Part 19
--El! --respondió el otro --pensais que no le reconozca? Si se encontrára en medio de una multitud de demonios, revestidos de su misma forma y fisonomía, algo habria que me lo haria reconocer entre ellos. Si estuviera á cincuenta piés bajo la tierra y la casualidad me condujera sobre su tumba sabria bien que está enterrado allí aunque nada hubiera que me lo indicase. Qué un rayo le confunda!
Habia tanto ódio en las palabras de ese hombre que Oliverio se despertó sobresaltado y se estremeció de espanto.
--Gran Dios! --allí, allí . . . ante su ventana, muy cerca de él . . . tan cerca que hubieran podido tocarle, antes de tener tiempo para huir . . . vió al judío que le miraba! Su vista penetrante encontró la suya . . . y al lado del horrible viejo . . . ante esta misma ventana pálido de rabia ó de terror ó tal vez de ambas cosas estaba ese mismo hombre que le habia hablado tan bruscamente á la puerta de la posada.
En menos de nada desaparecieron con la celeridad del relámpago pero le habian reconocido como él á ellos y sus miradas habian quedado grabadas en su memoria tan profundamente como sobre la piedra. Por de pronto quedó hecho un mármol; pero luego abriendo la reja y saltando por la ventana al jardin dió la alarma dando _grandes gritos_.
CAPÍTULO XXXIV.
RESULTADO POCO SATISFACTORIO DE LA AVENTURA DE OLIVERIO ENTREVISTA DE ALGUNA IMPORTANCIA ENTRE ENRIQUE MAYLIE Y LA SEÑORITA ROSA.
CUANDO los comensales de la casa atraidos por los gritos de Oliverio llegaron apresuradamente al jardin, encontraron, á ese pobre niño pálido y azorado señalando con el dedo el prado, al detrás de la cerca y pudiendo apenas articular estas palabras.
--El judío! el judío!
Giles no podia comprender lo que esto significaba, pero Enrique Maylie á quien su madre habia contado la historia de Oliverio estuvo pronto al caso.
--¿Qué camino ha tomado? --preguntó armándose de un buen garrote que estaba en un rincon.
--Por allí! --contestó Oliverio señalando con el dedo la direccion que habian tomado los dos hombres. Los he perdido de vista en un momento.
--Entonces están en el barranco. Seguidme tan de cerca como podais. Dicho esto, saltó la cerca y corrió con tal prisa que los demás tuvieron trabajo en seguir sus pasos.
Giles andó cuanto pudo. Oliverio hizo lo mismo; y Mr. Losberne, que habia ido á dar un paseo por los campos, habiendo regresado en esta circunstancia, saltó la cerca como los otros tres y enderezándose con mas ligereza de la que podia creerse en él, les siguió muy de cerca llamándoles todo el camino para saber la causa de su escursion.
Así corrieron, sin tomar aliento hasta el angulo de un campo indicado por Oliverio. Entonces Enrique Maylie que habia llegado el primero, se puso á inspeccionar el barranco y la cerca. En este tiempo se le reunieron los demás y Oliverio pudo esplicar á Mr. Losberne el motivo de esta persecucion.
Sus pesquisas fueron inútiles; no descubrieron mas que las huellas de los pasos de los dos fugitivos. En este momento se hallaban en la cima de una colina que dominaba la llanura, en un rádio de tres ó cuatro millas. La aldea estaba en el fondo á la derecha; pero suponiendo que los dos hombres hubiesen tratado de refugiarse en ella, tenian necesidad de hacer en rasa campiña un circuito que no les era posible recorrer en tan poco tiempo. Es verdad que un bosquecillo rodeaba la pradera en otra direccion pero no habian podido llegar á él por la misma razon.
--Oliverio de seguro habeis soñado! dijo Enrique Maylie tomando á parte á Oliverio.
--Oh! no seguramente Caballero! --replicó Oliverio á quien el recuerdo del asqueroso viejo hizo estremecer involuntariamente --Los he visto demasiado bien . . . Los he visto á ambos como os veo á vos ahora.
--¿Quién era el otro? --preguntaron á un tiempo el jóven y Mr. Losberne.
--Aquel de quien os he dicho me trató tan bruscamente á la puerta de la posada --dijo Oliverio --Nos hemos mirado uno á otro con harta fijeza paraque pueda engañarme . . . Juraria que es él.
