Los Ladrones de Londres

Part 4

Chapter 44,000 wordsPublic domain

--Una verdadera que? --preguntó Oliverio levantando súbitamente la cabeza.

--Una verdadera mngerzuela. --Repuso friamente Noé --Y vale mas que haya muerto así que no verse encerrada en Bridewell ó transportada á Botany-Bay ó bien . . . (que era lo mas probable) hacerse colgar ante Newgate?

Ebrio de cólera Oliverio saltó de su sitio, derribó mesa y sillas, cogió á Noé por el cogote y en un movimiento de rabia lo sacudió con tal violencia que sus dientes crugieron en su cabeza; luego reuniendo toda su fuerza le asestó un golpe tan furioso que lo derribo á sus piés.

Aun no hacia un minuto que este mismo niño anonadado por los malos tratos era la misma dulzura; pero su corage al fin se habia dispertado. La afrenta hecha á la memoria de su madre hizo hervir la sangre en sus venas; su pecho latia con violencia; su aspecto era fiero; su ojo vivo y brillante. Ya no era el mismo niño desde que miraba á su vil perseguidor tendido á sus pies y lo desafiaba con una enerjia que no se le habia conocido hasta entonces.

--Socorro! --gritó Noé -- Cár . . . lota! Se . . ño . . ra! Oliverio me asesina! Socorro! socorro!

Los aullidos de Noé fueron oidos por Carlota que respondió á ellos con un grito penetrante y por la Señora de Sowerberry cuya voz se elevó á un diapason todavía mas alto. La primera se abalanzó á la cocina por una puerta lateral, y su ama se paró en la escalera hasta estar segura de que sus dias no corrian peligro.

--Miserable pilluelo! --gritó Carlota sacudiendo á Oliverio con toda su fuerza que igualaba cuando menos á la del hombre mas robusto --Ingrato! infame! asesino! --y á cada silaba asestaba un famoso puñetazo y un robusto chillido todo por el bien de la sociedad.

A pesar de que el puño de Carlota no era muy ligero, la Señora Sowerberry temiendo sin duda que no produjera todo el efecto necesario para calmar la cólera de Oliverio se precipitó en la cocina lo cogió con una mano por el cuello y con la otra le arañó el rostro mientras que Noé aprovechándose de esta ventaja _inmensa_, se incorporó y le dió sendos golpes por detrás.

Este ejercicio demasiado violento no podia prolongarse mucho; tendidas de fatiga las dos mugeres á fuerza de sacudir y arañar, arrastraron al niño que gritaba y se debatia mas bien por furor que por miedo hasta la carbonera y allí lo encerraron con llave. Despues de este esfuerzo supremo la Señora Sowerberry se dejó caer en una silla y prorumpió en copiosa llanto.

--Bondad divina! El ama se pone mala! --dijo Carlota --Noé! pronto querido, un vaso de agua.

--Ay! Dios mío! Carlota! --dijo la Señora Sowerberry con voz balbuciente á causa de una fatiga de respiracion y de una cantidad de agua fria que Noé le habia arrojado á la cara y espaldas --Oh! Carlota! Por dicha no hemos sido asesinados todos en la cama.

--Ah! si; ha sido una gran fortuna señora! --respondió esta. --Esto le enseñará al amo á no introducir jamás en su casa á esos _seres horribles_ que han nacido ladrones y asesinos desde su cuna. En cuanto á Noé, poco ha faltado que no haya sido muerto al entrar yo en la cocina.

--Pobre muchacho! --dijo la Señora Sowerberry dirijiendo una mirada compasiva á su aprendiz.

Noé que era mas grande que Oliverio á lo menos de cabeza y hombros, viéndose el objeto de la conmiseracion de _las señoras_ se frotó los ojos con las palmas de las manos en ademan de llorar.

--Qué hacemos ahora? --esclamó la Señora Sowerberry --Mi marido no está en casa; no hay aquí nadie y antes de diez minutos el malvado hundirá la puerta.

Las violentas sacudidas que Oliverio daba á la susodicha puerta hacian al temor muy fundado.

--Dios mio! Dios mio! A la verdad no sé señora! --dijo Carlota --á menos que no vayamos á buscar los agentes de policia.

--O bien la guardia. --Propuso el _señor_ Claypole.

