Los Ladrones de Londres

Part 22

Chapter 223,879 wordsPublic domain

--Que Dios os bendiga por vuestra bondad! --repuso la jóven --Si supierais lo que he esperimentado alguna vez, me compadeceríais con mayor razon. Pero, he escapado á la vigilancia de los que me asesinarian indudablemente, si supieran que he venido aquí para deciros lo que he oido. ¿Conoceis á un individuo llamado Monks?

--No; --dijo Rosa.

--El os conoce mucho á vos --replicó la jóven --y sabe que viviais aquí pues por él he descubierto yo vuestra direccion.

--No conozco á nadie de ese nombre --dijo Rosa.

--Entonces probablemente es un nombre fingido --como lo he sospechado alguna vez --prosiguió la jóven. --Hace algun tiempo (pocos dias despues que Oliverio fué introducido por aquella ventanilla en la casa que habitabais en Chertsey, la noche en que debian robaros), como tenia sospechas sobre ese hombre, escuché una conversacion que tuvo con Fagin en la obscuridad. Por lo que oí, supe pues que Monks el hombre que creia que vos conociais, ya sabeis? . . .

--Sí, sí; --dijo Rosa, comprendo.

--Supe pues que Monks, habia visto por casualidad á Oliverio, con dos de nuestros muchachos el dia mismo que lo perdimos por primera vez, y que al momento lo habia reconocido por ser el niño que buscaba, (aunque no pueda darme cuenta del porque). Fué concluido entre ellos un tratado por el que, si Fagin volvia á apoderarse de Oliverio, recibiria cierta cantidad de dinero y que recibiria otra mayor si lograba hacer de ese niño un ladron lo que (por razones que ignoro) Monks pareció desear vivamente.

--Con qué fin? --preguntó Rosa.

--Esto es lo que yo no sé. --contestó la jóven --Cuando me inclinaba para oir mejor apercibió mi sombra en la pared, (otras muchas en mi lugar no hubieran podido escaparse tan diestramente sin ser vistas), pero afortunadamente, me retiré inapercibida, y desde entonces no volví á verle hasta ayer noche.

--Y qué pasó entonces?

--Voy á decíroslo, señorita. La noche pasada volvió y Fagin lo llevó al piso superior como la vez primera. Como la vez primera escuché tambien á la puerta y oí á Monks que decia: --Ya veis, las únicas cosas que hubieran podido servir para probar la identidad de este niño, están en el fondo del rio; y la vieja sibila que las recibió de la madre, hace largo tiempo que ha muerto y sus huesos están podridos dentro de su ataud. --Entonces, se pusieron á reir ocupándose, del buen écsito del asunto; y cada vez que Monks hablaba de Oliverio montaba en cólera y decia que á pesar de haberse asegurado el dinero de ese diablillo, hubiera preferido apoderarse de él de otro modo. Porque decia, que buena farza hubiera sido la de anular el testamento del padre arrastrando por todas las prisiones de Londres, á aquel de quien es objeto y que hacia su gloria y luego conduciéndole al patíbulo por un crímen capital! Esto podeis hacerlo aun, Fagin, despues de haber sacado de él toda ventaja en vuestro provecho.

--Dios mio! que es lo que quiere decir todo esto --esclamó Rosa.

--La verdad señorita aunque salga de mis labios --replicó Nancy. Luego añadió con juramentos horribles (familiares á mis oidos, pero enteramente estraños á los vuestros), que si pudiese satisfacer su ódio, acabando con la vida de ese niño sin comprometer la suya, lo haria sin escrúpulo; pero que puesto que tal cosa era imposible, haria los medios para poner trabas á todas sus acciones y dañarle en mas de un caso, y que si Oliverio, intentaba algun dia sacar partido de su nacimiento y de su historia, sabria bien impedírselo: --En fin, Fagin añadió, por muy judío que seais jamás habeis empleado medios semejantes á los que yo voy á poner en práctica para atraer en el lazo á mi hermano Oliverio.

--Su hermano! --esclamó Rosa.