--Estais seguro de que se han escapado por este lado? preguntó Enrique.
--Estoy tan seguro como es la verdad que estaban frente mi ventana --replicó Oliverio señalando con el dedo la cerca que separaba el jardin y la pradera. El mas alto ha saltado en ese mismo sitio y el judío ha pasado por ese agujero que veis á la derecha.
Enrique Maylie y Mr. Losberne se miraron y parecieron satisfechos de las respuestas de Oliverio. Sin embargo ningun indicio de personas que huyen precipitadamente, se ofreció á su vista: la yerba alta no . . . estaba pisoteada en ninguna parte escepto en los sitios que ellos mismos habian recorrido, los bordes del barranco eran todo barro, pero en ningun punto ese barro llevaba la marca de zapatos de hombre.
--Cosa estraña! --dijo Enrique.
--Estraña! --repitió el doctor --y tanto que los mismos Blathers y Duff perderian la brújula.
Apesar del resultado nulo de sus pesquisas, no renunciaron á ellas hasta que la noche que se le venia encima las hizo del todo infructuosas; y esto aun con sentimiento. Giles provisto de las señas de los dos hombres, fué enviado á las tabernas del pueblo en que pudieran estar con el objeto de beber ó divertirse; pero no trajo ninguna nueva capaz de aclarar ó disipar este misterio.
A la mañana siguiente, se practicaron nuevas indagaciones sin obtener mejor resultado. Al otro dia Mr. Maylie y Oliverio se dirijieron al villorrio vecino con la esperanza de saber algo relativo á los dos hombres, pero no regresaron mas sabios que cuando partieron. Pronto se acabó por olvidar este asunto, á ejemplo de tantos otros que mueren por sí mismos cuando se ha extinguido su sabor de maravilla.
Entre tanto Rosa se restablecia rápidamente. A los pocos dias se halló en estado de salir y mezclándose de nuevo con la familia volvió la alegria en todos los corazones.
Pero aun que este cambio feliz produjo un efecto visible sobre el pequeño círculo de amigos y aun que la felicidad y el contento reinasen aun otra vez en la casa, existia de cuando en cuando entre algunos de ellos (y Rosa era el del número) un embarazo desusado, que Oliverio se vió obligado á notar. La Señora Maylie se encerraba á menudo con su hijo durante horas enteras y la jóven compareció mas de una vez en el salon con los ojos húmedos de lágrimas.
Despues que Mr. Losberne hubo fijado el dia de su partida para Chertsey este embarazo redobló: era pues evidente que pasaba algo que afectaba vivamente á la jóven señorita y á otra persona además.
Una mañana que Rosa estaba sola en el comedor, Enrique Maylie entró y le pidió con mucha instancia hablarle un momento.
--Algunos minutos, Rosa! Solo algunos minutos! --dijo Enrique acercando su silla á la de la jóven. --Lo que tengo que deciros, debe haberse presentado por sí mismo en vuestra alma. No ignorais mis mas queridas esperanzas; mis sentimientos os son conocidos aun que no os los haya revelado yo mismo.
Rosa que se habia puesto pálida desde la entrada de Enrique Maylie, hizo solo una señal de cabeza y entreteniéndose en desojar algunas flores que tenia en la mano esperó en silencio que continuára.
--Hace tiempo que debiera haber partido --dijo Enrique.
--Es verdad --contestó Rosa --Perdonadme si os hablo así; pero siento que no lo hayais efectuado.
--He venido aquí impulsado por el mas terrible de los temores --repuso el jóven; el de perder al objeto de todas mis afecciones . . . el sér que me es mas querido á la vida . . . aquella en fin sobre quien fundo mis deseos y mi esperanza.
En este momento se escaparon de los ojos de la jóven algunas lágrimas que aumentaron aun mas su belleza.
--Un ángel! --continuó Enrique con pasion --una criatura tan hermosa y tan pura como los ángeles del cielo, flotaba entre la vida y la muerte. Oh! quien podia pensar, que cuando iba á abrírsele la mansion de los bienaventurados de que es tan digna, debiere aun conocer las miserias y los sinsabores de este mundo! Rosa! Rosa! Os restableceis de dia en dia, diré casi de hora en hora y yo espío ese cambio de la muerte á la vida con la ansiedad mas viva . . . Y si el afecto que os profeso me ha hecho derramar lágrimas de ternura y de contento; no me reprocheis por ello, porque ellas han dulcificado mis penas y vuelto la calma á mis sentidos.
