Los Indios, su Historia y su Civilización

Part 7

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Para poner fin al presente capítulo, es conveniente decir algo acerca de las relaciones que hacen los cronistas de los altares, templos, sacrificios y fiestas religiosas de los primitivos indios de Guatemala. "En las provincias menos importantes no había ciertamente nada de notable en materia de edificios religiosos. Estos se reducían á pequeñas ermitas fabricadas en el campo, tan miserables poco más ó menos como el resto de las casas. Talvez en la habitación de cualquier magnate se destinaba algún apartamento más decente para servir de _adoratorio_, y aún allí se limitaba el culto á incensar y perfumar, en braseritos de barro, algunos ídolos de poco momento. Pero en las naciones organizadas con regular cultura, cual eran no sólo el gran imperio mejicano, sino también algunos de nuestros reinos guatemaltecos, es increíble el número y opulencia, al menos relativo, de los templos. He aquí la forma general de estos edificios, llamados en unos pueblos _Cúes_, y en otros _Teutcallis_, es á saber, _Casas de Dios_.

Escogíase primero el sitio más ameno y delicioso de toda la comarca; allí se hacía una gran plaza comunmente cuadrada, cercada toda de altísimas paredes con anchas puertas, que daban á tres ó cuatro caminos principales. Para mayor belleza de la fábrica se ponía grande esmero en la construcción de estos caminos, prolongándolos por una ó dos leguas tan nivelados y tan rectos, que era un placer contemplarlos desde los altos del templo. Dentro de aquel vasto cuadro se edificaba una torre, que en algunas ciudades, como Méjico y Texcuco, sabemos se elevaba á una altura prodigiosa. Solía construirse en figura de pirámide truncada, y tenía por la parte occidental una escalera perfectamente dispuesta para subir á la plazuela que coronaba el edificio, y era propiamente el templo sacrificatorio. Mídese la altura de aquellos edificios por el número de gradas; el de Méjico tenía 113 y el de Texcuco 119. En la plazuela ya citada, y que era tan espaciosa, cuando menos, como una buena sala, colocábanse á derecha é izquierda, á la parte de Oriente, dos altares ó uno solo si el templo no tenía tan vastas dimensiones. Según parece, los altares quedaban cubiertos por un terrado que hacía una especie de capilla. Sobre ellos colocaban sus ídolos y sacrificaban las víctimas.