--No; no. --repuso la Señora Sowerberry pensando de pronto en el antiguo amigo de Oliverio --Noé; corre á buscar á Mr. Bumble; díle que venga aquí sin dilacion, sin perder un minuto. No importa tu gorra; despachate y por una oja de cuchillo sobre tu ojo durante el camino; esto calmará la hinchazon.

Noé sin cuidarse de responder se precipitó fuera de la casa y corrió con toda la ligereza permitida á sus piemas. Las gentes que encontró en el camino no se sorprendieron poco al ver un muchacho de la escuela de la caridad corriendo desalentado por las calles sin gorra en su cabeza y con una hoja de cuchillo sobre su ojo.

CAPITULO VII.

OLIVERIO ES UN REFRACTARIO COMPLETO.

NOÉ corrió como un galgo por las calles y no se paró para tomar aliento hasta que hubo llegado al portal de la Casa de caridad. Allí esperó algunos minutos á que vinieran en su ayuda las lágrimas y los sollozos y pudiera prestar á su fisonomía un aire de espanto y de terror. Luego llamó bruscamente á la puerta y, manifestó un semblante tan lastimoso al viejo pobre que vino á abrirle, que este aunque muy acostumbrado á no ver á su alrededor mas que semblantes lastimosos aun en los mas bellos dias del año retrocedió asombrado.

--Que te pasa muchacho?-- preguntó.

--Mr. Bumble! Mr. Bumble!-- gritó Noé fingiendo terror y alzando tanto la voz que su acento no solo llegó á los oidos de Mr. Bumble que se hallaba distante algunos pasos si que tambien lo espantó hasta el estremo de precipitarse en el patio sin su fiel tricorne (circunstancia tan rara como curiosa que nos convence de que un pertiguero cuando es presa de un impulso repentino y poderoso, puede muy bien caer en una fascinacion momentánea y olvidarse á la vez de si mismo y de su dignidad personal.

--Señor Bumble!-- dijo Noé --si supierais señor . . . Oliverio, ha . . .

--Y bien! que? que ha hecho Oliverio? --preguntó el pertiguero brillando un rayo de placer en sus ojos metálicos --¿Se ha fugado?

--No Señor; muy al contrario; en vez de fugarse se ha vuelto _asesino_! --replicó Noé --Ha querido asesinarme á mi y luego á Carlota y luego á la señora . . . Oh! la . . . la . . . la . . . la. ¡Dios mio, que dolor! Señor si supierais . . . Oh! hu! ah! (al mismo tiempo se retortigaba en todas direcciones, removiendo el vientre con ambas manos y haciendo contorsiones y visajes horribles, para hacer creer á Mr. Bumble que por el ataque violento que habia sufrido se le habia desarreglado algo en el cuerpo que le hacia sufrir cruelmente en aquel momento.)

Viendo que habia logrado su objeto y que su relacion habia paralizado al pertiguero, juzgó oportuno añadir al efecto producido una serie de lamentaciones sobre una octava y media mas alta que antes. En esto apercibió á un caballero de chaleco blanco que atravesaba el patio y le vino la feliz idea de llamar la atencion y excitar el enojo del susodicho caballero gritando mas recio que nunca.

En efecto el caballero no hubo dado dos pasos cuando retrocedió y se informó del motivo que hacia _aullar_ de tal modo á aquel _cachorro de presa_; amonestando á Mr. Bumble porque no le habia administrado dos buenos bastonazos para hacerle llorar por alguna cosa.

--Es un pobre muchacho de la escuela de la caridad --dijo Bumble --que ha estado muy cerca de ser asesinado por el jóven Twist.

--No lo dije! --esclamó el hombre del chaleco blanco parándose secamente --Estaba yo bien seguro! Desde el momento tuve el extraño presentimiento de que ese pilluelo algun dia se haria colgar de una horca.

--Tambien ha intentado asesinar á la criada! --dijo Bumble pálido de terror.

--Y luego á su ama! --añadió Noé.

--No habeis dicho que tambien á su amo? --repuso el pertiguero.

--No señor; porque habia salido de otro modo le hubiera asesinado --replicó Noé --Así lo ha dicho.

--Hijo mio! con que ha dicho que lo quería asesinar? --dijo el caballero del chaleco blanco.

--Si. --repuso Noé --Y á propósito mi ama me envía para suplicar á Mr. Bumble venga por un momento á casa si puede para zurrar á Oliverio ya que mi amo está ausente.

