Part 21
Al decir tales palabras apartó á un lado la mesa y pasando su mano en un anillo de hierro, fijado en el suelo, levantó una trampa que se abrió justamente á los piés de Mr. Bumble, lo que le espantó de tal modo que retrocedió precipitadamente.
--Echad una mirada al fondo --dijo Monks bajando la linterna en el abismo --No tengais miedo de mí! Hubiera podido haceros bajar á mansalva cuando estabais sentados encima si tal hubiese sido mi intencion.
Tranquilizada por estas palabras la matrona se acercó hasta el borde del precipicio, imitándola Mr. Bumble movido por la curiosidad. El agua cenagosa aumentada con la lluvia corria rápidamente en el fondo, produciendo tal ruido al romperse contra los pilares verdosos que sostenian el edificio, que era imposible entenderse.
--Si se arrojase á un hombre al fondo de este abismo, dónde pensais que deberia encontrarse mañana su cadáver? --dijo Monks sacudiendo la cuerda al cabo de la cual estaba suspendida la linterna.
--A doce millas de aquí --y por añadidura hecho pedazos --replicó Bumble horrorizado de solo pensarlo.
Monks sacó de su faltriquera el saquito que se habia embolsado al descuido y atándolo fuertemente con bramante á un pedazo de plomo que estaba en el suelo en un rincon del aposento lo arrojó al rio.
--Ya está! --dijo cerrando la trampa --Si el mar arroja sus cadáveres en la ribera como pretenden algunos escritores, guarda al menos el oro y la plata y no dudo que esa baratija quedará sumerjida en él para siempre. Nada mas tenemos que decirnos, con que podemos ya separarnos.
--Es muy justo! --se apresuró á decir Mr. Bumble.
--Espero que sabreis comprimir vuestra lengua! --dijo Monks lanzando á éste una mirada amenazadora --no creo necesario hacer esta recomendacion á vuestra mujer; pues estoy seguro que guardará el secreto.
--Podeis fiar en mi jóven! replicó Mr. Bumble.
Fué fortuna para éste que la conversacion terminará aquí porque en este momento se encontraba tan cerca de la escalera, que faltó poco para que cayera de cabeza en el piso de debajo. Encendió su linterna con la que Monks desató de la cuerda; y no deseando prolongar la entrevista bajó en silencio seguido de su mujer. Monks bajó el último.
Apenas estuvieron fuera, Monks que sin duda no le hacia gracia el estar solo llamó á un muchacho que se habia ocultado en algun sitio en el plan terreno de la casa y habiéndole dicho que tomára la luz y marchára adelante, se volvió al aposento que acababa de dejar.
CAPÍTULO XXXVIII.
EL LECTOR VUELVE Á ENCONTRARSE CON CONOCIDOS ANTIGUOS. MONKS Y FAGIN SE CONFABULAN ENTRE ELLOS.
PODIAN ser cerca las siete horas de la noche, del dia siguiente al en que los tres dignos personajes de que se ha hablado en el capítulo precedente arreglaron juntos sus negocios, cuando Guillermo Sikes, dispertándose de improviso, preguntó con tono áspero que hora era.
Cubierta la cabeza con un gorro súcio de algodon y envuelto en su gran redingote blanco á guisa de bata, el bandido descansaba tranquilamente sobre su lecho. Una barba recia y espesa que no habia sido afeitada desde ocho dias, unida al tinte cadáverico de su rostro aumentaba la ferocidad de su fisonomía. El perro estaba echado á la cabecera de la cama y mirando á su amo con ojo inquieto, ya enderezando sus orejas ó gruñendo sordamente, segun el ruido que llamaba su atencion. Cerca la ventana permanecia una jóven ocupada en remendar un chaleco viejo que formaba parte del traje del ladron. Estaba pálida y descompuesta á fuerza de velas y privaciones que á no ser el timbre de su voz, en el momento en que respondió á la pregunta de Sikes, hubiera sido muy difícil reconocer en ella á aquella Nancy que ha figurado ya en el curso de esta historia.
--En este momento acaban de dar la siete --dijo --¿Cómo te encuentras esta noche Guillermo?
--Tan débil como el agua --contestó Sikes con un juramento horrible --Ea, dame la mano y ayúdame á salir de una manera ó de otra de este lecho infernal!