Tenían estas gentes dos géneros de sacrificios, públicos y particulares. Aquéllos los celebraba el pueblo entero, eran grandes solemnidades político-religiosas; éstos eran costeados por cualquier particular, según su necesidad y devoción. Hablaré principalmente de los públicos, únicos que podrán interesar al curioso lector. Ofrecíanse ordinariamente en las fiestas periódicas de cada año, ó en casos extraordinarios, cuando alguna gran necesidad ó acontecimiento nacional lo requería. En todo caso, el sacrificio no se celebraba sin hacer previa consulta al Sacerdocio y al Estado, juntándose el reyezuelo y grandes de la provincia con los principales _Teupas_ para decidir, en sesión plena, lo concerniente al día y hora, materia y forma del proyectado sacrificio. Hecho esto, ó por acuerdo de los notables, ó por embustes de los adivinos, supremos oráculos de la nación, empezaba desde luego la Vigilia. Parecerá increíble lo que paso á contar, pero nada hay en ello que no pueda explicarse por el supremo fanatismo que ejercía la ignorancia sobre los desventurados idólatras. Precedía á la solemne fiesta un ayuno rigurosísimo, ó mejor diremos, un ejercicio de bárbara penitencia, continuado por espacio de cuarenta, sesenta y aun más días, según la mayor ó menor importancia de la solemnidad. Durante esta larga y horrible cuarentena, no bastaba ofrecer diariamente sacrificios de animales, fruta, flores, incienso etc.; era preciso sacrificarse á sí mismos derramando copiosa sangre de todo su cuerpo, arrancándosela con afilados pedernales, de brazos, piernas, ojos y narices, y obligando á hacer lo mismo á sus hijuelos. Estos ejercicios se practicaban públicamente en el templo, donde era menester pasar orando los días y las noches. Los sacerdotes y los hombres casados se tiznaban todo el cuerpo, los que no lo eran, se ungían con una especie de almagre ó tierra colorada. Ningún hombre dormía en su casa por esta temporada, sino en unos portales ó ramadas llamadas _Calpules_, hechas para el caso en las inmediaciones del templo. Las mujeres solas con los niños debían permanecer encerradas en sus chozas, de donde á ratos salían para practicar sus ritos y andar sus estaciones. Quienes gozaban de más libertad estos días, eran los esclavos condenados al cuchillo. La costumbre exigía dar suelta á aquellos infelices al comenzar el tiempo de la penitencia, á efecto de lo que, sin quitarles una argolla que llevaban al cuello, les permitían vagar por el pueblo libremente, introducirse y aun comer en cualquiera casa, en cuenta la del príncipe, sólo con el apremio de no salir fuera de la población, ni perder de vista á cuatro guardias que los custodiaban. Por lo demás, un resto de humanidad hacía que fuesen bien tratados por entonces aquellos pobres hombres, cuyos descuartizados miembros no arrancarían después un ay de compasión á la supersticiosa muchedumbre. Pero llegaban por fin los siete últimos días de la preparación, y los infelices cautivos sepultados de nuevo en una cárcel vecina al templo mismo, veían extinguírseles eternamente la luz de libertad y de vida. Sin duda para suavizarles el horror de aquellos días de capilla, si acaso no era por efecto de instintos repugnantes, de los que hallamos sobrados indicios en estas mismas ceremonias, les daban de comer y de beber en abundancia hasta el exceso y la embriaguez. Cuando ya no faltaban sino tres días de abstinencia, el pueblo entero se esparcía por plazas y caminos; todo se barría y se regaba de flores, se cubría con menudas hojas de pino, se adornaba en fin con cuanto podía contribuir al lucimiento de la fiesta. Llegado el postrer día, y aseados ya los aposentos del _Teucalli_, y bien aderezados los braseros, lavábanse todos de sus unturas y tiznes, y se vestían las mantas nuevas, limpias y galanas. Adornaban á su modo los altares, figurando entre los adornos la mazorca ó espiga del maíz; juntaban sus instrumentos músicos, pitos y acabales, y en fin lo tenían todo á punto para la entrada de la noche. Entonces propiamente empezaba la solemnidad. Los hijos del rey y otros magnates