Part 5
Esto diciendo el jovenzuelo sonrió para dar á entender que la última parte de su soliloquio era puramente irónico y vació incontinenti su vaso.
Este ofrecimiento inesperado de un alojamiento era demasiado seductor para ser rehusado, sobre todo cuando fué seguido inmediatamente por la seguridad de que una vez conocido del _anciano caballero_, este no dejaria pasar mucho tiempo sin proporcionar á Oliverio alguna colocacion bastante ventajosa. Esto llevó á una conversacion mas confidencial en la que Oliverio descubrió que su amigo que se llamaba Jaime Dawkins era el amigo íntimo y el protegido del viejo señor en cuestion.
El exterior de Mr. Jaime no hablaba mucho que digamos en favor de las ventajas que su _patronato_ obtenia pava aquellos que tomaba bajo su proteccion; pero como tenia un modo de espresarse _pronto y obscuro_ á la vez y como confesó además que entre sus _camaradas_ era mas bien conocido bajo el apodo de _fino camastrón_, Oliverio concluyó de ahí que su compañero siendo tal vez _insustancial y ligero_ la moral del _viejo señor_ no babia fructificado en él. Con tai pensamiento resolvió por su parte aprovecharse de ella lo mas pronto posible y si encontraba al Camastrón incorregible como tenia motivos para creerlo, renunciaria al honor de ser su camarada.
Como Jaime Dawkins habia declarado no querer entrar en Londres hasta la noche, eran cerca las once cuando llegaron á la barrera de _Islington_. Pasaron por diferentes calles hasta llegar á _Great-Saffron-Hille_ que el camastrón atravesó mas que de prisa previniendo á Oliverio le siguiera de cerca.
Este estaba pensando seriamente si se escaparia, cuando llegaron al estremo de la calle. Su compañero cojiéndole entonces por el brazo empujó la puerta de una casa cerca de F_ield-Lane_, y metiéndole en el pasadizo cerró la puerta tras de ellos.
--Quien va! --gritó una voz que venia de abajo, respondiendo á un silvido del Camastron.
--Plumy y Slám! --tal fué su respuesta.
Este era probablemente el santo y seña ó el aviso de que nada habia que temer, porque la débil luz de una vela se reflejó en la pared al extremo opuesto del pasadizo y se mostró una cabeza á flor de tierra en el punto donde estaba antes el antiguo tramo de la escalera de la cocina.
--Sois dos? --dijo un hombre cuya era la cabeza avanzando algo mas la vela y estendiendo su mano sobre los ojos para ver mejor --¿Quien es el otro?
--Un _neófito_ --respondió Jaime empujando á Oliverio hacia adelante.
--De donde viene?
--Del pais de la _Ganuza_. ¿Fajin está arriba?
--Si; acomoda los _desperdicios_. Ea; subid.
La luz se hundió y con ella la cabeza.
Oliverio buscando su camino á tientas con una mano y con la otra cojiendo los faldones del casacon de su compañero llegó no sin trabajo á lo alto de la escalera sombria y medio rota que el Camastrón trepó con una seguridad y ligereza que probaban serle muy conocido el camino. Este abrió la puerta de un aposento situado en la parte trasera de la casa, é hizo entrar á su nuevo compañero.
En él estaban reunidos alrededor de una mesa, un viejo judío cadavérico y asqueroso, dos muchachos muy semejantes en aspecto al _Camastron_ y dos jovencitas vivarachas. Cada uno tenia ante sí un plato con una tajada de tocino frito que cortaba en pedazos y los comia con mucha voracidad.
--Fagin! --dijo el Camastrón dirijiéndose al viejo --Os presento mi amigo Oliverio Twist.
Aquel sonrió, y haciendo un profundo saludo á Oliverio, le cojió la mano diciéndole tendria el honor de relacionarse con él.
--Estamos muy contentos de verte. --añadió --Camastrón! Saca esas salsichas de la sarten y acerca ese taburete á la lumbre para que Oliverio se sienta, coma y se caliente. Ah! miras los pañuelos de faltriquera de sobre aquel cofre amiguito? Algunos no son malejos he? Justamente acabamos de contarlos para mandarlos á lavar . . . esto es todo; todito . . . Ah! ah! ah!
