Los Indios, su Historia y su Civilización
Part 9
En las principales ciudades había escuelas, y los historiadores refieren que en el Quiché hubo un seminario con setenta maestros y unos cinco mil alumnos, sostenido á expensas del tesoro real.[74] Los hijos de los nobles recibían una educación más esmerada, de tal suerte, que según los cronistas, se les iniciaba en los misterios y ritos de su religión; estudiaban el derecho, la moral, la música, el arte de la guerra, la astronomía, la astrología, la adivinación, la medicina, la poesía, la historia, la escritura pictórica y los demás ramos del saber que les eran conocidos. Las hijas de los nobles eran tenidas en estricta reclusión, y se las instruía cuidadosamente en todas las materias que debía saber una señora maya[75].
[74] Juarros, Hist. Guat.ª, p. 87; Brasseur de Bourbourg, Hist. Nat. Civ. T. II. p. 569.
[75] Landa, relación pp. 42-4; Carrillo in Soc. Mex. Geog. Boletín, 2.ª época t.º III p. 269; Norelet, Voyage, t.º I, p. 191; Brasseur de Bourbourg. Hist. Mat. Civ., t.º II, pp. 61-2.
El erudito historiador norteamericano Mr. Bancroft[76], del cual he tomado los precedentes datos, contiene interesantes noticias acerca de la educación de la juventud y de las escuelas de los indios en Guatemala, que harto demuestran el alto grado de importancia relativa que la instrucción pública alcanzó en las antiguas naciones civilizadas de este continente.
[76] Volume II, page 661. Native races of the Pacific states.
No obstante todo eso, siempre eran supersticiosos nuestros indios, y así los quichés, á estilo de los romanos, clasificaban los días en fastos, nefastos é indiferentes[77], y aceptaban la división del tiempo que idearon los tultecas. Eran en un principio los meses ó lunaciones de veintiséis días, subdivididos en períodos de trece, y más tarde, acomodándose al curso del sol, pusieron su calendario con los mismos dos períodos de trece días, no como divisiones astronómicas, sino como semanas. Los cakchiqueles tenían también su cómputo de meses, dividiendo el año en dieziocho, de veinte días cada uno, resultándoles trescientos sesenta días, á los cuales tenían que agregar cinco más, sin darles nombre. Las seis horas que sobran, y que obligan á aumentar un día en los años bisiestos, fueron conocidas por los indios. No están de acuerdo los autores en la fecha en que comenzaba á contarse el tiempo; pero parece que sería el 19 de noviembre, según el curioso calendario de Hernández Spina, ó el 24 de diciembre, según Basseta.
[77] Calendario de Vicente Hernández Spina. Véase colección de documentos históricos, del Dr D. Mariano Padilla, en la Biblioteca Nacional.
Los sacerdotes escribían libros, y en Guatemala, según enseña Benzoni, de lo que más se sorprendieron los indios, fué de la manera de leer y escribir de los españoles. Pedro Martyr hace una descripción detallada de los libros de los aborígenes, describiendo los caracteres[78] de que se valían y las materias que empleaban para fabricar una especie de papel, que según se sabe, lo hacían los _amatitanecos_ de la corteza del _amate_ ó _amatl_. Los pobladores de Nicaragua, al tiempo de la conquista, tenían efemérides escritas, por medio de pinturas en colores sobre pieles y papeles, muy semejantes al de los Nahuas, pueblo del que los nicaragüences eran descendientes.
[78] Piter Martyr, dec IV, lib, VIII, ó edición latina de Cologne, 1574, pag. 354.--Brasseur de Bourbourg. M. S. Troano, t.º I, pp. 2-3. Gómara, Conq. de Méjico, t.º I. p. 424.
Del maya aborigen sólo tres manuscritos se conservan, á saber: _el manuscrito mejicano_, que se halla en la Librería Imperial de París; _el Código de Dresden_, que forma una de las joyas históricas de la Biblioteca Real de esa ciudad; y _el Manuscrito Troano_, que se encuentra en una tira de papel de maguey, de catorce piés de largo y nueve pulgadas de ancho, y que fué descubierto por Brasseur de Bourbourg.
