Los Indios, su Historia y su Civilización

Part 6

Chapter 63,838 wordsPublic domain

Pero si no hallamos materiales para la historia en las leyendas de los antiguos habitantes de Guatemala, nos permiten, al menos, estudiar el carácter de estos hombres, analizar su religión y su mitología, comparar sus principios de moral, sus ideas sobre la virtud, sobre la belleza, sobre el heroísmo, con los principios y las ideas de otras razas humanas. Hé aquí el atractivo real y durable de una obra como la que el abad Brasseur de Bourbourg hubo de darnos á conocer, mediante una fiel traducción de la misma. Desgraciadamente no está este atractivo libre de todo peligro. Es, en rigor, posible que los autores de tal manuscrito y de los demás textos americanos hayan sufrido, de un modo más ó menos consciente, la influencia de las ideas europeas y cristianas. En ese caso, no tendremos la certeza de que las historias referidas por ellos nos presenten una imagen fiel del genio primitivo de las razas americanas. El manuscrito quiché ofrece con el Antiguo Testamento ciertas conformidades que no dejan de ser extraordinarias. Sin embargo, aún admitiendo una influencia cristiana, quedan todavía en estas tradiciones muchas cosas que difieren de tal modo de todo lo que vemos en las demás literaturas nacionales, que no corremos riesgo de engañarnos considerándolas como verdadero producto intelectual peculiar de América. Para terminar, citaremos en apoyo de nuestras observaciones, algunos extractos del libro que las ha sugerido; pero no debemos despedirnos de Brasseur de Bourbourg sin manifestarle nuestro reconocimiento por su excelente obra. Esperamos que podrá realizar además su proyecto de publicar una "_Colección de documentos en las lenguas indígenas, para que puedan servir para el estudio de la historia y de la filosofia de la América antigua_." La obra que hace poco ha publicado, forma el primer tomo de esta colección.

Comienza el manuscrito del _Popol-vuh_ con un relato del origen de las cosas. Cuando se lee por vez primera la traducción literal de Brasseur de Bourbourg, plagada de nombres extraños de los dioses y demás seres que en ella desempeñan algún papel, no deja en el espíritu una impresión bien determinada. Mas cuando se vuelve á leer muchas veces, aparecen ciertas ideas salientes que atestiguan en esta historia un fondo primitivo de nobles concepciones cubiertas y ocultas más tarde por mil fantasmas extravagantes y absurdos. Dejemos á un lado los nombres propios, que no hacen más que perturbar la memoria y que en vano se intentará explicarlos de una manera racional, pues se necesitan largas investigaciones antes de poder decidir si estos nombres, aplicados con tanta profusión á la divinidad, designaban otras tantas personalidades distintas ó únicamente las manifestaciones diversas de un solo y mismo poder. En todo caso, no pueden tener para nosotros ninguna importancia, hasta que nuevos estudios nos permitan enlazar ideas más claras á nombres tan poco armónicos como Tzakal, Bitol, Alom, Kaholom, Itum-Ahpu Vuch, Gucumatz, Óuaz-Cho, etc. Algunos nombres de estos están seguramente bien elegidos, sino se ha engañado Brasseur de Bourbourg al traducirlos por "Creador, Formador, El que engendra, El que da sér, el Dominador, el Señor del Planisferio que verdea, el Señor de la superficie azulada, el alma del cielo." ¿Pero qué decir de nombres tan absurdos como "La serpiente cubierta de plumas," "el tirador de cerbatana á la Vulpeja," y otros del mismo género?

Cualquiera que sea el sentido de estos nombres ininteligibles, el hecho es que los quichés creían que hubo un tiempo en que fué creado cuanto existe en el cielo y en la tierra. "Todo estaba en suspenso, dice el _Popol-vuh_; todo estaba tranquilo y silencioso, y vacía la inmensidad de los cielos. No existía un solo hombre, un animal, un ave, ni un pez; sólo existía el cielo. Aún no había aparecido la superficie de la tierra; sólo existía la mar tranquila, y todo el espacio de los cielos. Sólo estaban sobre el agua los seres divinos como una luz grandiosa. Hablaron éstos, se consultaron y meditaron; y en el momento de aparecer la aurora, apareció también el hombre. Entonces mandaron aquéllos que se retirasen las aguas y que se enjugase y afirmase la tierra, á fin de que pudiera sembrarse, y lucir el día en el cielo y en el mundo.