--No era esta mi intencion --dijo Rosa visiblemente conmovida --Por interés vuestro hubiera deseado veros proseguir únicamente ocupaciones mas sérias y mas dignas de vos.
--Y qué ocupacion mas digna de mi que el esforzarme en conquistar un corazon como el vuestro? --contestó Enrique tomando la mano de la jóven --Rosa! Yo os amo desde largo tiempo! Si procuro crearme un nombre, es solo para ofrecéroslo. Aunque ese tiempo no haya llegado todavia, aceptad este corazon que os pertenece . . . De vuestra respuesta depende mi porvenir!
--Vuestra conducta ha sido siempre noble y generosa! --dijo Rosa procurando dominar su emocion.
--Debo acumular todos los esfuerzos para mereceros? Hablad Rosa!
--Al contrario --repuso Rosa --debeis procurar olvidarme, no como la amiga y la compañera de vuestra infancia, esto me seria demasiado doloroso; pero si como el objeto de vuestro amor.
Se siguió á esto un instante de silencio durante el cual Rosa llevando la mano á sus ojos dió libre curso á sus lágrimas.
--Y cuáles son vuestras razones para obrar así? --dijo en fin Enrique con aire desazonado --¿Puedo saberlas?
--Sin duda --contestó Rosa --teneis derecho de conocerlas! --Todo lo que podais decirme no me hará cambiar de resolucion . . .
--Ella es pues irrevocable?
--Si Enrique! Me debo á mi misma, pobre jóven, sin padres, sin fortuna y sin nombre, el no dar que pensar al mundo, que por un motivo de interés he alentado la primera pasion de un jóven y que he sido un obstáculo á sus proyectos futuros.
--Ah! vuestra inclinacion concuerda con eso que creeis vuestro deber! dijo Enrique.
--No; repuso Rosa. --ruborizándose hasta el estremo --No lo creais!
--Entonces participais de mi amor? --replicó Enrique --Ah! decid Rosa, decid solamente esto y dulcificareis la amargura de esta cruel contrariedad!
--Si hubiese podido hacerlo sin causar daño al que amo --dijo Rosa --tal vez hubiera . . .
--Recibido esta declaracion de modo muy diferente? repuso vivamente Enrique --Hablad Rosa. Merezca al menos de vos esta confesion!
--Es verdad --replicó la jóven desprendiendo su mano de la de Enrique. --Pero por qué prolongar una entrevista que me es tan dolorosa, aun que me procure la dicha de saber que un dia he podido ocupar el sitio mejor de vuestro corazon? A Dios Enrique! Jamás semejante entrevista se renovará entre nosotros. Que una franca y pura amistad nos una como en el pasado.
--Una palabra aun! --dijo Enrique --Que yo oiga vuestras razones de vuestro propio labio. Dadme á conocer el motivo de vuestra denegacion.
--El porvenir que se os ofrece es brillante! --dijo Rosa con firmeza --todos los honores que acompañan á los grandes talentos, os están preparados . . . Teneis amigos poderosos que os ayudarán con todo su poder . . . pero esos amigos son orgullosos y yo no me mezclaré jamás con personas que podrian despreciar á mi madre . . . mucho menos quisiera envolver en mi desgracia al hijo de aquella que me ha hecho sus veces. En una palabra --prosiguió la jóven volviéndo la cabeza --mi nombre lleva una mancha que el mundo haria recaer sobre inocentes; la guardaré para mí y la vergüenza será para mi sola.
--Una última palabra Rosa! no mas que una palabra! esclamó Enrique poniéndose ante ella cuando iba á retirarse --Si yo hubiese sido menos feliz --(segun el mundo considera la felicidad.) si mi vida hubiese sido sencilla y obscura . . . Si hubiese sido pobre, enfermo y abandonado de todo el mundo, hubierais rechazado mis ofrecimientos?
--No me obligueis á responder --dijo Rosa --Esto no es así ni será nunca. No es conveniente para vos apurarme de este modo.