En ciencias naturales tenían algunos conocimientos prácticos los aborígenes, que se niegan siempre á revelar. Ellos han conocido, y conocen, plantas medicinales admirables. Curaban la sífilis con una decocción de _guayacán_[79]; para catarros, rehumas, toses y otras dolencias, usaban el tabaco[80]; para enfermedades cutáneas recetaban una masa de gusanos ponzoñosos[81]; para llagas y escoriaciones, aplicaban lociones de una yerba llamada _coygaraca_, junto con hojas molidas de _moxot_[82]; á los heridos en las batallas, los sanaban por medio de medicinas externas[83]; el cacao, después de extraída la manteca, se consideraba como preventivo contra los venenos[84]. Eran muy entendidos en la manera de curar otras enfermedades, como se verá en el capítulo siguiente, en el cual me propongo tratar este punto por extenso.
[79] Oviedo Hist. Gral., t.º I p. 365
[80] "Hay en esta tierra mucha diversidad de yerbas medicinales conque se curan los naturales: y matan los gusanos, y con que restriñen la sangre como es el Piciete, por otro nombre tabaco, que quita dolores causados de frío, y tomado en humo es provechoso para las rehumas, asma y tos; y lo traen en polvo en la boca los indios y los negros, para adormecer y no sentir el trabajo."--Herrera, Hist. Gen. dec. III, libro VII, cap. III.
[81] Hacen en el (Atiquizaya) una masa de gusanos hediondos y ponzoñosos, que es maravillosa medicina para todo género de frialdades, y otras indisposiciones." Id. dec. IV, libro VIII, cap. X.--
[82] Oviedo. Hist. Gral.; t.º I, pp. 385.3
[83] "Curaban los heridos con polvos de yervas ó carbón que llevaban para ésto" Herrera. His. Gen., dec, III, lib. IV, cap. VII.
[84] Oviedo. His. Gen. t.º I, p. 321.--
En astronomía tuvieron los indios muchos conocimientos; en cerámica y joyería dejaron riquísimos trabajos; en el arte de tejer eran muy curiosos, y fabricaban telas preciosas de plumas, según podrá notarse al tratar, en la presente obra, del estado en que se hallaban las naciones de Centro-América á la venida de Cristóbal Colón.
Como los pueblos orientales, eran los originarios del Nuevo Mundo muy dados á las obras de imaginación y esparcimiento. "La poesía, esta flor que brota siempre en el corazón de los pueblos jóvenes, que crece al calor de las rosadas ilusiones de la adolescencia, que toma los colores de la naturaleza en que nace, sus acentos de los ruidos que forman las aves, las cascadas y los bosques movidos por el viento; ¡cuán bella y majestuosa no se ostentaría entre los primitivos pobladores de América, de este gran mundo, que conservaba aún intacto el sello de la mano de Dios!
Nosotros, hombres nacidos en medio de una civilización que se empeña en reformar la naturaleza, en contrariarla y en vencerla, apenas si podemos imaginar siquiera las impresiones que experimentaría el alma virgen y robusta de los aborígenes, á la vista de cataratas como la del Niágara ó del Tequendama, de volcanes como el Popocatepetl ó el Masaya, de lagos como el Titicaca ó el Ontario, ó de montes como el Chimborazo ó el Tupungato, de selvas como las que cubrían casi todos los países americanos.
Suponer que hombres colocados en teatros tan espléndidamente decorados hubieran vivido mudos y fríos, ajenos á ese entusiasmo del alma y á esa plenitud del corazón, que son dondequiera que existan seres racionales, la inagotable fuente de la más encantadora poesía, es un absurdo igual á suponer, que el sol de los trópicos no produzca vegetación exhuberante y frutas exquisitas, que los mares, los lagos y los ríos de América, no hubieran contenido variedad infinita de peces, y las inmensas selvas no hubieran servido de morada á multitud de aves de hermosas plumajes y cantos suavísimos.
