Los Ladrones de Londres

Part 2

Chapter 23,913 wordsPublic domain

--Yo mismo Señora Mann. Tengo la costumbre de nombrar á nuestros espésitos por orden alfabetico. El anterior estaba en la S, y le llamé Swubble; este estaba en la letra T, y le dí el apellido de Twist; el que llegó despues se dijo Unwin; el que le siguió Vilkins, y asi sucesivamente. Tengo apellidos, acomodados hasta el turno de la Z, y luego el buen cuidado, de volver á empezar cuando se ha agotado el alfabeto.

--No es adular Señor Bumble, pero es preciso reconocer en vos una instruccion caudalosa.

--Es muy posible Señora Mann; --dijo el pertiguero plenamente satisfecho del cumplimiento --es muy posible; --y vació su vaso. --Ahora bien; siendo ya Oliverio demasiado grande para permanecer aquí, la Adminstracion ha decidido que vuelva á la casa, y yo mismo he venido á buscarlo; con que hacedle venir para que yo le vea.

--Voy á llevaroslo al instante. --dijo la Señora Mann saliendo de la sala.

Oliverio á quien se había desembarazado de una gruesa capa de grasa que formaba una costra en su rostro y en sus manos, (al menos, toda la que era posible quitar en una sola vez,) entró en la sala conducido por su benevola protectora.

--Saludad Señor Oliverio --dijo la Señora Mann.

El niño hizo un saludo, dividido entre el pertiguero sentado en la silla, y su sombrero de tres picos colocado sobre la mesa.

--¿Quieres venirte conmigo Oliverio? --dijo con magestad Mr. Bumble.

Este iba á responder que seguiria con sumo contento al primer venido, cuando alzando los ojos que por respeto había tenido hasta entonces inclinados al suelo, su mirada se encontró con la de la Señora Mann, que colocada tras la silla del pertiguero, le mostraba el puño con ademan furioso. Al momento comprendió perfectamente la insinuacion; ese puño habia oprimido demasiado amenudo su espalda para no tenerlo profundamente grabado en su memoria.

―Y ella vendrá conmigo? --preguntó el pobre Oliverio.

--No; no pueda ser. --respondió Mr. Bumble --pero vendrá á verte alguna vez.

Esto no era muy satisfactorio para Oliverio; pero apesar de su niñez tuvo bastante buen discernimiento para fingir un vivo pesar de marcharse. Tampoco le fué muy difícil llamar las lágrimas á sus ojos; el hambre y los golpes aun recientes son causas poderosas para excitar el llanto, y así lloró muy naturalmente. La Señora Mann le dió mil besos, y con ellos la cosa de que tenía mas necesidad; una rebanada de pan con manteca, temerosa de que no se mostrára demasiado famélico al llegar á la casa.

Con su pedazo de pan en una mano, y enganchándose con la otra á la manga de Mr. Bumble, Oliverio seguia como podia preguntando continuamente _si iban á llegar pronto_. Mr. Bumble respondia con tono breve y regañon; porque la dulzura momentánea que inspira el _grog_ en ciertos espíritus, se había evaporado en el corazon de Mr. Bumble, y habia vuelto á ser pertiguero. Apenas trascurrido un cuarto de hora despues de su llegada á la casa, Mr. Bumble vino á anunciarle que el _consejo_ estaba reunido, y que le esperaba en el _estrado_. Le mandó que lo siguiera, acompañando esta recomendacion con dos bastonazos. Oliverio llegó á una sala donde diez señores gruesos y gordos estaban sentados alrededor de una mesa.

―Saluda al _estrado_. ―Oliverio saludó.

―Como te llamas hijo?

Oliverio que no había visto nunca á tantos personages, y que ademas habia recibido de Bumble una fuerte bastonada por via de animacion, se puso á llorar. Todos aquellos señores le declararon idiota. Luego se le notificó que era huérfano, acogido por la parroquia; que estaba destinado á tomar un oficio, reducido á deshilar cuerdas viejas para hacer estopa. El pertiguero le condujo á una cuadra donde se durmió sobre un lecho muy duro, pues que las leyes suaves de ese buen país permiten á los pobres el dormir, poco es cierto; pero al cabo alguna vez.