La risita del judío exitó la hilaridad de sus jóvenes comensales y en medio de carcajadas estrepitosas continuaron la cena.
Oliverio tomó su parte de ella. Luego el judío le llevó un vaso de ginebra y agua caliente recomendándole lo bebiera de una sola vez para pasar el cubilete á otro; pero á penas lo hubo tragado se sintió atraer suavemente sobre unos sacos amontonados en un rincon y se durmió profundamente.
CAPÍTULO IX.
ALGUNOS DETALLES CONCERNIENTES AL VIEJO CHISTOSO Y SUS ALUMNOS SOBRESALIENTES.
ERA ya tarde cuando Oliverio se dispertó á la mañana siguiente. En el aposento no habia mas que el viejo ocupado en hacer hervir café y silvando por lo bajo mientras lo removia con una cuchara de hierro. De vez en cuando se paraba para escuchar al menor ruido que oia y cuando habia satisfecho su curiosidad volvia á remover el café y á silvar de lo lindo.
Despues que el café estuvo hecho, puso la cafetera en el suelo y no sabiendo como matar el tiempo, se volvió maquinalmente hacia Oliverio y le llamó por su nombre. Era probable que el niño dormia, porque no respondió. Luego que se hubo asegurado de ello se dirijió de puntillas á la puerta y la cerró con los cerrojos. En seguida á lo que le pareció á Oliverio (que realmente no dormia) levantó un ladrillo del pavimento; sacó de un hoyuelo practicado debajo de el una cajita, y la colocó sobre la mesa. Sus ojos brillaron al levantar la tapadera y al sumerjir dentro de ella su mirada. Por último acercando una silla vieja, se sentó y sacó de la caja un reloj de oro magnífico y resplandeciente de diamantes.
--Ah! ah! --dijo encojiéndose de hombros y haciendo una mueca horrible --Eran ellos unos famosos conejos! unos verdaderos hurones! Firmes hasta el fin! Incapaces de decir al _negro bonete_ donde esto se encontraria! Jamás, jamás han vendido al viejo Fagin! Además ¿les hubiera servido esto acaso para librarse del balanceo? Pamema! Tampoco se hubiera aflojado el nudo escurridizo. No, no! Ah! Eran buenos vivientes! Famosos conejos!
Haciendo estas reflecciones y otras de la misma naturaleza, el judío volvió el reló á su sitio primitivo. Otros cinco ó seis por lo menos fueron sacados sucesivamente de la misma caja y pasados en revista con la misma satisfaccion, como tambien sortijas, alfileres, braceletes y otros artículos de joyeria de una materia tan magnífica y de un trabajo tan precioso que su vista tenia á Oliverio en babia.
Despues de haber colocado el judío estas joyas en su sitio anterior tomó otra tan pequeña que la tenia en el hueco de su mano. Esta parecia tener cincelada una inscripcion muy diminuta, porque la puso sobre la mesa y garantizándola de la falsa luz poniendo la mano ante ella, la examinó largo tiempo con la mas viva atencion. En fin renunciando á la esperanza de descifrar aquella leyenda remitió la joya en la cajita inclinándose en el respaldo de su silla.
--Magnífica cosa la _pena capital_! --murmuró entre dientes-- Los muertos no regresan para _bachillerear_. Oh! Es una gran garantia para el comercio! lineó de ellos enfilados en la misma cuerda y ninguno tan ruin para desembuchar el secreto!
Al decir esto el judío que hasta entonces habia tenido sus ojos negros y penetrantes sobre la joya en un estado de fijeza estática los dirijió á Oliverio y viendo que el niño le miraba con muda curiosidad, comprendió que habia sido observado. Entonces cerrando bruscamente la cajita, se apoderó de un cuchillo que estaba sobre la mesa y se levantó furioso. Sin embargo no estaba seguro, pues Oliverio á pesar de su espanto pudo notar que el cuchillo temblaba en la mano del viejo.
--Por vida de! --esclamó el judío --¿Me espiabas? Estabas dispierto? Que has visto? Oh! habla . . . niño! responde pronto! va en ello tu vida!
--No he podido dormir mas tiempo señor! --respondió Oliverio --siento haberos interrumpido.
--Tu no estabas dispierto hace media hora he? --preguntó el viejo con acento estraviado.
--No señor es la pura verdad! --repuso Oliverio.