La poesía es tan natural al hombre como el nadar á los peces y el volar á las aves. Dondequiera que descubre en torno suyo algo que amar ó que admirar, la poesía nace fatalmente del fondo del alma, formándose en cantos más ó menos simétricos y delicados, pero siempre hermosos y robustos.
Desde el groelandés que canta las delicias de su hogar de nieve y sus luchas con los osos blancos en las latitudes polares, hasta el árabe que refiere en los oasis de sus desiertos abrasados, los estragos de su espada, las glorias de su tribu, la rabia de sus celos ó las delicias de su amor; desde las montañas cubiertas de bruma en que resuenan las melodías del ciego de Morvín, hasta los países donde florece el loto, en todas partes la poesía aparece, como el sol, dando calor y vida, ó, como la luna, sirviendo de confidente suave y meláncolica á los sentimientos del alma.
Siendo esto así, si es cierto que la poesía en los pueblos nacientes es como la sonrisa en los niños, la primera manifestación del alma humana ¿cómo poner en duda que sociedades tan adelantadas y cultas como las que formaban los imperios de Moctezuma y Atahualpa, donde las artes útiles para la vida, donde las ciencias mismas y la organización política y civil habián alcanzado un notable desarrollo, cómo dudar, repetimos, que en tales sociedades no existiese la poesía, esta compañera inseparable aun de las tribus más bárbaras é incultas?
Si la magnificencia de las cortes de Méjico y del Cuzco, si las conquistas dilatadísimas de los ejércitos peruanos y aztecas, si la fe viva y la religiosidad de aquellos pueblos, debieron servir de tema á las composiciones de los poetas indígenas y ofrecer un vasto material á su genio, no debieron ser menos favorecidos por la perfección y adelanto del idioma en que componían. Sabido es el grado de armonía y riqueza á que había llegado la lengua de los antiguos mejicanos, y hoy mismo puede el viajero admirar la suave cadencia de la lengua quichua en las sierras del Perú y del Ecuador.
Nada tiene, pues, de extraño que los historiadores españoles den testimonio de la existencia de poetas y de poemas en casi todas las comarcas que descubrieron y conquistaron. Lo que sí sorprende es su incomparable desidia para consignar esas poesías; lo que admira y contrista es contemplar los escasísimos fragmentos que de ellas han llegado hasta nosotros.
Los historiadores que hablan de los _avaricos_ ó poetas peruanos, no nos han transmitido ni una pequeña muestra de sus inspiraciones, y el inca Garcilaso, bastante digno de fe en lo que atañe á las costumbres de los indios, asegura que en la corte del Cuzco la representación dramática era una de las principales diversiones de la más alta sociedad.
En cuanto á Méjico, las odas atribuidas á Nezahualcoyotl, que se han salvado de la universal ruina, demuestran evidentemente que aquella poesía, no sólo había alcanzado un alto grado de perfección, sino que talvez no sería difícil descubrir en ella algunos síntomas de decadencia.
Fuera de Méjico y del Perú, no podrían citarse de otros países americanos más que algunas imperfectas y brevísimas muestras, sólo dignas de atención en cuanto revelan, por una parte, cuán abundante sería la poesía indígena cuando encontramos muestras de ella hasta entre los feroces prehuenches; y, por otra, atestiguan indirectamente el inmenso valor de lo que se perdió para siempre con la ruina de los imperios de Méjico y del Perú.
Aunque es muy común la opinión que asigna como un carácter distintivo á la poesía quichua, un sentimentalismo constante y exajerado, no es difícil descubrir que tal juicio toma erradamente por base la literatura del Perú indígena tal como ella se ha manifestado después de la conquista, y no tal cual debió ser bajo el cetro feliz y glorioso de los antiguos incas. No hay, á lo menos, razón de algún valor para suponer que los poetas peruanos de aquella época sólo se ejercitasen en la poesía erótica, que es la única cultivada al presente. Por el contrario, tenemos para creer lo contrario, el testimonio ya citado del historiador Garcilaso, y la única muestra de poesía lírica que se ha conservado de una época indisputablemente anterior á la conquista, no pertenece al género de los _tristes_ ó _yaravíes_ modernos.