--Estas fueron sus propias palabras --dijo, Nancy mirando con inquietud á su alrededor. (lo que no habia dejado de hacer desde el momento que empezó á hablar; porque la imágen de Sikes la atormentaba contínuamente.) Mas ha dicho: cuando se le ha ofrecido hablar de vos y de la otra señora ha manifestado que era necesario que el cielo ó el infierno se hubiesen mezclado en el asunto, para haber hecho caer Oliverio entre vuestras manos; despues soltó una carcajada y observó que la casualidad, le habia servido aun bien en tal circunstancia --porque, añadió, nombrándoos), que millares de libras esterlinas no daria ella misma, si las tuviera; por saber quien es _este perrito faldero que la sigue por todas partes de dos patas_!

--Es posible! dijo Rosa palideciendo --Esto no ha podido decirlo sériamente ¿No es cierto?

--Si jamás hombre alguno ha hablado sériamente, fué él en aquel momento --replicó Nancy . . . No es hombre para chancearse cuando está excitado por la rábia. Conozco algunos que lo hacen peor que él, pero quisiera mas oirles doce veces que él una . . . Se hace tarde y quiero llegar á casa, sin que se sospeche de que he venido aquí; es preciso pues que me vuelva al momento.

--Pero qué haré yo? --dijo Rosa --Cómo sin vos podré utilizar la revelacion que acabais de hacerme? Volveros! Cómo podeis desear reuniros otra vez con compañeros que pintais con colores tan horribles? Si quereis repetir lo que acabais de decirme á un caballero que está allí, en el aposento vecino, en menos de media hora os conducirá á un sitio donde estareis en seguridad.

--Deseo marcharme --dijo la jóven. Es preciso que me vaya; porque . . . (como podria confesar tales cosas á una señorita virtuosa cual vos!) porque entre esos hombres de quienes os he hablado hay uno, (tal vez el mas malo y el mas determinado de todos ellos), que yo no puedo dejar . . . no; aun que fuera para arrancarme de la vida que ahora llevo!

--La sensibilidad que habeis demostrado ya en otra ocasion, tomando el partido de ese querido niño --dijo Rosa --la generosidad de que habeis dado prueba ahora viniendo, con peligro de vuestra vida á decirme lo que habeis oido --vuestras maneras, que me son un garante seguro de la verdad de vuestras palabras, el arrepentimiento evidente y el sentimiento interior de vuestra vergüenza, todo me inclina á creer que podriais aun reformaros . . . Oh! continuó Rosa juntando las manos mientras que las lágrimas corrian de sus ojos --no rechazeis las solicitudes de una persona de vuestro sexo, la primera, sin duda que jamás os haya hablado con dulzura y compasion! No rehuseis escucharme y dejaos volver al sendero del honor y de la virtud.

--Oh! buena señorita! esclamó Nancy precipitándose á los piés de Rosa --ángel de ternura y de bondad! vos sois en efecto la primera que me ha hecho escuchar estas palabras de consuelo que me penetran el corazon, y si yo las hubiera oido mucho tiempo antes, ellas hubieran podido sacarme del vicio en que estoy sumergida; pero ahora es demasiado tarde! demasiado tarde!

--Nunca es tarde para el arrepentimiento --dijo Rosa.

--Es demasiado tarde! esclamó Nancy torciéndose los brazos en la agonía de la desesperacion . . . Al presente no puedo abandonarle! No; no quiero ser la causa de su muerte!

--Por qué seriais la causa de su muerte? preguntó Rosa.

--Nada podria salvarle --prorrumpió la jóven --si declaraba á otros lo que acabo de deciros y si los ponian presos á todos; él no podria librarse. Es el mas atrevido y el mas intrépido de la cuadrilla . . . y ha cometido acciones tan atroces! . . .

--Es posible --dijo Rosa --que por tal hombre renuncieis á una libertad verdadera y á la esperanza de un porvenir mejor? Esto es una locura inconcebible!

--Yo propia ignoro lo que esto es --replicó la jóven --Todo lo que sé es que esto no pasa á mí sola y que hay otras muchas tan viciosas y tan miserables como yo que piensan del mismo modo. --Es preciso que me marche! Que ello sea voluntad del cielo ó castigo del mal que he hecho, es de lo que no puedo darme cuenta á mi misma; pero soy atraida hácia ese hombre á pesar de su brutalidad para conmigo y creo que lo seria tambien aunque supiera que tengo que morir de su mano.