"Porque, decían ellos (_Popol-vuh_, p. II.) nosotros no recibiremos honor ni gloria de todo lo que hemos creado y formado, hasta que exista la criatura humana, la criatura dotada de razón. "_Tierra_," dijeron; y al instante se formó ésta. Su formación, en su estado material, se verificó como una especie de niebla, cuando aparecieron sobre el agua las montañas, elevándose en un instante extraordinariamente. Así se verificó la creación de la tierra, cuando fué formada por aquellos que son el alma del cielo y del mundo; porque así se llaman los primeros que lo fecundaron, estando suspendidos todavía el cielo y la tierra en medio de las aguas."

Vemos después la creación de las bestias bravías, y el disgusto de los dioses, cuando ordenan á los animales decir sus nombres y honrar á aquellos que los han creado. Entonces dijeron los dioses á los animales:

"He aquí que vosotros seréis cambiados, porque os ha sido imposible hablar. Volvemos, pues, á recoger nuestra palabra. Tendréis alimento y guaridas; pero será en las quebradas y en los bosques, porque nuestra gloria no es perfecta y vosotros no nos invocáis. Aún hay seres que podrán saludarnos; nosotros los haremos capaces de obedecer. Ahora, cumplid con vuestro deber. En cuanto á vuestra carne, será triturada por los dientes."

Sigue después la creación del hombre. Su carne fué hecha de arcilla. Pero "el hombre no tenía cohesión, consistencia, movimiento, fuerza; era inerte y acuoso. No movía la cabeza; su vista se hallaba velada; había recibido el dón de la palabra, pero no tenía inteligencia, y en un principio permaneció en el agua, sin poder tenerse de pié." (_Popu-lvuh_, p. 19.)

Conferenciaron por segunda vez los dioses, á fin de crear seres que pudiesen adorarlos; y después de ciertas ceremonias mágicas, formaron hombres de madera, los cuales se multiplicaron. Pero no tenían sentimiento, inteligencia, ni idea de su Creador. Arrastraban una vida degradada é inútil, y eran como irracionales. No pensaban en elevar sus cabezas hacia su Formador, y fueron sumergidos en las aguas.

"Viene después una tercera creación, siendo entonces formado el hombre, de un árbol llamado _Tcité_, y la mujer de la medula de un pequeño junco llamado _Zibac_. Tampoco éstos pensaron, ni hallaron á aquellos que los habían formado, y perecieron arrebatados por las aguas. Toda la naturaleza, los animales, los árboles y las piedras se sublevaron contra los hombres, para vengarse del mal que les habían causado; y todo lo que resta de esta antigua raza primitiva, se ve hoy en los monos que habitan en los bosques.

Llegamos después á una historia de un carácter muy diverso, y que interrumpe completamente el relato. No se refiere en manera alguna á la creación, por más que termina por la metamórfosis de dos de sus héroes, en Sol y en Luna. Es esta una historia que se parece mucho á las fábulas de los brahmanes ó á los cuentos alemanes. Algunos de los principales actores de este pequeño drama son evidentemente séres divinos, que han descendido al nivel de la naturaleza humana; y las hazañas que llevan á cabo, y los papeles que desempeñan son tan extraños é increíbles, que parece se está leyendo uno de los cuentos de _Las mil y una noches_. En las luchas de dos héroes favorecidos contra los crueles príncipes de Xibalba, es posible que haya reminiscencias de acontecimientos históricos; pero sería inútil pretender separar la parte histórica de las fábulas que la envuelven. El principal intéres del cuento americano, consiste en los puntos de semejanza que en él se notan con los cuentos del antiguo mundo. Nos contentaremos con citar aquí dos de ellos: la introducción de animales dotados de palabra y de razón y la frecuente resurrección de los príncipes héroes, que, después de haberlos quemado y arrojado sus cenizas á la mar, renacen bajo la forma de peces; metamorfoseándose inmediatamente en hombres.