--Estás de ello seguro? --gritó el judío dando á su mirada una espresion mas feroz y tomando una actitud amenazadora.
--Si, si señor! lo juro! --replicó el niño con ansia --Os aseguro que no estaba dispierto! de toda verdad! de toda verdad!
--Cállate; cállate! --dijo el judío recobrado de repente sus maneras ordinarias y aparentando jugar con el cuchillo antes de volverlo sobre la mesa para dar á entender que no lo habia cojido mas que por broma --Ya lo sabia buen amigo y esto no era mas que para darte miedo, para reirme. Sabes hijuelo mio que eres un valenton! Ah! ah! eres un valenton Oliverio! --Mientras decia esto frotaba sus manos con falsa sonrisa y no dejando de mirar la cajita con alguna inquietud. Luego poniendo su mano sobre la tapadera añadió despues de un momento de silencio. --Has visto tu algunas de esas cosas hermosas amigo mio?
--Si señor. --respondió Oliverio.
--Ah! --hizo el judío cambiando de color --Estos son . . . es mi pequeño haber Oliverio; es mi propiedad, todo lo que tengo para descansar en mis viejos días! El mundo dice que soy avaro; si amigo mio, solamente avaro; nada mas que esto.
Oliverio pensó que efectivamente el _viejo señor_ debia ser avaro pues que vivia en un sitio tan miserable con tantos relojes; imaginándose luego que tal vez su ternura por el _fino camastron_ y los demás muchachos le costaba mucho dinero no dejó de tenerlo en mayor estima y le preguntó respetuosamente si podia levantarse.
--Ciertamente amigó mio! ciertamente! --respondió él viejo judío --Espera; detras de la puerta hay un cantaro de agua: traelo aquí: voy á darte una cofaina para lavarte.
Oliverio se levantó, atravesó el aposento y se bajó para tomar el cantaro; cuando se volvió la cajita habia desaparecido.
Apenas habia concluido de lavarse y poner cada cosa en su sitio despues de haber arrojado el agua de la cofaina por la ventana á tenor de las órdenes del judío, cuando el _fino camastron_ Volvió á entrar acompañado de uno de sus amigos, jóven alegrillo que Oliverio habia visto la víspera anterior. Este le fué presentado con todas las fórmulas debidas, como que era el Señor Cárlos Bates. Cada uno se sentó á la mesa y comió con el café bollos todavia calientes y jamon que el Camastron habia traido en la copa de su sombrero.
--Y bien amigos! --dijo el judío lanzando sobre Oliverio una mirada maligna el propio tiempo que se dirijia al Camastron --Espero que habreis estado en el _taller_ esta mañana.
--Un poco abuelo! --respondió el Camastron.
--Y con unas ganas deliciosas! --repuso Cárlos.
--Vaya, vaya! sois buenos chicos; muy buenos chicos! --dijo el judío --Que es lo que tu has traido Jaime?
--Dos _agenda_ --respondió este.
--Guarnecidos he! --preguntó él viejo con interes.
--Asi asi . . . --replicó el Camastron sacando de su faltriquera dos _agenda_ la una colorada y la otra verde.
--No tan macisos como deberian! --esclamó el viejo despues de haber examinado el interior con una atencion escrupulosa --Pero con todo no deja de ser un trabajo exquisito: de _mano maestra_.
No es así Oliverio?
--Oh! de un trabajador muy hábil os cierto señor! --respondió Oliverio.
--Aquí el Señor Cárlos esplotó en una estrepitosa carcajada con grande asombro de Oliverio que no veia en ello ningun motivo de risa.
--Y tu viejecito! --dijo Fagin á Cárlos --Que es lo que tu nos traes?
--_Pingajos_. --respondió maese Bates sacando cuatro pañuelos de faltriquera.
--Bravo! --repuso el judío despues de haberles pasado revista --No son malejos á fé mia! Si; pero no los has señalado bien; será preciso quitarles estas marcas con una aguja, y ya enseñaremos á Oliverio como es preciso gobernarse para ello.
--Te gustará aprenderlo Oliverio! he?
--Si señor! --respondió Oliverio.
--Gustarias de hacer el _moscardon_ con tanta maestría como Cárlos Bates ¿no es así amigito? --preguntó el judío.