Lo natural, pues, es suponer que la antigua poesía quichua abundaba en composiciones de los géneros más variados, y que, si el amor tuvo, como en todos tiempos y países, inspirados cantores bajo el reinado de los hijos de Manco no faltaron tampoco himnos sagrados que ensalzasen la grandeza del Padre Sol, ni cantos bélicos para empujar á los soldados hacia el enemigo ó encaminar sus heroicos hechos cuando volvían desde Quito ó desde Chile cubiertos de gloria y de despojos.
Empero, cuando hubo sonado la última hora de vida para aquel poderoso imperio; cuando los descendientes de los godos destruyeron en pocos años aquella civilización original y adelantada; cuando, junto con su poder, perdieron los peruanos su independencia, su religión y hasta su dignidad de hombres hechos á la imagen de Dios, toda la actividad que aún yacía en el fondo de aquella raza infortunada, se concentró en el corazón para llorar, á toda hora y desde la cuna hasta el sepulcro, las pasadas glorias comparadas con las presentes y futuras miserias.
Después de la conquista, ni era fácil que los indios tuviesen inspiraciones que no fuesen inspiraciones de dolor, ni los españoles habrían tolerado jamás la osadía del que hubiese intentado cantar las hazañas, las glorias, las grandezas, algo, en fin, que no fuese el abatimiento y la ruina de los enemigos de Cristo, de los idólatras adoradores del Sol. Testigo de ello Jacinto Collahuazo, ilustre indio, hijo de Imbabura, en el Ecuador, que, por haber escrito una interesante historia, fué maltratado y reducido á prisión después de haber visto quemar su libro en la plaza pública, para escarmiento de sus hermanos y como justo castigo "_por haberse metido en cosas que no convenían á un indio_."
Así se explica no sólo la muerte de la poesía quichua, sino también la pérdida de las antiguas composiciones. "Es probable que los que castigaban tan severamente á los autores, no se mostrasen más indulgentes con los recitadores; y que así, aun los cantos más populares, fueran poco á poco cayendo en el olvido."[85]
[85] Apuntes sobre la poesía indígena de América, por Zorobabel Rodríguez.
La conquista de América por razas europeas, hundió para siempre en los antros del tiempo la civilización aborigen de este Continente, á fin de ceder el campo, en el transcurso de las edades á otra civilización y á otras costumbres; á otras generaciones de diversas gentes, que traían al Nuevo Mundo el germen de nueva vida y la simiente de la libertad y del progreso.
En medio de la naturaleza exuberante de estas comarcas indianas, iluminadas por los resplandores de ardientes penachos que coronan las cúspides de montes altísimos; en las márgenes de arenas de oro de los caudalosos é imponentes ríos, que se desploman en espumantes cascadas, en los deliciosos valles esmaltados de perennal verdura; á la sombra del agreste pino, del olmo y de la ceiba; en esta tierra, que se llamó después americana, y que conserva el sello del perdido paraíso, vivía feliz el indio, congregado bajo el cetro de reales estirpes. Aquellos pueblos jóvenes, inspirados por cuanto se extendía ante sus ojos, cultivaban á pesar de su rudeza, la flor divina de la poesía, que brota siempre al calor del sentimiento, doquiera que haya corazones que laten, ilusiones que halagan, penas que hieren.
Teñíanse sus cantos del variado color del lugar donde nacieron, y tomaban los matices del cielo sereno y transparente que cubre estas regiones: eran el eco del gorjeo de las aves; del susurro del viento, al sacudir los pinos, cual si fuesen las arpas del desierto; del murmullo de los arroyos, al mezclarse con los blandos suspiros de las flores; del rugido de las tempestades, evocando los primeros días del mundo. Aquella poesía popular, expontánea, inspirada en la naturaleza, debió de ser la manifestación de las vitales energías de primitivas razas; el tesoro de sus tradiciones; el arca santa de sus recuerdos; el arco iris de sus esperanzas. ¡Qué bella luciría aquí todas sus galas esa diosa tutelar de las naciones, que llora sus glorias, canta sus tristezas y augura sus infortunios!