Sabemos que, en los cuentos alemanes, se explican ciertas particularidades de la conformación y de las costumbres de los animales, como resultado de acontecimiento de tiempos pasados; cuéntase, por ejemplo, que el oso tiene la cola tan corta desde el día en que le ocurrió aquella mala aventura, cuando fué á pescar sobre el hielo. Así mismo leemos en los cuentos americanos que "_Hun Ahpu y Xbalanqué_, habiéndo cogido al ratón, le apretaron mucho la cabeza, queriendo ahogarle, y le quemaron la cola; época desde la cual comenzó á tenerla pelada[56]. En otro lugar, un sapo, portador de un mensaje, fué engullido por el _Zakuicaz_. "Desde entonces se alimentan de sapos las serpientes"[57]. Esta historia, muy digna de llamar la atención de aquellos que estudian la manera cómo se forman y vulgarizan los cuentos populares, prosigue hasta el fin del libro segundo. Hasta en el tercero surge de nuevo la cuestión de cómo fué creado el hombre.

[56] Popol-vuch, p. 125.

[57] id. id. p. 135.

Ya hemos visto que se habían hecho tres ensayos y todos habían fracasado. Leemos después que, antes de la aurora y de haber salido el sol y la luna, había sido creado el hombre; el alimento que debía formar su sangre era el maíz blanco y el amarillo. Cítanse los nombres de cuatro individuos que fueron los verdaderos antepasados de la raza humana, ó mejor dicho de la raza quiché. No nacieron de mujer, ni fueron tampoco engendrados por los dioses. Su creación fué un prodigio. Estaban dotados de la razón y de la palabra; su mirada abrazaba todas las cosas; conocieron todo el mundo y daban gracias á su creador. Los dioses tuvieron entonces miedo, y pusieron una especie de nube en los ojos de los hombres, á fin de que no pudiesen ver nada más que á cierta distancia, y que el hombre no fuese semejante á los dioses mismos. Mientras que dormían los cuatro hombres antes citados, les dieron los dioses mujeres hermosas, que fueron después las madres de todas las tribus, grandes y pequeñas. Pero aún no adoraban á los dioses; y elevaban sus ojos al cielo, no sabiendo á lo que habían venido á este mundo. Su figura era dulce, dulce también su lenguaje y grande su inteligencia.

Llegamos ahora á un pasaje muy interesante, en el que se intenta explicar la causa de la confusión de las lenguas. Ninguna nación, excepto el pueblo judío, se ha preocupado mucho por saber la razón de que haya muchas lenguas en vez de una sola. En su _Ensayo sobre el origen del lenguaje_, hace Grimm las siguientes observaciones:

"Parece sorprendente que ni los antiguos griegos, ni los antiguos indios, hayan pensado en proponer ni menos intentado resolver, la cuestión sobre el origen y la multiplicidad de las lenguas humanas. La Sagrada Escritura ha querido explicar uno de estos dos enigmas, el de la multiplicidad de las lenguas, por la tradición de la Torre de Babel. No conozco más que una pobre leyenda de Sthonia, que se puede colocar al lado de esta explicación bíblica. El viejo dios, dicen los sthonios, resolvió, luego que los hombres hallaron muy estrecha su morada, dispersarlos por toda la tierra y dar á cada nación su propia lengua. En consecuencia, colocó sobre el fuego un caldero de agua, ordenando á las diversas razas que se fuesen aproximando á él, una por una, y eligiesen los sonidos que les agradaran entre los que producía el agua encerrada y comprimida.