--Oh! si señor: me gustaria mucho. Si quisierais enseñarmelo?
--Maese Bates vió en esta peticion algo de chistoso, pues esplotó en una nueva carcajada que habiéndole hecho tragar el café malamente, poco faltó para que no le ahogase.
--A la verdad es bien _nuevo_! --dijo luego que se hubo repuesto, como para excusar su conducta impolítica.
El Camastron pasando su mano por la cabeza de Oliverio y aplanándole los cabellos sobre su frente dijo que pronto sabria bastante. En esto el judío viendo que el rostro del niño se ponia colorado, cambió de conversacion preguntando si habia habido mucha gente en la sentencia de muerte que habia tenido lugar en aquella misma mañana. Esto sorprendió tanto mas á Oliverio comprendiendo por las respuestas de los dos muchachos que habian asistido á ella y no podiendo darse razon como habian tenido tiempo bastante para haber sido tan laboriosos.
Despues de levantada la mesa, el viejo chistoso y los dos muchachos empezaron un juego tan curioso como poco comun. El primero metió una petaca en uno de los bolsillos de su pantalon y una cartera en el otro; en la faltriquera de su chaleco un reloj unido á una gruesa cadena de seguridad que pasó al rededor de su cuello y clavando en la pechera de su camisa una aguja de quincalla se abotonó hasta debajo la barba; luego colocando el estuche de sus anteojos y su pañuelo en los bolsillos de su leviton, se paseó arriba y abajo del aposento empuñando un baston, del mismo modo que vemos á nuestros viejos señores en las calles á cada momento del dia. Unas veces se paraba ante la chimenea; otras á la puerta finjiendo examinar las mercaderias en los aparadores de las tiendas. En ciertos momentos, miraba á su alrededor y tentaba alternativamente sus faltriqueras para asegurarse de que no le habian hurtado nada y esto lo hacia tan naturalmente que Oliverio se desternillaba de risa. Durante este tiempo los dos _mozalvetes_ le seguian de cerca evitando tan diestramente sus miradas cada vez que se volvia, que era imposible al ojo seguir sus movimientos. Al fin, el Camastron le picó los talones y Cárlos, tropezó con él (se entiende sin hacerlo expresamente) y en el propio instante le birlaron en un decir Jesus y con la mas asombrosa destreza, petaca, cartera, reló, cadena de seguridad, ajuja, pañuelo de faltriquera y hasta el estuche de los anteojos. Si el viejo señor sentia una mano en una de sus faltriqueras, decia en cual y volvia á empezar el juego.
Rato habia que se estaba repitiendo esta diversion, cuando dos _jóvenes señoritas_ entraron á hacer visita á los dos _señoritos_. La una se llamaba Betsy y la otra Nancy. Sus cabelleras naturalmente espesas, se ostentaban algo descuidadas del peine; sus zapatos no llevaban cordones y sus medias iban tiradas con mucha negligencia. Tal vez no eran lo que puede llamarse precisamente bonitas; pero tenian subidos colores, abultadas mejillas y parecian bastante alegrillas. Como manifestaban ademanes excesivamente libres y desenvueltos, Oliverio pensó que debian ser muy amables (y lo eran sin ninguna clase de duda.)
Las tales _señoritas_ se quedaron un buen rato y habiéndose traido algunas botellas de licores en atencion á haberse quejado una de ellas de que tenia el estómago _seco_, la conversacion se hizo viva y animada. Al fin Cárlos dijo era de opinion que habia ya llegado el buen tiempo de _trillar la cemilla_, expresion que Oliverio entendió por salir; porque inmediatamente el Camastron, Cárlos y las dos _señoritas_ se marcharon juntos provistos de algun dinero que les dió el bueno del judío para refocilarse durante el camino.
--Y bien amigito! No te parece agradable esta vida? --dijo Fagin --Ya se han marchado por todo el dia!
--Y han concluido su trabajo Señor? --preguntó Oliverio.
--Si; á menos que no encuentren ocupacion en el camino; entonces, no se estarán con las manos plegadas, está seguro. Toma ejemplo de ellos hijo mio: toma ejemplo de ellos! --continuó golpeando el suelo del hogar con el badil como para dar mas fuerza á sus palabras --Haz todo lo que te digan y consúltales en todo, especialmente al Camastron. Este llegará muy alto y tú lo mismo si lo tomas por modelo. ¿Acaso sale el pañuelo de mi faltriquera amiguito? --dijo interumpiéndose secamente.
