Los Ladrones de Londres

Part 20

Chapter 203,962 wordsPublic domain

Pero la medida de su degradacion no estaba llena aun y otra afrenta le estaba reservada. Despues de haber recorrido el establecimiento en todas direcciones pensando por la vez primera que la ley concerniente á los pobres --era demasiado severa y que aquellos que abandonaban sus mujeres y las dejaban, al cuidado de la parroquia eran mas dignos de compasion que de reproche atendido á lo mucho que debian haber sufrido, Mr. Bumble se encontró cerca el lavadero donde las mujeres de la casa lavaban ordinariamente la ropa de la parroquia y la conversacion le pareció en un diapason mas alto de lo regular.

--Hem! --hizo el digno director recobrando ese aire de orgullo que le era natural --al menos esas _pordioseras_ --continuarán respetando mis _prerrogativas_ --Ola! ¿qué significa este barullo? Os callaréis viejas brujas!

Esto diciendo Mr. Bumble abrió la puerta y se adelantó con ademan irritado; pero apenas hubo dado algunos pasos, se calmó viendo á su esposa que no esperaba encontrar allí.

--Mi querida amiga --dijo --no os hacia en este sitio.

--No eh? --contestó la amable señora --y vos mismo que venís á hacer en él?

--Mi querida amiga se me figuraba que hablaban demasiado para poder dedicarse á su trabajo! --repuso Mr. Bumble mirando con aire despavorido á dos viejas ocupadas en javonear en una cubeta y que se comunicaban su asombro respecto á la humildad del director de la casa.

--Se os figuró que hablaban demasiado no es cierto? --dijo la matrona --Y quién os hace meter á vos en camisa de once varas?

--Pero mi querida amiga! --replicó Mr. Bumble humildemente.

--Sí, lo repito; quién os hace meter en camisa de once varas? preguntó la matrona.

--Es cierto que vos sois aquí la señora. --respondió aquel con el mismo tono --pero creia que vos no podiais estar presente en este momento.

--Quereis que os hable claro Mr. Bumble --repuso la Señora --pues sabed que estais aquí de mas y que sois demasiado propenso á meter el hocico donde no os incumbe. No hay nadie de esta casa que no se ria de vos luego que habeis vuelto la espalda y vuestras boberías os hacen tan ridículo, que á cada hora del dia sois el bú de todo el mundo! Ea! salid de aquí!

Al aspecto de las dos viejas pordioseras que, se guiñaban grotescamente el ojo, Mr. Bumble esperimentó, un cerramiento de corazon y vaciló un instante, pero su consorte, cuya impaciencia no sufria retardo, cojió un cacillo, lo sumerjió en el agua de jabon y señalándole la puerta con el dedo, le mandó salir bajo pena de recibir el líquido sobre su noble persona.

Qué podia hacer Mr. Bumble? Miró en torno suyo con triante contrito y desfiló á paso redoblado. Apenas habia pasado el lindar de la puerta, cuando las carcajadas de las dos viejas redoblaron con mayor brio que antes. El las vió y le atravesaron hasta el centro del corazon. Esto solo faltaba. Estaba degradado á sus ojos; habia perdido su aplomo y su autoridad sobre los _pobres_ del establecimiento, habia caido de la cumbre, de la grandeza y del esplendor del _pertiguerismo_ al estado mas vil de _marido con faldas_.

--Y todo esto en el espacio de dos meses! --dijo Mr. Bumble con el alma agoviada de tan tristes pensamientos. --Dos meses!

Esto pasaba de la raya: Mr. Bumble descargó un bofeton al muchacho que le abrió la puerta principal, porque en medio de sus delirios habia llegado bajo el portal y se lanzó á la calle.

Marchó como un loco, tomando ya á la derecha y á la izquierda hasta que el aire y el ejercicio le hubieron calmado un tanto: entonces se sintió sediento: pasó por delante muchas tabernas, sin que llamasen su atencion y observando una entre otras situada al estremo de un callejon sin salida, entró en ella.

Un hombre estaba sentado á una mesa; era moreno y de buena talla; una larga capa cubria sus espaldas y le ocultaba una parte de las facciones. Parecia forastero en aquellos sitios y al mirar, el estravio de sus ojos y el polvo de su calzado, era fácil adivinar que venia de lejos. Lanzó una mirada oblícua á Monsieur Bumble; pero apenas se dignó contestar al saludo que éste le hizo.