En este mismo dia, mientras que Oliverio dormitaba en el seno de la inocencia, el consejo tomaba una resolucion que debia influir en su porvenir. En efecto, la Administracion se convenció de que los pobres estaban demasiado regalados; que la _casa_ era el _punto de reunion_ de los pasatiempos agradables, donde los almuerzos, las comidas y las cenas llovian durante todo el curso del año; un Eliséo en fin donde todo era placer. Entonces hicieron un reglamento por el que los pobres tenian el libre arbitrio, ó de morirse de consumcion y de hambre en la casa, ó mas prontamente fuera de ella. A este fin hicieron un contrato con la administracion de las aguas, para tener de ellas una provision ilimitada, y otro con un mercader de trigo que debia proporcionar de cuando en cuando una pequeña cantidad de harina de maiz, con la que ellos compusieron tres comidas de puches claros por dia, con una cebolla dos veces la semana, y la mitad de un panecillo el domingo.

Seis meses despues de la llegada de Oliverio á la casa el nuevo sistema estaba en plena práctica. Al principio se hizo costoso por causa del aumento de la cuenta del Empresario de entierros; pero el numero de los pensionistas disminuia considerablemente y la Administracion estaba encantada. A la hora de la comida cada muchacho recibia una escudilla rasa de puches y _pare V. de contar_; escepto los dias de fiesta, en los que recibia de plús dos onzas y cuartillo de pan. Nunca habia necesidad de lavar las escudillas, pues que los muchachos las pulian con sus cucharas hasta que eran bien brillantes; y cuando habian concluido esta operacion que no ecsijia mucho tiempo, fijaban sobre el caldero miradas tan avidas que parecian querer devorar hasta las baldosas que lo sostenian. Los desdichados comian tan poco, y se habian tornado tan voraces y tan salvages, que uno de ellos dió á entender á sus compañeros que á menos que no se le concediese otra escudilla de puches por dia, se veria en la necesidad de comerse una hermosa noche á su camarada de lecho. Diciendo esto tenia los ojos hoscos, y le creyeron capaz de hacerlo; por lo que se hicieron á las pajitas quien de ellos durante la cena iría á pedir al Escanciador una segunda escudilla de puches. La suerte cayó á Oliverio.

Apesar de ser un niño el hambre le habia exasperado. Se le vantó pues de la mesa, y alarmado el mismo de su temeridad, se adelantó hacia el Escanciador.

―Caballero; quereis hacerme el favor de otra?

El Escanciader se puso pálido y tembloroso. Miró al jóven _rebelde_ con un asombro estúpido. Los ayudantes quedaron estupefactos de sorpresa y los niños de terror.

--Que quieres? ―preguntó con voz alterada.

―Quisiera mas si os place, caballero. --respondió Oliverio.

El Escanciador asestó en la cabeza del muchacho un golpe con su cuchara de barro, lo cojió por el cogote y llamó al pertiguero á grandes voces.

Los Administradores estaban reunidos en _gran conclave_, cuando Mr. Bumble se precipitó fuera de si en la sala del consejo.

―Señor Limbkins! ―dijo dirijiéndose al caballero gurdo que ocupaba la silla de la presidencia. ―Perdon, si os interrumpo! Señor Limbkins, Oliverio ha pedido mas puches!

Un murmullo general se levantó en la asamblea; una expresion de horror se pintó en todos los semblantes.

―Ha pedido mas? ―dijo Mr. Limbkins. ―Calmaos Bumble, y respondedme claramente.

―Quereis decir que ha pedido mas despues de haber comido la racion que la regla de esta casa le señala?

―Si Señor! ―replicó Bumble.

―No cabe duda! Ese niño algun dia colgará de una horca. ―dijo otro hombre mas gordo y con chaleco blanco.

Nadie contestó á la profecía del orador. Se empeñó un vivo debate por resultado del cual se condenó á Oliverio á ser encerrado al momento, y á la mañana siguiente se fijó en el exterior de la puerta de la casa un anúncio en el que se prometían cinco libras esterlinas de recompensa al que desembarazara la parroquia del jóven Oliverio Twist ó en otros términos, se ofrecian cinco libras esterlinas con Oliverio Twist, á cualquiera (hombre ó mujer) que tuviese necesidad de un aprendiz para el comercio los negocios, ó todo otro oficio y estado fuera el que fuera.