Entre esos vagos presentimientos, aterraba á la raza indígena la idea siniestra de que alguna vez sería sierva de valerosos conquistadores, y el fantasma sombrío que mostraba con aterida mano las oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro de las vírgenes cakchiqueles. Sonó al fin en la historia la hora nefasta de la desolación y de la ruina, como suena en el corazón del moribundo el postrer eco de los entrecortados estertores de la vida. La raza indígena sucumbió al rudo empuje de otras razas, venidas de allende el mar; y entre el humo de los combates homéricos; y los torrentes de sangre que tiñieron el Xequijel; y los ayes de Tecum; y los suspiros de Ashumanché; y los vítores de las huestes castellanas al audaz conquistador; y la hecatombe producida por una de las más grandes epopeyas que presenciaron los siglos;--perdiéronse ¡ay! aquellas rosas silvestres que esmaltaban esta tierra, aquellos cantos primitivos, aquellas poéticas reminiscencias, que forman la historia en sus obscuros comienzos. Es que los pueblos que no cantan, son como los corazones que no palpitan. La poesía, alborada de la vida, es el postrer suspiro de la existencia. Una raza sin autonomía y sin libertad, es una raza muerta para el espíritu, muerta para el sentimiento. Cuando enmudecen las arpas, reina el silencio de las tumbas y se apagan los rayos del lucero de la esperanza.
El exterminio fué casi completo en las regiones que los ingleses subyugaron, y no quedan rastros siquiera de la primitiva raza allí, donde al borde de un abismo, desplómanse en hórrido estallido las cataratas del Niágara. Perdiéronse, con las brumas del Ontario y los vapores de ténue gasa del pintoresco río San Lorenzo, hasta los ecos de aquellos cantares que, ante la naturaleza expléndida, exhalarían los primeros dueños de las selvas y llanuras del Norte del Continente. Los _peregrinos_ que vinieron en la "Flor de Mayo" á la roca de Plymouth, si no obligaron á los indios de primas á primeras á creer en Jesucristo, como el fraile Valverde pretendió hacerlo con el inca del Perú, los ahuyentaban á balazos y los cazaban como á bestias feroces.
Con la muerte de los últimos reyes de la raza indígena de América, se ocultaba también en la noche del olvido, su poesía popular, como medrosa del estrépito de los conquistadores, y de la inclemente saña con que, al derribar sus ídolos, no se saciaban recibiendo la ofrenda de montañas de oro, arroyos de sangre y manadas de siervos.
En las faldas del Popocatepetl divísase aún la humilde choza de cañas y paja del azteca descendiente de reales estirpes; boga melancólico por el bellísimo lago de Atitlán, en estrecho _cayuco_, el hijo de los príncipes cakchiqueles; y el soberbio inca recorre, con la cabeza oprimida por el _mecapal_, los bosques sombríos de sus padres, los opulentos quichuas; pero ni el adorador del sol canta, ni guarda los poemas de Manco Capac; ni el creyente en los misterios del Popol-buj conserva el tesoro de la poesía de sus mayores; ni la enervada prole de Moctezuma guarda completa la tradición de las vírgenes que salvaron á Nezahualcóyotl. Es que muere el quetzal al ver rotas las plumas de su cauda, y desfallece el águila, cuando sujeta, no puede sacudir sus alas por el espacio del éter. El indio vive, es verdad, en esas orientales tribus, pero vive cual la planta silvestre que arrima sus renuevos á exótico arbusto y esconde sus amarillentas hojas en el artístico arriate del vergel. El indio guarda algunas de sus tradiciones; pero las oculta, como si fueran ocasión de anatema y evocaran una irreparable catástrofe para aquella raza desgraciada.