Sin embargo sucedió (lo que sucede á menudo cuando los hombres se encuentran en tales circunstancias,) que Mr. Bumble, no pudo menos de lanzar de tanto en tanto una mirada furtiva al desconocido; y cada vez que este le sucedia, volvia pronto la vista sobre el periódico, confuso de ver que en el propio instante aquel le miraba de igual modo.

Despues que sus ojos se hubieron encontrado, así varias veces el desconocido rompió al fin el silencio.

Era á mí á quién buscabais cuando habeis metido la cabeza en la ventana? --dijo con voz sombría.

--No que sepa; á menos que no seais el Señor . . .

Aquí Mr. Bumble se paró en seco, porque deseaba saber el nombre del desconocido y pensó que en su impaciencia éste acabaria la frase nombrándose.

--Veo ahora que no es á mi á quien buscais --continuó el otro con acento de desden --de lo contrario sabriais mi nombre.

--No ha sido mi ánimo ofenderos jóven! --observó Mr. Bumble con dignidad.

--Ni yo me ofendo. --contestó el otro.

Siguió á esto un corto silencio, que el forastero rompió de nuevo.

--Paréceme que os he visto otra vez --dijo --vestiais entonces otro traje. No he hecho mas que pasar por vuestro lado en la calle; pero creo reconoceros . . . ¿No habeis sido en otro tiempo pertiguero de esta parroquia?

--Sí --respondió Mr. Bumble algo sorprendido --_pertiguero parroquial_.

--Justamente. --repuso el otro balanceando la cabeza --Bajo ese traje os ví aquella vez . . . Qué sois al presente?

--_Director_ de la casa de Caridad, jóven! --replicó Mr. Bumble cargando con énfasis cada una de estas palabras.

--A no dudarlo, tendréis la misma mira que en otro tiempo respecto á vuestros intereses? No es cierto? --preguntó el desconocido fijando sus ojos sobre Mr. Bumble. --No temais responderme francamente. Ya veis que os conozco algo bien.

Paréceme que un hombre casado, puede como cualquiera celibatario ahorrar algunos sueldos máxime cuando esto se hace por medios honrados --respondió Mr. Bumble mirando al otro de la cabeza á los piés con marcada perplejidad. Los agentes _parroquiales_ no tienen que digamos _gran cifra_ de salarios para rehusar algunas ganguillas cuando ellas se les presentan de una manera conveniente.

El desconocido se sonrió balanceando de nuevo la cabeza como para decir que habia adivinado muy bien á su hombre y tiró el cordon de la campanilla.

--Llenad esto! --dijo dando al mozo el vaso de Mr. Bumble --Fuerte y caliente! Creo que es asi como os gusta?

--No demasiado. --contestó Mr. Bumble fingiendo toser con fatiga.

--Muchacho, comprendeis lo que quiere decir esto? --repuso secamente el desconocido.

Aquel salió sonriendo y pronto volvió á aparecer con un vaso de _grog_ del que se elevaba un vapor espeso que hizo venir las lágrimas á los ojos de Mr. Bumble luego que lo hubo acercado á sus lábios.

--Ahora escuchadme --dijo el desconocido despues de haber cerrado con cuidado la puerta y la ventana de la sala --He venido hoy á este país con el ánimo de encontraros; y por uno de esos percances que el diablo arroja algunas veces en el camino de sus amigos, entrais precisamente en la sala en que estoy y en el mismo instante en que mas pensaba en vos . . . Tengo necesidad de algunas noticias y aun que sean de poca importancia, no por eso os las pido de valde.

Al mismo tiempo colocó sobre la mesa dos soberanos; y cuando Mr. Bumble despues de haber examinado cada pieza para asegurarse que eran de buena ley, los hubo metido en el bolsillo de su chaleco con notable satisfaccion, continuó así:

--Procurad refrescar vuestra memoria. Esperad un momento . . . el invierno pasado cumplieron doce años; el lugar de la escena la Casa de Caridad, el instante . . . la noche; y el sitio el tabuco hediondo, cualquiera parte que sea donde miserables prostitutas, dan la vida y la salud, de que ellas no gozan, á pequeños vocingleros . . .