--En mi vida estuve mas cierto de una cosa. --dijo á la mañana siguiente el hombre del chaleco blanco recorriendo con la vista el anúncio y llamando á la puerta de la casa de la caridad. --En mi vida estuve mas cierto de una cosa y es que ese niño algun dia colgará de una horca.

Proponiéndome hacer saber por la continuacion de esta historia si el hombre del chaleco blanco iba bien ó mal fundado en su suposicion, creeria destruir el interés del relato (suponiendo que lo haya,) aventurándome á insinuar desde ahora, si la vida de Oliverio Twist tuvo ó no este fin trájico.

CAPÍTULO III.

COMO OLIVERIO TWIST ESTUVO PROCSIMO Á COJER UNA PLAZA QUE PODIA MUY BIEN LLAMARSE UNA PREBENDA.

OCHO dias despues que Oliverio se hizo culpable del _crimen nefando_ de pedir mas puches, habitaba un camarachon obscuro, donde estaba encerrado en clase de prisionero, gracias á la _clemencia_ y á la _sabiduria_ de la Administracion. No seria fuera del caso suponer desde ahora, que por poco sentimiento de respeto que le hubiera merecido la prediccion del hombre del chaleco blanco, hubiera podido solidar una vez para siempre la reputacion profética de ese sabio individuo, atando á un gancho de la pared uno de los cabos de su pañuelo de faltriquera, y en seguida pasando el otro al rededor de su cuello. Con todo; para llegar á este resultado habia un inconveniente. Considerados los pañuelos como _artículos de mero lujo_ se habian suprimido para entonces y para siempre; y de consiguiente se habían eliminado de la nariz de los pobres por órden expresa emanada de la Administracion reunida á este efecto en consejo pleno; cuya órden se dió solemnemente, se aprobó, firmó y rubricó por cada uno de los miembros del consejo y se revistió con el sello de la Administracion.

Otro obstáculo mayor para Oliverio era su juventud y su inexperiencia. El pobre niño se contentaba con llorar amargamente todo el dia, y cuando llegaba la noche fria y lenta, estendia sus manecitas ante sus ojos para no ver la obscuridad y se acurrucaba en un rincon para poder lograr el sueño.

Guárdense de suponer los enemigos del _nuevo sistema_ que se privó á Oliverio de la gracia del ejercicio, del goce de la sociedad y de las ventajas reales de un consuelo religioso, durante el tiempo de su reclusion. En cuanto al ejercicio, le era permitido ir cada mañana con un frío helado, pero sano, á un patio empedrado para lavarse bajo el chorro de una bomba, en presencia de Mr. Bumble, quien para impedir que le cogiera un reumatismo, le facilitaba una viva sensacion en todo el cuerpo, distribuyéndole algunos bastonazos con una liberalidad poco comun. En cuanto á la sociedad; cada dos dias venia al refectorio durante la comida de los niños para ser azotado públicamente, con el fin de servir de ejemplo y de leccion en el porvenir; y muy lejos de privarle de las ventajas de un consuelo religioso, se le introducia á punta pies en el mísmo sitio á la hora de la oracion de la noche, durante la cual podia á su gusto beatiticar su alma prestando oidos á una _formula_ añadida á la oracion ordinaria, por órden expresa de la Administracion. Por medio de este suplemento de rogativa, los niños pedian á Dios con fervor, les hiciera la merced de ser buenos, virtuosos, contentos y obedientes, y les preservára de las culpas de Oliverío Twíst, á quien la formula conceptuaba sujeto al patronato esclusivo, á la proteccion y al poder del demonio y como salido el mismo de la fábrica de Satanas.

Mientras que los asuntos de Oliverio se hallaban en este estado faborable, y se presentaban bajo tan hermoso aspecto, sucedió que Mr. Gamfield, limpia chimeneas, se dirijía á la calle Mayor pensando seriamente en los medios de pagar muchos plazos vencidos de alquileres, por los cuales su casero, se iba haciendo cada dia mas cocora. A pesar de los vastos conocimientos de Mr. Gamfield en aritmética , no podia llegar á la resolucion de la suma de cinco libras esterlinas (montante de su deuda); y en un rapto de frenesí matemático, golpeaba alternativamente su frente y á su jumento, cuando al llegar frente la casa de Caridad, sus ojos se encontraron con el anuncio fijado en la puerta.