La enfermedad de Sikes no habia ablandado su carácter; porque en el momento en que Nancy ayudándole á levantarse, lo acompañaba hácia una silla, arrojó imprecaciones contra su impericia y la pegó.
--Déjate de lloriqueos! --dijo --quítate de aquí sino quieres sorberte los mocos! Si no puedes hacer nada mejor, lárgate pronto! Oyes?
--Por qué Guillermo? --preguntó ésta poniendo su mano sobre la espalda de Sikes --Oh! tú no tienes intencion de maltratarme esta noche?
--No! y por qué, sepamos? --esclamó Sikes.
--Tantas noches --replicó la jóven con un acento de ternura, que prestaba la mayor dulzura á su voz. --Tantas noches como he pasado á tu lado cuidándote como si fueras un niño! Y hoy que por primera vez te veo un poco repuesto, estoy segura que no me hubieras tratado como acabas de hacerlo, si tu lo hubieses recordado, no es cierto? Vamos Guillermo habia francamente!
--Por vida de . . . no digo no! --contestó Sikes --ciertamente no lo hubiera hecho . . . Voto al diablo con la muchacha todavía lloriquea!
--No es nada --dijo ésta dejándose caer en una silla --no hagas caso de mi, es cosa de un momento . . . esto pronto se pasará.
--Qué es lo que pronto se pasará? --preguntó Sikes con tono furioso; --que te dá ahora? Ea levántate! paséate por el aposento y no vengas á _embaucarme_ con tus beberías de mujer!
En cualquiera otra circunstancia esta amonestacion hecha con ademan ríjido sin duda hubiera producido su efecto; pero la jóven debilitada por los insomnios y abatida por la fatiga, dejó caer su cabeza sobre el respaldo de la silla, antes que Sikes tuviera tiempo de pasar el rosario de juramentos, que tenia todo preparado en casos semejantes. No sabiendo que hacer en tal circunstancia, porque las convulsiones de la Señorita Nancy eran de naturaleza contraria á todo ausilio, ensayó una blasfemia, y viendo que esta clase de tratamiento era completamente ineficaz, gritó socorro!
--Qué sucede querido? --dijo el judío Fagin abriendo la puerta del aposento.
--Mas valiera que socorrieseis á esta muchacha --dijo Sikes con tono impaciente, en vez de estaros allí plantado y mirándome como á un animal curioso!
Fagin se acercó al momento á Nancy soltando una esclamacion de sorpresa, mientras que Jaime Dawkins, por otro nombre el _fino Camastron_, que habia seguido á su venerable amigo, colocó sin demora en el suelo un bulto de que iba cargado, y tomando una botella de manos de maese Bates, que entró trás de él, la destapó en un decir Jesus con sus dientes, y derramó una parte del licor contenido en ella en el gaznate de la jóven; no sin haberla gustado antes por temor de equivocacion.
--Carlos, dadle un soplo de aire con el fuelle! dijo Dawkins, y vos Fagin pellizcadle en la mano, en tanto que Guillermo la afloja!
Estos socorros administrados á tiempo y con celo, sobre todo los que estaban confiados á Maese Bates, quien parecia tener un placer del todo particular, en desempeñar concienzudamente su deber, no tardaron mucho tiempo en producir el efecto que de ellos esperaban: Nancy recobró poco á poco los sentidos y dejándose caer en una silla situada á la cabecera de la cama, ocultó su rostro bajo la almohada, dejando enteramente el cuidado de presentar los recien venidos á Sikes, algo asombrado de su visita inesperada.
--Por qué motivo habeis venido? --preguntó á Fagin --Qué mal viento os he soplado aquí?
--Querido, no es un mal viento --respondió el judío --porque un mal viento jamás sopla nada bueno, sea para quien sea y yo os traigo algo de bueno, que os alegrará la vista. Camastron, amigo mio, deslia ese paquete y dá á Guillermo esas fiambres por las cuales hemos gastado esa mañana todo nuestro caudal.
A la invitacion de Fagin, el Camastron deslió el paquete, que formaba un volúmen algo grueso y que estaba envuelto en un viejo mantel; pasó los objetos que contenia uno por uno á Cárlos Bates, quien hacia el panejírico de cada uno de ellos al colocarlo sobre la mesa.