salían del pueblo, en busca de sus dioses, mientras que los ministros sagrados y el rey mismo se disponían al gran recibimiento. Es de saber, que en muchas de estas partes acostumbraban tener guardados los principales ídolos en lugares muy recónditos, como en la espesura de los montes ó la profundidad de las cuevas; ya porque les pareciese ganaban en respeto sus divinidades con aquel misterioso apartamiento de la vista de los hombres, en lo que ciertamente no carecían de sentido común, ó ya porque los comprovinciales no se los hurtasen, envidiosos como eran de los pueblos que poseían ídolos mejores. Iban, pues, los jóvenes más notables á sacar á los dioses de aquellas honduras y cavernas, y traíanlos sobre sus hombros con gran procesión y ceremonia, haciendo posas de trecho en trecho, para ofrecerles incienso y pequeños sacrificios. En acercándose la comitiva, salía el _Teuti_ á recibirlos con gran acompañamiento de _Teupixquis_ y _Teupas_, y en el punto del encuentro se hacía por supuesto alguna ofrenda y se degollaba alguna víctima. Entonces continuaba la marcha silenciosamente hasta quedar los ídolos colocados en el templo. Una señal convenida anunciaba á todo el pueblo estar ya los dioses en posesión de sus altares. Al anuncio sucedían los clamores de júbilo, los gritos de alegría, el tañido atronante de tambores, los bailes, danzas, cantos, regocijos, en fin cuanto podía hacer sensible el tránsito de la penitencia á la disolución. En estas devotas ocupaciones les hallaba el alba del gran día de las expiaciones. En amaneciendo volvían á sus casas, no para suplir el sueño desperdiciado aquella noche, sino para aderezarse, lavarse y llevar las ofrendas y víctimas particulares, que recibían y ofrecían los ministros, mientras que los fieles hacían presentes al numen sus necesidades. Pasada así gran parte de la mañana, llegaba la hora del grande y solemne sacrificio. El pontífice supremo se revestía de sus ornamentos, que según nuestros cronistas, consistían en una capa cuya hechura no saben ellos mismos describir, una corona ó diadema de preciosa labor, conforme á la riqueza de los pueblos, con su gran penacho de plumas de quetzal, una especie de báculo, y en fin otros arreos que le hacían muy autorizado y vistoso. Tan ricas como el pontifical debían ser las andas sobre que colocaban al grande ídolo para llevarlo en procesión al rededor del templo, por aquel espacioso patio que describimos arriba. Terminada la procesión, durante la cual subía de punto el regocijo del público, con las multiplicadas danzas y músicas, paraban al ídolo en su altar, junto á la piedra fatal donde iban á ser inmoladas á los dioses las víctimas humanas. Antes de llegar el cruel momento, cantaban al són de sus tambores las hazañas de antepasados guerreros. Mientras duraba el canto, iba el rey en persona con los otros señores al lugar donde estaban los esclavos, y sacábanlos uno á uno, llevándolos de los cabellos hasta ponerlos en manos del sacerdote carnicero, que armado de navaja y furor los recibía. Mientras aquellos bárbaros arrancaban el corazón á las víctimas y lo ofrecían á sus ídolos de oro, los que rociaban y untaban con aquella sangre, haciendo ridículos visajes, propios de un culto de idólatras, el pueblo, en el colmo de su fanatismo, decía á grandes voces: "Señor, oye nuestras peticiones, recibe nuestras plegarias, ayúdanos contra nuestros enemigos, danos holganza y descanso." Y para que los dioses no olvidasen tan fácilmente aquellas súplicas, y se moviesen con más eficacia á despacharlas, dejaban las cabezas de los sacrificados clavadas en astas, sobre un altar erigido al efecto. Lo restante de los cuerpos era cocido y se comía en la mesa del rey y de los grandes, como vianda santificada y exquisita, teniéndose por mil veces dichoso el que podía conseguir un bocado. Entre tanto, el pueblo se entregaba profusamente á sus bailes, disolución y borrachera. Así quedaban bastante indemnizados del áspero rigor de la abstinencia, tanto más cuanto que aquellas pascuas se prolongaban por lo menos durante siete ú ocho días."