--Creo quereis decir la sala de partos, he? preguntó Monsieur Bumble que seguia con dificultad la descripcion del desconocido.

--Sí; --dijo el otro --¿ha nacido en él un muchacho?

--Muchos muchachos --observó Mr. Bumble sacudiendo la cabeza con ademan grave.

--Que el diablo cargue con todos! esclamó el forastero colérico. Yo hablo de un pequeño monigote, pálido y raquítico . . . que tenia el aire de un _santo de alfeñique_ . . . al que se habia colocado de aprendiz aquí en casa un fabricante de ataudes y que á lo que se cree se ha fugado á Londres.

--Ah! queréis hablar de Oliverio . . . del jóven Twist?

--No es de él de quien quiero hablar, sé demasiado, por lo que á él corresponde --repuso el desconocido deteniendo á Monsieur Bumble al comienzo de una peroracion en la que iba á relatar todos los vicios de Oliverio --sino de una muger . . . ya sabéis la vieja bruja que ha sepultado á la madre de ese niño y la ha asistido en sus últimos momentos . . . Donde está?

--Me seria muy difícil deciros donde ella se halla ahora! --respondió Mr. Bumble á quien el _grog_ habia vuelto _gracioso_. En cualquiera sitio que haya ido, de seguro no hay casa de partos. Con que de una manera ó de otra . . . se puede hacer una buena apuesta de que está sin empleo.

--¿Qué queréis decir? preguntó el otro con tono severo.

--Que murió el invierno pasado. --contestó Mr. Bumble.

A esta noticia el desconocido le miró de hito en hito. Durante algun tiempo parecia dudar entre si debia alegrarse ó afligirse de lo que acababa de saber.

Mr. Bumble que era muy ladino vió de un golpe que se trataba de un secreto del que la mejor mitad de sí mismo es decir su consorte, era depositaria y que se presentaba para ella una ocasion de ganar dinero revelándolo. Se acordó muy bien de la noche en que la vieja Sally habia muerto y tenia una buena razon para acordarse de ella pues era esa misma noche cuando se habia declarado á la Señora Corney; y á pesar de que esa señora no le hubiese nunca confiado ese secreto de que ella solo tenia conocimiento, sabia él lo bastante para adivinar que dicho secreto tenia relacion á algo que habria pasado entre la madre del jóven Oliverio y la vieja, que en su calidad de enfermera de la _casa_ la habia asistido á sus últimos momentos. Habiéndole acudido súbitamente esta circunstancia en el caletre, informó al desconocido con aire de misterio de que una mujer habia tenido una conversacion con la vieja enfermera, un cuarto de hora antes de que esta se muriese; y que ella podria, (como tenia razones para creerlo), satisfacer su curiosidad respecto á sus pesquisas.

--¿Y cómo la encontraré? preguntó aquel haciéndose traicion asi mismo al descubrir claramente su inquietud.

--Solamente con mi ayuda --respondió este último.

--Y cuándo será esto? esclamó vivamente el desconocido.

--Mañana. --replicó Mr. Bumble.

--A las nueve de la noche --repuso el otro sacando de su faltriquera un pequeño pedazo de papel sobre el cual escribió su direccion.

Esto diciendo, se dirijió hácia la puerta, despues de haberse detenido un instante en el mostrador para pagar lo que debian.

Al arrojar una ojeada sobre la direccion --el _funcionario parroquial_ notó que no estaba en ella el nombre del desconocido. Corres trás él para pedírselo.

--Y bien! ¿Qué significa esto? esclamó éste volviéndose bruscamente en el momento en que Mr. Bumble le tocó el brazo --Creo que me seguís!

--Es solo para haceros una pregunta --repuso el otro señalando con el dedo el pequeño pedazo de papel . . . ¿Qué nombre debo pedir?

--Monks! replicó el desconocido y se alejó precipitadamente.

CAPÍTULO XXXVII.

DE LO QUE PASÓ ENTRE MONKS Y LOS CONSORTES BUMBLE, LA NOCHE DE SU ENTREVISTA.

EL cielo estaba cubierto de nubes de las que se desprendian gruesas gotas de agua y hacia un calor sofocante; cuando el Soñor y la Señora Bumble dirigieron sus pasos hácia la casa de la orilla del rio distante cerca una media legua de la ciudad.