--Qué hacer? --dijo Rosa. --Yo no deberia dejaros marchar así.

--Vos no me detendréis, estoy de ello segura! --repuso la jóven, --no lo haréis, porque me he fiado en vuestra bondad y no he exijido de vos promesa alguna, como hubiera podido hacerlo.

--Entónces de que me servirá la revelacion que me habeis hecho? --preguntó Rosa --Por el interés de Oliverio á quien deseais servir, este misterio debe ser aclarado.

--Paréceme que podriais contar esto, bajo el sello del secreto á algun caballero, amigo vuestro quien os dirá lo que teneis que hacer, repuso Nancy.

--Pero dónde os encontraré cuando sea necesario? preguntó Rosa --No pretendo saber donde habitan esas personas horribles; pero aun tengo necesidad de volveros á ver otra vez.

--Me prometeis guardar fielmente el secreto y venir sola ó al menos acompañada únicamente de la persona que estará en la intimidad? preguntó la jóven --Puedo confiar en que no seré espiada ó seguida?

--Os lo juro! --respondió Rosa.

--Todos los domingos desde las once hasta las doce de la noche --dijo Nancy sin vacilar --me pasearé por el puente de Londres . . . si existo!

--Todavía una palabra! --dijo Rosa, al ver á la jóven que se preparaba para marcharse --Reflecsionad aun una vez en el horror de vuestra posicion y en la ocasion que se os presenta de libertaros de ella. Teneis derecho al interés que os demuestro, no solo por haber venido aquí voluntariamente para hacerme esta revelacion, sino tambien porque, estais perdida mas allá de toda esperanza. Volveréis á esa cuadrilla de ladrones y á ese hombre que os maltrata tan cruelmente, cuando una sola palabra basta para salvaros? Cuál es pues ese encanto que os impele á pesar vuestro á la desgracia y al crímen? No hay en vuestro corazon una cuerda que pueda yo tocar? No queda en él pues ningun sentimiento al cual pueda yo llamar contra ese fatal prestigio?

--Cuando las jóvenes señoritas tan hermosas y tan buenas como vos, entregan su corazon --replicó Nancy con firmeza --el amor las impele algunas veces muy lejos, aun aquellas que como vos tienen padres, amigos y admiradores para distraerlas. Pero cuando las jóvenes desgraciadas que como yo no tienen otro hogar que la tumba, ni otro amigo para visitarlas en sus enfermedades, ó en la hora de la muerte que el enfermero del hospital, dan su corazon á un hombre que les hace las veces de los padres y de los amigos, que han perdido ó les han faltado durante todo el curso de su miserable existencia, quién puede esperar curarlas? Tenednos lástima, señorita, de alimentar en nuestro corazon un sentimiento que la justicia divina condena y los hombres reprueban.

--Aceptaréis de mí al menos algun dinero, que os proporcione vivir sin deshonor, hasta que volvamos á vernos? --dijo Rosa despues de un momento de silencio.

--Ni un sueldo --contestó la jóven.

--No rechazeis el ofrecimiento que os hago de ayudaros! dijo Rosa con bondad --Deseo seros útil; os lo aseguro.

--Me hariais un beneficio mas grande --repuso Nancy con el acento de la mayor desesperacion --si pudierais arrancarme la vida de un solo golpe; porque jamás como esta noche he sentido todo el horror de mi situacion y me seria muy grato no morir en el mismo infierno en que he vivido! Que Dios os bendiga, buena señorita y que él derrame sobre vuestra cabeza tanta felicidad, como deshonra y oprobio ha derramado sobre la mia!

Habiendo pronunciado estas palabras entrecortadas la desdichada criatura, se marchó.

CAPÍTULO XL.

NUEVOS DESCUBRIMIENTOS, EN PRUEBA DE QUE LAS SORPRESAS LO MISMO QUE LAS DESGRACIAS, RARA VEZ VIENEN SOLAS.

LA situacion de Rosa era algo embarazada; porque al propio tiempo que deseaba vivamente penetrar el misterio que envolvia el nacimiento de Oliverio, se veia obligada en conciencia á guardar el secreto que le habia sido confiado, por la infortunada jóven con quien acababa de tener tan triste conversacion.