--Ah! ah! --hizo el judío frotándose las manos con ademan de satisfaccion --he aquí algo con que confortaros! Guillermo esto vá á restableceros!
--Todo esto es bello y bueno --dijo éste --pero yo necesito _dinero_ esta misma noche.
--No llevo sobre mí una sola moneda --contestó el judío.
--Teneis en vuestra casa las suficientes para hacer _chirriar la sarten_ --replicó Sikes --y de allí es de donde me convienen.
--Para hacer chirriar la sarten! ¿Lo creeis así? --esclamó el judío elevando las manos al cielo. --Las pocas que tengo no bastarian para . . .
--No se las que teneis y no dudo que os costaria trabajo á vos mismo de saberlo; por el mucho tiempo que os exijiria el contarlas. --dijo Sikes --Lo que sé positivamente, es que esta misma noche necesito algunas de ellas.
--Está bien, esto basta --replicó el judío con un suspiro --voy á enviar incontinenti al Camastron . . .
--No me conviene; el _Camastron_ es demasiado _Camastron_ y puede que se olvidase de volver. Además podria suceder tambien, que perdiese el camino ó que cayera en una trampa, ó se valiera de cualquiera otra escusa de esta clase, si vos le inspirais la idea . . . Será mejor que Nancy vaya con vos á buscar el _plus_: esto es mas seguro. Yo entre tanto me acostaré y echaré un sueño.
Despues de muchas contestaciones y regateos de una parte y otra, el judío redujo la suma de cinco libras exijida por Sikes á tres libras cuatro chelines seis peniques, protestando con juramento que no le quedarian mas que un chelin y seis peniques para subvenir á la manutencion de la casa. A lo que habiendo contestado Sikes con tono brusco que si no habia medio de procurarse mas, era preciso conformarse. Nancy se preparó para salir con Fagin, en tanto que el Camastron y maese Bates arreglaban los comestibles en la alacena.
Entonces el judío se despidió de su amigo y regresó á su casa acompañado de sus educandos y de Nancy. Sikes al verse solo se echó sobre la cama y se dispuso á dormir para matar el tiempo hasta la vuelta de la jóven.
Aquellos llegaron á dicha casa en la que encontraron á Tobias Crachit y al señor Chattiling con ánimo de emprender su quincuagésima partida de los cientos.
--Ha venido alguien, Tobias? preguntó el judío.
--No he visto á alma viviente --respondió Crachit tirando el cuello de su camisa.
En esto el judío manifestó que era ya mas que tiempo de andar á caza, pues que habian dado las diez y todavia no se habia hecho nada y los alanos partieron para distribuirse á los barrios respectivos.
--Ahora Nancy --dijo aquel cuando hubieron dejado el aposento --voy á buscar ese dinero. Esta es la llave del armario pequeño donde cierro todo lo que me llevan mis jóvenes educandos. Querida, jamás cierro mi dinero con llave; porque no tengo para ello lo bastante . . . ah! ah! ah! No ciertamente; no tengo mas que una miseria . . . Nancy, pobre es nuestro comercio! no dá para el calzado que cuesta . . . y si no fuera por lo que quiero á los muchachos tiempo hace que hubiera renunciado . . . Pero los ayudo querida; los sostengo Nancy . . . toda la carga es para mi, hija mia . . . Chiton! --dijo escondiendo precipitadamente la llave en su pecho --Quién puede ser? escucha!
La jóven que estaba sentada con los brazos cruzados y los codos apoyados sobre el borde de la mesa, afectó la mayor indiferencia, á la llegada de un tercero y pareció darse poco cuidado en saber cual era la persona que venia á tal hora, cuando el cuchicheo de una voz de hombre hirió su oido. Entonces se quitó el sombrero y el chal con la rapidez del rayo, los arrojó sobre la mesa, lamentándose del calor con un tono lánguido que contrastaba singularmente con la viveza de sus movimientos; lo que no advirtió el judío por haberse vuelto en este momento de espaldas.
--Ah! ah! --dijo como contrariado por la visita del importuno --es el hombre que esperaba . . . Va á bajar aquí Nancy. No tienes necesidad de hablar de ese dinero en su presencia . . . lo oyes? No estará mucho tiempo querida . . . diez minutos lo mas.
El judío tomó la vela y fué á abrir la puerta al visitador.