Ambos iban embozados en viejas capas. Avanzaron así en silencio; de tanto en tanto Mr. Bumble conteniendo su paso y volviendo la cabeza para asegurarse de que su compañera le seguia al ver que esta le picaba los talones, redoblaba su ligereza para llegar lo mas pronto al lugar de la cita.

Este no era mas que un conjunto de miserables chozas, situadas su mayor parte á algunos pasos de la orilla del agua: las unas edificadas de ladrillos mal unidos, las otras de tablas de buque podridas ó carcomidas. Algunas barcas agujereadas, enclavadas en el fango y amarradas al pequeño muro que rodeaba el malecon, un remo y cuerdas estendidas acá y acullá sobre la ribera, parecian indicar de pronto que los habitantes de estas pobres habitaciones tenian alguna ocupacion en el rio; pero un solo golpe de vista bastaba al transeunte para adivinar que estos objetos inútiles y fuera de servicio estaban allí puestos mas para salvar las apariencias, que con el fin de alguna utilidad cualquiera.

Al centro de este monton de casuchas y tan cerca del ribazo que los pisos superiores dominaban el rio, estaba un gran edificio que sirviera en otro tiempo de taller y el cual proporcionaria entonces ocupacion á los habitantes de las casas circunvecinas; pero desde larga fecha se habia convertido en ruinas. Los ratones, los gusanos, así como la humedad habian flaqueado y podrido los pilares de madera que lo sostenian y una gran parte se habia derrumbado dentro del agua, mientras que la otra apretada bajo su propio peso, parecia espiar una ocasion favorable para hacer otro tanto.

Ante esta casa fué donde se paró la digna pareja, cuando los primeros retumbos del trueno se hacian oir á lo lejos y la lluvia empezaba á caer á torrentes.

--Este será el sitio! --dijo Mr. Bumble consultando un pedacito de papel que tenia en la mano.

--Oe! --gritó una voz encima de él.

Mr. Bumble levantó la cabeza y descubrió en el segundo piso un hombre mirando por una ventana.

--Esperad un momento --gritó de nuevo la voz --soy con vosotros dentro un minuto. --Dicho esto desapareció y la ventana se cerró en seguida.

--¿Es él? --preguntó la mujer.

Mr. Bumble hizo una señal de cabeza afirmativa.

--Entonces tened en cuenta lo que os he dicho y cuidad de hablar lo menos posible, si no quereis hacernos traicion de buenas á primeras.

--Mr. Bumble que habia inspeccionado la casa con ojo inquieto iba sin duda á esponer alguna razon sobre el temor de pasar mas adelante, cuando le cerró el labio la presencia de Monks, que abrió una pequeña puerta cerca de la que se hallaban y les hizo señal de entrar.

--Despachad! --gritó con tono impaciente y dando una patada en el suelo, vais á hacerme esperar aquí una hora?

--La mujer que habia vacilado un momento, entró con resolucion sin hacerse mas de rogar; y Mr. Bumble que hubiera considerado mengua, ó tal vez pasar por miedoso quedándose al detrás siguió á su cara mitad, con paso indeciso que probaba no hallarse del todo á su gusto, habiendo perdido en un cuarto de hora este aplomo y esa dignidad que tanto le distinguían en cualquiera otra circunstancia.

--Qué diablo os movia á permanecer estáticos bajo la lluvia? --Dijo Monks --despues de haber cerrado trás él la puerta y pasado los cerrojos.

--Nos . . . nos . . . estabamos refrescando! --balbuceó Bumble echando una mirada inquieta á su alrededor.

--Os refrescabais! --replicó Monks --Jamás todas las lluvias que han caido desde la creacion del mundo (aun cuando añadais á ellas las que deban caer hasta la consumacion de los siglos,) jamás dijo serian capaces, de apagar un átomo del fuego que os consumirá en el infierno.

--Gastada esta broma --Monks se volvió bruscamente á la matrona y la miró fijamente, de modo que esta, apesar de no ser muy propensa á la timidez, se vió obligada á bajar los ojos.

--Es esta la mujer de quién me habeis hablado? --preguntó Monks.

--Hem! --hizo Mr. Bumble acordándose de las recomendaciones de su esposa. --Es la misma.

--Creeis acaso que las mujeres no puedan guardar un secreto? --dijo la matrona á Monks mirándole á su vez fijamente.