--No le quedaban mas que tres dias para permanecer en Londres antes de partir con la Señora Maylie y su jóven protegido á un puerto de mar bastante lejano. El primer dia tocaba á su fin (cabalmente acababa de sonar la media noche en el instante en que Nancy dejó el aposento.) ¿Qué proyecto podia concebir para ser puesto en ejecucion en el término de veinte y cuatro horas? ó qué medio debia emplear para retardar el viaje sin exitar la sospecha?

Mr. Losberne estaba en el palacio con esas señoras y debia pasar en él los dos últimos dias de su permanencia en Londres; pero Rosa conocia demasiado el carácter impetuoso del doctor y preveia asaz claramente la cólera que, en un primer momento de indignacion, haria esplotar contra la jóven; para confiarle el secreto. Esta era tambien una de las razones por las que Rosa temia abrirse á la Señora Maylie, que no podria dejar de hablar de ello al doctor . . . Recorrer á un magistrado, suponiendo que hubiese sabido el modo de llevar este asuntó era cosa á que debia renunciar por la misma razon . . . Por un momento tuvo la idea de escribir á Enrique; pero se acordó de su última entrevista . . . Estaba en tal perplejidad, cuando Oliverio, que regresaba de su paseo por la ciudad escoltado de Giles, que le hacia de guardia del cuerpo, entró bruscamente en el aposento sofocado y sumamente conmovido.

--Qué teneis para estar tan agitado? --preguntó Rosa adelantándose hácia él --respondedme Oliverio.

--Apenas puedo hablar --contestó el niño --Paréceme que me ahogo . . . Oh! qué dicha pensar que al fin volveré á verle y que vos tendreis la certeza de que todo lo que os he dicho es la pura verdad!

--Jamás he supuesto lo contrario, amigo mio --dijo Rosa --Pero por qué decís esto? De quién hablais?

--He vuelto á ver al buen caballero que me ha dispensado tanta amistad! --replicó Oliverio pudiendo apenas articular sus palabras --Ya sabeis . . Mr. Brownlow, de quién os he hablado tantas veces!

--En dónde? --preguntó Rosa.

--Bajaba de un carruaje y entró en una casa --respondió Oliverio llorando de gozo --No le he hablado . . . no podia hablarle; porque no ha reparado en mí y yo estaba tan trémulo que me ha sido imposible correr á él; pero Giles se ha informado de si vivia en la casa donde le hemos visto entrar y le han respondido que sí . . . Tomad --añadió sacando un papel de su faltriquera --esta es su direccion: es allí donde vive . . . permitid que vaya al instante . . . Oh! Dios mio! Dios mio! que me sucederá cuando le vea y él me hable!

--Al instante! dijo Rosa --Enviad á buscar una calesa y estad pronto para partir; voy á llevaros allá al momento . . . No hay que perder un minuto! Unicamente el tiempo para prevenir á mi tia que salimos por una hora y estoy con vos . . . Con qué, estad preparado!

Oliverio no se lo hizo decir dos veces y en menos de diez minutos estaban en marcha para _Craven street_ en el _Strand_. Cuando hubieron llegado, Rosa bajó del coche para preparar al anciano caballero á recibir á Oliverio y entregando su tarjeta al criado le suplicó dijera á Mr. Brownlow, que deseaba verle por asuntos de la mayor importancia. Este reapareció muy luego, habia recibido la órden de hacer subir á la jóven señorita: y la introdujo en un aposento del primer piso, donde fué presentada á un caballero de edad algo avanzada, de aspecto afable y vistiendo una casaca de verde-botella. No lejos de él estaba otro caballero viejo, con calzon corto y polainas de mahon, el cual caballero viejo (que no parecia _extremamente_ amable), estaba sentado con las manos plegadas, apoyadas sobre el puño de su baston y su barba encima.

--Mil perdones señorita! dijo el caballero de la casaca verde, levantándose precipitadamente de su silla y haciendo un saludo gracioso á la señorita Maylie. --Creia que podiais ser una persona importuna que . . . Os pido por favor que disimuleis . . . Tomaos la molestia de sentaros.

--Es á Mr. Brownlow á quien tengo el honor de hablar? --dijo Rosa dirijiéndose á este último.