--Tienes razon amiguito! tienes razon! --dijo el caballero del chaleco blanco con aire melifluo, y pasando su mano sobre la cabeza de Noé que era mas alto que el á lo menos de tres pulgadas añadió --Toma ahi tienes un sueldo para tí. Bumble! corred con vuestro baston á casa Sowerberry y ved vos mismo lo que hay que hacer. No haya cuartel Bumble; lo entendeis?

--Perfectamente. --replicó el otro encajando un látigo que se adaptaba al estremo de su baston y del que se servia para imponer correcciones _parroquiales_.

--Decid á Sowerberry que tampoco le perdone. Solo á golpes se podrá algo con él. --dijo el hombre del chaleco blanco.

Ajustados el baston y el tricorne cada uno en su lugar y sitio con gran satisfaccion de su comun dueño, Mr. Bumble y Noé Claypole se dirijieron precipitadamente á la casa de Sowerberry.

En ella el estado de los asuntos no habia mejorado lo mas mínimo. Mr. Sowerberry aun no habia vuelto y Oliverio continuaba dando puñetazos á la puerta de la carbonera con brio igual. El fiel relato que Carlota y la Señora Sowerberry hicieron de la _ferocidad_ del niño fue le un carácter tan alarmante que Mr. Bumble

juzgó prudente parlamentar antes de abrir la puerta. De consiguiente dió por si mismo un puntapié en ella á guisa de exordio, y aplicando sus labios al ojo de la llave dijo con tono grave é imponente.

--Oliverio!

--Abrid esta puerta! --respondió el niño.

--Oliverio reconoces esta voz? --preguntó el pertiguero.

--Si. --repuso Oliverio.

--Y no os da miedo? No temblais, mientras os hablo?

--No. --respondió Oliverio con resolucion.

--Una respuesta tan diferente de la que tenia derecho á esperar y á la que no estaba acostumbrado, desconcertó en gran manera á Mr. Bumble. Dió tres pasos atrás, se empinó todo derecho y paseó alternativamente sus miradas sobre los tres espectadores sin poder proferir una palabra.

--Ya lo veis Señor Bumble! --dijo la Señora Sowerberry --Es necesario que esté loco. Otro muchacho que no poseyera mas que la mitad de su razon, so guardaría muy bien de hablaros de este modo.

--No es la locura señora! --dijo Mr. Bumble despues de algunos instantes de refleccion --Es la comida!

--Que me decís? --esclamó la Señora Sowerberry.

--La comida señora! --repuso el pertiguero con tono enfático --No mas que la comida. Lo habeis sobrecargado de alimento; habeis _erijido_ en él un alma y una inteligencia _artificiales_ que de ningun modo convienen á las personas de su clase; como o lo dirán por su propio labio los Administradores que son filósofo experimentales señora Sowerberry. Que necesidad tienen los _pobres_ de poseer una inteligencia y un alma? No basta el que les hagamos vivir? Si vos señora no le hubieseis dado mas que puches no hubiéramos llegado á este caso.

--Dios mio! Dios mio! --esclamó la Señora Sowerberry elevando piadosamente sus ojos al techo do la cocina --Es posible que esto dimane de un exceso do liberalidad!

La liberalidad do la Señora Sowerberry para con Oliverio consistia en una prodigalidad confusa de escamochos que ningun otro que el hubiera querido comer; por lo que habia mucha abnegacion y deferencia en soportar voluntariamente la _pesada acusacion_ de Mr. Bumble de la que (sea dicho con justicia) era inocente de pensamiento, de palabra y de accion.

--Ahora bien --dijo el pertiguero cuando la Señora vuelta de su éxtasis dirijió de nuevo sus ojos á la tierra --lo que conviene por el momento en mi sentir es dejarle veinte y cuatro horas aquí hasta que el hambre empiece á hacerle cosquillas; luego le pondreis en libertad y lo sujetareis á los puches claros durante todo el tiempo de aprendizage. Señora Sowerberry tened entendido que procede de _mala semilla_. El cirujano y la enfermera me han dicho que su madre vino á la casa entre dificultades y penas que hubieran acabado mucho antes con una _muger virtuosa_.