Hubiera podido Grimm agregar á la referida, otra leyenda muy popular entre los thlinkithianos, y que tiene evidentemente por objeto explicar porqué existen lenguas diferentes. Los thlinkithianos son una de las cuatro razas principales de la América rusa. Los rusos los llaman kaljush, koljulh ó kolosh. Ocupan la costa desde el 60° hasta el 45° de latitud N. Se extienden por consiguiente, hasta el otro lado de la frontera rusa, casi hasta la desembocadura del Oregón, y se han establecido igualmente en muchas islas vecinas. Cree Wniaminow que su número en las posesiones rusas é inglesas, es de 20 á 25.000 almas. Esta es una raza que tiende evidentemente á desaparecer, y sus leyendas, que parece son numerosas y llenas de ideas originales, merecían ser estudiadas muy atentamente por los etnógrafos americanos. Creía Wragel que existe cierto parentesco entre ellos y los aztecas de México. Los thlinkithianos profesan la creencia de que ha habido una inundación ó diluvio universal, y que los hombres se salvaron en una inmensa nave que flotó sobre las aguas. Cuando éstas se retiraron, chocó la nave contra una roca, y por su propio peso se dividió en dos partes. En la una se hallaban thlinkihtianos con su lenguaje, en la otra el resto de las razas humanas. Tal fué el principio de la diversidad de las lenguas[58].

[58] Holmberg, Ethnogoaphisehe Shizzen über die Volker des Rusisehen Amrika. Helsingfon. 1885.

Ni la leyenda sthonia, ni la de los thlinkithianos ofrecen, sin embargo, una conformidad notable con el relato mosaico. Debe, pues, observarse con particular atención las analogías y las diferencias que existen entre el capítulo noveno del Génesis y el capítulo siguiente del manuscrito quiché, traducido por Brasseur de Bourbourg[59].

[59] Popol-vuh, p. 211.--

Todos tenían una sola lengua: no invocaban todavía la madera ni la piedra; y sólo se acordaban de la palabra del Creador y del Formador, del alma, del cielo y de la tierra.

Hablaban, meditando sobre lo que ocultaba la salida del sol: y llenos de la palabra sagrada, de amor, de obediencia y de temor, hacían su súplica; después, levantando sus ojos al cielo, pedían hijos é hijas.

"¡Salve, oh creador, ó formador! ¡Tú que nos ves y nos oyes, no nos abandones ni nos desampares! ¡Oh Dios, que estás en el cielo y en la tierra, oh alma del cielo, oh alma de la tierra, dadnos descendencia y posteridad mientras caminan el sol y la aurora; y que se extienda nuestra semilla lo mismo que la luz. Dadnos siempre para marchar, caminos abiertos y senderos sin emboscadas; que estemos siempre tranquilos y en paz con los nuestros; que pasemos una vida feliz; dadnos una existencia que se halle al abrigo de todo pecado, oh huracán, oh relámpago, oh rayo que hiere......haz que fructifique la sementera y que se haga la luz!......

....Y llegaron todos á Tulán; y no se podía contar el número de gentes que llegaban, y que entraban caminando en buen orden.

........Ahora bien, allí fué donde se alteró la lengua de las tribus; allí tuvo lugar la diversidad de sus lenguas; no se entendieron claramente entre sí, cuando llegaron á Tulán. Allí fué donde se dividieron; algunos se dirigieron hacia el Oriente y muchos hacia aquí.

........El lenguaje de Balam-Quitzé, de Balam-Agab; de Mahücutah y de Ikí-Balam (los cuatro antepasados del género humano), era ya diferente: nosotros hemos abandonado, pues, nuestra lengua, ¿cómo lo hemos hecho? ¡estamos arruinados! ¿De dónde procede que hayamos sido inducidos á error? Nosotros no teníamos más que una sola lengua, cuando vinimos de Tulán; uno solo era nuestro modo de sostener (el altar), una nuestra educación.

No hemos hecho evidentemente bien, repitieron todas las tribus, en los bosques y bajo los bejucos."

El resto de esta obra que consta de cuatro libros, está consagrado á las emigraciones de las tribus que partieron de Oriente y á sus diversos establecimientos. Los cuatro antepasados de la raza quiché parece que tuvieron una vida muy larga; y cuando al fin llegaron á morir, desaparecieron de una manera misteriosa, dejando á sus hijos lo que llaman la _Majestad envuelta_, que no debía desplegarse jamás por mano de hombre. ¿Qué era esta Majestad? no lo sabemos.