--Sí; señorita --respondió el caballero anciano --y ahí está mi amigo Mr. Grimwig . . . Grimwig, queréis tener la bondad de dejarnos por algunos minutos?

--Creo, que el Señor, no estará de mas en este punto de nuestra entrevista. Estoy bien informada; no es estraño al asunto que me trae cerca de vos.

Mr. Brownlow hizo una inclinacion de cabeza y Mr. Grimwig que habia hecho un saludo muy tieso al levantarse de su silla, hizo otro saludo muy tieso y sentóse otra vez.

--Sin duda voy á sorprenderos --dijo Rosa algo cortada; --pero en otro tiempo manifestasteis mucho interés y afecto á uno de mis jóvenes amigos y estoy segura que no os sabrá mal recibir noticias suyas.

--Verdaderamente! --dijo Mr. Brownlow --¿Puedo saber su nombre?

--Oliverio Twist! contestó Rosa.

Apenas hubo pronunciado este nombre, Mr. Grimwig que se habia puesto á recorrer un libro voluminoso colocado sobre la mesa, lo cerró bruscamente y dejándose caer en el respaldo de la silla dejó ver su rostro en el que estaban marcadas las señales de la mayor sorpresa.

El asombro de Mr. Brownlow no fué menor, aunque no lo dejase apercibir de un modo tan escéntrico. Acercó su silla á la de Rosa y dijo:

--Hacedme el favor, querida señorita, de pasar en silencio esa solicitud y esa bondad de que hablais y de la que nadie duda y si está en vuestro poder desilusionarme en cuanto á la opinion desfavorable, que he debido concebir de ese niño . . . Oh! en nombre del cielo hacedlo al instante.

--Es un pilluelo! me comeria la cabeza que es un pilluelo! --dijo Mr. Grimwig sin mover ningun músculo de su rostro, como lo hiciera un ventrilocuo.

--Ese niño tiene el corazon noble y generoso --repuso Rosa ruborizándose --y el Sér Supremo que ha juzgado á propósito enviarle penas y hacerle pasar por pruebas superiores á sus fuerzas, le ha dado cualidades y sentimientos que harian honor á personas que tienen seis veces su edad.

--Yo no tengo mas que sesenta y un año! --replicó Mr. Grimwig en el mismo tono; y como no tomando en ello cartas el diablo, ese Oliverio de que hablais debe tener doce años sino tiene mas, no veo la aplicacion de esta advertencia.

--No hagais caso de mi amigo, Señorita --dijo Mr. Brownlow --no reflecsiona lo que dice.

--Si par diez! gruñó Mr. Grimwig.

--No no lo reflecsiona, os lo aseguro! replicó Mr. Brownlow, que empezaba á impacientarse visiblemente.

--Se comeria él la cabeza, sino dijera la verdad!

--Mejor mereceria que se la rompieran!

--Quisiera ver á alguno que lo propusiera! --replicó Monsieur Grimwig golpeando el suelo con su baston.

Despues de haberse ecsaltado de tal modo, los dos amigos lomaron separadamente un polvo y se dieron enseguida un buen apreton de manos segun su costumbre invariable.

Rosa que habia tenido tiempo de reunir sus ideas, relató en pocas palabras lo que habia sucedido á Oliverio desde el dia en que habia dejado la casa de Mr. Brownlow, reservando para el momento en que estaria sola con este caballero, la revelacion de Nancy. Añadió que el único dolor de ese muchacho durante muchos meses habia sido no poder encontrar otra vez á su bienhechor.

--Alabado sea Dios! --dijo el anciano caballero --He aquí lo que me tranquiliza! Pero, Señorita Maylie, vos no nos habeis dicho donde se halla ahora . . . Mil perdones por la pregunta que voy á haceros; ¿por qué no lo habeis llevado?

--Está abajo en el carruaje, que espera á la puerta --contestó Rosa.

--Aquí! á mi puerta! --esclamó el anciano y sin decir una palabra mas se lanzó fuera del aposento, bajó la escalera de cuatro en cuatro, saltó sobre el estribo y de allí dentro del coche.