A este punto del discurso Oliverio que habia comprendido lo bastante para saber que se hacia de nuevo alusion á su madre, volvió á golpear con tal fuerza que aturrullaba los oidos. En medio de esta bataola entró Mr. Sowerberry y habiéndole _las señoras_ contado el crímen de Oliverio con toda la exajeracion que creyeron á propósito para exitar su enojo, en un abrir y cerrar de ojos abrió la carbonera é hizo salir de ella á su _rebelde_ aprendiz cojiéndole por el cogote.

Durante la lucha los vestidos de Oliverio habian sido rasgados, su rostro estaba magullado y arañado, sus cabellos caian en desórden sobre su frente. El rojo de la cólera no habia desaparecido aun de sus megillas, y al salir de su prision lejos de manifestarse acobardado dirigió una mirada amenazadora á Noé.

--Ola! bravo mozo! --dijo Sowerberry sacudiendo la cabeza de Oliverio y dándole luego un bofeton en la oreja.

--Porque ha hablado mal de mi madre. --replicó el niño.

--Y aun que así fuera pillastron! --dijo la Señora Sowerberry --No ha dicho todo lo que ella merece!

--No lo merece! --dijo Oliverio.

--Lo merece. --objetó la Señora Sowerberry.

--Es mentira!

La Señora Sowerberry derramó un torrente de lágrimas. Este torrente de lágrimas privaba á Mr. Sowerberry de toda alternativa. El lector prevenido comprenderá fácilmente que si este último hubiese titubeado un solo momento en castigar severamente á Oliverio, hubiera sido bajo el aspecto de los usos establecidos cuando se trata de disputas conjugales, un bruto, un marido desnaturalizado, una ridícula imitacion del hombre y tantos otros hermosos epitetos demasiado numerosos para insertarlos en este capítulo. Para hacerle justicia tenia á favor del niño toda la buena disposicion que le permitia su poder muy limitado: pueda tambien que le impulsara el propio interés; ó bien porque su muger no lo podia sufrir. Asi es que como tengo dicho ese torrente de lágrimas no le dejaba alternativa y de consiguiente lo zurró de lo lindo para satisfacer á su ultrajada esposa y hacer al mismo tiempo inútil el _baston parroquial_. Nuestro jóven héroe fué encerrado por todo el resto del dia en la carbonera en compañía de un jarro de agua y un mendrugo de pan. Por la noche la Señora Sowerberry lo abrió no sin haber hecho antes algunas observaciones poco lisongeras respecto á su madre y entre las burlas y sarcasmos de Noé y de Carlota fué á echarse en su lecho de dolor.

Solo cuando se vió aislado en el taller del Zampa-muertos, dió libre curso á la emocion que el tratamiento del dia debió dispertar en su pecho de niño. Habia escuchado los sarcasmos con desprecio; habia sufrido los golpes sin proferir un solo lamento, por que sintiara nacer en el esa noble fiereza capaz de ahogar el menor grito aun cuando le hubieran quemado vivo; pero ahora que nadie podia verle ni oirle se dejó caer de rodillas sobre el pavimento y ocultando su rostro con sus manos derramó tales lágrimas que Dios quiera que para el bien de nuestro espíritu ningun niño tan jóven haya tenido ocasion de derramarlas por nosotros ante él!

Oliverio permaneció largo tiempo en esta postura: la vela iba á consumirse del todo en el tubo de su candelera cuando se levantó; y habiendo mirado con precaucion á su alrededor y escuchando con suma ansiedad tiró los cerrojos de la puerta de entrada y fijó su vista á la calle.

La noche estaba sombria y fria y las estrellas parecieron á los ojos del niño mas lejanas de la tierra que no las habia visto antes. No soplaba el menor aire y las sombras negras de los árboles por su inmobilidad tenian algo de sepulcral como la misma muerte. Volvió á cerrar suavemente la puerta y aprovechándose de la luz vacilante del cabo de la vela que finia para envolver en un pañuelo los pocos harapos que tenia se sentó sobre su jergon esperando el dia.

A los primeros rayos de la aurora que empezaron á filtrar al través de las rendijas de la puerta de la tienda, Oliverio se levantó y abrió de nuevo la dicha puerta. Una mirada temerosa en torno suyo; un momento de vacilacion . . . la cerró tras si y hele ah en medio de la calle. Miró á derecha é izquierda no sabiendo por que lado huir. Recordó haber visto los carros cuando dejaban el pais subir lentamente la colina . . . se dirije por este lado y habiendo llegado á un sendero que sabia iba á desembocar en la carretera un poco mas lejos le tomó y marchó á buen paso.

