Part 6
Este grito es repetido por cien voces y la multitud crece á cada esquina. Ella lo dilata chapoteando en el lodo y haciendo resonar el estrépito de sus pasos sobre las aceras. Las ventanas se abren, los vecinos salen de las casas, la gente se empuja, todo un auditorio abandona polichinela en el momento mas interesante de la comedia y juntándose al tropel aumenta el ruido prestando nuevo vigor á los gritos repetidos de:
--Al ladron! Al ladron!
Existe en el hombre un instinto fuertemente arraigado de correr trás cualquiera cosa. Un niño infeliz, sofocado y llenó de fatiga, con el terror en los ojos y la agonía en el corazon, llevando el rostro inundado de sudor, redobla sus esfuerzos para conservar el avance sobre sus perseguidores, mientras estos á medida que se aprocsiman de su alcance saludan sus fuerzas desfallecidas con _hurras_ y vociferaciones de alegria: Al ladron! Al ladron! Detenedle! por amor de Dios detenedle! aunque no sea mas que por piedad detenedle!
Al fin ya está detenido! Golpe famoso! Helo allí tendido sobre la acera; rodeado por la apiñada multitud y cada recien llegado codeando y empujando para poder verle! --Haceos atrás! Dejadle un poco de aire! Que bestialidad! No lo merece. Donde está el caballero? Allá viene. Abrid paso al caballero! Caballero es este el pilludo? Si.
Oliverio cubierto de lodo y polvo, con la boca ensangrentada miraba con aire estraviado todas aquellas figuras que le rodeaban, cuando el anciano caballero fué introducido por no decir llevado dentro el círculo por la vanguardia de los perseguidores.
--Si! --dijo con acento bondadoso --Temo que sea él!
--Teme! --murmuró la muchedumbre --Esta si que es buena!
--Pobre diablillo! --dijo el caballero --Se ha hecho daño!
--Yo soy quien le ha arreglado como esta --dijo un solemne _paja larga_ adelantándose --Me he corlado lindamente la mano contra sus dientes. Yo soy señor quien le ha cojido.
Esto diciendo, el individuo llevó la mano á su sombrero sonriendo bestialmente, y esperando sin duda recibir algo por el trabajo que se habia tomado; pero el caballero examinándole con aire de desprecio, echó una mirada inquieta á su alrededor sin duda para buscar un medio de evadirse; lo que tal vez hubiera hecho, dando con ello lugar á otra persecucion si en este momento un agente de policía (la última persona que llega siempre en semejantes casos) no hubiese atravesado la multitud y cojido á Oliverio por el cuello.
--Yo no he sido señor! Estad seguro! Es la verdad! Fueron otros dos muchachos! --dijo Oliverio plegando las manos en ademan suplicante y mirando á su alrededor --Deben estar aquí ó no lejos.
--Oh! que no . . . que no están aquí! --repuso el agente de policía con acento burlon.
Oliverio decia verdad sin saberlo. El Camastron y Cárlos se habian escabullido en la primera escalera que habian encontrado al paso.
--Ea! levántate!
--No le hagais daño! --dijo el anciano caballero con compasion.
--Oh! no pretendo hacerle daño alguno. --replicó el otro rasgando el chaleco del niño, al obligarle á levantarse, en prueba de lo dicho. --Vamos . . . ven . . . Te conozco . . . estos colores no me la pegan. Quieres tenerte sobre tus piés pillastrón?
CAPÍTULO XI.
DE LA MANERA QUE ADMINISTRA LA JUSTICIA EL MAGISTRADO MR. FANG.
EL hurto habia sido perpetrado dentro la jurisdiccion y de hecho en las inmediaciones de un tribunal de policía metropolitana muy celebrado. Los curiosos tuvieron la única satisfaccion de acompañar á Oliverio un corto trecho; es decir hasta un sitio llamado _Multon-Hill_ donde le hicieron pasar bajo una bóveda sombría y baja que conducia á un patío súcio al detrás del que estaba ese dispensador de la pronta justicia. Alli encontraron un _regordete_ con enormes favoritos en las megillas y un grueso manojo de llaves en la mano.
--Que hay de nuevo? --preguntó con suma displicencia.
--Un jóven _pégre_ [1] --contestó el agente de policía.