--Se que ecsiste uno el cual ellas sabrán guardar hasta que se descubra --dijo Monks con acento de desprecio.

--Y qué secreto es este si os place? preguntó la matrona.

--La pérdida de su reputacion --contestó Monks --comprendeis . . .

--No; --replicó la matrona, un si es no es ruborizada.

--Ello está fuera de toda duda --replicó Monks con tono burlon --como pues podriais comprender.

Y despues de haberles hecho nuevamente señal de que le siguieran atravesó aceleradamente varias piezas grandes cuyo techo estaba muy hundido, é iba á subir una escalera rápida ó mejor de mano que conducia al piso superior cuando un rayo surcó la entrada y trás él siguió un trueno, que conmovió la vieja casucha hasta sus cimientos.

--Escuchad! --esclamó retrocediendo horrorizado --Ese estruendo me hace mal!

Guardó silencio durante algunos minutos y quitando de improviso sus manos delante los ojos, Mr. Bumble vió con una sorpresa y un espanto indecibles que su rostro estaba descompuesto y cuasi negro.

--Estos accidentes me toman de cuando en cuando --dijo Monks notando el terror de Bumble --y muy amenudo el trueno es causa de ellos.

Dicho esto, subió el primero la escalera de mano y cuando estuvo en el aposento donde ella conducia, cerró inmediatamente los postigos y bajó una linterna colgada al cabo de una cuerda por medio de una garrucha sujeta á una de las enormes vigas del techo.

--Ahora dijo Monks despues que los tres se hubieron sentado --cuanto mas pronto tratemos de asuntos, mejor será para todos. ¿Esta mujer sabe lo que la conduce á este sitio, no es cierto?

La pregunta se dirijia á Bumble, pero la mujer se apresuró á responder que estaba de ello perfectamente instruida.

--Estabais vos con la vieja bruja en cuestion, la noche de su muerte y . . . ella os ha dicho algo?

--Concerniente á la madre de ese niño que vos conoceis? --interrumpió la matrona. --Si, es la verdad.

--La primera cuestion es saber de que naturaleza fué su confidencia --dijo Monks.

--No á fé! --observó la matrona con tono magistral --Esta es la segunda. La primera cuestion es saber, lo que daréis para tener de ella conocimiento.

La señora Bumble no era mujer que se dejára _desarmar_ fácilmente. Le gustaba mas un _toma_ cualquiera que todos los _te daré_ del mundo. Por esto luchó á brazo partido con su adversario; en vano recorrió este al regateo, á la indiferencia, al poco interés de saber el secreto, la matrona, no quiso sejar de las veinte y cinco libras esterlinas en oro que pedia. Al fin no hubo mas remedio que rendirse y hacer contra fortuna alma de hierro.

--Y qué ventaja tendré si pago, por _nada_? --dijo Monks vacilando.

--Podréis recobrar vuestro dinero --respondió la matrona --En mi estais viendo una mujer débil, sola, sin apoyo . . .

--Mr. Bumble quiso aquí tomar la palabra para una alusion personal --Silencio, dijo Monks con acento de autoridad.

Esto diciendo, sacó de su faltriquera, un saquito de tela y contó sobre la mesa veinte y cinco soberanos, que entregó en seguida á la matrona.

--Ahora --dijo --embolsad esto! --y cuando ese trueno maldito que siento acercarse habrá esplotado sobre el execrable _barracon_ contadnos lo que sabeis.

El trueno que se hacia oir con mas estruendo que antes y que perecia querer estallar sobre la casa y reducirla á polvo, cesó al fin y Monks que durante este intérvalo se habia cubierto el rostro con ambas manos y tenia la cabeza apoyada sobre la mesa, luego que el peligro hubo pasado, se incorporó y se inclinó hacia adelante para escuchar lo que la mujer iba á decir.

--Cuando murió la vieja Sally --así se llamaba aquella mujer --dijo la matrona --estaba yo sola con ella.

--No habia alguien alli cerca --preguntó Monks en voz baja --alguna otra enferma ó alguna idiota acostada en el mismo aposento, la cual hubiera podido oir y de consiguiente comprender?

--No habia nadie mas --replicó la matrona --Estábamos completamente solas. Cuando exhaló el último suspiro me hallaba á la cabecera de su lecho.