--Si vuestra respuesta debe ser tal como me atrevo cuasi á esperarla --repuso Enrique --ella arrojará un rayo de felicidad sobre mi triste destino. Rosa! En nombre del afecto que os profeso; en nombre de todo lo que he sufrido y de lo que estoy condenado á sufrir por causa vuestra responded á esta sola pregunta!
--Si vuestro destino hubiese sido otro --contestó la jóven --si no hubiese habido una diferencia tan grande entre vuestra suerte y la mia, si hubiese podido haceros la ecsistencia mas dulce y no ser un obstáculo á vuestro adelantamiento en el mundo, esta entrevista hubiera sido menos dolorosa. Tengo motivos para ser feliz . . . muy feliz ahora; pero entonces Enrique lo hubiera sido mucho mas. No puedo impedirme esta flaqueza; pero mi resolucion no será por eso menos firme --dijo tendiendo la mano á Enrique. --Es preciso que os deje!
--No os pido mas que una cosa --dijo Enrique . . . permitidme (que dentro un año ó quizá mas pronto) os hable por la última vez sobre este objeto.
--No para apremiarme á que cambie de resolucion --contestó Rosa con una sonrisa melancólica --esto seria inútil.
--No --replicó Enrique --pero para oíroslo repetir si quereis. Entonces pondré á vuestros piés mi posicion y mi fortuna y si persistís en vuestra resolucion os prometo no hacer nada para cambiarla.
--Pues bien sea! repuso Rosa --estos no son mas que nuevos dolores que me preparo, pero en esa época tal vez esté en estado de soportarlos.
Tendió de nuevo su mano á Enrique y se separaron.
CAPÍTULO XXXV.
EL QUE AUNQUE CORTO NO POR ESO DEJA DE SER DE CIERTA IMPORTANCIA PARA ESTA HISTORIA, PUES QUE ES CONTINUACION DEL CAPÍTULO PRECEDENTE Y CONDUCE NECESARIAMENTE AL QUE SIGUE.
CON qué esta mañana estais resuelto á acompañarme? --dijo el doctor á Enrique Maylie viéndole entrar en el comedor, donde con Oliverio le esperaba para almorzar. No estabais en la misma disposicion una hora seguida.
--Doctor me diréis todo lo contrario uno de estos dias --respondió Enrique ruborizándose.
--Deseo tener motivo para ello --replicó el doctor --aunque hablándoos con franqueza no tengo de ello esperanza. Ayer por la mañana, habiais resuelto súbitamente quedaros aquí y á fuer de buen hijo acompañar á la Señora Maylie en su escursion á las orillas del mar; --despues del medio dia anunciais que me dispensaréis el honor de venir conmigo, hasta el punto en que dejaré el camino de Lóndres; y á la víspera me instais con mucho misterio para que parta antes que esas señoras estén levantadas, lo que es causa de que Oliverio se esté ahí enclavado en su silla, esperándoos en vez de recorrer los campos y ocuparse de botánica como acostumbro todas las mañanas . . . ¡Esto es muy malo! ¿No es cierto Oliverio?
--Oh! creedlo caballero, me hubiera desesperado, de no encontrarme en casa en el momento de vuestra partida --respondió Oliverio.
--Eh ahí lo que se llama un muchacho encantador! replicó Mr. Losberne --pero hablando formalmente Enrique, acaso habeis recibido alguna carta de los miembros de la _cámara alta_ que ya estais tan impaciente de partir?
--Los miembros de la _cámara alta_ no me han escrito ni una sola vez desde que estoy aquí y ni aun es probable que en esta estacion del año suceda nada que necesite mi presencia entro ellos.
--Entonces --replicó el doctor, --sois muy admirable! pero ellos sin duda alguna os tendrán en el parlamento.
Enrique Maylie estuvo en este instante á punto de hacer algunas manifestaciones que no hubieran asombrado poco al doctor; pero se contentó con decir: --Verémos mas tarde --y aquí concluyó la conversacion. Poco despues la silla de posta llegó frente la casa, Giles entró para tomar el equipaje y Mr. Losberne le siguió hasta la puerta de la calle para verlo cargar.
--Oliverio! dijo Enrique en voz baja. --Tengo algo que deciros.