--Sois vos el robado? --preguntó el carcelero al anciano caballero que estaba trás Oliverio.
--Si; --dijo este --yo soy; pero no estoy seguro que sea este niño quien ha cojido el pañuelo y por eso quisiera mas que la cosa no pasára adelante.
--Ya es tarde! Es preciso que se presente ante el magistrado. --repuso el carcelero --Pronto vá á ser puesto en libertad. --y dirijiéndose á Oliverio. --Ola in _pasto de horca_! Al avio!
Esto era para el niño una invitacion de entrar en una celdilla cuya puerta habia abierto el hombrecillo y donde le encerró despues de haberle registrado y no encontrándole nada sobre él.
El anciano caballero al oir rechinar la llave en la cerradura se puso tan triste como Oliverio y dirijió suspirando sus ojos sobre el libro causa inocente de todo aquel fracaso.
--Hay algo en la fisonomía de ese niño --se dijo á sí mismo dando algunos pasos y golpeándose frente con el libro, completamente absorvido en sus reflecciones --algo que me choca y me interesa. Será tal vez inocente? Paréceme . . . Por vida de! --esclamó parándose en seco y mirando fijamente á las nubes-- ¿Dónde he visto yo una fisonomía semejante á la suya?
Despues de haber reflecsionado algunos momentos, se adelantó en ademan pensativo hácia una pequeña sala que daba al patio y allí retirado y á solas pasó revista en su memoria á un gran número de rostros que hacia muchos años habia perdido de vista, y sobre los cuales se habia estendido un velo sombrío.
El carcelero le dispertó de sus sueños dándole un golpecillo sobre la espalda y haciéndole señal de que le siguiera: cerró inmediatamente su libro y pronto se vió á la presencia imponente del célebre Mr. Fang. La sala de audiencia que daba á la calle tenia el techo artesonado. Mr. Fang estaba sentado mas allá de una pequeña balustrada y en une de los estremos. A un lado de la puerta y en un banquillo colocado al efecto, estaba sentado el pobre Oliverio espantado de la gravedad de esta escena.
El anciano caballero se inclinó profundamente, se adelantó hacia el bufete del magistrado y dijo añadiendo la accion á la palabra:
--Esta es mi direccion caballero --y dando tres pasos atrás se inclinó de nuevo y esperó que se le preguntase.
Cabalmente Mr. Fang leia en este momento con profunda atencion en el _Morning Chronicle_ un artículo concerniente á una sentencia que habia dado, el cual artículo le recomendaba por la milésima vez á la atencion particular del ministro del interior. Estaba á mas de mal humor y levantando la cabeza con ademan uraño:
--Quien sois? --preguntó.
El anciano caballero algo sorprendido señaló con el dedo su tarjeta.
--Oficial de policía! --dijo Mr. Fang sacudiendo con desprecio la tarjeta y el periódico. --Quien es ese individuo?
--Mi nombre --dijo el anciano caballero espresándose con cortesia --mi nombre es Brownlow. Que me sea permitido á mi vez preguntar el nombre del magistrado que bajo el escudo de la ley insulta gratúitamente á un hombre respetable sin haber sido provocado. --Esto diciendo Mr. Brownlow dirijió una mirada á su alrededor como buscando quien quisiera responder á su pregunta.
--Oficial de policía! --dijo Mr. Fang tirando el periódico de revés --De que se acusa á ese individuo?
--No es él el acusado señor juez. --respondió el agente de policía --Comparece contra este muchacho.
El magistrado, lo sabia bien; pero era un medio como cualquier otro para vejar impunemente á las gentes.
--Ah! Comparece contra ese muchacho . . . no es oso? --replicó Mr. Fang examinando á Mr. Brownlow de la cabeza á los piés con aire de duda. --Recibid su juramento.
--Antes de prestar juramento --dijo Mr. Brownlow --me permitiré decir una sola palabra y es que sin una prueba tan convincente jamás hubiera podido crer . . . .
--Silencio caballero! --dijo Mr. Fang con tono brusco.
--No me callaré señor magistrado! --replicó Mr. Brownlow.
--Silencio digo ó mando poneros á la puerta! Sois un impertinente, un bribon, al atreveros á desafiar un magistrado en el ejercicio de sus funciones!
--Que decís? --esclamó el anciano caballero palideciendo de cólera.