--Si señor. --respondió Oliverio.
--Prueba pues un poquito si podrias sacarlo sin que yo lo advirtiese, del mismo modo que has visto hacerlo, cuando nos divertíamos hace poco.
Oliverio levantó la faltriquera con una mano como habia visto hacerlo al Camastron y con la otra tiró ligeramente el pañuelo.
--Esta hecho? --preguntó el judío.
--Ahí lo teneis señor! --contestó Oliverio enseñándoselo.
--Eres un muchacho muy diestro amiguito! --dijo el viejo adulador pasando su mano cadavérica sobre la cabeza de Oliverio en señal de aprobacion --No he visto un chico mas hábil. Toma é aquí un _schelling_ para ti. Si continuas de este modo serás el mas grande hombre de tu siglo. Ahora ven aquí para que te enseñe á quitar las señales de los pañuelos.
Oliverio se preguntó á sí mismo que tenia de comun la accion de escamotear divirtiéndose el pañuelo del viejo con la espectativa de llegar á ser un grande hombre; pero refleccionando que por ser el judío de muchísima mas edad que el debia ser mas sabedor de ello, se arrimó á la mesa y pronto fué entregado profundamente á su nuevo estudio.
CAPÍTULO X.
OLIVERIO SE ENTERA MEJOR DEL CARÁCTER DE SUS NUEVOS COMPAÑEROS, Y ADQUIERE EXPERIENCIA Á COSTAS SUYAS. --IMPORTANCIA DE LOS DETALLES CONTENIDOS EN ESTE CAPITULO.
DURANTE muchos dias Oliverio permaneció en la estancia del judío quitando las señales á los pañuelos de faltriquera que llegaban en tumulto al domicilio y algunas veces tomando tambien parte en el susodicho juego, en el que este y los dos mozalbetes se ejercitaban regularmente todas las mañanas. Al fin; comenzó á tener ansia de respirar el aire libre y buscó muchas ocasiones para pedir al viejo le dejará salir para _trabajar_ junto con sus camaradas.
Deseaba con tanto mas ardor el ser puesto en actividad por haber visto un canto de la moral austera del _viejo señor_. Cada vez que el Camastron ó Cárlos Bates volvian por la noche con las manos vacias, les suministraba una larga Filipica, estendiéndose largamente sobre los males que engendran la pereza y la ociosidad, y para gravar mas fuertemente esta verdad en su memoria, los enviaba á la cama sin cenar. Una vez entre otras los arrojó escaleras abajo; pero este esceso de celo en el _virtuoso_ viejo, no siempre era llevado hasta este punto.
En fin una hermosa mañana obtuvo el permiso tan ardientemente anhelado. Habia ya dos ó tres dias que faltaban pañuelos para quitar las señales y las comidas eran flacas. Tal vez estos fueron los motivos que dicidieron á Fagin á que diera su permiso. Que fueran ó no; dijo á Oliverio que podia salir y le colocó bajo la salvaguardia de Cárlos Bates y de su amigo el Camastron.
Los tres compañeros se marcharon: el Camastron con las mangas arremangadas y el sombrero en el cogote segun costumbre; maese Cárlos con las manos en las faltriqueras y meneándose á lo lechugino y Oliverio entre ambos cavilando á donde podian ir y en que ramo de industria iban á lanzarse por de pronto.
Andaban con tanta calma y parecian tan inciertos en cuanto al camino que debian tomar; que Oliverio pensó que sus camaradas engañaban al _viejo señor_ no yendo al taller. El Camastron tenia un instinto maligno, y era quitar todas las gorras de los párvulos y hechárselas en seguida en las entradas. Cárlos por su parte demostraba principios mas relajados en cuanto al respeto que se debe á la propiedad ageua, escamoteando de los cestos de las fruteras cebollas y manzanas que metia en sus faltriqueras tan grandes que parecian invadir su traje en todos sentidos. Esto pareció tan inconveniento á Oliverio que estuvo á punto de declararles su intencion de dejarles para volverse á casa como pudiera, cuando sus pensamientos fueron dirijidos de improviso hácia otro objeto por un cambio misterioso en la conducta del Camastron.