CAPITULO CUARTO

=Sistema de gobierno é instituciones políticas que tenían los indios y particularmente los de Guatemala. Ceremonias de la coronación y orden de suceder en la monarquía=

SUMARIO

Gobiernos de Méjico y el Perú.--El gobierno de los pueblos del istmo Centro-americano era monárquico absoluto.--Consejeros ú Oidores que había en lo político y en lo judicial.--En Honduras no había reyes hereditarios, sino Jueces elegidos por el pueblo.--Cómo se procedía á la elección de los reyes.--Presentes que se ofrecían al nuevo soberano.--Ceremonias de la elección.--La Coronación.--La fiesta Temohuá.--Arenga del gran Sacerdote.--La jura del monarca.--Cuatro días de ayuno que observaba el rey.--Toma de posesión del gobierno.--Los palaciegos.--Ceremonial de audiencias reales.--Cómo iba el rey en las calles.--Etiqueta de la mesa.--Despensas y botillerías.--Orden de sucesión de los señoríos de Guatemala.--Consejo Supremo del monarca del Quiché.--Tenientes del rey.--Leyes penales contra el soberano.--Opinión de Bancroft sobre el orden de sucesión en las monarquías de Guatemala.

Notables por muchos conceptos, y muy en especial por sus gobiernos, fueron las monarquías indianas de Méjico y del Perú. Las heroicas figuras de Atahualpa y Guautimoc, representan el selvático brillo de aquellos pueblos, que guardaban en sus tradiciones las reliquias de valerosas tribus, cuyas proezas homéricas tocan los lindes de la fábula y del mito. En las praderas del Cuzco y en las faldas del Popocatepetl han presenciado las edades hazañas dignas de los semidioses griegos. Los pueblos aztecas é incas tuvieron instituciones de monárquica forma, con sus nobles de sangre real, sus reyes absolutos y plebeyos pecheros.

"Después de los ritos y ceremonias religiosas de los antiguos pobladores de Centro-América, nada hay más interesante que lo relativo á su modo de administración y gobierno. En esta parte se poseen quizás noticias más circunstanciadas y seguras, en la advertencia de que las costumbres de nuestros pueblos guatemaltecos no se apartaban mucho de los usos de los pueblos mejicanos.

Su sistema de gobierno era sin duda el monárquico absoluto. "La monarquía, dice, un ingenuo cronista, es la más principal república y la que se conserva más seguramente y con menos revueltas del pueblo; y asi estos indios tuvieron la monarquía, etc." Mas, por absoluto que fuera el señorío del rey de Guatemala, se sabe que compartía liberalmente su autoridad con ciertos varones de opinión, especie de consejeros ú oidores, encargados así de lo judicial como de lo político. Ellos eran también los que recogían y guardaban las rentas del estado, siendo de su cargo el distribuirlas entre los gastos de la cosa pública y los de la casa real. Además de estos supremos consejeros, había en cada pueblo oidores y chancillerías, con atribuciones por supuesto limitadas, no pudiendo resolver nada en negocios arduos aquellos administradores locales. La conducta de estos magistrados no se escapaba á la inspección y vigilancia del gobierno, antes bien eran castigados cruelmente cuando se hallaban en falta respecto al desempeño de su oficio, á la vez que su buena diligencia les merecía los ascensos á la perpetuidad en el empleo. De esta suerte el magistrado supremo solía haber recorrido todos los grados de la jerarquía civil.

Aunque la forma general del gobierno entre las tribus americanas fuese, como se ha dicho, la monárquica, hallamos una singular anomalía en la provincia de Honduras, cual era el no tener reyes hereditarios, sino Jueces elegidos por el pueblo. Dicen que su administración se renovaba cada diez y seis meses.

Veráse ahora cómo se procedía á la elección de los reyes. Sobre el sepulcro mismo del monarca difunto se despachaba la convocatoria á los señores principales del reino, que se hallaban en el caso de asistir á la elección del nuevo rey. La obligación de concurrir á aquellas cámaras era severa y urgentísima. Los electores acudían con la prisa posible, y bien provistos de dones que ofrecer al futuro soberano. El primer trabajo de aquella grande Asamblea Nacional era fijar los derechos de los candidatos al trono. La ley de sucesión designaba ordinariamente á los hermanos, y á falta de éstos al hijo mayor: en otros pueblos la constitución era diversa. En general la elección recaía en el mejor guerrero[63], no habiendo dificultad legal para desechar al heredero inmediato, siempre que su ineptitud lo alejaba del Gobierno. Discutida y resuelta (con más prontitud de la que se usa en el día) la cuestión de candidatos, procedíase luego á la ceremonia de la coronación, cuyo ritual paso á describir brevemente.

[63] Valía el que más podía, y el que era más hombre de guerra--Herrera.