Apenas la puerta del aposento se hubo cerrado trás él, Monsieur Grimwig levantó la cabeza y convirtiendo en eje uno de los piés traseros de su silla, describió con la ayuda de su baston y de la mesa, tres círculos distintos; despues de lo cual, poniéndose en pié, andó piano piano, lo largo del aposento y acercándose de improviso á Rosa la abrazó sin otro preámbulo.

--Chiton! dijo al ver que esta se levantaba precipitadamente, alarmada por su audacia --Nada temais! Tengo bastante edad, para ser vuestro abuelo . . . Sois una buena muchacha y os quiero mucho! Ya suben!

En efecto, luego que se hubo echado de un solo salto en su silla, Mr. Brownlow volvió á entrar acompañado de Oliverio, que Mr. Grimwig recibió muy graciosamente y esta satisfaccion del momento hubiera sido por sí sola bastante á Rosa, para recompensar sus desvelos y sus inquietudes, para con su jóven protegido.

--A propósito! hay alguien que no debe ser olvidado! dijo Mr. Brownlow tirando el cordon de la campanilla --Decid á la Señora Bedwin que suba!

La vieja ama de llaves subió en seguida y habiendo hecho una reverencia, esperó en la puerta á que Mr. Brownlow le diera sus órdenes.

--Creo Bedwin que vuestra vista se debilita de dia en dia --dijo éste con tono semi-regañon.

--A mi edad, caballero, no tiene nada de estraño --contestó la buena señora --Los ojos de las personas no mejoran con los años.

--Podria yo decir otro tanto --repuso Mr. Brownlow --pero poneos vuestros anteojos y veamos si adivinais porque os he mandado llamar.

La Señora Bedwin, se puso á registrar en sus faltriqueras para buscar sus anteojos, pero la paciencia de Oliverio no podia estar á prueba contra este nuevo retardo y he aquí porque cediendo al primer impulso de su corazon, se precipitó en los brazos de la buena señora.

--Dios me perdone! --esclamó esta abrazándole --es mi querido pequeñuelo!

--Mi buena Señora Bedwin! --esclamó tambien Oliverio.

--Sabia bien que volveria --repuso la anciana apretándole contra su pecho --Qué hermoso es . . . y que bien vestido! Parece un señorito! ¿Dónde habeis estado durante este tiempo que me ha parecido tan largo? Ah! siempre su bella carita . . . pero con todo aun mas pálida . . . Siempre esos ojos tan dulces, pero mas tristes. Nunca los he olvidado, ni tampoco su sonrisa graciosa. --Dejando que la Señora Bedwin y Oliverio charláran con holgura, Monsieur Brownlow hizo pasar á Rosa á otro aposento y ésta le contó con los mas minuciosos detalles la entrevista que habia tenido con Nancy: lo que le sorprendió é inquietó muchísimo. Despues que le hubo esplicado las razones que la habian impedido hablar de ella, primero á Mr. Losberne, aprobó mucho su prudencia y resolvió tener al instante una conferencia con el doctor. Para lograr pronto la ocasion de ejecutar este designio, se convino que iria al palacio aquella noche misma á las ocho, y que entretanto la Señora Maylie seria informada de todo lo que habia pasado.

La señorita Maylie no habia exagerado la cólera del doctor; pues apenas tuvo conocimiento de la revelacion de Nancy se desató en imprecaciones contra ella y amenazó entregarla á Monsieurs Blathers y Duff. Habia ya tomado su sombrero y se preparaba para ir á encontrar á esos dignos personajes sin considerar cuales podrian ser los resultados de su loco proceder, si Monsieur Brownlow, á pesar de ser tambien muy irrascible, no le hubiese impedido el salir y no hubiese empleado todos los argumentos posibles para hacerle entrar en razon.

--Qué diablos, pues, nos queda que hacer? Será preciso todavía dar las gracias á todos esos vagabundos (machos y hembras) y suplicarles que acepten una centena de libras esterlinas, como una ligera prueba de nuestra estimacion y una débil prenda de nuestra gratitud!

--No digo precisamente esto --contestó Mr. Brownlow sonriendo --pero es preciso obrar con dulzura y con prudencia.

--Dulzura y prudencia! esclamó el doctor --Yo os los enviaré todos á las . . .

--No digo lo contrario --replicó Mr. Brownlow --y sin duda lo han bien merecido.