--Bien --dijo Monks mirando fijamente á la matrona.

--Me habló de una jóven --prosiguió la matrona --que parió algunos años antes no solo en el mismo aposento sino tambien en el propio lecho.

--Como á pesar de todo, las cosas se descubren al fin! dijo Monks visiblemente agitado. --¿No es asombroso?

--El niño á quien esa jóven dió á luz, es el muchacho de que le hablasteis ayer --prosiguió la matrona volviendo la cabeza hácia su marido. --La madre de ese niño (la jóven en cuestion), fué robada por la vieja Sally su enfermera.

--Cuándo vivia? --preguntó Monks.

--No; despues de su muerte! --contestó la otra estremeciéndose involuntariamente. La jóven estaba todavia caliente cuando la enfermera desprendió de su cadáver lo que ésta, hasta su último momento, la habia suplicado guardára para el bien de su hijito.

--Sin duda lo habrá vendido! esclamó Monks fuera de sí --Lo ha vendido . . ? Dónde . . ? Cuándo . . ? A quién . . ? Hace mucho tiempo . . ?

Como apenas, podia articular la voz cuando me ha confiado lo que acabais de oir, ha muerto sin decirme nada mas.

--Sin deciros nada mas! esclamó Monks con tono furioso --Esto es mentira! No sufriré que me engañeis! Ella ha dicho mas! Os arrancaré á ambos la vida sino me decís lo que esto era!

--Os aseguro otra vez que no me ha dicho una sola palabra de mas --replicó esta con una sangre fria que Mr. Bumble estaba lejos de compartir; --pero con una mano crispada, me cojió por el vestido y me atrajo á su lado y cuando ví que estaba muerta, noté al desprender mi vestido de entre sus dedos que oprimia un pedazo de papel todo grasiento.

--Qué contenia? interrumpió Monks bruscamente.

--Nada --replicó la matrona --era un reconocimiento de empeño en el Monte-pio.

--¿Por qué objeto? preguntó Monks.

--Lo sabreis al momento. Tengo motivos para creer, que por el pronto ella guardó el objeto durante algun tiempo, con la esperanza sin duda, de sacar de él mayor provecho y lo empeñó luego, teniendo cuidado, sobre el dinero que recibiera de él, ahorrar con que paga cada año los intereses, á fin de poderlo retirar en caso de necesidad. Con que ha muerto, como acabo de decirlo, teniendo fuertemente cerrado dentro su mano ese pedazo de papel, todo súcio y todo rasgado. Como faltaban solo tres dias para concluir el año, pensé que yo misma un dia podria sacar de dicho objeto alguna ventaja y lo desempeñé.

--Dónde está ahora? --preguntó Monks con impaciencia.

--Aquí lo teneis contestó la matrona. Y como si le hubiese tardado el desembarazarse de él, arrojó vivamente sobre la mesa una holsita de cuero, apenas suficiente para contener un reló de mujer. Monks se apoderó al instante de él y abriéndolo con mano temblorosa, sacó un pequeño medallon de oro conteniendo dos bucles de cabello y un anillo sencillísimo.

--La palabra _Inés_ está grabada al interior del anillo --dijo la matrona --El nombre de familia (el apellido), se ha dejado en blanco; pero hay la fecha que es segun creo de un año anterior á la época del nacimiento del niño.

--Y es esto todo? --dijo Monks despues de haber examinado escrupulosamente los objetos.

--Todo --respondió la mujer. --Nada sé de tal historia; mas allá de lo que puedo adivinar --dijo la señora dirijiéndose á Monks despues de un rato de silencio . . . No deseo saber mas; porque tal vez no seria prudente; y temo además que nada habria que ganar . . . pero no es cierto que me permitiréis dos preguntas?

--Sin duda --contestó Monks algo sorprendido. --pero que responda ó no á ellas esta es otra cuestion.

--Lo que forma tres cuestiones --observó Mr. Bumble queriendo hacerse el chistoso.

--Es esto todo lo que deseabais de mí? --preguntó la matrona.

--Todo --respondió Monks. ¿Qué mas?

--Lo que os propongais, con esos objetos puede pararme perjuicio?

--Jamás --contestó Monks lo mismo que á mí . . . Mirad! pero no deis un solo paso adelante ó todo ha concluido para vosotros eternamente!