan estrepitosa que el mismo judío desarrugó la frente y el Camastron se sonrió. Pero como en este mismo momento este sacó el billete de banco de la faltriquera de Oliverio, seria dificil averiguar si fué la bufonada de Cárlos ó el descubrimiento del billete quien exitó su sonrisa.
--Ola! ¿Que papelucho es este? --dijo Sikes adelantándose hácia el judío, mientras este se apoderaba del billete. --Esto me pertenece Fagin!
--No, no Guillermo; es mio querido! Vos tendreis los libros.
--Si no se entrega eso á mi ó á Nancy (que es lo mismo), voy á devolver al niño. --dijo Sikes poniéndose el sombrero con ademan resuelto.
El judío se estremeció: lo mismo hizo Oliverio aun que por motivo muy diferente pues esperaba que su libertad seria el resultado de la disputa.
--Ea! venga acá eso! Lo entendeis? --dijo Sikes.
--No hay razon para ello Guillermo, ninguna razon. ¿No es cierto Nancy? --contestó el judío.