Al hallarse en este mismo sendero Oliverio recordó haber trotado por el al lado de Mr. Bumble cuando este le volvia de la sucursal á la casa de Caridad. Este camino conducia á aquella. Su corazon latia muy fuerte pensando en ello y le vinieron ganas de retroceder. Sin embargo habia ya andado un largo trecho y perdía mucho tiempo obrando asi; además era tan de mañana que no habia peligro de que se le viera. Continuó pues y llegó delante de la casa. No habia apariencia de que los comensales estuvieran ya levantados en una hora tan matinal. Se paró y miró con precaucion al jardín. Un niño estaba en el ocupado en arrancar las malas yerbas de un cuadro y al levantar la cabeza pare descansar Oliverio reconoció en él á uno de sus camaradas de la infancia. Tuvo mucha satisfaccion de verle antes de partir; porque aunque mas jóven que él, este niño habia sido su amigo y compañero de juego. Habian tenido hambre, habian sido golpeados y encerrados juntos tantas y tantas veces!

--Silencio Ricardo! --dijo Oliverio viendo al muchacho correr á la puerta y pasar sus bracesitos al traves de la verja para recibirle --Se han levantado ya aquí?

--No; yo solo! --respondió el niño.

--Que no digas que me has visto; lo entiendes Ricardo? --dijo Oliverio --Yo me escapo: me golpeaban y me maltrataban muchísimo! Voy á buscar fortuna lejos, muy lejos de aquí; no se donde. ¿Que pálido estás?

--He oido decir al médico, que me muero. --repuso el niño con una lánguida sonrisa --Estoy tan contento de verle querido amigo! Pero no te entretengas; vete pronto!

--No, no! quiero decirte hasta la vista. --prosiguió Oliverio --Volveré á verte Ricardo; estoy seguro de ello. Entonces estarás bueno y serás mas feliz.

--Asi lo espero! --dijo el niño --pero cuando habré muerto; no antes. Se bien que el médico tiene razon Oliverio; porque sueño muy amenudo en el cielo y en los ángeles y veo fisonomías dulces cual no las he visto nunca cuando estoy dispierto. Abrázame! --continuó encaramándose en la puerta del jardin y pasando sus bracecitos alrededor del cuello de Oliverio --Hasta la vista allá arriba amigo! Que Dios te bendiga!

Aunque dada por un niño, esta bendicion era la primera que Oliverio sentia invocar sobre su cabeza y en medio de los sufrimientos y de las vicisitudes de su vida futura, no la olvidó una sola vez.

CAPÍTULO VIII.

OLIVERIO SE DIRIJE Á LONDRES, Y ENCUENTRA EN EL CAMINO UN JÓVEN SINGULAR.

OLIVERIO despues que hubo llegado al estremo del sendero, se encontró en la carretera. Eran las ocho de la mañana: á pesar de haber andado ya cinco millas, corrió y se ocultó como pudo tras las hayas hasta el medio dia temiendo ser cojido en el caso de que se le persiguiera. Entonces se sentó en un mojon y se puso á pensar per la primera vez en el punto donde debia ir para poder ganarse la subsistencia.

Muchas veces habia oido decir á los viejos de la casa de Caridad que un muchacho de corazon no podia dejar de pasarlo bien en Londres y que habia en esa gran ciudad recursos de que los habitantes de las provincias no podian formarse una idea. Este era justamente el punto propio para el niño sin asilo y que podia morirse en medio de la calle si alguno no venia á su socorro. Se puso pues en marcha con valor acostándose por la noche al aire libre, viviendo ya de limosnas, ya de los restos arrojados por los caminantes; despreciado y rechazado por todas partes.

El séptimo dia de su partida entró muy de madrugada fatigadísimo en la pequeña ciudad de Barnet. Las puertas de las casas estaban cerradas, las calles desiertas, nadie se habia levantado aun para prepararse á los trabajos del dia. El sol se elevaba radiante; pero su luz solo demostraba al niño de una manera mas sensible su abandono y su miseria. Se sentó en las gradas de una iglesia con los piés llenos de sangre y polvo.