Los capítulos siguientes contienen muchas cosas interesantes; pero no pueden buscarse en él los materiales para la historia, por más que el autor considere todo lo que cuenta sobre esta sucesión de reyes como tradiciones perfectamente auténticas. Mas cuando despues el relato de las emigraciones, de las guerras y de las insurrecciones diversas, llega al fin á referir la llegada de los españoles, hallamos que sólo hay catorce generaciones entre los cuatro primeros antepasados de la raza humana ó de la raza quiché y la última de las dinastías reales; y el autor, quienquiera que sea, termina su obra con esta confesión:

"He aquí lo que resta de la existencia del Quiché; porque no hay medio de ver este libro, en donde otras veces lo leían los reyes todo, porque ha desaparecido. Esto mismo se ha hecho con todos los del Quiché, que se llama _Santa Cruz_."

Aunque los indios de Centro América se habían formado una idea elevada é incorpórea de la divinidad, no por eso dejaban de ser fanáticos y supersticiosos. Tenían como los antiguos romanos, sus dioses lares y penates; cada familia adoraba, además de las divinidades comunes ó generales, á ciertos seres que los libraban del mal y de las acechanzas de genios maléficos. Los cojos, tuertos, mancos y gibosos, los del rostro quemado ó deforme, eran adivinos ó _brujos_ (y aún hoy los hay en algunos pueblos). Esos tales empleaban arañas, que hacían correr en mantas, después de quitarles una pata, ó bien un sapo vivo ó una culebra en una olla grande, á la cual habían antes amansado para que les lamiese el cuerpo. Otros usaban pelo de muerto, dientes de difunto, figurillas especiales de piedra y yerbas á las que atribuían virtudes singulares. Los _brujos_ hacían maleficios, por medio de venenos, atribuyéndolos á oraciones ó encantamientos. En todo encontraban la intervención de un sér sobrenatural, de un genio casi siempre maléfico ó dañino. Los graznidos de la lechuza[60], el revolotear de la mariposa negra, el aullido lúgubre del coyote, y otras muchas cosas inocentes, dábanles espanto como augurios de grandes calamidades. En las tribus de indios guatemaltecos, todavía duran esas preocupaciones y creencias, á las cuales son tan aferrados los aborígenes.

[60] Hay un canto popular que dice:

"La lechuza canta, El indio muere, Será mentira, Pero sucede.....!

El indio jamás se creía solo, sino acompañado por los objetos que le rodeaban. En toda la naturaleza había seres ocultos, mudos, severos y terribles, dispuestos á castigar aun al que involuntariamente cometiera el menor desacato contra ellos. Imaginaban que en la otra vida futura, era la existencia análoga á la que aqui se lleva; y por eso tenían cuidado de que el muerto tuviese _bastimento_ de maíz, _totopoxte_, chile y otros comestibles, junto con piedras de moler y demás utensilios que ponían en las sepulturas. Levantaban sobre éstas, cerritos de tierra, cuando eran de magnates, y á los régulos les erigían monumentos de piedra ó los inhumaban en las hendeduras de las rocas.

Cuando el huracán se desataba, formando remolinos de polvo, arrancando los troncos viejos de los árboles, despojando á la ceiba de su follaje y al rancho de su techo pajizo, iban medrosos el quiché y el cakchiquel á las cuevas de sus mayores á implorar perdón. Si la tempestad se desencadenaba, luciendo el relámpago y tronando el rayo, corría el indio á aplacar á _Gucumatz_ con ofrendas y conjuros. Si la peste asolaba la comarca, ó la sequía esterilizaba el campo, ó temblaba la tierra, los crédulos aborígenes sacrificaban doncellas, niños, venados ó conejos, á los dioses ofendidos, que al fin se apaciguaban con la sangre fresca de las víctimas, al pensar de aquellos idólatras pobladores de este suelo americano.