Aún tributa culto á sus dioses; pero lo hace á hurtadillas, bien así cual si sus preces hubieran motivado la hecatombe de sus progenitores. Imita idolátricamente las formas del culto de quienes lo conquistaron, sólo como para no ofrecer nuevo pretexto á la crueldad inaudita con que sus creencias fueron castigadas. Conserva sus primitivos idiomas; porque lo último que se extingue en las colectividades humanas, es la lengua, reflejo de la fisonomía moral de los pueblos.
En todas las poblaciones principales tenían los indios edificios destinados á representaciones dramáticas, compuestos de un terraplén descubierto y situado en la plaza del mercado ó en el atrio inferior de algún templo, pero bastante alto para poder ser visto por los espectadores. Uno de los más espaciosos era, según dice Cortés, el que había en la plaza de Tlatclolco construido de piedra y cal.
No faltan algunos anticuarios, tan amantes de todo lo que se refiere á la primitiva grandeza americana que, como Boturini, hacen pomposos elogios de las composiciones que los indios representaban. Este escritor asegura que, entre las cosas más curiosas de su museo, tenía dos dramas sobre las apariciones de la madre de Dios al neófito mejicano Juan Diego, en los que se notaba singular dulzura en el lenguaje y delicadeza en los pensamientos.
Sin embargo, no es verosímil que observasen las reglas del drama, ni que propiamente mereciesen ese nombre aquellas composiciones tan rudas como primitivas. Antes bien, pienso que la descripción que hace el P. Acosta de los teatros de los indios y de sus representaciones, es más conforme con el carácter de aquellos pueblos. Hablando de las que se daban en Cholula, con motivo de la fiesta del dios Quezaltcoatl, dice: "Había en el atrio del templo de aquel dios, un pequeño teatro de treinta piés en cuadro, curiosamente blanqueado, que adornaban con ramos y aseaban con el mayor esmero, guarneciéndolo con arcos de plumas y flores, y suspendiendo en ellos pájaros, conejos y otros objetos curiosos.
Allí se reunía el pueblo después de comer. Presentábanse los actores, y hacían sus representaciones burlescas, fingiéndose sordos, resfriados, cojos, ciegos y tullidos, los cuales figuraban ir á pedir la salud al ídolo.
Los sordos respondían despropósitos; los resfriados tosiendo, los cojos, cojeando; y todos referían sus males y miserias, con lo que excitaban la risa del auditorio. Seguían otros actores que hacían el papel de diferentes animales, unos representando escarabajos, otros sapos, otros lagartijas, etc. Venían después unos muchachos del templo, con alas de mariposas y de pájaros de diferentes colores, y subiendo á los árboles, dispuestos al efecto, les tiraban los sacerdotes con pequeñas bolas de tierra, por medio de las _cerbatanas_, añadiendo expresiones ridículas en contra de los unos y en favor de los otros. Por fin, se hacía un baile compuesto de todos los actores y así terminaba la función."
Esta descripción de Acosta recuerda las primeras escenas que la historia ha trasmitido de los griegos; y no dudo que, si el imperio mejicano hubiera durado un siglo más, su teatro se habría reformado como el de los antiguos.
Del amor de los primitivos habitantes de estas tierras á la poesía y á la danza, es buena prueba la real disposición de 1514, que cita Herrera, por la que se prevenía á todos los que tuvieran indios por pajes, que los enseñasen á leer y escribir, y que no se les impidiese hacer sus _areitos_ y juegos, así en los días de fiestas como en los otros, si no fuese de impedimento para sus trabajos. Entre nuestros indios todavía se conoce el baile que llaman del _Tun_ (Xahoh-Tun), y que es más bien un drama histórico, cuyo argumento se remonta al siglo XII, al decir del abate Brasseur de Bourbourg, quien siendo cura párroco de Rabinal, lo vió representar, y llamóle la atención, tanto por el asunto á que se refiere, como por lo apropiado de la música y animado de la danza[86].
[86] Histoire des nations civilisées du Mexique et de l' Amerique Centrale, t. I. p. XXVIII.