Desnudaban al electo, y así desnudo lo llevaban desde el lugar de la elección hasta el templo principal, el _Teucalli_, que hase descrito en otra parte, todo en gravísimo silencio, sin música ni mayor aparato. Llegado al patio, y puesto delante de las gradas del templo, era subido de los brazos por dos caballeros principales, especie de regidores del pueblo, presidiendo lo mejor y más granado de toda la nación. En lo alto del templo, ó sacrificatorio, le aguardaba el sumo sacerdote, con los demás Teupixquis, revestidos de sus mejores ornamentos: allí estaban también preparadas las ricas vestiduras que había de ostentar la real persona en el acto de la coronación. Cada uno de los señores principales ó caciques tributarios, llevaba delante de sí las insignias y armas de sus títulos, en ciertas tablas que semejaban escudos; y una vez llegadas al adoratorio, todos desde el rey hasta el último caballero, hacían al ídolo cierta reverencia, que consistía en inclinarse hasta el suelo y besar la mano con que habían tocado la tierra. Entonces empezaba propiamente la coronación. La primera ceremonia que ejecutaba el pontífice era la unción del nuevo rey, que según la costumbre universal de los indígenas de América, no se limitaba á sólo las manos ó cabeza, sino que se extendía á todo el cuerpo, que embadurnaban con un negrísimo betún. Después de esto, el sacerdote con un hisopo hecho de ramas de cedro, sauce y caña, rociaba al monarca, bañándolo cuatro veces en cierta agua que tenían por bendita y pronunciando palabras misteriosas. Luego le vestían la _púrpura_, que era una manta pintada de calaveras y huesos de muerto, poniéndole además otras dos mantas en la cabeza, con las mismas pinturas y de distintos colores, la una negra y la otra azul. En seguida le colgaban al cuello unas largas cintas coloradas, de cuyos cabos pendían misteriosas insignias; y á las espaldas le colgaban también una calabacita ó _tecomate_ lleno de ciertos polvos de virtud antienfermiza y antidiabólica. Con aquel rito pretendían libertar al nuevo príncipe, así de las enfermedades, como de los engaños del demonio y de las hechicerías de encantadores y brujas. Tenían por cierto aquellas gentes supersticiosas, que si el rey emfermaba en cierta fiesta llamada _Temohuá_, no sanaría jamás. En fin, le ponía el sumo sacerdote una redecilla ó bolsita en el brazo, á manera de manípulo, llena de incienso, para que fuera en el acto á incensar á los dioses. Hechas estas ceremonias, sentábase el gran sacerdote, y vuelto al rey le decía, entre otras cosas: "Ya ves como todos los altos hombres están aquí presentes con todos sus caballeros para honrarte.... Tú, como padre y madre de ellos, los has de defender y amparar y mantener en justicia, pues ellos tienen puestos los ojos en tí solo: tú los has de regir y gobernar, has de tener cuidado en las cosas de la guerra, y has de tener gran cuenta en que el Sol ande y la Tierra dé sus frutos."--Se ve claro que no carecían nuestros indios de habilidad para hacer un razonamiento digno de las circunstancias. El rey no podía contestar á la arenga sino con gestos de aprobación y de humildad. Entonces bajaba la corte al patio del _Teucalli_, donde se procedía á la jura del monarca, y en el acto de prestarle homenaje, los señores le ofrecían sus joyas y demás presentes. Pero no era aquel día el destinado á los regocijos de la coronación. El rey debía permanecer en el templo cuatro días más, entretenido en dar gracias á los dioses por la adquisición del reino, á efecto de lo que tenía que sujetarse á ridículas y penosas ceremonias. Encerrado en un aposento construído en el mismo atrio, debía guardar una inviolable clausura: á la oración debía juntar la penitencia y el ayuno, aunque se le permitía comer buenos manjares, pero no más de una vez al día. Bañábase á la mañana y á la noche, en una alberca construída allí con este único objeto, y el resto del día, lo pasaba en ofrecer á los ídolos incienso, sangre de las orejas, víctimas y ofrendas de real munificencia. Pasados aquellos cuatro días, venían al templo los magnates y el pueblo para conducir al monarca á su palacio con toda la pompa y alborozo digno de tan gran solemnidad. Instalado en su real sitio el nuevo soberano, tomaba desde ese mismo día las riendas del gobierno.