Oliverio siguió á Mr. Maylie hácia el alfeizar de una ventana, muy sorprendido del contraste chocante que ofrecia la conducta del jóven, triste y alegre á la vez.
--Ahora, empezais ya á escribir algo correctamente no es cierto?
--Si . . . bastante bien caballero --respondió éste.
--Pueda que tarde algun tiempo en volver á esta casa; descaria que me escribieseis . . . algo amenudo . . . por ejemplo una vez cada quince dias: cada lunes mejor.
--Con mucho gusto caballero! --esclamó Oliverio encantado de esta muestra de confianza por parte del hijo de su bienhechora.
--Tendria un placer de saber por vos como . . . lo pasan mi madre . . . y . . . la Señorita Maylie, respecto á salud --prosiguió el jóven --Escribidme largo y habladme de los paseos que dais por la tarde; del objeto de vuestras conversaciones; y decidme sobre todo si _ella_. --Quiero decir si esas dos señoras se muestran felices --Comprendeis bien, no es cierto?
--Oh! si caballero! --replicó Oliverio.
--No es necesario que las hableis de ello --añadió Enrique afectando un tono de indiferencia. Esto obligaria sin duda á mi madre á escribirme mas amenudo; y yo quisiera, todo lo posible evitarla esta molestia.
Oliverio prometió escribir largas cartas y guardar fielmente el secreto y Mr. Maylie se despidió de él despues de haberle dado seguridades de su afecto y de su proteccion.
El doctor estaba ya en la silla de posta. Enrique lanzó una mirada furtiva hácia la ventana de Rosa y se avalanzó dentro del carruaje.
--En marcha! gritó --A escape postillon!
--Eh! no tan aprisa . . . no tan aprisa --gritó á su vez el doctor bajando el vidrio delantero.
La silla de posta se alejó pronto y las ruedas girahan con tal velocidad, que era imposible á la vista el seguirlas.
Ella se hallaba ya á tres ó cuatro millas de la habitacion de nuestros amigos, cuando cierta persona permanecia aun en pié, con los ojos fijos en el punto donde habia desaparecido: porque en esa misma ventana hácia la cual Enrique habia lanzado una mirada furtiva antes de subir al coche, trás el blanco cortinaje que la habia ocultado á los ojos del jóven, estaba Rosa muda é inmóvil.
--Parece que es feliz! --dijo al fin. --Por un momento he temido lo contrario . . . Me engañaba . . . Estoy contenta! muy contenta!
CAPÍTULO XXXVI.
EN EL QUE, TRANSPORTÁNDOSE AL CAPÍTULO XXXIII DE ESTA OBRA, SE NOTARÁ UN CONTRASTE POR DESGRACIA DEMASIADO COMUN EN EL MATRIMONIO.
MONSIEUR Bumble estaba sentado en el locutorio de la casa de caridad con los ojos tristemente fijos en el hogar que por razon de la bella primavera se hallaba sin fuego.
La tristeza de Mr. Bumble no era la sola cosa capaz de exitar la compasion. Todo en su persona anunciaba que habia tenido lugar un gran cambio en su posicion social. ¿Qué se habian hecho el sombrero de tres picos y el frac galoneado? Es cierto que llevaba como antes unos calzones cortos y medias de algodon negras, pero ellos no eran ya los _calzones de paño felpudo_. La casaca tenia largos faldones, como la otra; pero cuán diferente de ella. El elegante sombrero de tres picos habia sido reemplazado por un modesto sombrero redondo . . . Mr. Bumble en fin no era ya Pertiguero.
Mr. Bumble se habia casado con la Señora Corney y habia llegado al grado de director de la casa de caridad.
--Pensar que mañana hará dos meses que estamos casados!
Se hubiera podido creer, por lo que acababa de decir Mr. Bumble, que este corto espacio de tiempo habia comprendido toda una existencia de felicidad; pero un fuerte suspiro probaba demasiado lo contrario.
--Me he vendido por seis cucharas de café, un par de tenacillas para el azúcar, un jarro de leche, algunos malos muebles y veinte libras esterlinas --Puedo alabarme de haber sido muy mentecato! Preciso es confesar que la compra ha sido buena!