--Haced prestar juramento á ese hombre! --dijo Mr. Fang al escribano --Nada mas oiré! Hacedle prestar juramento!
La indignacion de Mr. Brownlow estaba á su colmo; pero reflexionando que dándola salida podria hacer daño al muchacho, se contuvo y prestó inmediatamente el juramento.
--Ahora --dijo Mr. Fang --decid: de que se acusa á esto muchacho? Qué teneis que deponer contra él?
--Estaba ante la parada de un librero --empezó Mr. Brownlow.
--Silencio caballero! --interrumpió Mr. Fang --Agente de policía! Donde está el agente de policía? Acercaos. Escribano hacedle prestar juramento. Ahora hablad. ¿Que teneis que decir?
El agente de policía relató con tono humilde: que el habia preso al muchacho y que habiéndole registrado, nada habia encontrado encima de él; añadiendo que esto era todo lo que tenia que decir.
--Hay testigos? --preguntó Mr. Fang.
--No; señor magistrado. --respondió el agente de policía.
Mr. Fang guardó silencio por algunos instantes; luego volviéndose á la parte acusadora dijo con tono irritado --Quereis esplicar los motivos de vuestra querella contra ese muchacho; si ó nó? Si rehusais administrar pruebas voy á castigaros por falta de respecto á un _magistrado_! Oh! Lo haré por . . . ..
Por quien ó porque nadie lo sabe; pues que en este mismo momento el escribano y el carcelero tosieron con fuerza muy á propósito sin duda; y el primero dejando caer por _descuido_ un voluminoso libro, privó que el resto pudiera oirse.
Entre las numerosas interrupciones y los insultos reiterados de Mr. Fang, Mr. Brownlow procuró relatar el hecho,
observando que en el primer momento de sorpresa corriera trás el niño porque lo habia viste huir. Y --añadió --me atreveré á esperar que en el caso en que el Señor Magistrado considerára á este muchacho sino como ladron al menos como afiliado con ladrones, se dignára obrar respecto á él tan suavemente como se lo permita la justicia? Además está herido y temo mucho --prosiguió, con aire de compasion dirijiéndose á la barra --temo realmente que se encuentra malo.
--Oh! sin duda! Esto se comprende. --Observó Mr. Fang con acento burlon. --Ea tu . . . pequeño vagabundo! Tus pillerias están cosidas con hilo blanco. A mi no me la pegarás. Como te llamas?
Oliverio procuró responder; pero la lengua se le pegó en el paladar. Estaba horriblemente pálido y todo parecia dar vueltas á su alrededor.
--Como te llamas bribonzuelo? --clamó Fang con voz de trueno --Oficial! Cual es su nombre?
Esta pregunta se dirigia á un _inoflelude_ de chaleco rayado que estaba en pié cerca de la barra. Se inclinó hacia el niño y repitió la pregunta; pero viendo que realmente se hallaba incapaz de comprenderla y sabiendo que su silencio no haria mas que escitar la cólera del magistrado y de consiguiente aumentar la severidad de la sentencia, respondió al acaso: --Se llama Tomás White señor magistrado.
--Ola! no quiere hablar ¿no es esto? --dijo Fang --Muy bien! Donde habita?
--Donde puede señor magistrado. --respondió el digno oficial fingiendo recibir la respuesta de Oliverio.
--Tiene padres? --preguntó Mr. Fang.
--Dice que se le murieron cuando niño. --replicó el otro del mismo modo.
En este punto del interrogatorio Oliverio levantó la cabeza y lanzando á su alrededor una mirada suplicante, pidió con voz moribunda que se le hiciera el favor de un vaso de agua.
--Todo eso son maulerias. --dijo Fang --No pienses cojerme por tonto.
--Señor magistrado creo que verdaderamente se encuentra malo. --dijo el oficial de policía.
--Se algo mas que vos en esta materia --replicó Fang.
--Cuidado señor oficial de policía! --dijo el anciano caballero, estendiendo instintivamente sus brazos --Cuidado! . . . vá á caer.
--Retiraos de aquí oficial de policía! --gritó Fang con acento brutal --y que caiga si bien le place.
--Oliverio se aprovechó del asiduo permiso y cayó desmayado en el suelo. Los hombres de servicio en la sala se miraron unos á otros pero ninguno osó menearse.