―So! o . . . o . . . o . . . so! ―dijo el limpia chimeneas dirigiéndose á su burro.

--El _caballero_ del chaleco blanco estaba en el lindar de la puerta con las manos tras la espalda, viniendo de pronunciar sin duda un discurso soberbio en la sala del consejo. Habiendo sido testigo de la pequeña discusion entre Mr. Gamfield y su asno, sonrió graciosamente al ver al primero leer el anúncio, pues pensó al momento que ese era el género de amo que convenia á Oliverio. Mr. Gamfield sonrió tambien para sus adentros recorriendo el anúncio; porque cabalmente cinco libras esterlinas formaban la suma justa que necesitaba; y por lo que toca al niño que era necesario cargarse á cuestas, el limpia chimeneas pensó que con el régimen de vida, á que habia sido ajustado , debia tener una talla capaz para pasar las chimeneas mas estrechas. Releyó pues por segunda vez desde la cruz á la fecha el anúncio y llevando la mano á su gorra de pelo de nutria se arrimó con el mas profundo respeto al _caballero_ del chaleco blanco y le habló en estos términos:

―Perdon, caballero! ¿No es aqui que hay un niño á quien la parroquia quisiera colocar de aprendiz?

--Si buen hombre. --dijo el otro con una sonrisa graciosa --Que le quereis?

--Si la parroquia quisiera darle un oficio agradable y muy fatigoso en el arte de limpiar chimeneas por ejemplo; yo lo tomaria de muy buena gana; porque cabalmente necesito un aprendiz.

--Entrad. --dijo el hombre del chaleco blanco.

Mr. Gamfield despues de haber retrocedido algunos pasos para soplar á su rucio un nuevo golpe en la cabeza y una nueva sacudida en la quijada, por via de advertencia de que no se meneara durante su ausencia, siguió al _caballero_ del chaleco blanco basta la sala, donde Oliverio Twist lo habia visto por primera vez.

--Es un oficio bastante sucio! --dijo Mr. Limbkins despues que Gamfield hubo expuesto de nuevo su pretension.

--Parece que ya ha habido muchachos ahogados en las chimeneas. --dijo otro.

--Porque se mojaba la paja antes de encenderla para hacerlos bajar de ellas --dijo Gamfield. --Todo era humo sin llama . . . Además, de nada sirve el humo para hacer bajar un muchacho de una chimenea; al contrario no es bueno sino para adormecerle que es lo que quiere. Los niños, como saben Vds. señores, son perezosos y obstinados como el diablo; nada mejor que una buena llama para afufarles. Sobre todo es hacerles un gran favor por que á la verdad Señores, el asarles una miaja las plantas de los pies cuando se han aletargado en la chimenea, es muy del caso para hacerles deslizar con mas rapidez.

El hombre del chaleco blanco se mostró muy satisfecho de esta esplicacion; pero una mirada de Mr. Limbkins reprimió instantáneamente su contento. Los miembros del consejo continuaron hablando entre si por algunos momentos; pero tan bajo que estas palabras: _procuremos la economia_ . . . _veamos el libro de cuentas_ . . . _hagamos imprimir una informacíon_, fueron las solas que pudieron oirse; porque se repitieron muy amenudo y con mucho enfasis.

Al cabo cesó el cuchicheo y habiendo recobrado los miembros del consejo, cada uno su silla y su dignidad, Mr. Limbkins tomó la palabra:

--Hemos discutido vuestra proposicion y no la admitimos. --dijo á Gamfield.

―De ningun modo. --añadió el caballero del chaleco blanco.

--Despues de bien meditado; no. --concluyeron los demas miembros.

Como Mr. Gamfield tenia fama de haber apaleado á tres ó cuatro muchachos hasta matarlos, le vino á las mientes que tal vez los miembros del consejo por un capricho inconcebible se habian imaginado que esta circunstancia, (de ningun valor para ellos) debia con todo influir sobre su conducta en esta ocasion. No siendo así hubiera sido muy contrario á su modo acostumbrado, de obrar y de pensar. Además, como no tenia ningunas ganas de atizar la fama publica, se alejó lentamente de la mesa revolviendo su gorra entre sus manos.