A tanta grandeza en el ceremonial de la coronación correspondía sin duda la majestad del tratamiento que se daban estos reyes. Lo más, de lo que hallamos descrito en las historias, pertenece ciertamente al gran dueño del imperio mejicano, cuyo poder excedía con mucho al de todos los demás señores de la América setentrional, y quizás también al de los mismos incas del Perú; pero no por eso deja de convenir, al menos en gran parte, á los otros señores indianos, puesto que hablando de los reyes de Tezcuaco y Tlacupán, tributarios de Moctezuma, nos asegura un cronista que se trataban con _casi la magnificencia y majestad que el de Méjico_; y sabemos por otra parte, que el rey de Guatemala no era tributario, antes bien tenía otros reyezuelos sujetos á sí, quienes recibían de él la confirmación de sus estados.

Hecha esta advertencia, volveré al asunto. En amaneciendo entraban en palacio multitud de señores principales é innumerables criados y lacayos, con el solo objeto de hacer la corte al soberano desde la mañana hasta la noche, aun sin poder disfrutar de su presencia en todo el día. La ocupación de estos tristes palaciegos era formar corrillos en los corredores de la casa real. De estos esclavos principales, Moctezuma tenía hasta seiscientos. Por lo que hace á los que hanse llamado _palacios_ de los reyes indígenas, digan lo que quieran los historiadores, no es verosímil que pasasen de ser lo que eran las demás fábricas de estos pueblos, de vastas dimensiones, si se quiere, pero siempre algo desaliñadas. Sabido es que las famosas ruinas de que aún quedan vestigios por todo el territorio americano, datan de una fecha muy anterior á la época de la conquista. Sin embargo, no es difícil que aún en medio de aquella rudeza arquitectónica se hallasen en las grandes poblaciones algunos edificios de singular curiosidad y admirable trabajo, lo mismo que jardines, fuentes, casas de fieras &. cuales pudieron ser los que tanto llamaron la atención de los conquistadores. Era curiosísimo el ceremonial observado en las audiencias del rey. Ninguno entraba en la real cámara sino rigurosamente descalzo: la gala de uniforme eran las mantas más viles y groseras, porque en el concepto de estas gentes, la decencia consistía en el abatimiento, y así la mayor honra del rey era el presentarse más miserable en su presencia, sobre todo si era elevada la condición del caballero; práctica ridícula por cierto, como fundada en una mala aplicación de principios, y en el fondo altamente humillante. Por supuesto los ojos bajos, la cabeza inclinada y todo el cuerpo profundamente encorbado, completaban el cuadro de la más abyecta reverencia. Sólo seis personas tenían facultad para fijar la vista en el rostro del monarca. Cuando éste hablaba era tan bajo, que apenas parecía mover los labios, y aún tal favor no se dispensaba sino rarísimas veces, porque las más se valía de intérprete para sus respuestas, según dicen lo usaron también los Asirios.

El rey salía poco de palacio, y entonces se observaban los siguientes ritos. Precedía un oficial ó macero con tres varas en la mano, á manera de los antiguos lictores, anunciando de aquel modo la aproximación del monarca. Este era llevado de ordinario en unas andas magníficas, y el suelo que pisaba debía estar limpio hasta de piedras y pajas. Todos los que formaban el augusto séquito, así fuesen cerca ó lejos, debían llevar los ojos en el suelo, reverencia que con mayor razón debían prestar los asistentes que se encontrasen al paso, quienes además tenían que aguardar profundamente inclinados á que pasase la real procesión.