--Sabia bien que lo hácia adrede. --dijo Fang. (como sí este accidente hubiese sido para el una prueba incontestable de su eserto) pero pronto tendría su galardon.
--Que fallais señor? --preguntó en voz baja el escribano.
--Le condenó sumariamente --dijo Fang --á tres meses de prision, con mas al _treadmill_ [2] Despojad la sala!
La puerta estaba abierta á este fin y dos hombres se preparaban para llevar al pobre Oliverio todavia sin sentidos á la prision, cuando un sujeto de alguna edad y de esterior decente aun que pobre á juzgar por sus pantalones negros un tanto deslustrados, se precipitó dentro la sala y acercándose á la barra. --Deteneos . . ? --dijo sofocado y sin darse tiempo de respirar --no le lleveis! Suspended la sentencia!
A pesar del mal humor y las groserías del juez Fang, le fué preciso escuchar al testigo. Este era el librero que lo habia visto todo. Contó el hecho y Oliverio fué puesto en libertad. Mr. Brownlow estaba indignado de la conducta de Fang. Quiso protestar, pero fué hechado de la sala. Una palidez mortal cubria las mejillas de Oliverio, á penas podia tenerse. El compasivo anciano hizo acercar un fiacre y habiéndole colocado sobre las almohadas del mismo, partieron.
CAPÍTULO XII.
OLIVERIO RECIBE EL BUEN TRATAMIENTO QUE NUNCA HABIA RECIBIDO HASTA AHORA. --PARTICULARIDADES REFERENTES Á UN RETRATO.
EL fiacre rodó á lo largo de _Mont-Plaisir_, enfiló la calle de _Exmouth_, recorriendo a poca diferencia el mismo camino que Oliverio debió seguir la primera vez que entró en Lóndres en compañía del Camastrón y tomando diferente camino cuando hubo llegado á la taberna del Angel en _Islington_, se paró al fin ante una casita de hermosa apariencia en una calle decente y retirada de _Pentouville_. Allí sin retardo se preparó un lecho en el que Mr. Brownlow, hizo colocar al pobre niño, que fué cuidado con una solicitud y una ternura sin igual.
Durante muchos dias Oliverio permaneció sin conocimiento pendiente entre la vida y la muerte. Al fin salió de este estado y lanzó una mirada inquieta á su alrededor:
--Que aposento es este? --Donde me han traido? --dijo.
Como estaba muy abatido, pronunció estas palabras con voz débil; pero ellas fueron oidas desde el momento; porque la cortina de su cama fué levantada incontinenti y una buena señora ya de edad vestida decentemente se levantó al mismo tiempo de un sillon en que estaba sentada cerca el lecho y haciendo dalzeta.
--Chiton amigo mio! --dijo la anciana con dulzura --Es preciso estarse quieto, ó vendrá una recaida; ya habeis estado malo, muy malo . . . Vaya! volveos á acostar como un buen muchacho! --Esto diciendo la buena señora volvió á colocar suavemente la cabeza de Oliverio sobre la almohada, y apartando los mechones de cabellos que caian sobre su frente le miró con un aire tan cariñoso, que él no pudo menos de colocar su manecita descarnada sobre la suya y de atraerla al rededor de su cuello.
--Dios mio! --dijo la anciana con las lágrimas en los ojos --Que buen corazoncito! Que agradecido! Qué diria su madre, si despues de haberte vigilado dia y noche como yo lo he hecho pudiera verle ahora?
--Pueda que me vé! --balbuceó Oliverio plegando sus manos. --Tal vez ha estado sentada cerca de mi, señora . . . Oh! si; me parece haberla visto á mi lado.
--Esto es efecto de la fiebre amigo mio! --dijo la buena señora.
--Es posible --repuso Oliverio con aire pensativo --porque hay mucha distancia de aquí al cielo y si es allí demasiado dichoso para bajar cerca el lecho de un pobre niño! Sin embargo si ella ha sabido que yo estaba enfermo, me habrá compadecido desde allá arriba; porque ella ha sufrido tambien tanto antes de morir! Con todo no puede saber nada de le que me sucede --añadió despues de un momento. de silencio --porque si me hubiera visto padecer, se hubiera puesto triste, y su rostro era tan dulce y risueño cada vez que la he visto en sueños!