--Buena compra! Buena compra! --gritó una voz acre al oido de Mr. Bumble. --Menos que ello, hubiera sido aun demasiado por lo que vos valeis.
Mr. Bumble se volvió y se encontró cara á cara con su interesante mitad que habia cojido imperfectamente el sentido de sus medias palabras.
--Señora Bumble! --dijo éste con aire severo y sentimental.
--Y qué? --contestó la señora.
--Tened la bondad de mirarme un poco si os place! Si sostiene mi mirada --se dijo Mr. Bumble para sí mismo, --puede desafiarlo todo. Jamás (al menos que yo sepa) he dejado de producir el mayor efecto sobre los _pobres_ . . . Si ella puede suportarla, mi autoridad está perdida para siempre.
El caso es que la matrona de ningun modo se desconcertó por la que le lanzó Mr. Bumble. Muy lejos de ello afectó la mayor indiferencia y llevó el desprecio hasta reirse en las propias barbas de su marido de tan buena gana en apariencia y con tanto estrépito como si fuera lo mas natural.
Asombrado de un hecho que de seguro no esparaba, Mr. Bumble no supo si debia dar crédito á sus ojos y á sus orejas. Se puso pensativo y solo la voz de su dulce mitad pudo sacarle de sus reflecsiones.
--Vais á quedaros aquí todo el dia roncando? --preguntó ésta.
--Me quedaré aquí todo el tiempo que me dará la gana, lo entendeis --señora --contestó Mr. Bumble . . . Y aun que no _ronco_ roncaré, bostezaré, estornudaré, reiré, cantaré, gritaré, segun sea mi capricho, á tenor de mis _prerrogativas_.
--_Vuestras prerrogativas_? --esclamó la Señora Bumble.
--He dicho la palabra señora! observó el ex-pertiguero. --Las _prerrogativas_ del hombre . . . son el mandar.
--Y cuáles son las prerrogativas de la mujer . . . si os place?
--El obedecer señora! --respondió Mr. Bumble con voz de trueno. --Vuestro difunto primer marido (el desdichado Corney) hubiera debido enseñároslo y pueda que si lo hubiese hecho fuera aun de este mundo . . . Pobre hombre! yo me alegraria de ello de todo corazon!
La Señora Bumble vió de una sola ojeada que era llegado el momento decisivo y que era preciso dar un gran golpe para asegurar la soberanía en favor del uno ó del otro. Así pues, luego que hubo oido la alusion hecha á la memoria del difunto, dejándose caer en una silla, gritó que Mr. Bumble no era mas que un _irracional_ y derramó un torrente de lágrimas.
Pero las lágrimas no eran cosa capaz de hallar cabida en el corazon de Mr. Bumble el cual estaba construido á prueba de agua.
--Esto descarga los pulmones, lava la cara, ejercita los ojos y dulcifica el carácter --añadió --con que llorad, llorad querida!
Al propio tiempo Mr. Bumble tomó su sombrero que estaba colgado de un clavo y ladeándolo un tanto sobre su cabeza (á guisa de maton) y como corresponde al hombre que ha establecido su superioridad de una manera conveniente, metió ambas manos en sus faltriqueras y se dirijió, andando á saltitos hácia la puerta dándose humos de consumado espadachin.
La ante dicha Señora Corney habia ensayado el espediente del lloriqueo, por creerlo menos fatigoso que venir á las manos; pero con todo estaba completamente decidida á emplear este último medio como tuvo ocasion, de saberlo incontinenti Mr. Bumble. Un ruido sordo sorprendió á su oreja y al mismo tiempo su sombrero fué volando al otro estremo de la sala. Esta accion preliminar dejaba la cabeza de su dueño desnuda y la buena señora con una mano le cojió por el cogote y con la otra le asestó una lluvia de puñetazos sobre la desdichada cabeza con un vigor y una destreza poco comunes.
En esto la Señora Bumble dió algunos pasos atrás para arreglar la alfombra, que habia sido desordenada con los piés durante la lucha y Mr. Bumble se escapó sin dilacion de la sala.
Mr. Bumble quedó sumamente estupefacto y lindamente apaleado. Tenia una propension decidida en hacerse el fanfarron y esta propension le infundia cierto placer en ejercer una pequeña tiranía sobre los que le estaban subordinados: no necesitamos decir que era poltron.