--Es una de mis muchachas. --dijo el judío viendo á Monks (porque era el mismo) retroceder á la vista de la jóven. --No te muevas de aquí, hija mia!
Esta aprocsimándose á la mesa miró á Monks con aire indiferente y bajó al momento los ojos; pero habiéndose este vuelto hácia el judío para dirijirle la palabra, le lanzó al soslayo una nueva mirada tan diferente de la primera, tan viva y penetrante que si alguno hubiese estado allí para notar la diferencia, le hubiera costado mucho convencerse de que proviniesen de la misma persona.
--Teneis alguna nueva noticia que comunicarme? --preguntó el judío.
--Si, una muy grande! --respondió Monks.
--Y buena . . . sin duda? --volvió á preguntar el judío vacilando como si temiese disgustar al otro por exceso de curiosidad.
--No mala . . . tanto se vale! --replicó Monks sonriendo. --Esta vez he sido bastante afortunado. Quisiera deciros dos palabras á solas.
Nancy se reclinó sobre la mesa y no hizo el menor ademan de marcharse á pesar de ver que Monks la señalaba con el dedo, dirijiéndose al judío. Este temiendo sin duda que hablára del dinero si intentaba despedirla hizo un movimiento de cabeza para indicar el piso superior y salió con su amigo.
Aun no habia cesado el ruido de sus pasos, cuando la jóven se descalzó, arremangó su vestido sobre la cabeza y escuchó atentamente á la puerta. Despues que nada vió, salió de puntillas y subiendo la escalera en el mayor silencio; pronto desapareció en la obscuridad.
Al cabo de un cuarto de hora ó veinte minutos lo mas, bajó con la misma ligereza que habia subido y fué pronto seguida de los dos hombres. Monks no tardó en salir, y el judío volvió á subir la escalera para ir á buscar el dinero. En el momento que entró, la jóven se ponia el sombrero y el chal para prepararse á marchar.
--Qué es lo que tienes Nancy? --esclamó el judío asombrado, despues de colocar la vela sobre la mesa --Que pálida estás!
--Pálida! --esclamó á su vez la jóven poniendo la mano ante sus ojos para sostener con mas firmeza la mirada del judío.
--Sí, estás pálida como la muerte --replicó éste --Qué ha sucedido?
--Oh! nada . . . A menos que esto no sea por haber estado encerrada todo este tiempo en este aposento, donde hace un calor sofocante --repuso la muchacha con frialdad . . . Ea concluyamos y que me vaya!
Fagin entregó á Nancy la suma convenida exhalando un suspiro á cada moneda que le ponia en la mano y despues de haberse dado recíprocamente las buenas noches, se separaron.
Apenas la jóven estuvo en la calle, se vió obligada á sentarse en el lindar de una puerta, por sentirse imposibilitada de continuar su camino. De repente se levantó y se puso á correr en direccion enteramente opuesta al domicilio de Sikes, hasta que estenuada de fatiga y bañada en sudor se paró al fin para tomar aliento. Entonces como vuelta en sí, y como desesperada de ejecutar un proyecto que tenia á la cabeza se torció los brazos y lloró amargamente.
CAPÍTULO XXXIX.
SINGULAR ENTREVISTA Á CONSECUENCIA DE LO ACAECIDO EN EL CAPÍTULO ANTERIOR.
POR fortuna de Nancy, Sikes una vez en posesion del dinero pasó todo el dia siguiente en beber y comer. Esto le ablandó de tal modo el carácter, que no tuvo tiempo ni el antojo de encontrar que decir en la conducta de la jóven.
A medida que el dia avanzaba, la inquietud de ésta aumentó; y cuando al caer la tarde se sentó á la cabecera del bandido esperando con impaciencia que el sueño y la bebida hubiesen amodorrado sus párpados, su rostro estaba tan lívido y sus ojos tan brillantes que el mismo Sikes lo observó con estrañeza.
Este á quien la fiebre habia debilitado, estaba acostado en su cama bebiendo mucho _grog_ para aplacarla y alargaba su vaso á Nancy para que se lo llenára por la tercera ó cuarta vez, cuando esos síntomas le chocaron.
--Mil truenos! qué significa esto? esclamó incorporándose para observarla de mas cerca --Tienes la cara de un aparecido! ¿Qué ocurre de nuevo?