Acababan de salir de un estrecho callejon cerca de Clerkenwell, que se llama aun hoy dia por una estraña corrupcion de palabras Boulingrin, cuando el Camastron se paró de repente y poniendo su dedo sobre sus. labios hizo retroceder á sus compañeros con la mayor cautela.
--Que significa!
--Chut! --dijo el Camastron. --Ves esa _panza vieja_ delante de la parada del librero?
--El señor anciano del otro lado de la calle? contestó el niño. --Si; le veo.
--Pues atencion que va sacar la tripa!
--Y gorda que será! --dijo Cárlos.
Oliverio los miró alternativamente ya al uno ya al otro con suma sorpresa; pero no tuvo tiempo de hacer pregunta alguna, porque sus dos compañeros atravesaron la calle y se deslizaron furtivamente tras el caballero sobre quien estaba fija su atencion. El á su vez dió algunos pasos en la misma direccion y no sabiendo si debia adelantar ó retroceder, los miró con un silencio de estupefaccion.
Este caballero que llevaba la cabellera empolvada y anteojos de oro, parecia ser respetable; vestia una casaca color verdebotella con cuello de terciopelo negro y un pantalon blanco sosteniendo por debajo el sobaco un elegante bambú. Acababa de tomar un libro de la parada y estaba allí como en su casa leyendo tan tranquilamente lo mismo que si estuviera sentado en su sillon y es probable que se creia realmente en el porque era claro que absorvido como estaba en su lectura no veia ni la parada del librero, ni la calle, ni los dos muchachos, ni otra cosa en fin que el libro que recorria letra por letra volviendo la hoja cuando llegaba á lo último de la página, empezando la primera línea de la siguiente y así consecutivamente, con el mas vivo interes y el mayor afan.
Cuales fueron la sorpresa y el horror de Oliverio, cuando abriendo tantos ojos como le permitieron sus párpados vió al Camastron sumergir su mano en la faltriquera del caballero y retirar de ella un pañuelo que pasó á Cárlos y luego volver la esquina de la calle y correr á toda pierna.
En un momento se descifró en su alma todo el misterio de los pañuelos, de los relojes, de las joyas y hasta el del mismo judío. Permaneció allí un instante absorto; su sangre herbia en sus venas con fuerza tal, que se creia dentro un brasero ardiente; luego confuso y aterrorizado á la vez echó á correr, y sin saber lo que hacia ni donde iba, huyó desatentado.
Todo esto fué obra de un segundo. En el mismo instante que Oliverio emprendia la fuga dió la casualidad que el caballero buscó en su faltriquera el pañuelo y no encontrándolo se volvió bruscamente, y como vió al niño escaparse con tanta rapidez concluyó de ello que era él quien habia cometido el hurto y se puso á perseguirlo con el libro en la mano gritando con todas sus fuerzas: Al ladron! Al ladron!
--No era él solo quien gritaba favor! contra Oliverio: el Camastron y Cárlos Bates temiendo llamar la atencion sobre ellos corriendo, se habian ocultado de pronto trás la primera puerta cochera que encontraron al paso; pero no bien hubieron oido el grito y visto correr al muchacho cuando adivinando lo que era ello se mezclaron con los perseguidores (como buenos ciudadanos que eran.) gritando como los demás. Al ladron! Al ladron!
Oliverio aunque educado por _filósofos_ ignoraba en teoría su mácsima sublime de que: _el cuidado de sí mismo es la primera ley de la naturaleza_. Si la hubiera conocido aquel percance tal vez le hubiera hallado prevenido; pero como no lo estaba, no hizo mas que aumentar su espanto; asi es que corria como el viento llevando al anciano caballero y á los dos muchachos trás sus talones.
--Al ladron! Al ladron!
Hay algo de sublime en este grito. El mercader deja su mostrador y el carretero su carro, el carnicero abandona su trabajo, el panadero su canasto, la lechera sus jarros, el fajin su bulto, el estudiante su carambola, el empedrador su martillo, el muchacho su pelota; todos corren revueltos gritando, ahullando, arrollándose, derribando los transeuntes al revolver las esquinas, excitando á los perros, alborotando las gallinas y haciendo retemblar las calles, los callejones, las plazas y las plazuelas con este grito:
--Al ladron! Al ladron!