Es el miedo la base de su religión: oiga un indio ruido insólito por entre la selva, derribe un terremoto su mísera choza, rómpase su estrecho _cayuco_ en un raudal, y deduce que su mala suerte es efecto del espíritu maligno, á quien sólo con ofrendas es dable tener tranquilo. Cuando el aborígen se encontraba sorprendido por un tigre, hacía inmediatamente confesión de sus pecados en alta voz, creyendo que así lo perdonaría. Acostumbraban también sacrificios al salir y al volver las aguas, y en la época de las siembras, quemaban copal y hule ante los ídolos, á los cuales ofrecían algunos granos de los que iban á sembrar y además la sangre que los sacerdotes se extraían de varias partes del cuerpo. Entre los templos de los célebres quichés, se encuentran el de Tohil, en Gumarcaah, el de Cabah y el de Mictlán, á los cuales no entraban las mujeres.

Los indios choles y manches de la Vera Paz, impresionados por los contornos grandiosos y salvajes de la espléndida naturaleza que los rodeaba, veneraban los montes y los cerros, y en uno llamado Escurruchán, que se halla en donde varios ríos se juntan, conservaban un fuego sagrado, que con leña alimentaba todo pasajero, y al cual ofrecían sacrificios. En otro sitio hallaron los misioneros un altar de piedra, rodeado de una cerca, ante el cual quemaban resinas olorosas, y ofrecían aves y sangre de sus propios cuerpos. Aquellos que más sangre se sacaban de las partes pudendas eran los más piadosos.

En resolución, se puede decir que los antiguos indios de Guatemala dividían sus dioses en tres clases: unos eran comunes, invocados por todos y en todas las necesidades. Tales eran los que presidían á los campos, á las siembras, á la guerra, al matrimonio etc. Otros (que corresponden á los _semidioses_ de los pueblos antiguos) eran les hombres célebres, elevados por esta ó aquella nación al rango y categoría de divinos. Tal era entre los mejicanos _Quetzalcoatl_. Otros finalmente, eran los dioses de primer orden, jefes supremos de las deidades inferiores, como en la generalidad de los pueblos americanos el Sol y la Luna. Entre los dioses de la segunda clase se conserva, por famosa y extraordinaria, la tradición de _Ixbalaquén_, venerado por los habitantes de Utatlán y Guatemala. De este dios cuenta la fábula que bajó á combatir al infierno, peleó con sus príncipes, los demonios, prendiólos con su rey, y así cargado de trofeos dió la vuelta al mundo victorioso. Pero llegando cerca de la tierra, el rey del infierno le pidió que no le sacase de aquel sitio. Ixbalaquén, accediendo á la suplica, dióle un empellón, le volvió á su propio reino y le dijo: sea tuyo todo lo malo, inmundo y feo. En seguida llegó el vencedor al país de Verapaz ó Guatemala; pero como sus habitantes no quisiesen tributarle los honores merecidos, el dios se marchó á otra provincia, donde fué recibido con la veneración correspondiente. De este vencedor del infierno dicen que tuvo origen el sacrificio de víctimas humanas.

Cada una de las tribus de Guatemala tenía una casta distinta y separada de sacerdotes, quienes, por medio de sus oráculos, ejercían gran influencia en las cosas públicas, y algunos, como los quichés, eran espiritualmente gobernados por pontífices independientes. Los altos sacerdotes de Tohil y Gucumatz, Ahan Ah Tohil y Ahan Ah Guenmatz, pertenecieron á la real casa de Cawek, y tenían el cuarto y quinto rango respectivamente entre los grandes del imperio; Ahan-Avilix el supremo sacerdote de Avilix, era miembro de la familia Nihaib; Ahan Gagavitz vino de la casa de Ahan Quiché; y los dos sumos pontífices del templo de Kahba, en Utatlán, eran de la casa de Zakik, y cada uno tenía asignada una provincia para su sostenimiento[61]. Los sacerdotes de Tohil debían ser muy castos y continentes, sin que jamás pudiesen comer carne. Cuando moría el alto sacerdote, se embalsamaba su cuerpo y se sepultaba en una cripta bajo el palacio. Tanto respeto y veneración se guardaba á los sacerdotes, que si alguien era osado de tocarlos, se juzgaba que caería muerto en el acto.[62].

[61] Bancroft, vol. III. pág. 489. Native races of the Pacific States.

[62] Schezer. Indianer von Istlavacan, pág. 10.