--Qué ocurre? --contestó la jóven . . . Oh! nada . . . Por qué me miras así, de reojo?
--A dónde se dirijen todas estas bestialidades! --preguntó Sikes cojiéndole el brazo y sacudiéndola bruscamente. --Qué sucede? qué quiere decir esto? En qué piensas? Ea! habla!
--En muchas cosas Guillermo! --contestó pasando la mano por sus ojos para ocultar su turbacion y estremeciéndose involuntariamente . . . --Pero Dios mio! Qué hay de estraordinario en ello?
El tono jovial que afectó pronunciando estas últimas palabras, pareció producir en Sikes, una impresion mas fuerte que no lo habia hecho su estremada palidez.
Tranquilizado por el pensamiento de que Nancy podia muy bien tener fiebre, Sikes vació su vaso hasta la última gota; y luego continuando en regañar y jurar, pidió su pocion. La jóven no se lo hizo decir dos veces; se levantó al momento de su silla, derramó el brebaje en una taza (habiendo para ello tenido cuidado de volverse, un poco de espalda) y por si misma le llevó la tasa á los labios hasta que lo hubo bebido todo.
--Ahora --dijo el bandido --ven á sentarte cerca de mi y recobra tu fisonomía acostumbrada, si no quieres que yo mismo le la cambie, de modo que no la reconozcas cuando se te antoje mirarte en el espejo.
Esta obedeció y Sikes cojiéndola la mano la tuvo estrechamente cerrada en la suya no dejándo de contemplarla atentamente. Luego volvió á recostarse en la almohada. Sus ojos se cerraron, y despues volvieron á abrirse; tornaron á cerrarse y á abrirse de nuevo. Se removió en su lecho y cambió muchas veces de posicion, como si hubiese estado incómodo y en seguida se amodorró por intervalos repetidos en el espacio de algunos minutos, estremeciéndose de tanto en tanto y mirando con aire estraviado á su alrededor. De pronto quedó inmóvil en la postura de una persona que vá á levantarse y luego se durmió con un sueño soporífico. Su mano soltó la de Nancy y cayó con flojedad sobre el lecho.
--El láudano ha producido al fin su efecto! --murmuró Nancy separándose inmediatamente del lecho. --Tal vez será ya tarde!
Diciendo estas palabras se puso con presteza el sombrero y el chal y mirando con espanto á su alrededor, como si á pesar del brebaje que habia administrado al ladron esperase á cada momento sentir sobre su espalda la presion de su mano ruda, despues inclinándose, cautelosamente sobre el lecho, imprimió un beso en los labios de Sikes y desapareció con la celeridad del rayo.
Al estremo de un pasaje que debia atravesar para llegar á una de las calles principales de Londres, un _watchman_, cantó las diez y media.
--Hay mucho tiempo que ha sonado la media? --preguntó Nancy.
--Dentro un cuarto de hora darán las once! --respondió el sereno levantando su farol para ver el rostro de la jóven.
--Las diez y tres cuartos ya! y necesito aun mas de una hora para llegar allí! dijo á sí misma Nancy continuando su camino con una celeridad sin igual.
--Esta mujer está loca! --decia la gente mirándola correr de tal modo á lo largo del malecon.
En una calle elegante y tranquila de los alrededores de Hyde-Park estaba situado un palacio magnífico. En el momento que Nancy descubrió la brillante luz del reverbero colocado ante la puerta dieron las doce en el reló de una iglesia vecina. Habia contenido su marcha incierta de si debia avanzar ó retroceder, pero habiéndola decidido el sonido de la campana, entró en el vestíbulo. Al ver vacante el asiento del portero, miró con ademan inquieto en torno suyo y se dirijió hácia la escalera.
--Qué se os ofrece jóven? --preguntó una camarera vestida con elegancia, entreabriendo una puerta trás de Nancy. A quién buscais aquí?
--Una señorita que está en esta casa --respondió la jóven.
--Una señorita! --replicó la otra con desden. --Qué señorita, si os place?
--La señorita Maylie. --dijo Nancy.
La jóven camarera que durante este corto diálogo habia notado el talante de aquella, se contentó con mirarla de los piés á la cabeza é hizo señal á un lacayo para que se encargára de continuarlo. Nancy manifestó á este último el motivo de su visita.