--Con que no quereis dármelo caballeros? --dijo parándose en el lindar de la puerta.

--No. --contestó Mr. Limbkins. --Siendo un oficio sucio, nos parece que deberiais tomar algo menos de la suma ofrecida en el anuncio.

Los ojos del limpia chimeneas brillaron de gozo y dijo volviendo atrás:

--Veamos caballeros, que es lo que Vds. quieren dar? Que diablos! No sean Vds. tan duros para un pobre diablo como yo. Que quieren Vds. dar?

―Creo que tres libras diez chelines, son bastantes. --dijo Mr. Limbkins.

--Vamos --repuso Gamfield --sean cuatro libras y quedan Vds. desembarazados de una vez para siempre. Vamos caballeros!

--Tres libras diez chelines. --repitió Mr. Limbkins con firmeza.

--Pues bien! partamos la diferencia caballeros. --insistió Gamfield. --Digamos tres libras quince chelines.

--Ni un _liard_ de mas! --Tal fué la respuesta de Mr. Limbkins.

--Están Vds. conmigo azás rigurosos caballeros! --dijo el limpia chimeneas titubeando.

En fin, despues de un ligero debate se acordó la venta, y Mr. Bumble recibió el encargo de llevar Oliverio Twist con una acta de aprendizage, que debía ser aprobada y firmada por el magistrado en la tarde del mismo dia.

Por resultado de esta determinacíon el pequeño Olíverio fué librado de su cautiverio con gran asombro de su parte, y recibió la órden de ponerse una camisa blanca. Apenas había concluido este ejercicio gimnástico, (al que se entregaba rara vez) cuando Mr. Bumble le presentó con sus propias manos una escudilla de puches, y la racion de los dias festivos; esto es, dos onzas y cuartillo de pan, lo que viendo Oliverio se puso á llorar amargamente, considerando naturalmente que era necesario una resolucion de matarlo para algun fin ventajoso; pues de lo contrario no se empezaría por engordarlo de tal modo.

--No te hagas el cariacontecído. --dijo Mr. Bumble afectando un aspecto magnánimo ―Come y sé agradecido Oliverio . . . Vas ha entrar de aprendiz hijo mio!

--De aprendiz caballero! --preguntó el niño con voz temblorosa.

―Si Oliverio! Los hombres _sensibles_ y _generosos_ que son para ti cual otros nuevos padres, pues que te ves privado de los tuyos, van á colocarte de aprendiz; á lanzarte en el mundo y hacer de ti un hombre, apesar de las tres libras diez chelines que ello cuesta á la parroquia! Tres libras diez chelines Oliverio! Sesenta y dos chelines! Ciento cuarenta monedas de seis sueldos! Y todo esto por quien? Por un bergante, un mal espósito á quien todo el mundo detesta!

Mr. Bumble se paró para recobrar el aliento, despues de haber recitado esta arenga con tono magistral; copiosas lágrimas rodaron por las mejillas del pobre niño y sollozó amargamente.

―Vamos! --dijo Mr. Bumble con acento mas cariñoso, ufano del efecto producido por su elocuencia --vamos Oliverio; enjuga tus ojos con la manga de tu chaqueta, y no llores de este modo sobre tus puches. Es una bestialidad el llorar como lo haces en tus puches! ―(efectivamente era una bestialidad) sobraba el agua en sus puches.

Mientras se dirijian al tribunal, Mr. Bumble insinuó á Oliverio que debia mostrarse muy contento, y cuando el caballero magistrado le preguntase si era de su gusto el entrar de aprendiz responder que lo deseaba de todo corazon. Oliverio prometió conformarse á una y á otra de las dos recomendaciones, tanto mas porque el pertiguero le dió á entender con mucha destreza que si fallaba no respondía de los resultados. Llegados al despacho del magistrado, el niño fué encerrado y dejado solo en un gabinete con la órden de esperar la vuelta de Mr. Bumble. Allí quedó durante media hora con el corazon palpitante de temor, pasada la cual aquel entreabrió la puerta y alargando su cabeza desprovista del sombrero de tres picos dijo de modo que pudiera ser oído: ―Amigito? ven á presentarte al Señor Magistrado. ―Luego tomando un aspecto amenazador añadió en voz baja ―Bribonzuelo! cuidado con olvidar lo que te tengo dicho!