La anciana nada respondió; pero enjugando primero sus párpados y luego sus anteojos que estaban sobre la bánova, dió al niño una pocion refrescante y pasándole la mano por sobre la mejilla le encargó estuviera tranquilo en su lecho sino volveria á caer malo.
Oliverio se mantuvo quieto, ya porque queria obedecer en todo á la señora; ya tambien porque estaba completamente fatigado por lo que habia dicho. Pronto se entregó á un sueño reparador del que fué dispertado por la luz de una vela que acercándose á su cama le permitió ver á un señor que le tentaba el pulso consultando al mismo tiempo un grueso reló de oro de _tic-tac_ muy fuerte que tenia en la mano: el cual dijo que lo encontraba mucho mejor.
--No es verdad que os encontrais mucho mejor amiguito? --dijo á Oliverio.
--Si, señor! y os doy gracias! --contestó este.
--Ya se bien que debeis encontraros mejor. --repuso el otro --Teneis apetito no es cierto?
--No señor. --respondió el niño.
--He! --esclamó el caballero --No! Ya sabia yo bien que no podeis tener apetito. No tiene apetito señora Bedwin. --continuó con aire de importancia volviéndose á la señora.
Esta hizo una señal de cabeza respetuosa, por la que parecia decir que creia al doctor un sujeto muy hábil: este por su parte pareció tenor de si la misma opinion.
--Teneis sueño no es cierto amiguito? prosiguió el doctor.
--No señor. --respondió Oliverio.
--No. --repuso el otro con ademan de inteligente --no teneis sueño. Tampoco teneis sed?
--Si señor; estoy un poco sediento.
--Justamente lo que pensaba Señora Bedwin. A la verdad es muy natural que esté sediento; muy natural. Podréis darle un poco de thé y una tostada de pan sin manteca. Que no sea demasiado caliente Señor Bedwin; pero tened cuidado de que no sea demasiado frio. Ya comprendeis ¿no es cierto?
La buena señora hizo una reverencia y el doctor despues de haber probado la pocion refrescante, se alejó haciendo crujir sus botas sobre el piso con aire de importancia y dignidad. Oliverio poco despues volvió á dormirse y era ya cerca de media noche cuando se dispertó. La Señora Bedwin le deseó entonces una buena noche y le dejó bajo el cuidado de una vieja gordinflona que acababa de entrar llevando dentro su _ridiculo_ un librito de oraciones y una larga gorra de dormir.
La mañana estaba ya bastante adelantada cuando Oliverio se dispertó despejado y risueño. La crísis de la enfermedad habia pasado, estaba ya fuera de peligro y pertenecia aun á este mundo. En menos de tres dias se halló capaz para sentarse en un sillon reclinado sobre almohadas y como estaba aun demasiado débil para poder andar, la señora Bedwin lo habia bajado á su propio aposento donde se sentaba á su lado frente el hogar y encantada á lo sumo de una mejoría tan notable, derramaba lágrimas de ternura.
--No hagais caso queridito; esto es á pesar mio --dijo --Caramba! Ahora ya pasó aquello y yo me encuentro del todo aliviada!
--En verdad señora sois muy buena para mi. --dijo Oliverio.
--Está bien amiguito! no hablemos mas de ello. Nada tiene que ver con vuestro caldo y es ya hora de que lo tomeis, porque el doctor dice que Mr. Brownlow podria venir á visitaros esta mañana y es necesario que nosotros estemos sobre nuestros _cuarenta y ocho_ pues que cuanto mejor aspecto tengamos mas estará él contento.
Esto diciendo la buena señora hizo calentar en una caserola una porcion de un caldo bastante fuerte; capaz reducido á la fuerza señalada en las casas de Caridad, para suministrar una opípara comida á trescientos pobres por lo menos.
--Os gustan los cuadros amigo mio? --preguntó la buena señora viendo que Oliverio tenia los ojos fijos con una atencion particular sobre un retrato colgado en la pared justamente frente de él.
--No podria decíroslo señora! --respondió éste sin apartar la vista del retrato --He visto tan pocos que á la verdad no sé . . . Que semblante tan dulce y tan bello tiene esa señora!