--De parte de quién? --preguntó el criado --que nombre debo decir?
--El no es necesario. --replicó Nancy.
--Ni tampoco el motivo que os trae aquí? --preguntó el hombre.
--Tampoco; no vale la pena --respondió la jóven --es preciso que yo vea á esa señorita.
--Largo de ahí! --replicó el hombre empujándola hácia la puerta --conocemos estos colores! afuera!
--Si salgo de aquí, será porque me llevaréis vos. --dijo vivamente Nancy y os juro que sois poco dos para ello. No hay pues aquí nadie --prosiguió paseando sus miradas alrededor de la sala --nadie que quiera encargarse de una comision para una pobre jóven como yo?
Nancy tuvo que vencer muchas dificultades para llegar hasta Rosa; porque los criados del palacio creian deshonrarse accediendo á sus súplicas. Las criadas la insultaban y los lacayos la miraban con aire de compasion creyéndola una mendiga. Al fin una buena alma de cocinero vino á su socorro y acabó por determinar al ayuda de cámara, á que se dignase ir á avisar á la señorita Maylie; y aun que el orgullo de este se considerase manullado quiso ser condescendiente á la recomendacion de un cofrade.
Al cabo de pocos instantes Nancy oyó un ligero ruido.
Levantó los ojos lo suficiente para notar que la persona que se presentaba, era jóven y hermosa.
Trabajo cuesta el llegar hasta vos señorita! --dijo sacudiendo la cabeza con ademan de indiferencia. --Si ofendida, me hubiese marchado, (como lo hiciera cualquiera otra en mi lugar), algun dia lo hubierais deplorado mucho; pues no faltará motivo.
--Siento en el alma que se os haya recibido mal --contestó Rosa --olvidadlo y decidme que causa os ha incitado el deseo de verme; yo soy la persona que pedís.
El tono amable de esta respuesta, la voz dulce de Rosa y sus maneras afables, exentas de orgullo, llenaron de asombro á la jóven, que prorrumpió en llanto.
--Oh! Señorita --dijo juntando sus manos en ademan suplicante --si hubiera mas personas cual vos, habria menos cual yo; esto es muy cierto!
--Sentaos. --dijo Rosa conmovida --me oprimís el corazon. Si estais en la miseria ó en la afliccion, tendré un gran placer en aliviaros, si está en mi mano. Sentaos . . .
--Permitid que permanezca en pié señorita --dijo la jóven --y no me hableis con tanta bondad hasta que me conozcais mejor. Empieza á hacerse tarde . . . Esa puerta está cerrada?
--Sí; --contestó Rosa retrocediendo algunos pasos á fin de encontrarse, en mejor posicion para pedir socorro en caso de necesidad --¿Por qué me haceis esta pregunta?
--Por qué? --dijo la jóven --porque estoy á punto de poner mi vida y la de muchos otros entre vuestras manos. Yo soy la que llevó al pequeño Oliverio á la casa de Fagin el judío, la misma noche que este desapareció de Pontowille.
--Vos! esclamó Rosa.
--Yo misma. Yo soy la criatura infame de que habeis oido hablar; que vivo entre los ladrones y que hasta donde alcanza mi memoria (es decir desde mi mas tierna infancia); no he conocido otra existencia preferible á la que ellos me han procurado ni palabras mas dulces que las que ellos me han dirijido: así pues, que Dios tenga piedad de mí! No teneis que disimular el horror que os inspiro . . . Soy mas jóven de lo que se cree al verme; pero sé bien el efecto que produce mi presencia: las mujeres mas miserables se alejan de mi cuando paso cerca de ellas en la calle.
--De que cosas horribles venís á ocuparme! --esclamó Rosa retrocediendo involuntariamente.
--Dad gracias al cielo, mi buena señorita. --continuó Nancy
--de que os haya proporcionado amigos que han tenido cuidado de vos en vuestra infancia y que no ha permitido fuerais espuesta al frio, al hambre, á la crápula, á la borrachera y algo peor que todo esto, como lo he sido yo, como quien dice, desde mi cuna: porque los callejones y los arroyos han sido mi patrimonio, moriré en ellos como en ellos he vivido.
--Os compadezco! --dijo Rosa con voz conmovida. --Vuestras palabras, me desgarran el corazon.