Oliverio miró á Mr. Bumble con aire de babiéca, sorprendido de un modo de hablar tan contradictorio; pero ese digno sujeto no le dió tiempo para hacer comentario alguno sobre este punto y le introdujo en una pieza vecina cuya puerta estaba abierta. Esta era una sala espaciosa alumbrada por una gran ventana. Detras de la balustrada dos viejos señorones con la cabeza empolvada estaban sentados en un bufete. El uno leía un periódico, y el otro con la ayuda de un par de anteojos de concha, recorria una oja pequeña de pergamino colocada ante el. A un lado y frente el bufete, se mantenía tieso Mr. Limbkins, y en el otro, Mr. Gamfield con su cara embadurnada de hollin; dos ó tres cara de pascuas con botas de vueltas de ante (ó a la Imperial.) se pavoneaban en el mismo centro de la sala.

El viejo de los anteojos se adormeció por grados sobre el pergamino y reinó un momento de silencio despues que Mr. Bumble hubo colocado á Oliverio frente el bufete.

―Aquí está el niño Señor Magistrado. ―dijo Bumble.

El viejo que leia el periódico, se ladeó un poco y logró despertar al otro tirándole de la manga.

―Ah! ¿es el niño? ―dijo este.

--El mismo. ―respondió el pertiguero. --Amigito; saluda al Señor Magistrado!

Oliverio se revistió de valor é hizo el mejor saludo posible en él. Fijos sus ojos sobre las cabezas empolvadas de los magistrados, se preguntaba á si mismo, si acaso todos los miembros del tribunal de justicia nacian con esa materia blanca en los cabellos, y por esto llegaban á ser magistrados.

--Esta bien. --repuso el de los anteojos ―Creo que tendrá aficion á limpiar chimeneas.

--Se muere por lograrlo Señor Magistrado. --replicó Bumble pellizcando de lo lindo á Oliverio para insinuarle que obraria bien en no decir lo contrario.

--Con que _quiere_ ser raspa hollines? ―preguntó el magistrado.

--Por mas que hiciéramos para obligarle á tomar otro oficio á la mañana siguiente nos dejaria burlados. --respondió Mr. Bumble.

--Y es ese hombre quien vá á ser su maestro? Vos Señor? Es cierto que lo tratareis bien? que lo alimentareis bien y que tendreis mucho cuidado de él?

--Cuando se dice que se hará; prueba que hay intencion de hacerlo. --repuso Gamfield con aire bestial.

--Teneis la palabra viva y el tono brusco amigo; pero me pareceis franco y honrado. --dijo el magistrado apuntando sus anteojos al pretendiente á la prima prometida en el anúncio, cuyo semblante innoble llevaba impreso el sello de la crueldad; pero como el magistrado era medio ciego y medio niño, no hay que asombrarse de que no discerniera, lo que cualquiera podia distinguir al momento.

--Lo soy una miaja, con mucha vanagloria! --dijo el limpia chimeneas con una sonrisa espantosa.

--No lo dudo. --dijo el magistrado fijando sus anteojos en la punta de las narices, y buscando con la vista el tintero.

Este era el momento crítico para la suerte de Oliverio. Si el tintero hubiese estado en el sitio en que le creia el magistrado, indudablemente hubiera sumerjido en el su pluma, hubiera firmado el acta, y Oliverio hubiera sido llevado sin mas dilacion; pero como cabalmente estaba bajo sus ojos, es de aqui que naturalmente lo buscó por todo el pupitre sin poder encontrarlo. En esta pesquiza fijó la vista en linea recta ante si y su mirada se encontró con el rostro pálido y lívido de Oliverio, quien apesar de los guiños significativos y las advertencias _edificantes_ de Mr. Bumble, que continuaba en pelliznarle, contemplaba con una espresion de horror mezclada de espanto la fisonomía repugnante de su futuro patron. Esta espresion era demasiado significativa para que un magistrado por ciego que fuera dejase de apercibirla.

El viejo cesó en sus pesquizas; dejó su pluma sobre la mesa y miró alternativamente á Oliverio y á Mr. Limbkins, quien tomó un polvo afectando un aire candido é indiferente á la vez.

--Hijo mio! --dijo el magistrado inclinándose sobre el pupitre.