Poco á poco se abrieron las puertas, se estendieron los toldos y la gente empezó á circular por las calles. Algunas personas (en número muy pequeño) se detuvieron un momento para contemplarle ó solo se volvieron al pasar á toda prisa; pero nadie le socorrió ni se tomó siquiera la pena de indagar porque se encontraba de tal modo en aquel sitio. El pobre niño no se sentia con ánimo para mendigar y estaba sentado allí sin saber lo que seria de él.

Habia ya algun tiempo que permanecía en tal posicion asombrándose del gran número de tabernas que veia, (pues que cas todas las casas de Barnet lo son) y mirando con displicencia los carruajes públicos que pasaban rápidamente ante él, cuando le sacó de su reflexion la vista de un jóven que hacia pocos instantes acababa de pasar sin mostrar haber reparado en él y que retrocediendo luego y colocándose al otro lado de la calle le miraba con la mayor atencion. De pronto no hizo caso de ello; pero viendo que el tal muchacho permanecia tanto tiempo en la misma actitud, levantó la cabeza y le miró del mismo modo. Entonces este atravesó la calle y dirijiéndose directamente á él dijo:

--Y bien monigote! Que haces ahí hecho un estafermo?

El individuo que hizo tal pregunta á nuestro jóven viagero, era poco mas ó menos de su edad, pero tenia el aspecto de una originalidad nunca vista por Oliverio.

--Y bien! De que se trata? --prosiguió.

--Me muero de hambre y estoy sumamente fatigado! --respondió Oliverio con las lágrimas en los ojos --He hecho un largo camino; he andado durante siete dias.

--Durante siete dias! --dijo el jóven --Ah! ya caigo. De órden del _pico_ . . . he! --luego añadió notando la sorpresa de Oliverio. --¿sabes acaso lo que es un _pico_ mi jóven camarada?

Oliverio respondió ingenuamente que siempre habia oido decir que un _pico_ era la boca de un pajaro.

--Vaya un _zopo_! --esclamó el jóven --El _pico_ es el magistrado. _Marchar de órden del pico_, no es andar en derechura, sino _trepando siempre sin jamás volver á descender_. ¿No has estado nunca sobre el _molino_.

--Qué molino? --preguntó Oliverio.

--Que molino! que molino! Por vida de . . . el molino que rueda cien veces mas rápido cuando _son bajas las aguas_, es decir cuando la bolsa está en seco, que cuando están _altas_ porque en este último caso siempre hay menos _obreros_ . . . Esto se comprende perfectamente sin romperse los cascos. Ven conmigo; no tienes nada que meter bajo el diente y es necesario que _rumies_. No hay gran cosa en la faltriquera solo un _rond_ y un _Jaime_ pero no le hace ello vendrá. --Vamos en movimiento las _canillas_!

El jóven, ayudó á Oliverio á levantarse y lo condujo hácia una revenderia donde compró un poco de jamon y un pan de dos libras; hizo en este un agujero é introdujo por él el jamon para preservarlo del polvo; luego metiéndolo bajo el zobaco se dirijió hácia una taberna de sucia apariencia y entró en una sala trasera. Allí; puesta sobre la mesa una botella de cerveza de órden del _misterioso jóven_, Oliverio á una señal de este emprendió un espléndido almuerzo durante el cual el _estraño muchacho_ le observaba por intervalos con la mayor atencion.

--Vas á Londres? --dijo el jóven cuando Oliverio hubo concluido.

--Si.

--Tienes posada?

--No.

--Y dinero?

--Tampoco.

--El jóven se puso á silvar metiéndose las manos en las faltriqueras todo lo que le permitieron las mangas de su casacon.

--Vivís vos en Londres? --preguntó Oliverio.

--Si; cuando estoy en mi casa! --respondió el otro --Supongo que no sabrás donde acostarte esta noche he?

--Es cierto. --repuso Oliverio. --No he dormido bajo tejado desde que abandoné mi pais.

--No te inundes de mocos por ello! Haces mal en atormentarte de este modo las pestañas. --replicó el jóven mozalvete. --Yo tambien tengo que estar en Londres esa noche y allí conozco un anciano _respetable_ que te dará alojamiento de valde, entendámonos siendo presentado por alguno de sus amigos . . . Por que de lo contrario! ya escampa! No es lerdo el tal vejete!