--Ah! --dijo la anciana --Los pintores hacen siempre á las mugeres mas hermosas de le que son; de otro modo hijo mio no tendrian parroquianos. El que ha inventado la máquina para reproducir fisonomías por obra de la sola naturaleza, el buen Monsieur Daguerre hubiera debido saber que ella no tendria écsito! Hay demasiada fidelidad; demasiada! --repuso riéndose de todo corazon por la malicia con que habia dicho esto.
--Esa pintura se parece á alguno? --preguntó Oliverio.
--Si. --contestó la buena señora levantando los ojos un instante --Es lo que se llama un retrato.
--De quien? --volvió á preguntar el niño con curiosidad.
--Ah! eso es lo que no podré deciros amiguito! --repuse ella con aire jovial --Probablemente (al menos que yo sepa) será de alguno que ni vos ni yo conocemos. --Parece que es complaceis en mirarlo queridito?
--Es tan hermoso! tan bello!
--Creo que no as dará miedo he? --dijo la buena señora sorprendida del aire de respeto con que el niño miraba el retrato.
--Oh! no seguramente! --respondió este con prontitud --Pero la mirada de esa señora se me presenta tan triste desde este sitio! Parece que se dirije á mi! Esto me hace latir el corazon como si estuviera animado --prosiguió con tono mas bajo --y como si quisiera hablarme y no pudiera.
--Bendito seais de Dios! --esclamó la buena señora estremeciéndose --Niño no hableis así! Despues de la enfermedad que acabais de pasar estais débil y nervioso; dejad que vuelva vuestro sillon del otro lado y entonces no veréis esto. --dijo juntando la accion á la palabra --Ahora al menos ya no podeis verlo!
Oliverio lo veia en su imaginacion tan perfectamente como si no se le hubiere movido de sitio; pero pensó que haria mejor en no enfadar á la buena señora y así sonrió graciosamente cuando ella le miró. La Señora Bedwin por su parte contenta de ver que se encontraba mas á satisfaccion, echó sal á su caldo y puso en el pequeñas cortezas de pan tostado con todo el aparato conveniente á un preparativo tan solemne. El lo despachó con una prontitud extraordinaria y apenas habia tragado la última cucharada cuando llamaron suavemente á la puerta.
--Entrad! --dijo la buena señora.
--Mr. Brownlow (porque era él) entró tan listo como le fué posible; pero no bien hubo levantado sus anteojos sobre su frente y puesto sus manos trás su bata para examinar mejor á Oliverio, cuando su fisonomía cambió varias veces de espresion, haciendo muchas contorciones tan grotescas las unas como las otras. Oliverio débil por la enfermedad, hacia por respecto á su bienhechor esfuerzos inútiles para ponerse en pié cayendo siempre otra vez en el sillon y Mr. Brownlow que de toda verdad era mas sensible que media docena de hombres de su calibre, no pudo contener las lágrimas que se escaparon de sus ojos como por medio de un proceder hidráulico, que nosotros no nos croemos bastante filósofos para poder esplicar.
--Pobre niño! pobre niño! --dijo esforzando su voz --Señora Bedwin; esta mañana estoy un poco ronco; temo haber cojido un resfriado.
--No digais tal cosa señor. --repuse esta. --Toda la ropa blanca que os he entregado estaba muy soca.
--No sé Bedwin; no se que diga --prosiguió Mr. Brownlow --pero me parece que la servilleta que me disteis ayer en la comida estaba algo húmeda. Pero no importa! Como os encontrais amigo mio?
--Muy feliz señor --respondió Oliverio --y muy reconocido á vuestras bondades para conmigo.
--Niño encantador! --dijo Mr. Brownlow repuesto de su emocion. --Señora Bedwin; le habeis dado algun alimento? Algunos caldos he?
--Acaba de tomar una píldora de excelente gelatina --respondió la Señora Bedwin irguiéndose de toda su altura y prenunciando estas últimas palabras con énfasis para dar á entender que entre un caldo y una gelatina no habia la menor relacion.
--Puha! --hizo Mr. Brownlow encojiéndose de hombros. --Dos ó tres vasos de vino de Oporto le hubieran hecho mas bien ¿no es cierto Tomás White?
--Yo me llamo Oliverio. Señor! --contestó el jóven convaleciente con asombro.
--Oliverio! --dijo Mr. Brownlow --Oliverio que? Oliverio White he?